7 junio 1963
El ministro británico John Profumo, forzado a dimitir al hacerse públicas sus relaciones con Christine Keeler
Hechos
En junio de 1963 el ministro de Defensa británico, John Profumo, dimitió tras hacerse público por el diario SUNDAY MIRROR sus relaciones con la bailarina Christine Keeler.
Lecturas
El ministro de Defensa británico, John D. Profumo presentó este 1 de junio de 1963 su renuncia, como consecuencia del escándalo suscitado por sus relaciones con la call-girl Christine Keeler.
La bella muchacha mantenía al mismo tiempo una estrecha vinculación con un agregado de la embajada de la Unión Soviética en Londres.
Mediante el triángulo cuyo vértice era Christine, los servicios secretos de la URSS han recibido así informaciones reservadas.
El ex ministro negó terminantemente sus relaciones con la Sra. Keeler cuando fue interrogado sobre el asunto en la Cámara de los Comunes.
Ahora, esas relaciones han quedado absolutamente probadas.
El Análisis
La caída de John Profumo dice bastante más sobre la Gran Bretaña de 1963 que una simple aventura extramatrimonial. El secretario de Estado de Guerra de Harold Macmillan, casado con la actriz Valerie Hobson, había mantenido en 1961 una breve relación con la jovencísima Christine Keeler, bailarina y modelo de 19 años a la que conoció en Cliveden a través del osteópata y hombre de sociedad Stephen Ward. El problema adquiría dimensiones políticas porque Keeler también había mantenido relaciones con Yevgeny Ivanov, agregado naval de la embajada soviética y agente de inteligencia, lo que en plena Guerra Fría planteaba un posible riesgo de seguridad, aunque nunca se demostraría que Profumo hubiera transmitido secretos. Cuando los rumores llegaron al Parlamento, Profumo aseguró el 22 de marzo de 1963 que no había existido ninguna «impropiedad» en su relación con Keeler e incluso amenazó con querellarse contra quien afirmara lo contrario fuera de la protección parlamentaria. Era mentira. El 4 de junio confesó a Macmillan que había engañado al primer ministro, a sus compañeros y a la Cámara, y su dimisión se hizo pública inmediatamente después. A partir de ahí la tragedia se repartió de manera muy desigual: Profumo desapareció de la política y dedicó durante décadas buena parte de su vida al trabajo benéfico en Toynbee Hall, hasta rehabilitar notablemente su reputación personal; Keeler quedó marcada para siempre por el escándalo y a finales de 1963 fue condenada a nueve meses de prisión por perjurio en un asunto relacionado con Lucky Gordon; y Ward, convertido en el supuesto intermediario de aquel mundo de sexo, aristócratas y poder, fue procesado por vivir de «ganancias inmorales» y tomó una sobredosis durante el juicio, muriendo el 3 de agosto de 1963, antes de conocer formalmente el veredicto de culpabilidad.
Pero la cuarta víctima fue políticamente la más importante: el Gobierno Macmillan. La imagen de una administración conservadora respetable y segura de sí misma quedó sustituida por la de una élite que frecuentaba simultáneamente mansiones aristocráticas, muchachas de cabaret y diplomáticos soviéticos, y que después parecía incapaz de contar al país lo sucedido. Macmillan había creído a Profumo y quedó profundamente debilitado cuando descubrió que éste había mentido; ordenó la investigación de Lord Denning, mientras rumores cada vez más extravagantes alimentaban a una prensa que había perdido buena parte de su antigua deferencia hacia el establishment. Macmillan dimitió en octubre alegando problemas de salud —por lo que sería excesivo decir que Profumo por sí solo lo derribó—, pero el escándalo contribuyó decisivamente a destruir la autoridad de un Gobierno que un año después perdería las elecciones frente al laborista Harold Wilson. Y acaso ahí esté su importancia social: el caso Profumo pertenece simultáneamente al final de la vieja Inglaterra y al comienzo de la nueva. Una sociedad todavía públicamente puritana descubría que sus clases dirigentes llevaban vidas privadas bastante menos victorianas de lo que proclamaban, mientras una generación más joven empezaba a cuestionar precisamente aquellos códigos sexuales. La gran transgresión política de Profumo terminó siendo, paradójicamente, menos el sexo que la mentira: podía sobrevivirse a una amante; resultaba mucho más difícil sobrevivir después de haber engañado al Parlamento.
J. F.