4 mayo 2026
EL PAÍS cumple 50 años con fastos que excluyen a su único fundador vivo, Juan Luis Cebrián y al exdirector Antonio Caño
Hechos
El 4 de mayo de 1976 el periódico EL PAÍS de PRISA cumplió 50 años en el mercado de periódicos español.
04 Mayo 2026
Gracias a los lectores
Cuando EL PAÍS salió a la calle, el 4 de mayo de 1976, no había ninguna certeza de que llegase al medio siglo de vida. En España, Franco acababa de morir, y la democracia se estaba gestando. Desde entonces han pasado guerras y revoluciones en el mundo, crisis económicas, transformaciones tecnológicas y avances científicos inimaginables. Han cambiado los soportes en los que se publican las noticias y la vía para transmitirlas. Ya somos un diario global que se escribe y lee en Europa, América y muchos otros lugares. Todo podría haber sido distinto. Y si hoy cumplimos 50 años, es, ante todo, gracias a los lectores.
EL PAÍS nació para estar al servicio de los lectores, no de ningún poder, ni de un partido, un Gobierno o unos intereses. Los lectores supieron desde aquella fecha lo que podían y debían esperar de nosotros: la independencia y el rigor en la búsqueda de la verdad, y la defensa de la democracia. Esta historia es el resultado del encuentro de unos lectores con una forma de hacer periodismo. Ambos forjaron un pacto tácito de confianza. Medio siglo después, los lectores se han multiplicado y se extienden por el mundo, pero el pacto es el mismo, y define lo que somos.
El 4 de mayo de 1976, este era un periódico distinto al que tienen ahora en sus manos, tabletas, teléfonos u ordenadores. Se imprimía en papel y en blanco y negro. Nunca ha dejado de imprimirse en papel, pero el principal canal de distribución es digital. Ya no es un diario español, o no es solo español. Además de en España, EL PAÍS tiene seis Redacciones en América, activas las 24 horas para informar a casi medio millón de suscriptores y a decenas de millones de lectores, un reflejo de lo que somos. Diversos y plurales. Así era este diario en sus inicios; así es ahora. Todo ha cambiado, pero permanece lo que un editorial conmemorativo de los mil primeros números llamó “el inevitable juicio de los lectores”. “Hemos procurado pensar no en las conveniencias de los gobernantes”, se leía en este texto de 1979, “sino en las necesidades de los ciudadanos a la hora de establecer posiciones y análisis”.
Periodismo y democracia: este es el compromiso de EL PAÍS, y el precio para cumplirlo ha sido elevado. En 1978, la ultraderecha asesinó con una bomba a un trabajador, Andrés Fraguas, y dejó malherido a otro, Juan Antonio Sampedro. En 1989, un militar estadounidense mató de un disparo al fotógrafo Juantxu Rodríguez en Panamá. Periodistas y colaboradores sufrieron el acoso del terrorismo de ETA. La noche del 23 de febrero de 1981, los periodistas se jugaron el tipo al publicar, cuando el desenlace del golpe de Estado era incierto, un número especial en defensa de la Constitución.
Lo había dejado escrito un año después de la fundación José Ortega Spottorno, entonces presidente de la empresa editora, Prisa: “EL PAÍS debe ser un periódico liberal, independiente, socialmente solidario”. La declaración, que preside la sala de la Redacción de Madrid donde cada tarde se decide la portada del diario, dice: “Liberal, a mi entender, quiere decir dos cosas fundamentales: el estar dispuesto a comprender y escuchar al prójimo, aunque piense de otro modo, y a no admitir que el fin justifica los medios”. “EL PAÍS”, añade, “debe ser también un periódico independiente, que no pertenezca ni sea portavoz de ningún partido, asociación o grupo político, financiero o cultural, y aunque deba defender la necesidad de la libre empresa, y aunque su economía dependa del mercado publicitario, el periódico rechazará todo condicionamiento procedente de grupos económicos de presión”.
La democracia está consolidada en España, pero sigue siendo un combate necesario, especialmente en América, y en un tiempo en el que retrocede el pluralismo y avanzan las fuerzas antidemocráticas. Hay principios que, desde los inciertos años fundacionales, no han dejado de guiarnos: la lucha contra la intolerancia y el fanatismo, la defensa de las minorías perseguidas y discriminadas, la reducción de las disparidades económicas y sociales, la inacabada revolución feminista y la igualdad de género y hoy los derechos LGTBIQ+. Fue Martin Luther King quien dijo que “el arco moral del universo es largo, pero se inclina hacia la justicia”, y esta convicción progresista, siempre en favor de las libertades y los derechos humanos, es nuestra brújula.
Hay otra cosa que tampoco ha variado desde el 4 mayo de 1976, y es el método. El método periodístico. Verificar y contrastar la información. Ir al lugar de los hechos y escuchar a los protagonistas, sin prejuicios ni anteojeras. Separar la opinión de la información. Mantener la distancia con el poder. Porque, como decía el legendario reportero Albert Londres: “Nuestro oficio no consiste en complacer ni en dañar, sino en poner la pluma en la llaga”.
Desde los inicios, EL PAÍS se dotó de mecanismos para proteger a los periodistas, y a los lectores. Entre estos figuran el Estatuto de la Redacción y el Libro de estilo, además de la institución del Defensor del Lector, que vela por el cumplimiento de las normas por los redactores y por los intereses de quienes nos leen. La Redacción cuenta, desde hace unos meses, con una representante, elegida por los periodistas, en el Consejo de Administración. Todo esto refuerza nuestra independencia y el derecho de los lectores a una información y una opinión libres y rigurosas. Han sido sus críticas y las enmiendas las que nos han hecho mejorar y llegar aquí. Hemos cometido errores. No somos infalibles. Pero cuando nos equivocamos, rectificamos y lo hacemos público.
No existe otro método para aproximarse a la verdad y explicarla, para distinguir lo significativo de lo superfluo, la señal del ruido. La mentira y la desinformación ya existían el 4 de mayo de 1976. La diferencia, en 2026, es la propagación acelerada de estas mentiras por medio de las redes sociales y sus algoritmos, los falsos medios de comunicación o los fanáticos con audiencias de centenares de millones. La inteligencia artificial, que es una herramienta fabulosa de conocimiento y progreso, puede entrañar riesgos para el periodismo y la democracia. No todo lo que se hace pasar por periodismo lo es, ni cualquiera es periodista.
Ante estas transformaciones, no hay otra respuesta posible: periodismo, más y mejor periodismo, y este solo puede ejercerse con la confianza de los lectores, confianza que se sostiene en la credibilidad, nuestro bien más preciado. Sabemos que hay que ganársela cada día, minuto a minuto, y nunca darla por sentada. Y son los lectores quienes nos la otorgan. Sin los lectores, EL PAÍS no habría llegado al medio siglo. Porque ustedes que nos leen son EL PAÍS. Son la garantía de que podremos seguir informando y contando el mundo en los próximos 50 años, y más. Por ello, por ese pasado y por ese futuro: gracias.
04 Mayo 2026
En el aniversario de 'El País'
Los periódicos son productos intrínsecamente ligados a la actualidad. Uno de los más célebres en España, El País, cumple hoy 50 años, y es razonable aprovechar la fecha para echar un vistazo al pasado. Lo ha hecho muy bien su fundador, Juan Luis Cebrián, que aporta en recientes entrevistas y artículos detalles muy interesantes sobre la historia del diario. Yo voy a intentar complementarlo con algunas opiniones sobre un tiempo más reciente, incluido el presente, porque, como es obvio, el valor de un periódico se mide por las noticias que da, no por las que dio.
Quiero antes, para quienes no me conozcan, aclarar que formé parte del invento y el mío no es, por tanto, un juicio imparcial: trabajé durante 39 años en El País, donde cubrí alrededor de un centenar de crisis internacionales, ocupé durante más de dos lustros la corresponsalía en Estados Unidos, puse en pie la edición de América, fui redactor, jefe de sección, redactor jefe, subdirector y, por último, director, cargo del que me destituyeron en 2018 por orden de Joseph Oughourlian, el actual propietario. Cuatro años después, el reconocido financiero culminó su trabajo con mi despido de la empresa. Esta última medida fue ejecutada —quiero pensar que a su pesar— por Javier Moreno, viejo amigo y director en ese momento. El cese en la dirección me fue comunicado —esta vez, creo que a plena satisfacción— por Manuel Mirat, el consejero delegado de entonces, que puso en mi lugar a Soledad Gallego-Díaz. Esta estrenó su mandato con el despido de los siete mejores miembros de mi equipo de dirección, aunque está excusada porque lo hizo desde el lado correcto de la historia. Yo nunca he visitado ese espacio, pero tengo entendido que allí las conciencias son ligeras como plumas y puedes acribillar a cualquier díscolo sin que se escuche una queja. Pero, en fin, hasta aquí todo normal: es una empresa privada y estas cosas pasan y hay que tomarlas con deportividad. Si todo eso tiene algo que ver con la intención de los implicados de cumplir con los deseos de Pedro Sánchez, ellos y ustedes sabrán.
Expuestos los antecedentes, vayamos al presente. La evidencia de que El País no es lo que era creo que no la discutirán siquiera sus actuales directivos. Pero, claro, ningún periódico es lo que era. La crisis de la industria se ha cebado en todos, y la desaparición de facto de las ediciones de papel ha creado un vacío presupuestario y cultural que no lo llenan automáticamente las ediciones digitales. Los nuevos públicos consumen la información de otra manera y no otorgan prioridad a lo que llamamos cabeceras tradicionales sobre las de más reciente aparición. Una noticia cotiza hoy en el mercado por su valor individual y por su capacidad de difusión, sin importar gran cosa la plataforma en la que se publique. Solo ese fenómeno, sin considerar ningún otro, ha reducido de forma significativa la influencia de El País, que hoy apenas es mayor que la de los demás y, en algunos aspectos, inferior.
Luego está el tema de la polarización política de los medios de comunicación, y ahí El País sí que ha decidido jugar el partido a fondo. Inmediatamente después de nuestra destitución, los nuevos responsables pusieron el periódico al servicio de Pedro Sánchez de forma tan grosera y desvergonzada que conseguía sonrojar a cualquiera que estuviera por encima del fanatismo y la división que ese personaje trajo a la sociedad española. La justificación del giro —en el que se esconden sobre todo los intereses económicos del dueño— fue la que hemos oído tantas veces en tantos casos: nosotros éramos peligrosos derechistas a los que había que combatir para permitir el renacimiento de los valores de la izquierda. «Hay que recuperar las esencias de El País», se decía ampulosamente para retorcer la historia pretendiendo que «las esencias» de El País coincidieran con los intereses de un individuo como Sánchez. Incluso si aceptamos que la posición del periódico tuviera que identificarse con el pensamiento socialdemócrata —que no está dicho así en sus principios fundacionales—, hubiera sido obligatoria, en pura coherencia, una línea editorial absolutamente crítica con Pedro Sánchez.
A quienes han ido poco a poco descubriendo a Sánchez les resulta más tentador como pretexto de nuestro despido el de la oposición de la redacción. Y a mí me merece más respeto también. Aunque es tan arriesgado hablar de «la redacción» como de «la gente» o «el pueblo», si la empresa estaba convencida de que la mayoría de la redacción estaba en contra de nuestro proyecto, bien despedido estoy —no así mis compañeros, que se limitaron a cumplir mis instrucciones—. Lo que espero es que esa oposición de la redacción esté fundamentada en razones profesionales y no ideológicas, porque yo me manejo muy mal en el terreno ideológico, ya que nunca he pertenecido a ningún partido ni me ha movido en el periodismo más motivo que la pasión por los hechos. A la infamia de que El País estaba en mi tiempo a favor del PP, solo puedo responder con la solicitud de pruebas de semejante calumnia. Vayan a la colección, que es muy fácil en internet. Sí es cierto, en cambio, que el periódico defendió al sistema democrático ante el ataque del independentismo en Cataluña, y lo hizo en la mejor tradición del diario: El País, con la Constitución.
Me preguntaba el otro día un periodista francés si era cierto lo que había leído en no sé qué informe británico de que, durante mi etapa como director, se había impedido la publicación de un artículo de John Carlin. No lo recuerdo bien, para ser sincero, pero no descarto que, en efecto, en algún momento decidiese prescindir de alguna simpleza nacionalista de quien en su tiempo se dedicó al periodismo. Desde luego que cometí algunos errores en ese cargo —el mayor de todos: rescindir la colaboración de Miguel Ángel Aguilar, en lo que no hubo en absoluto motivación ideológica—, pero permitirán que no me extienda en ellos porque ya se encargan de recordarlos de vez en cuando las almas puras que dominan los púlpitos de Prisa. Se les ha escapado, sin embargo, recordar a Fernando Savater, Félix de Azúa, Francesc de Carreras, Antonio Elorza o el propio Juan Luis Cebrián. Tampoco me preguntó por ellos el periodista francés. Quizá porque no aparecían en el informe británico ni están, desde luego, a la altura de Carlin. Ni siquiera la redacción de El País pareció interesarse por la suerte del citado grupo de columnistas, entre ellos uno que lo era desde el nacimiento del periódico, otro que lo fundó y el resto, con años de militancia en la izquierda y dedicación a la lucha contra la dictadura. En realidad, algunos sí se interesaron por esos despidos, pero fue para jalearlos. En fin, seguramente esto se explica de nuevo por la actuación desde el lado correcto de la historia, sobre el que he confesado tanta ignorancia.
La decisión de entregar el periódico a Pedro Sánchez dio lugar a una cruel paradoja. No sé si a modo de recochineo o de reivindicación de su nuevo amigo y aliado, Sánchez optó a su vez por encargar el control político del periódico a José Luis Rodríguez Zapatero. El expresidente mantenía un antiguo y duro litigio con el grupo Prisa, a quien culpaba de sus males en el Gobierno y al que trató de hundir construyendo con impulso gubernamental un poderoso rival. Verse convertido de repente en la figura de referencia de El País —entrevistas, halagos, menciones constantes—, con el logro añadido de haber expulsado de sus páginas a Felipe González, ha debido de ser uno de los mayores placeres que ZP haya experimentado nunca.
Como el tiempo pasa y las prioridades de los financieros cambian, la relación entre el propietario de El País y el presidente del Gobierno se ha visto sometida a vaivenes en los que unas veces se anunciaba tormenta y otras se recuperaba la calma. El director o directora de El País —esa figura a la que los fundadores pretendieron proteger y preservar de cualquier circunstancia o interés empresarial— ha sido en este tiempo cómplice o víctima de esos vaivenes, sin mucho más que decir.
Ahora las cosas han mejorado un poco, me dicen. Es verdad, se han corregido algunos excesos. Por ejemplo, el periódico está informando sobre el desarrollo del juicio de un caso —el de Ábalos, Koldo y Aldama— cuya investigación decidió ocultar durante meses a sus lectores. Nada puede reprochársele de que haya optado por dar igual o más cobertura al juicio sobre Kitchen, que afecta al Partido Popular, aunque es preciso anotar el contraste entre la entrega apasionada con la que cubre el segundo y el escepticismo con el que se escribe sobre los testimonios que se suceden en el primero.
Digamos que esa sigue siendo la nota dominante: ferocidad crítica cuando el objeto de la información es la derecha y comprensión máxima, cuando no pura justificación, cuando se trata de contar la actividad del Gobierno. Si los lectores se quedaran exclusivamente con la versión que los redactores de El País que cubren la Moncloa aportan —cosa que, afortunadamente, ya apenas ocurre—, el Pedro Sánchez que conocerían sería prácticamente igual al que retrata la propaganda oficial.
Sigo teniendo algunos amigos en El País y sé que hay grandes profesionales entre ellos, y también entre quienes no lo son. No obstante, también es verdad que en los últimos años se han ido colando en sus filas muchos activistas que entienden el periodismo como la defensa de sus propias causas, que, por supuesto, son las justas. Otros estaban ya allí desde mucho antes, siempre atentos a denunciar peligrosos desviacionismos y tendencias derechizantes que pueden agazaparse detrás de cualquier propósito aparentemente bien intencionado como, por ejemplo, la modernización de un periódico que se quedó congelado en el tiempo.
De eso es de lo que debería discutirse en este aniversario, de qué ha sucedido para que El País haya envejecido tan mal. Los actuales directivos no son los únicos responsables de esa situación, desde luego. Pero sí son culpables de silenciar ese debate y seguir amarrados a la rueda del molino con la cantinela del fascismo y el progresismo cuando todos saben que ni existe amenaza de lo primero ni nos gobierna lo segundo. Sí, lo saben o, al menos, tienen dudas. No pueden permitirse exteriorizar esas dudas, tienen miedo de dudar. Escriben panegíricos sobre la obra y sobre sí mismos para disimular ese miedo, pero sé que dudan, porque nadie que haya desarrollado mínimamente la facultad de pensar por su cuenta puede creer que esto que nos gobierna sea progresista.
He intentado en este artículo omitir la mayor parte de los nombres, con excepción de los que son imprescindibles para la comprensión de esta historia. Entre otras razones porque, para bien o para mal, El País se ha regido siempre por una cultura muy vertical en la que el que manda manda y los demás, obedecen. No se ha dejado mucho espacio para los personalismos y el brillo individual, como sí ocurría en otras cabeceras. Apuesto a que pocos lectores serían capaces de citar siquiera los nombres de todos los directores de El País, y eso que sólo ha habido nueve en 50 años. Tampoco se han producido muchos despidos disciplinarios porque, normalmente, los discrepantes han guardado silencio. Los castigados, eso sí, no solo cargaban con el peso de la sanción y el desprecio, sino con otro mucho más cruel: el de la erradicación. Nunca más ha vuelto a saberse de ellos. No existieron, jamás escribieron una sola crónica, nunca estuvieron en un cierre a las 3 de la mañana ni se acercaron a los confeccionadores para dibujar una página ni compartieron espacio en la cafetería con el resto de sus compañeros. No, nunca estuvieron allí ni se volverá a hablar de ellos en voz alta. Por eso quiero concluir con la mención de siete nombres que con toda seguridad no se escucharán en las celebraciones oficiales por mucho que hayan dado lo mejor de sí mismos por la grandeza de El País: David Alandete, Javier Ayuso, José Manuel Calvo, Álvaro Nieto, Luis Prados, Maite Rico y José Ignacio Torreblanca.
06 Mayo 2026
Hacer 'El País' no es fácil
Los periodistas están en guerra por la verdad, por la decencia y la democracia, y la única respuesta es ser más belicosos, feroz y descaradamente, en nuestro trabajo». Recordaba yo esta frase de Martin Baron, maestro de periodistas, en su libro Frente al poder, al tiempo que me venía a la memoria un párrafo del artículo que escribí en el primer número de El País, hace 50 años. Decía que desde que se alumbró la idea de fundar el diario, «este se ha soñado siempre a sí mismo como un periódico independiente, capaz de rechazar las presiones que el poder político y el del dinero ejercen de continuo sobre el mundo de la información»
Y lo hacía al tiempo que en la primera página del diario, que informaba de las celebraciones de su medio siglo de vida, se publicaba una foto que parecía una traición a sus principios fundacionales. De las 12 personas presentes en ella, solo dos eran o habían sido periodistas: la reina Letizia y el actual director del periódico. De modo que quienes acompañaban a los soberanos en esa aparente celebración de la libertad de prensa parecían más bien una representación de los habituales y principales enemigos de ella: el poder político y el del dinero.
No voy a satisfacer del todo la ferocidad reclamada por Martin Baron ni emborronar su alegría ni la de mi también amigo Sergio Ramírez, o de Svetlana Alexievich, por recibir tan justamente el Premio Ortega y Gasset. En realidad, son ellos quienes honran la historia del galardón. Pero no sé si llorar de pena, o desternillarme de risa, cuando veo la foto de los sonrientes anfitriones de la fiesta del 50 aniversario de un periódico fundado para defender a los ciudadanos de los excesos de los políticos y los plutócratas.
Por parte del sanchismo-begoñismo: una vicepresidenta y una ministra del Gobierno; un presidente de la Generalitat, exministro de Sanidad, que abandonó sus responsabilidades como tal en medio de la pandemia de 2020 para presentarse a las elecciones; el delegado del Gobierno en Cataluña; y el alcalde de la ciudad. Por parte de El País: su presidente, un financiero gestor de un fondo de inversión activista, de esos que algunos llaman buitres; un exministro colombiano sancionado en su día por la Procuraduría de la República, vicepresidente de Prisa, y colaborador de las operaciones del citado fondo en Colombia; y dos expertas financieras, con apreciable currículum en su especialidad, pero no en la de informar al público.
En los fastos no participó ninguno de los más de 70 supervivientes de los que hicieron, hicimos, posible el nacimiento del periódico. Hubieran tenido fácil invitar a decir unas palabras a Ramón Vilaró, que firmaba la primera crónica de la primera página del primer número reclamando la legalización de todos los partidos políticos. O acudir a Karmentxu Marín. Su firma en la última página, la segunda más importante de un diario en papel por si el consejo de administración no lo sabe, encabezaba el primer reportaje de investigación del diario. Versaba paradójicamente sobre un fraude en la gestión de dinero de la Facultad de Económicas de la Complutense. El gerente se defendía, en la misma crónica, diciendo que todo eran bulos, rumores, «de una campaña demagógica montada contra él como chivo expiatorio». Lo mismo se dijo de THE OBJECTIVE cuando desveló los delitos del número 1 y los comportamientos mafiosos de dos todopoderosos secretarios de Organización del PSOE nombrados por Sánchez.
Mucha gente me pregunta por el segundo tomo de mis memorias, que he ido retrasando voluntariamente porque no quería enturbiar las celebraciones del medio siglo del periódico que fundé y en el que he escrito durante 48 de sus 50 años. Ahora me siento libre para decir que El País que queremos, el que queríamos quienes lo lanzábamos y quienes habrían de leernos, no es el que ahora leemos. Sigue teniendo magníficos profesionales, entre otros su propio director, pero su empresa no ampara la libertad de expresión ni la autonomía del periodismo. Escritores insignes pero incómodos para el mando como Fernando Savater, Félix de Azúa, Francesc de Carreras o Antonio Elorza; periodistas como el que fuera director Antonio Caño y todo su equipo; y finalmente yo mismo hemos sido cancelados. Los métodos empleados han sido diferentes, absolutamente mendaces en mi caso, pero la mano que mece la cuna siempre es la misma.
Resistimos al postfranquismo; dimos voz a la izquierda, que no tenía voz, para facilitar la reconciliación entre los españoles; la extrema derecha y el terrorismo etarra amenazaron nuestras vidas y se cobraron algunas. Agradezco al actual director su mención a Andrés Fraguas y Juan Antonio Sampedro, víctimas de una bomba enviada al periódico, y a Juantxo Rodríguez, asesinado a tiros en la invasión de Panamá. Me permito recordar, empero, una tercera víctima, superviviente aún, de la explosión citada: Carlos Barranco, botones como Fraguas, y seriamente herido aunque no tan grave como Sampedro. Su cara fue destruida por la metralla, sufrió la rotura de un tímpano y a punto estuvo de perder los ojos. Tardó meses en poder recuperarse mínimamente y volver al trabajo, pero en sus memorias narra que en realidad el episodio marcó su vida durante más de treinta años.
En el libro, El sendero del elefante, reveló además algo que nunca me había dicho antes. Siempre habíamos creído, y nunca entendimos por qué, que la bomba había sido dirigida a Julián García Candau, redactor jefe de Deportes. Carlos contó después que hubo un error en la distribución de los paquetes en las casillas al efecto. Él había visto este antes de que estallara y el nombre del destinatario era el mío, pero fue ubicado en la casilla equivocada. A los efectos es lo mismo Tres trabajadores, dos extremadamente jóvenes, fueron víctimas de la irracionalidad política y de la violencia no contra ellos, sino contra los periodistas responsables del diario. Ese recuerdo me ha mortificado toda mi vida y siempre he tenido la sensación de que ni la empresa ni yo mismo hemos sido lo suficientemente solidarios con las víctimas ni hemos sabido acompañarlas.
Cuando salió a la calle El País su presidente era un intelectual y editor. Ahora es un experto y voraz financiero cuya otra gran inversión en España, amén del Real Zaragoza, es en Indra, empresa destinada a ser el corazón del complejo militar industrial (complejito en nuestro caso) que denunciara en su día el propio general Eisenhower No es nada censurable, y puede resultar incluso beneficioso para los intereses de nuestra defensa, cuyos planes ha escamoteado el Gobierno a cualquier debate parlamentario. Pero no es el mejor currículum para encabezar un diario capaz de resistir las presiones de los poderes políticos y económicos.
Habrá tiempo de narrar cómo se fue gestando la actual situación. Hoy contaré el disparo de salida. En enero de 2020, José María Álvarez-Pallete, presidente de Telefónica, me preguntó cómo dicha empresa había entrado en Prisa. Le conté que a principios de 2012 César Alierta, entonces al frente de la misma, me convocó a su despacho. Narraré la escena tal cual la tengo escrita para mis próximas memorias.
—Te he llamado porque quiero que sepas que soy el primer accionista de tu empresa. —me dijo— Bueno, no yo, Telefónica. Tengo el 20 por ciento.
Me miró entre pícaro y soberbio, esbozando una tímida sonrisa mientras apretaba la última colilla sobre el cenicero y profería una especie de pequeños gritos guturales, como gruñidos de satisfacción.
—No lo sabe nadie, ¡eh!, ni el Consejo de Administración, ni la Comisión Ejecutiva, ¡eh!, ¡eh!, solo tú y yo, y el presidente del Gobierno, claro.
Apuró su enésima taza de café antes de continuar.
—Es para ayudarte a ti, claro, para ayudar a la empresa, para ayudar a España, son momentos difíciles, la crisis, todo eso, no podemos permitir que un grupo como Prisa se desmorone, o sea que tú tranquilo, ¿eh?, ¡eh!, ¡eh!. Y no se lo cuentes a nadie.
—Bueno —contesté— pues naturalmente lo tendré en cuenta. ¿Y cómo se hizo la transacción de modo que nadie se enterara?
—Un fondo, no me acuerdo ahora del nombre… o sí, se llamaba Tyrus, creo, ya nos ayudó al desembarco de Telefónica en Brasil».
Luego le comenté a Pallete que cuando eso pasó él era director financiero de Telefónica. Me confesó, y yo sabía que fue así, que sin embargo nunca supo nada. Telefónica y Prisa estaban entonces cotizadas en Nueva York y Madrid. Yo, sin prueba alguna de la conversación, no podía presentar denuncia. Pero informé a los principales accionistas y al consejo de Prisa. Ahí comenzó el asalto del poder económico a la independencia del diario.
José Ortega Spottorno y Jesús Polanco eran editores de libros de calidad y educación que querían hacer un diario. Ni más ni menos. Me dieron por eso total autonomía en la dirección del mismo. Las dos frases publicitarias que anunciaron su salida en mayo de 1976 las dicté precisamente. Decían así: «HACER EL PAÍS NO ES FÁCIL» y «EL PAÍS ES PARA PONERSE A PENSAR». Ambas afirmaciones siguen vigentes medio siglo después. Le deseo lo mejor a su director actual.