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El diario EL MUNDO, del que Banesto es accionista, reprodujo su discurso íntegro en sus páginas

El presidente del banco Banesto, Mario Conde, imbestido doctor honoris causa ante el Rey y todos los líderes mediáticos

HECHOS

  • El 9.06.1993 D. Mario Conde fue investido Doctor Honoris Causa en la Complutense, ante el Rey y con la presencia de importantes figuras de la banca y los medios de comunicación, incluidas D. Jesús Polanco, D. Antonio Asensio, D. Luis María Anson y D. Pedro J. Ramírez.

En 1994 se habló de la caída de la “Beatiful People” y del fin del “Establishment” por la caída de algunos de sus referentes más destacados. Sin embargo, a la larga, se habla de que el auténtico “Establishment” no eran aquellos que hacían demasiado ruído para un ente que prefería mantener su poder en la tranquilidad de las sombras sino que estos eran unos «infiltrados».

El ejemplo más interesande era don Mario Conde, flamante presidente de Banesto a quién varios veían como la esperanza para derrotar al felipismo. El día 10 de junio EL MUNDO publicó un artículo a dos páginas del banquero explicando sus teorías sobre el liderazgo de la sociedad civil frente a los políticos. Era una reproducción de las palabras que el Sr. Conde durante su investidura como doctor “honoris causa” en la que estuvieron presentes don Pedro José Ramírez, don Luis María Anson, don Jesús Polanco y don Antonio Asensio. Algunos. Algunos creyeron ver en aquel discurso un inminente programa electoral.

FIGURAS ‘AGRADECIDAS’ A BANESTO ENTRE LOS PRESENTES EN EL ACTO

HCausa_GustavoVillapalos El Rey Juan Carlos I junto al rector de la Universidad Complutense, D. Gustavo Villapalos, que había recibido donaciones del banco Banesto.

HCausa_SuarezCampo El presidente D. Adolfo Suárez (cuyo antiguo partido, el CDS, había recibido financiación por parte del banco Banesto) y el Director de ANTENA 3 TV, D. Manuel Campo Vidal, de cuyo canal era accionista el banco Banesto.

HCausa_Oneto D. José Oneto, director de Informativos de ANTENA 3 TV, cadena propiedad del Banco Banesto.

HCausa_PedroRam D. Pedro J. Ramírez, director de EL MUNDO (periódico del que el banco Banesto es accionista), considerado amigo personal del Sr. Conde.

HCausa_Anson D. Luis María Anson, director de ABC, al que el banco Banesto concedió los créditos que evitaron su ruina tras la crisis de 1991.

RafaelAnsonCela_HCausa D. Rafael Ansón, asesor de D. Mario Conde que cobraba por lograr coberturas favorables de él en la prensa junto al nobel D. Camilo José Cela.

honoris_causa_01 El diario EL MUNDO dio la máxima cancha al discurso de D. Mario Conde en su honoris causa en defensa de la ‘sociedad civil’.

10 Junio 1993

Sociedad Civil y poder político

Mario Conde

QUISIERA someter a su consideración algunas reflexiones sobre un tema que ha sido pieza clave en mi pensamiento durante estos últimos años: la relación entre democracia política y sociedad civil. 1. El mundo, durante el siglo XX, ha vivido una bipolaridad ideológica entre dos modelos antitéticos: el occidental y el colectivista. El modelo occidental, caracterizado por dos rasgos básicos: un sistema de libre mercado, con mayor o menor grado de intervencionismo y apertura internacional, y un régimen de democracia pluralista en el que los partidos políticos ejercen de hecho el monopolio de la representación parlamentaria como instrumentos para el acceso al poder. El modelo colectivista, construido sobre dos principios opuestos: la inexistencia del mercado como mecanismo que asigna los recursos destinados a la producción de bienes y servicios, y establece el valor de unos y otros una vez producidos; y la inexistencia de la democracia parlamentaria, sustituida por un modelo centralizado y totalitario, con partido único y una confusión deliberada entre partido y Estado. La caída del llamado «socialismo real» ha sido sobre todo un triunfo de las ideas sobre el poder político, una victoria de lo que Havel llama «el poder de los sin poder», de aquéllos que, contra toda esperanza y al margen de cualquier probabilidad, se elevan contra un régimen inaceptable para la dignidad humana. 2. Bertrand Russell, en su obra clásica Libertad y organización, 1814-1914, detectó que el marxismo, aunque terminara fracasando, había causado en Europa un daño grave al liberalismo porque enseñaba que «las opiniones políticas están basadas, y deben estarlo siempre, en preferencias económicas antes que en ninguna consideración del bien general». Este es el motivo por el que en mi opinión hay que devolver el economicismo que impregna el nuevo liberalismo a sus justas proporciones. Existen, ante todo, necesidades sociales que la ortodoxia liberal no soluciona: son los llamados «fallos del mercado». Es claro que el mercado no puede resolver íntegramente la provisión de determinados bienes públicos que son imprescindibles para que tengan sentido la idea del Estado y el concepto de civilización: la defensa, la justicia, el ordenamiento tributario, la seguridad, las grandes infraestructuras… Tampoco parece realista en otros casos esperar que las actuaciones individuales solventen determinadas necesidades colectivas; las que tienden, por ejemplo, a superar los problemas de la degradación del medio ambiente o la congestión en las grandes urbes. Por consiguiente, el mercado, por sí solo, no resuelve todos los conflictos, de modo que, tanto en los casos enunciados a título de ejemplo como en otros muchos de parecida entidad, sigue siendo necesario arbitrar mecanismos que garanticen que el mercado conduce al sistema hacia una solución eficiente.

PROGRESO TECNICO Y SOCIAL.-

Pero es que, incluso cuando funciona a la perfección un modelo de competencia, ese modelo sólo garantiza la asignación eficiente de los recursos: es decir, asegura que no van a existir recursos ociosos. Y en esto estriba la diferencia entre progreso técnico y progreso social: el progreso técnico sirve para mejorar la relación del hombre con el entorno y, aunque resulte necesario, no es suficiente en modo alguno para garantizar el progreso social. Llegados a este punto, creo necesario enunciar dos principios que me parecen moralmente indiscutibles: El progreso técnico, por sí solo, no garantiza el progreso social. El objetivo final debe ser, precisamente, el progreso social. 3. Como primera conclusión, creo que la única posibilidad que existe de integrar el razonamiento ético y el puramente económico consiste en diseñar un Código de Valores Compartido, entendido no como una definición precisa y articulada sino como un conjunto de principios sobre los que queremos construir nuestra sociedad. Para conseguir los objetivos propuestos creo que, con carácter básico, debemos recuperar al individuo como eje central de todas las acciones sociales. No sólo el hombre es la «medida de todas las cosas», como decían los pensadores gnósticos, con Protágoras a la cabeza, sino también el principio y el fin de toda acción. Entiendo que debe abrirse un debate sobre los principios que queremos que rijan en nuestra sociedad. En España se ha registrado a este respecto un cierto movimiento pendular: hace años, el deseo de enriquecimiento individual era enjuiciado de manera peyorativa; en los últimos tiempos de crecimiento económico la sociedad ha aceptado positivamente el deseo de prosperar. Y es que, en contra de lo que han ignorado las grandes utopías del colectivismo, el deseo de enriquecimiento individual es uno de los móviles esenciales de la actividad económica. Pero ese deseo no puede ser el único valor presente ni en el seno de la empresa ni mucho menos en el tejido social. La lógica de lo cuantitativo, de lo eficiente, de lo pragmático sin otros ingredientes superiores, nunca ha servido para explicar el progreso de la humanidad; por ello, es imprescindible hacer referencia a otros valores, a otros principios, sin degradar lo conquistado, pero situando cada creencia en su posición correcta. Una sociedad reclama empresarios, desde luego. Pero también artistas, pensadores, maestros, profesores universitarios y políticos. Y en todas estas profesiones, imprescindibles para otorgar sentido a la idea de civilización, la búsqueda del lucro no es, o no debería ser, el móvil principal. Ello significa que en modo alguno podemos confundir eficiencia económica con eficiencia social. Creo que puede sostenerse que democracia ya no es sólo el emitir un voto cada cuatro años y luego desentenderse de los asuntos públicos, como tampoco puede admitirse que el voto legitima cualquier tipo de actuación de los gobernantes sobre los gobernados. Hoy más que nunca el progreso social sólo puede provenir de una interacción activa y dinámica entre el Estado de Derecho y la sociedad civil, lo que nos conduce directamente a la segunda parte de este discurso. El sistema parlamentario liberal se construye en momentos históricos en los que la sociedad civil desempeñaba en Europa, tanto en el orden económico como en el social y el cultural, un papel muy distinto al que actualmente le corresponde. El mundo contemporáneo registra la eminencia de la sociedad civil, entendido como el cuerpo social informalmente articulado que se expresa mediante procedimientos espontáneos que forman la «opinión pública». La sociedad civil, en suma, es la colectividad «vertebrada», activa, crítica, capaz de tomar decisiones relevantes al margen de lo políticamente institucionalizado. En los países anglosajones, el entramado social es mucho más denso, maduro y activo que en los latinos; en España, la coacción autoritaria, tantas veces impuesta a nuestra sociedad a lo largo de la Historia, ha impedido la formación de una sociedad civil organizada, cuajada de asociaciones de toda índole, «vertebrada» en términos reales, por utilizar de nuevo el inevitable concepto orteguiano. Pero es evidente que, por encima de las dificultades para su desarrollo, emerge una nueva sociedad civil cada vez más cargada de valores elocuentes. 2. Pues bien: en la sociedad civil europea se aprecian, en relación al modelo político, una serie de percepciones que intentaré resumir: Se advierte entre los ciudadanos un descenso generalizado en la valoración de la clase política. Podría decirse que existe una cierta desconfianza entre el ciudadano y la clase política. El hecho de que, en temas capitales como el proceso de construcción europea, se haya puesto de manifiesto una separación entre la uniformidad de pensamiento de la clase política y la respuesta divergente de gran parte de la sociedad, es una prueba elocuente de la situación. Esta posición social no afecta sólo a la «clase política», considerada individual y aisladamente, sino que también repercute sobre los partidos políticos como cauce exclusivo para la generación de la clase gobernante. Y en un nivel más elevado causa preocupación la posibilidad de una cierta invasión del poder ejecutivo sobre el legislativo y el judicial, con una tendencia muy problemática de confusión entre Gobierno y Estado. Puede afirmarse, en suma, que el modelo de democracia parlamentaria hoy vigente en la mayoría de los países europeos fue concebido en una coyuntura social, cultural y económica muy distinta de la que cabe definir y precisar en nuestros días. Y es evidente que, con una sociedad mucho más desarrollada en todos los órdenes que la de antaño y que exige mayor presencia en la defensa de sus propios intereses, no sería prudente seguir manteniendo intacto un modelo respecto del cual las percepciones de los ciudadanos reflejen dudas sobre su auténtica eficiencia. En consecuencia, sobresale una necesidad manifiesta en los tiempos en que nos toca vivir: la que reclama, en las postrimerías del siglo XX, el debido protagonismo para la sociedad civil. Creo que a este fin hay que dar respuesta a dos cuestiones principales: cómo ha de estructurarse la sociedad civil, y, consecuentemente, qué papel debe desempeñar en el proceso público. El sistema de relaciones entre sociedad civil y régimen institucional ha experimentado en los últimos años un tránsito cualitativo que se puede reducir a dos estadios: – Primero se tomó conciencia de que era preciso estructurar la sociedad civil para garantizar que las libertades formales se convirtieran en libertades reales. Más adelante, se advirtió que no puede funcionar el sistema público sin una sociedad civil organizada y en franca colaboración con un proyecto colectivo. En el mundo occidental, la economía y la propia sociedad están fuertemente internacionalizadas, de tal manera que la separación entre lo político y lo civil, además de ser artificiosa y aun peligrosa para las libertades reales, impide al conjunto del sistema funcionar correctamente. Creo que puede sostenerse que en este fin de siglo XX ningún proyecto político puede llegar a convertirse en verdadero proyecto colectivo sin el concurso y la colaboración de la sociedad civil. Esta es la gran enseñanza de estos últimos años y que creo es necesario tomar en consideración para el funcionamiento adecuado del sistema. 5. Antes de avanzar en el desarrollo argumental, permítanme que haga dos consideraciones previas: La sociedad civil, en sus diferentes instancias, es la verdadera depositaria de los valores colectivos, de aquellos principios que la colectividad considera vigentes en cada momento histórico, y que se explicitan a través de lo que se ha definido como modos de pensar y modos de comportamiento. La necesidad de romper la sensación de alejamiento entre lo político y lo público, sólo remediable mediante el desempeño por la sociedad civil de un papel más activo, responde a que los efectos negativos derivados de una determinada forma de ejercer la política no han de terminar afectando a la valoración del sistema democrático en sí mismo. No podemos desconocer que aquellos sectores sociales que impulsan el progreso en mayor medida -científicos, filósofos, artistas- se hallan en una situación de desamparo fácilmente comprobable. Lo cual es debido, en especial, a dos causas: a que el pensamiento del siglo XX se ha visto hondamente influido por el marxismo, hasta el extremo de que el naufragio del «socialismo real» ha creado una cierta sensación de orfandad intelectual en Europa; y a que estas personas, decisivas para forzar el progreso social, carecen de verdadera capacidad de influencia.

EL PAPEL DEL ESTADO.-

6. Una vez que se han puesto de manifiesto estas ideas hay que descender del terreno especulativo a la concreción de las soluciones pragmáticas. Es claro que resulta necesario potenciar y estructurar la sociedad civil, pero ¿cómo conseguir su participación real en el proceso público? En primer lugar, es preciso reconsiderar el papel del Estado, para lo cual la apelación a la doctrina científica más relevante constituye un bagaje imprescindible, ya que hemos de resolver,

10 Junio 1993

El milagro y el diablo

Jesús Cacho

Mario Conde, pelo negro, brillante, engominado, rostro moreno, manos que se restriegan junto a la nariz en un ir y venir sin fin, estaba ayer hecho un flan, revestido de toga y muceta, en el instante en que, precedido por el maestro de ceremonias, esperaba la apertura de la doble puerta de acceso al Paraninfo de la Universidad Complutense de Madrid. El hermoso recinto inaugurado por Isabel II en la calle San Bernardo se encontraba lleno a rebosar cuando el galardonado, ya los nervios bajo aparente control, inició el paseíllo acompañado del padrino y de los miembros de la comisión. Al son de la música, la comitiva avanzó entre la doble fila de asistentes puestos en pie en dirección a la presidencia, donde aguardaba Su Majestad el Rey, escoltado por el rector Villapalos, el alcalde de Madrid y el presidente de la Comunidad, Joaquín Leguina. Allí estaba presente en cuerpo y alma toda la gran banca española. Allí estaba Sánchez Asiaín, muy tranquilo, los papeles invertidos sobre aquella mágica noche del 19 de noviembre del 87, ya ha llovido, y ahora el ex presidente del BB suena para Economía, sería un buen ministro, vive Dios, sabio y receptivo, y allí estaba también Emilio Ybarra, el tocado por la fortuna con una presidencia no esperada, y José M. Amusátegui, presidente del BCH, sentado frente a su padre espiritual, Claudio Boada. Allí estaba también Francisco Luzón, relajado presidente de Argentaria tras los resultados del 6J. Y estaba Rojo, Luis Angel, y Leal, y Alfonso Escámez, y muchos más. Faltaba Emilio Botín, no se sabe si recelando un almuerzo a traición de los «seis grandes», él que ha decidido darles la proa. Con el recipiendiario y su padrino situados frente a la Presidencia, delante del Rector, dio comienzo la investidura, todo ese lento ritual cargado de ensoñaciones medievales, «os impongo, como símbolo, el birrete laureado», recitaba con voz firme Gustavo Villapalos, «antiquísimo y venerado distintivo del magisterio…» «Recibid el libro de la ciencia, que os cumple enseñar, difundir y adelantar…» «Recibid el anillo que la antigüedad entregaba en esta venerada ceremonia…» «Así como los guantes blancos, símbolo de la pureza que deben conservar vuestras manos…» Llegó la hora de los discursos, primero la «laudatio» a cargo de Shlomo BenAmi, ex embajador de Israel en Madrid, después el del propio homenajeado, rodeado por un friso de ilustres grabados en la Historia con letras de oro, Alfonso el Sabio, Isidoro de Sevilla, El Brocense, Cisneros, Juan de Mariana, Campomanes, Covarruvias… El banquero metido en el templo de la sabiduría no tenía palabras, aseguraba, para agradecer la distinción. Pero tenía dinero, sí, ese dinero que el rector Villapalos sabe arrancar de la faltriquera de los poderosos, que es misión de un buen Rector buscar buenos mecenas, lo fue Alfonso Escámez, lo va a ser Conde, y detrás del gallego vendrán otros banqueros, que nadie se impaciente, otras gentes con posibles para tapar las urgencias presupuestarias de una Universidad que tiene que ir trampeando más de la cuenta. Ahora Banesto va a construir, por fin, el Jardín Botánico de la Universidad madrileña, el jardín con el que soñó Alfonso XIII cuando donó la finca de La Moncloa para construir la Ciudad Universitaria. Lo levantará Agromán y lo pagará Banesto, en ese enorme solar situado entre las facultades de Biológicas, Medicina y Periodismo, el solar donde cantó Plácido Domingo y donde el PSOE organizó alguno de los «happenings» más sonados de su reciente historia. Se ha creado un comité «ad hoc» UniversidadBanesto, que preside Mario Conde, para llevar adelante el proyecto, y Ricardo «Dicky» Gómez Acebo, vicepresidente de la entidad, ha empeñado su palabra en que el Botánico estará construido antes de un año, y Villapalos tan feliz, porque sabe que si no fuera de esta forma, no habría forma, «hágase el milagro; hágalo el diablo», dice el buen refranero castellano. Conde leyó un discurso intenso, que hubiera merecido una lectura más pausada, imposible por la presión del horario. Un discurso centrado en las relaciones entre democracia política y sociedad civil, una pieza para meditar en este paisaje esquilmado de reflexión y pensamiento, y entre un paisanaje que, divorciado de la sociedad civil, acaba de entregarse de nuevo, como siempre, a los designios del gran Padre Estado protector, el padre conseguidor del Gran Subsidio, ayuno de cualquier argumento de orden moral o ético. Mario Conde ha protagonizado un nuevo acelerón. De Antibióticos a Banesto, y de Deusto a la Complutense madrileña. El banquero más popular del reino se ha convertido en eje del «establishment» financiero, y seguramente en pivote sobre el que bascula buena parte de la sociedad civil, el mundo del dinero y los medios de comunicación (Polanco was there). Su responsabilidad no deja de aumentar por ello. De que utilice su poder e influencia en la dirección adecuada -y no en la desarrollada en la torpe operación de Antena 3 TV-dependen buena parte de las esperanzas de esta triste, pobre y esquilmada sociedad civil que él quiere representar.

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