11 julio 1989

La acusación fue liderada por Raúl Castro, ministro de Defensa, hermano del dictador cubano

El régimen de Fidel Castro ejecuta al general Arnaldo Ochoa, que pasó de ser un ‘héroe de la revolución’ a ‘traidor’ y ‘narcotraficante’

Hechos

El 11.07.1989 se hizo pública la condena a muerte por parte del Consejo de Estado de Cuba a Arnaldo Ochoa.

Lecturas

La crisis del General Ochoa Arnaldo Ochoa ha supuesto una de las mayores crisis internas para la dictadura de Fidel Castro bajo la sombra del tráfico de drogas.

30 Junio 1989

El 'caso Ochoa'

EL PAÍS (Director: Joaquín Estefanía)

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CON LA detención y procesamiento del general Arnaldo Ochoa ha estallado en Cuba el mayor escándalo de su historia desde el triunfo de la revolución. Un escándalo cuyas responsabilidades se sitúan en la máxima cercanía de Raúl Castro, ministro de Defensa y segundo secretario del partido, y del propio Fidel. Ambos eran amigos de Ochoa y le habían encargado altas y delicadas misiones no ya en Cuba, sino en las tan encomiadas empresas internacionalistas en Angola y Etiopía. Si algo ha distinguido a la revolución cubana ha sido el valor decisivo otorgado por Fidel Castro a la moral, a los factores éticos, como base del funcionamiento del Estado y del desarrollo de la economía. Ahora, de pronto, resulta que personas íntimamente ligadas a Fidel, encargadas de llevar los valores de la revolución cubana a otros países, se dedicaban a los tráficos más inmorales.Pero la presentación hecha del caso Ochoa suscita algunas preguntas. La tesis expuesta por el propio Raúl Castro, en un juicio celebrado ante un tribunal de honor formado por 47 generales, es que Ochoa se había lanzado por su cuenta a realizar operaciones de narcotráfico y de contrabando de diamantes y de marfil para acumular dinero y «transformarse en un típico empresario capitalista». Sin embargo, el carácter mismo de las relaciones establecidas con el cártel de Medellín -en las que se llegó a tratar de la venta a éste de cohetes tierra-aire del Ejército cubano- y el hecho de que el narcotráfico fuese organizado y amparado por un organismo secreto del Ministerio del Interior encargado de burlar el bloqueo comercial de Cuba apuntan netamente a una participación activa de sectores del aparato del Estado. Por si quedara alguna duda, el ministro del Interior fue destituido ayer sin mayores miramientos.

Estados Unidos había denunciado desde hace varios años la complicidad cubana en el narcotráfico, acusación que Fidel siempre rechazó con indignación. Y ahora es el propio dirigente cubano quien destapa un caso de narcotráfico en la cúpula misma del aparato militar. En ese sentido, el estallido del caso Ochoa debe verse como un cambio de política por parte de Castro, que ha pasado de una actitud de tolerancia -motivada quizá por el deseo de aprovechar el narcotráfico para obtener importaciones de tecnologías a las que Cuba no puede acceder legalmente- a la denuncia del escándalo y a la persecución de las personas que se lucraban personalmente de la política anterior. Este cambio en la política de Fidel puede haber sido precipitado por la inminencia de la publicación en el extranjero de los datos sobre el caso Ochoa, o por la indignación al descubrir que la corrupción generada por el narcotráfico contaminaba ya a algunos de sus generales de mayor confianza, o por ambas causas a la vez. En todo caso, se trata de un cambio positivo que puede ayudar a mejorar el clima en las relaciones entre Cuba y EE UU.

Por otra parte, aunque el juicio penal -ante un tribunal militar especial- todavía no se ha celebrado, los procedimientos seguidos hasta aquí ante los 47 generales del tribunal de honor causan una impresión penosa. No parece lógico que un general que ha delinquido para enriquecerse renuncie a defenderse, se acuse a sí mismo y se empeñe incluso en proclamar que él es el único culpable, y que ni el Gobierno, ni Fidel, ni nadie sabían nada de sus tráficos ilegales. Ese tipo de autoinculpaciones y de alabanzas al sistema que les envía al paredón recuerda, como una gota de agua a otra, los procesos celebrados durante las purgas de Stalin.

Pero en el informe de Raúl Castro se acusa a Ochoa no sólo de corrupción, sino también de ser «hipercrítico» y de presentarse como «estratega político y militar» y «salvador de la patria». Lo que da pie a pensar que, con el caso Ochoa, el régimen cubano no trata de salvar sólo una supuesta pureza mancillada, sino lanzar una advertencia contra posibles corrientes críticas y reforzar la cohesión en la cumbre del partido y del Ejército en un momento en que los avances de la perestroika en la URSS provocan corrientes deseosas de cambiar la rigidez dogmática de la política de Fidel.

09 Julio 1989

Muerte y cloacas

EL PAÍS (Director: Joaquín Estefanía)

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LA SENTENCIA promulgada el viernes en La Habana contra los cuatro principales responsables de la lla mada conexión cubana del narcotráfico abre definiti vamente la puerta al fusilamiento del general Arnaldo Ochoa y otros importantes dirigentes del régimen cubano, cuya vida sólo depende ahora de la clemen cia de Fidel Castro. Recientemente, refiriéndonos a Estados Unidos, expresábamos (EL PAIS del 2 de julio) un total rechazo a la aberrante existencia de la pena de muerte, una especie de abyecta venganza social que aún pervive en no pocos países -capitalistas y comunistas, superdes arrollados y subdesarrollados- y por cuya desaparición deben abogar todos los seres humanos. Ahora que otras vidas humanas están en peligro en un régimen bien distinto del norteamericano, es un momento oportuno para recordar que el rechazo a la pena de muerte debe ser frontal, ausente de ideologías y sin fisuras.Pero el caso cubano ofrece además motivo para otras reflexiones en torno a lo que se ha denominado el aparato del Estado. Todos los acusados -y condenados- ocupaban lugares de privilegio en el escalafón político o militar de La Habana, habían participado en guerras públicas o guerrillas ocultas y disfrutaban de una consideración social preeminente. Ninguno carecía de amistades y contertulios en los centros de poder de la nación, lo que les permitió compartir mesa y mantel con los más altos mandatarios cubanos.

Es cierto que los regímenes comunistas facilitan enormemente la expansión de los servicios secretos en todo el tejido social, protegidos por un manto de silencio que nadie que guste de una existencia normalizada se atreve a desvelar. El cerco ordenado por Estados Unidos contra Cuba, y los mil y un intentos de desestabilización del régimen de La Habana emprendidos por la CIA, incluido entre ellos el del asesinato de Fidel Castro, explican la existencia de esos departamentos del Ministerio del Interior cubano cuya finalidad era la de romper el bloqueo, empleando para ello métodos heterodoxos, pero que posiblemente no fueran peores que los utilizados por sus equivalentes norteamericanos para impedirlos. Pero entre estos canales ha aparecido ante el potente foco de la opinión pública la utilización de la red internacional de la droga. Acusación una y mil veces utilizada por Estados Unidos, siempre negada con vehemencia por Fidel Castro, que ahora ha tenido que adirtitir la cruda realidad de que tales prácticas se desarrollaban ante sus propias barbas por compañeros de uniforme y amigos de tantas conversaciones.

El límite de lo conocido y lo desconocido por los hermanos Castro -con Raúl triunfante tras la crisis, con sus principales hombres de confianza en los lugares más relevantes del aparato estatal- quizá se convierta en uno de los secretos mejor guardados del régimen castrista. Habrá que aguardar aún un tiempo hasta ver qué pasos sigue el desarrollo de esta sorprendente conexión cubana con el cártel de Medellin y otros conocidos delincuentes internacionales. Este límite entre lo conocido y lo desconocido por los dirigentes políticos es el punto de reflexión que cualquier observador ha de tener en cuenta cuando se habla de servicios secretos. De ahí que la inevitabilidad del tránsito por ciertas cloacas, hecha no hace mucho por algún político más cercano a Madrid que al Caribe, produzca escalofríos a quienes desconfían de la necesidad de que tales desagües existan. No basta con no preguntar. El ejercicio honesto del poder obliga al control de dichas cloacas con mano de hierro. Si no se hace así, la sangre mancha todas las manos.

11 Julio 1989

El secreto de los hermanos Castro

Carlos Nadal

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El general Arnaldo Ochora no era precisamente cómodo para los hermanos Castro. Era un militar de prestigio comprometido en la lucha revolucionaria desde los tiempos de Sierra Maestra. Había luchado en bahía de Cochinos contra los inversores, anticastristas de 1961. Después tuvo un papel principal y brillante al frente de los cuerpos expedicionarios cubanos enviados a Etiopía y a Angola. Era un ‘héroe de la República’. Sin duda, resultaba útil en tierras africanas allí donde había que combatir para exportar la revolución. Pero en la isla caribeña, en las estrecheces del burocratismo castrista, de aquella revolución transformada en una dictadura personal, el voluntarismo de Ochoa no encajaba. Sobre todo, porque es un hombre con criterios propios, acostumbrado a manejarse a su manera con aires de procónsul, convencido de su valía.

Que este hombre se moviera un tanto a su antojo sin reparar demasiado en la manera de buscarse los medios que no sel e promocionaban adecuadamente o que, desilusionado del régimen de Fidel y de sus errores y estancamiento, se decidiera por sacar el mayor provecho posible de su actuación privilegiada es la incógnita que no depseja las duras sentencias del juicio militar de La Habana, confirmadas por el Consejo de Estado.

Porque, además, no se trata de casos aislados de toda una red delictiva en la que estaban metidos altos cargos militares y civiles. Lo cuál pone inevitablemente la cuestión de si Fidel y Raúl Castro, este jefe inmediato de Ochoa como ministro de Defensa, sabían del asunto y dejaban hacer porque de alguna manera las manipulaciones de Ochoa y los otros condenados les resolvían en parte el mantenimiento de sus aventuras exteriores o bien si lo ignoraban realmente todo, lo que sería un alarmante indicio de aislamiento.

Lo único que está claro es que los hermanos Castro aprovechan ahora la oportunidad para intentar reavivar el alicaído espíritu movilizador del castrismo en nombre de la pureza ética.

Sin embargo, no hay que olvidar que, al destapar la conexión cubana del narcotráfico ligada al general panameño Noriega, Castro hace un gesto bien visto en Estados Unidos, lo cual se une a otros indicios de que el líder máximo está tratando de romper su aislamiento en un momento en que la URSS se muestra reacia a apoyar las actitudes capaces de mantener ña la tensión internacional. Por esto, Castro se esfuerza en restablecer buenas relaciones con diversos estados hispanoamericanos y procura en Cuba mejorar las del Estado con la Iglesia católica. Romper la ‘conexión’ cubana puede ser un mensaje indirecto enviado a la Casa Blanca.

Carlos Nadal