14 julio 1997

El proceso judicial contra aquel cura-delincuente causó la caida del gobierno de Irlanda en noviembre de 1994

El sacerdote irlandés Brendan Smyth condenado a 12 años de cárcel por casos de pederastia en Irlanda

El sacerdote irlandés Brendan Smyth condenado a 12 años de cárcel por casos de pederastia en Irlanda

Hechos

El 25.07.1997 Brendan Smyth fue condenado a 12 años de prisión por un tribunal de Dublín acusado de 74 cargos de abusos sexuales.

Lecturas

El sacerdote norbertino Brendan Smyth ha sido condenado por el Tribunal Penal de Dublín a doce años de prisión después de declararse culpable de 74 delitos sexuales cometidos contra veinte menores en la República de Irlanda durante un periodo de treinta y cinco años. La sentencia cierra judicialmente una parte de la trayectoria de uno de los mayores depredadores sexuales conocidos hasta ahora dentro de la Iglesia católica irlandesa, pero deja abierta una pregunta mucho más inquietante: cómo pudo un hombre sobre cuya conducta existían advertencias desde décadas atrás continuar teniendo acceso a niños durante prácticamente toda su vida sacerdotal.

UN DEPREDADOR DURANTE DÉCADAS

Nacido como John Gerard Smyth en Belfast en 1927, ingresó en 1945 en la orden de los Premonstratenses o Norbertinos y adoptó el nombre de Brendan. Con el paso de los años desarrolló una actividad pastoral que le permitió relacionarse continuamente con familias y menores. Posteriores investigaciones reconstruirían abusos cometidos no sólo en Irlanda del Norte y la República, sino también durante estancias en Gran Bretaña y Estados Unidos. En los años sesenta ya se produjeron quejas durante su estancia en Estados Unidos y en 1968 fue sometido a tratamiento por su conducta sexual con menores.

Las advertencias no terminaron ahí. En 1975 se formularon nuevas denuncias ante el obispo de Kilmore, Francis Joseph MacKiernan, y se realizó una investigación eclesiástica. Décadas después se conocería que en aquellas actuaciones participó como notario el entonces sacerdote Seán Baptist Brady, futuro cardenal y arzobispo de Armagh, y que los menores que prestaron declaración asumieron compromisos de confidencialidad. A pesar del conocimiento existente dentro de estructuras eclesiásticas, Smyth no fue entregado entonces a la justicia penal y continuó teniendo acceso a menores.

La extensión geográfica de su actividad resulta extraordinaria. Smyth pasó por distintas comunidades y realizó viajes pastorales; posteriormente aparecieron denuncias relativas a Irlanda, Irlanda del Norte, Estados Unidos, Gales e Italia. Durante los años ochenta fue enviado a Dakota del Norte, donde se denunciaron abusos contra varios niños. El problema que después emergería no sería únicamente que Smyth hubiese engañado durante décadas a quienes lo rodeaban: sus superiores conocieron repetidamente aspectos graves de su comportamiento y, sin embargo, las medidas adoptadas no consiguieron apartarlo definitivamente de los menores.

1990-1991: POR FIN INTERVIENE LA POLICÍA

El recorrido penal comenzó cuando una familia de Belfast denunció ante la Royal Ulster Constabulary los abusos sufridos por varios de sus hijos. La denuncia fue presentada en 1990 y Smyth terminó detenido e interrogado en 1991. Quedó en libertad bajo fianza, pero no compareció posteriormente ante la justicia norirlandesa y permaneció durante los años siguientes en la República de Irlanda, principalmente en Kilnacrott Abbey, en el condado de Cavan.

Las autoridades británicas solicitaron su extradición en mayo de 1993. El expediente permaneció alrededor de siete meses en la oficina del fiscal general irlandés, circunstancia que años después desencadenaría una enorme crisis política. Antes de que la extradición fuese ejecutada, Smyth regresó voluntariamente a Irlanda del Norte en diciembre de 1993 y se entregó a la policía.

LAS PRIMERAS CONDENAS EN IRLANDA DEL NORTE

En 1994 comenzaron finalmente las condenas. En junio, el Belfast Crown Court le impuso cuatro años de prisión por ocho delitos sexuales contra menores. Posteriormente fue condenado por otros delitos y recibió otros dos años, concurrentes con la pena anterior. En conjunto, antes de regresar a la República había cumplido algo menos de tres años de prisión por 43 delitos de abusos sexuales cometidos en Irlanda del Norte.

Mientras Smyth estaba encarcelado, su caso adquirió una dimensión pública completamente diferente. El documental de UTV Suffer Little Children, emitido en 1994, investigó tanto sus delitos como la actuación de sus superiores religiosos y la demora de su extradición. La controversia sobre esta última terminó alcanzando al fiscal general Harry Whelehan, a quien el primer ministro Albert Reynolds decidió promocionar a presidente del High Court pese a la oposición de su socio laborista. El Partido Laborista abandonó la coalición y Reynolds dimitió en noviembre de 1994. Una posterior investigación oficial no demostraría que el retraso en la extradición hubiera obedecido a una conspiración para proteger a Smyth, atribuyéndolo a deficiencias administrativas.

1997: 74 DELITOS MÁS

Cuando terminó su condena norirlandesa, Smyth no recuperó la libertad. El 21 de marzo de 1997 fue trasladado a la República para responder por otra enorme relación de delitos. Cinco días después, ante el Dublin District Court, se declaró culpable de 74 cargos de agresiones sexuales cometidas contra siete niños y trece niñas. El 22 de abril ratificó las declaraciones de culpabilidad ante el Circuit Criminal Court de Dublín.

Las cifras permiten comprender la dimensión del caso:

  • 74 delitos reconocidos.
  • 20 víctimas: trece niñas y siete niños.
  • 61 cargos correspondían a víctimas femeninas y 13 a varones.
  • 62 cargos eran por indecent assault y 12 por sexual assault, conforme a la distinta legislación aplicable según la fecha.
  • Los hechos se extendían aproximadamente desde 1958 hasta 1993.
  • Habían ocurrido en nueve condados de las cuatro provincias irlandesas.
  • Una sola víctima aparecía en 24 de los cargos.
  • Algunos delitos se habían cometido incluso después de que la policía norirlandesa comenzase a investigarlo en 1990.

Los escenarios reflejaban también la facilidad con la que Smyth había utilizado su condición sacerdotal y su movilidad: aparecían abadías, conventos, pensiones, hoteles, un cine, un cobertizo para embarcaciones y otros lugares. No se trataba, por tanto, de un episodio concentrado en una parroquia y durante un periodo determinado, sino de un patrón criminal prolongado durante varias décadas.

LAS VÍCTIMAS HABLAN ANTE SMYTH

Las vistas de determinación de la pena celebradas los días 21 y 22 de julio tuvieron una característica especialmente significativa: varias víctimas pudieron explicar personalmente ante el tribunal las consecuencias de los abusos. Relataron matrimonios destruidos, problemas con las drogas, intentos de suicidio y pérdida de la fe religiosa. Smyth escuchó aquellos testimonios y presentó finalmente una declaración manuscrita de disculpa en la que reconocía sus actos como pecados, delitos contra sus víctimas y delitos contra el Estado.

Su defensa alegó la edad —tenía setenta años—, el tiempo transcurrido desde muchos delitos, sus declaraciones de culpabilidad y el supuesto arrepentimiento. Pero existía un elemento particularmente inquietante: los especialistas no consideraban desaparecido el riesgo. Smyth había rehusado colaborar posteriormente con el servicio de libertad condicional y los informes disponibles indicaban que continuaba presentando un profundo trastorno pedófilo. Incluso mientras era trasladado desde prisión en 1995 había mostrado excitación sexual al observar niñas en edad escolar.

25 DE JULIO: DOCE AÑOS

El juez Cyril Kelly dictó sentencia el 25 de julio de 1997. Condenó a Brendan Smyth a doce años de prisión y dejó una conclusión excepcionalmente contundente: a pesar de sus setenta años, seguía representando un peligro para la sociedad y existía riesgo de reincidencia. El tribunal consideró el conjunto del caso uno de los más graves que había tenido que afrontar la justicia irlandesa en muchos años.

La nueva condena se añadía a las ya cumplidas en Irlanda del Norte. Judicialmente quedaba acreditada así una trayectoria delictiva que atravesaba varias décadas y las dos jurisdicciones de la isla.

UN MES DESPUÉS, LA MUERTE

Smyth apenas cumplió la nueva condena. Fue trasladado a Curragh Prison, en el condado de Kildare. El 22 de agosto de 1997, menos de un mes después de ser sentenciado, sufrió un ataque cardíaco tras desplomarse durante el ejercicio y murió a los setenta años. En aquel momento se encontraba en marcha el procedimiento para su expulsión formal del sacerdocio; desde 1996 sus superiores ya le habían retirado el derecho a celebrar misa y administrar sacramentos.

Su entierro fue tan anómalo como el final de su vida. Los norbertinos lo enterraron en Kilnacrott Abbey en una ceremonia celebrada antes del amanecer para evitar atención pública y la tumba fue protegida con hormigón ante el temor a actos vandálicos. Años después, una de sus víctimas consiguió que se retirase de la lápida el tratamiento sacerdotal.

Brendan Smyth murió, por tanto, condenado por 117 delitos sexuales entre las dos jurisdicciones irlandesas —43 en Irlanda del Norte y 74 en la República—, aunque esa cifra judicial no debe confundirse con el número real de abusos o víctimas, que pudo ser considerablemente superior. La importancia histórica del caso tampoco reside únicamente en la monstruosidad de sus actos. Smyth se convirtió en la demostración de que un sacerdote podía ser conocido durante años como un peligro para los niños y, pese a ello, continuar circulando por instituciones religiosas y comunidades sin que la información disponible produjera una intervención civil eficaz.

El Análisis

EL MONSTRUO Y EL SISTEMA

JF Lamata

Brendan Smyth ofrece a la Iglesia católica una explicación tan tranquilizadora como peligrosa: era un monstruo. Setenta y cuatro delitos confesados en la República, otros 43 por los que ya había sido condenado en Irlanda del Norte, niños y niñas agredidos durante décadas y un juez convencido de que, incluso a los setenta años, seguía siendo capaz de reincidir. Resulta comprensible que ante semejante individuo la primera reacción sea considerarlo una aberración humana excepcional. Y seguramente lo era. Pero ésa no es la pregunta que debería hacerse ahora la Iglesia. La pregunta es otra: ¿cómo consiguió una aberración excepcional delinquir durante aproximadamente treinta y cinco años dentro de una institución que había recibido advertencias sobre él?

Porque si Smyth hubiese engañado perfectamente a todos hasta que una familia lo denunció en 1990, su historia sería esencialmente la de un criminal que consiguió ocultarse bajo una sotana. Pero ya sabemos que no ocurrió así. Hubo advertencias anteriores, tratamientos, denuncias a autoridades eclesiásticas e incluso una investigación canónica en 1975. Y, sin embargo, la respuesta fundamental permaneció durante demasiado tiempo dentro del universo eclesiástico: hablar con el sacerdote, trasladarlo, vigilarlo, tratarlo o imponerle restricciones. Lo que no funcionó fue el mecanismo que parece más elemental visto desde fuera: si existen indicios de que un adulto agrede sexualmente a niños, el problema deja de ser disciplinario o pastoral y pasa a ser policial.

La Iglesia irlandesa ha comenzado a reaccionar y sería injusto afirmar que en 1997 nada ha cambiado. El escándalo Smyth ha causado una conmoción inmensa y la jerarquía ha empezado a reconocer públicamente la gravedad de los abusos. El propio caso contribuyó a poner en marcha procedimientos más claros para afrontar acusaciones contra sacerdotes. Pero permanece una tentación comprensible: presentar cada nuevo episodio como la perversión individual de un sacerdote que traicionó a una institución fundamentalmente ajena a sus actos. Smyth traicionó indudablemente a su Iglesia. Lo preocupante es que la Iglesia también falló a las víctimas cuando sus estructuras conocieron el peligro y no consiguieron impedir que siguiera teniendo acceso a menores.

Tal vez dentro de algunos años descubramos que Brendan Smyth fue verdaderamente una excepción. Ojalá sea así. Pero una institución responsable no debería confiar en esa esperanza: debería comprobarla. Tendría que revisar archivos, establecer qué obispos y superiores conocieron denuncias, comunicar sistemáticamente las sospechas a las autoridades civiles, impedir que un traslado geográfico pueda convertirse en solución disciplinaria y asumir que el secreto canónico jamás puede prevalecer sobre la protección de un niño. Porque la lección de Smyth no consiste únicamente en que existen sacerdotes capaces de cometer delitos monstruosos; consiste en que un delincuente puede utilizar la confianza que inspira una institución para conseguir víctimas y utilizar después las deficiencias de esa misma institución para continuar actuando.

La historia podría juzgar con especial dureza lo que se haga después de 1997. Ya no será posible alegar desconocimiento. Si dentro de diez o veinte años apareciesen nuevos casos y se descubriese que diócesis enteras conocían abusos, trasladaban sacerdotes problemáticos o trataban internamente hechos que deberían haber llegado a la policía, entonces Smyth dejaría retrospectivamente de parecer una anomalía y se convertiría en una advertencia desatendida. Después de Brendan Smyth, el pecado imperdonable para la Iglesia no sería únicamente que apareciese otro Brendan Smyth; sería que volviera a aparecer porque nadie modificó el sistema que permitió actuar al primero.

J. F.