11 abril 2016
Junto con él han sido encarcelados sus dos hijos
El tertuliano Mario Conde, ex presidente de Banesto, vuelve a ser encarcelado acusado de blanquear el dinero desviado
Hechos
El 11.04.2016 D. Mario Conde fue encarcelado junto a sus hijos acusado de blanqueo de capitales.
Lecturas
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El 11 de abril de 2016 D. Mario Conde Conde, el expresidente del desaparecido banco Banesto (1987-1993), tertuliano habitual en el programa ‘El Gato al Agua’ en el canal Intereconomía TV, es encarcelado por orden de la Audiencia Nacional, juez D. Santiago Pedraz, acusado de repatriar dinero no delarado desde cuatro países, Suiza, Reino Unido, Italia y Países Bajos. Se investiga si ese dinero de D. Mario Conde Conde pudiera haber sido dinero robado de Banesto. Es la segunda vez que ingresa prisión (la primera fue, de manera provisional en 1994 y, tras ser condenado, entre 2000 y 2008).
En la misma operación son detenidos sus dos hijos, D. Mario Conde Arroyo y Dña. Alejandra Conde Arroyo. La noticia recibe máxima publicidad en todos los medios de comunicación. Tras quedar en libertad con cargos D. Mario Conde Conde anuncia en una carta abierta publicada en la web de Intereconomía (La Gaceta) en redes sociales que es inocente y que cuando termine la investigación abandonará España.
El 21 de febrero de 2017 el periodista D. Manuel Cerdán Alenda (destinatario habitual de las filtraciones del comisario Villarejo Pérez) asegura en OkDiario que la investigación a D. Mario Conde Conde ha chocado con los intereses del CNI, dado que el presunto testaferro que usaba el Sr. Conde Conde, D. Francisco Javier de la Vega Jiménez, también trabajaba haciendo labores similares para el CNI. El propio Sr. Villarejo Pérez repitirá este dato en dos de sus comparecencias públicas en el Congreso de los Diputados.
El 31 de mayo de 2019 la Audiencia Nacional archiva definitivamente la caus contra D. Mario Conde Conde tras asegurar haber constatado que ese patrimonio del exbanquero en el extranjero era anterior a su llegada a la presidencia de Banesto, por lo que no podía considerarse dinero robado a esta entidad. El encargado de informar del archivo de la causa en El País es D. José Antonio Hernández Hernández ‘Jotilla’, otro periodista considerado colaborador habitual del comisario Villarejo Pérez.
11 Abril 2016
Otra vez Mario Conde
La Guardia Civil detuvo ayer al expresidente de Banesto Mario Conde, su hijo, su hija y otras cinco personas por los supuestos delitos de blanqueo de capitales (aflorar dinero de procedencia ilícita) y contra la Hacienda pública. No se descarta que pueda ser imputado también por un delito de insolvencia punible. Al parecer llevaba meses repatriando desde cuatro países parte del dinero del que se apropió durante su gestión al frente del banco (desde diciembre de 1987 hasta diciembre de 1993) y por el que fue juzgado y condenado a 20 años de prisión
La primera conclusión es que la justicia en España, aunque lenta, va cobrándose muchas piezas de personas que han burlado las leyes durante años. En este caso, la actuación de la Audiencia Nacional tiene doble valor, porque supone poner al descubierto algo que se sospechaba desde hace dos décadas (que Conde tenía millones de euros ocultos en el exterior) y acabar con la estrategia de victimismo del exbanquero, que se permitía el lujo de dar lecciones de ética en los medios de comunicación.
Conde repatrió presuntamente en los últimos meses cerca de 14 millones de euros a través de préstamos a sociedades, ampliaciones de capital e ingresos en efectivo, ayudado por su familia y por testaferros. Todo ello mientras se declaraba insolvente para no devolver al Estado los 15 millones de euros fijados por la condena a 20 años de cárcel, en julio de 2002, por estafa y apropiación indebida.
La historia de Mario Conde es la del aventurerismo financiero, el dinero fácil y la falta de escrúpulos de finales de los años ochenta. Conde llegó a la presidencia de Banesto en diciembre de 1987 e inició una aventura de crecimiento financiero e industrial llena de irregularidades que acabó seis años después con la intervención de la entidad por parte del Banco de España: Banesto sufrió una auténtica ruina que le costó 1.919 millones de euros, a los que hay que añadir otros 600 que tuvo que aportar el Fondo de Garantía de Depósitos y las pérdidas de decenas de miles de accionistas del banco. El agujero patrimonial se situó en 3.636 millones de euros, fruto de la mala gestión de Conde y su equipo directivo.
El exbanquero fue condenado inicialmente a 10 años y dos meses por la Audiencia Nacional (31 de marzo de 2000), pero el Supremo duplicó la pena dos años después y Mario Conde entró en la cárcel. Pronto obtuvo el tercer grado penitenciario y cumplió 11 años de prisión.
Conde ha intentado ocultar su fortuna en el extranjero mientras atacaba a lo que denominaba “el sistema” por acabar con su carrera empresarial y política. La realidad es que el exbanquero lleva años engañando a la justicia y, finalmente, la paciencia y el buen hacer de los agentes de la Guardia Civil y de la Fiscalía Anticorrupción han conseguido detectar sus operaciones fraudulentas.
Casi 30 años después de su llegada a la cúpula de un banco al que llevó a la ruina, y 16 años después de su primera condena, Mario Conde tiene que volver a dar explicaciones y, sobre todo, devolver el dinero que se llevó y ocultó durante dos décadas.
12 Abril 2016
Camino de vuelta
Conocí de cerca a Mario Conde en 2010, cuando lavaba su imagen a 1.200 revoluciones por minuto. De aquel frenético centrifugado recuerdo su empeño por borrar cualquier sombra de vanidad o codicia, estigmas que combatía subrayando el valor de una fortalecida espiritualidad que – según decía – le había servido para redimirse de todos sus pecados. En apariencia, el nuevo Mario Conde era el opuesto del viejo Mario Conde, un hombre que había conquistado el bien más preciado, mucho más que el dinero: una paz interior inquebrantable. Es difícil saber cuánto de verdad había en sus palabras, pero aquel afán desmedido por mostrarse por dentro me provocaba tantas dudas que opté por tomar una prudente distancia y no subirme, por si acaso, al carro de la loa y la lisonja. Mario Conde se había encarnado en un Mario Conde mejorado en todos los aspectos. Había visto la luz y quería hacernos partícipes de la buena nueva, quiándonos por el camino de la salvación con un proyecto regenerador de amplio espectro en el que la sociedad civil debía ser la gran protagonista. En boca de Conde, la palabra regeneración es un gigantesco oxímoron, pero su poder de persuasión obró el pequeño milagro de que unos cuantos decidieran seguirle en procesión. Tal vez le faltó persepctiva para adivinar que su relativo éxito en la pequeña pantalla no era extrapolable al paisjae nacional, porque entre el nuevo y el viejo Mario Conde la gente optó por el recuerdo. Ignoro si tanta paz interior le ayudó a digerir el fracaso electoral, aunque sospecho que no. Más bien creo que fue su convicción de que el pueblo no estaba lo suficientemente preparado para entender el mensaje. Se equivocó: sus argumentos no calaron porque Mario Conde, por mucho que lavara su imagen a 1.200 revoluciones por minuto, llevará siempre una sombra de sospecha cosida en la frente.
Ahora sabemos que el falso opuesto de Mario Conde era el mismísimo Mario Conde, idéntico al que entró por primera vez en prisión en diciembre de 1994. Entre aquel y este han pasado muchos años, pero se conoce que el genuino Mario Conde necesita más tiempo para aplicarse la receta de aquel proyecto regenerador que no fue a ninguna parte. Ahora ha vuelto a la cárcel, que es tanto como decir que Mario Conde ha salido a su encuentro.
12 Abril 2016
Conde y las lagunas legales en los delitos económicos
14 Abril 2016
Mío no es
El apogeo español que consagró a Mario Conde como un modelo social nos pilló jóvenes y fuera de la profesión. Este personaje no lo construyó un solo renglón nuestro. Esa mano no la estrechamos jamás. No lo hicimos nosotros «Honoris Causa» ni confidente áulico del Rey. No elogiamos sus zapatos. No estuvimos en su barrera en los toros, suponiendo que la tuviera, que seguro que sí. Por eso podemos contemplar con desdén cómo, estos días, los mismos que inflaron el mito, acudieron a sus fiestas y aceptaron sus sobornos tratan de aislarlo como si se hubiera tratado de una anomalía criminal. Y no del arquetipo perfecto de una época, pensada por Scorsese, cuyas ramificaciones corruptoras lo alcanzaron todo (repito: TODO) y que sólo ahora ha perdido una noción de la impunidad cleptocrática que llegó a formar parte de los equilibrios de Estado.
Entre Conde y los Pujol no existen tantas diferencias, más allá de que Conde intentó hacerse con una coartada política después de su caída –comprando nada menos que la última cáscara suarista como los templos trasladados piedra a piedra–, mientras que los Pujol la tuvieron siempre y la dotaron de un inmejorable timbre patriótico. La plata dulce de los noventa, la apoteosis yuparra, lobuna de Wall Street: mortifíquese y disimule sus culpas aquella generación, que la nuestra suficientes problemas propios tiene como para encima hacerse cargo del pelotazo y de Conde en aquel país, el mejor de los posibles para hacer dinero fácil según el lema felipista de cuando la etiqueta de los trajes iba cosida por fuera en la manga.
Esta nueva detención al menos silenciará a los más contumaces de los de entonces. A los que aún cultivaban el ideal, promovido por el propio Conde, del hombre honorable que es agredido y alienado por la perversión del sistema. Hasta Jesús Gil jugó a eso, cabe recordar, con aquella guayabera y ese Cristo de Dalí en oro, emboscado en la pelambrera del pecho, que fueron símbolos de un tiempo y de una jet tanto como la gomina. En este sentido, Mario Conde también es un síntoma de su segundo tiempo. El que esta vez además es el nuestro y ha consagrado el prestigio de cualquier discurso disolvente que se ampare en otra coartada política: la «antisistema». Antisistema se puede ser de muchas formas. Es un cauce oportunista que está en el origen de buena parte de los personajes emergentes. Pero, de todas las maneras posibles de ser un antisistema, la más cínica es la que ejercen en la actualidad ciertos personajes que siempre fueron sistema puro, que se hicieron ricos y famosos dentro del sistema, que estuvieron integrados y acapararon poder, y que sólo después de su expulsión repararon en la maldad natural del «Sistema» y se hicieron pasar por víctimas castigadas por su honradez, como falsos profetas en el templo de los cambistas.
La falacia de los nuevos Dreyfuss: ellos también son una consecuencia del encanallamiento general y de la asombrosa profusión de caraduras destinados a ser alguien.
03 Mayo 2016
El fallido doctorado de Mario Conde
El consejo de Gobierno de la Universidad Complutense acaba de acordar, de forma casi unánime, la retirada de la condición de Doctor Honoris Causa a Mario Conde, «ante las graves acusaciones que pesan sobre él y que son contrarias a la dignidad que debe exigirse a quien ostenta esta distinción». La decisión, a propuesta del actual rector, se ha tomado según lo que expone el Reglamento de Ceremonias y Honores en su artículo 30.4, que admite que el honor concedido por la Universidad puede revocarse a causa de actos u otras omisiones que «desmerezcan de la distinción otorgada».
Por consiguiente, aunque se haya tardado más de 20 años, son evidentes las razones de la retirada de este honor a una persona que acaba de ingresar nuevamente en la cárcel. Ahora bien, lo que ya no está tan claro es el motivo de por qué y cómo se le otorgó esta distinción en junio de 1993, cuando precisamente seis meses más tarde se intervino Banesto, comenzando así su personal vía crucis. Pues bien, aunque el citado Reglamento es de 2005, las razones que se reconocen para conceder un Doctorado Honoris Causa, son prácticamente las mismas que estaban vigentes en 1993. En efecto, su artículo 7 indica que «la Universidad Complutense podrá distinguir con el título de Doctor Honoris Causa para reconocer la excelencia de personalidades nacionales o internacionales en los principales campos de la actividad humana, ya sean académicos, científicos o literarios, culturales o sociales, políticos o económicos».
El caso es que pocos se sorprendieron cuando se conoció que el rector de entonces, Gustavo Villapalos, deseaba otorgar el Doctorado honorífico al «hombre del momento», pues el presidente del Banesto había accedido ya a las más altas cotas de prestigio y popularidad en nuestra sociedad. Por supuesto, la motivación para su concesión se basaba en sus méritos económicos y financieros, aunque nadie discutía ya que la trayectoria que entonces se preveía para su futuro era sobre todo política. En sus memorias, Los años de gloria, así lo da a entender: «Imposible olvidarse de mi doctorado Honoris Causa por la Universidad Complutense de Madrid presidido por el Rey. Entre otras cosas porque tengo un libro editado, para consumo exclusivamente mío, que recoge el acto y mi discurso. Pero es que, además, y está mal que yo lo diga por la cosa de la modestia, conmocionó a la clase política española. ¿Conmocionó o asustó? Mirando atrás ya estaban asustados, porque nada más asustadizo que un político mediocre ante una inteligencia y capacidad de comunicación a la que considera superior. Una sociedad que fomenta descaradamente la mediocridad no puede pretender disponer de políticos que se salgan de semejante atributo». Conde, ciertamente, acierta en parte en su diagnóstico sobre la clase política española, pero se excede ampliamente en el juicio de su propia superioridad mental, pues aunque posea un cerebro privilegiado, muy bien amueblado jurídicamente, demostró, como señala Ortega, que siendo la inteligencia lo más sublime que tiene el hombre, es también lo primero que pierde.
En cualquier caso, Conde reconoce que ese día fue memorable para él. Era la consagración de sus éxitos financieros y el fogonazo de lo que todos intuían que sería el comienzo de su ascensión política. Precisamente así lo confirmó el hecho de que en el acto, haciéndole el vacío, no hubiese ningún político en activo, salvo Joaquín Leguina por ser el presidente de la Comunidad de Madrid, de la que dependía la Universidad. Pero eso no impidió, como recuerda Conde, que «en los estrados del salón de grados de la Universidad se sentara lo mejor y más granado de las fuerzas reales de España».
Sea como fuere, la idea de conceder el Doctorado a Conde, según él mismo reconoce, procedía del audaz rector Villapalos, al que le encantaba estar permanentemente en el candelabro, como decía aquella Miss en frase gloriosa. Ciertamente, si se concedía el Doctorado a una persona como Conde, era de suponer que el acto de su entrega podría estar presidido por el propio Rey Juan Carlos, el cual tenía amistad con el banquero.
Por tanto, manos a la obra. Así llegamos al día triunfal, esto es, al 9 de junio de 1993. Pocos días antes muchos profesores de la Facultad de Derecho nos habíamos enterado por la prensa de que se iba a otorgar esta distinción al ilustre banquero y fino jurista. Pero la sorpresa fue mayúscula cuando supimos que había sido gracias a «la iniciativa de nuestra propia Facultad», lo cual era algo inverosímil. Según los Estatutos de nuestra UCM, era necesario para conceder esta distinción que se diesen tres requisitos: la propuesta unánime de un Departamento; el informe favorable, por mayoría de dos tercios de sus miembros, de la Junta del Centro a que dicho Departamento estuviese adscrito; y, por último, la aprobación por idéntica mayoría de la Junta de Gobierno de la Universidad.
Pues bien, puedo afirmar que en mi doble condición de miembro de la Junta de Facultad de Derecho y de director de uno de sus Departamentos, no se había cumplido ni el primero ni el segundo de los requisitos mencionados. En consecuencia, ante una cacicada que me indignó, decidí escribir un artículo en este periódico, denunciando la ilegalidad de la concesión del Doctorado, porque incluso se me dijo que el Departamento de Derecho Constitucional, que yo dirigía, era el que estaba implicado en la decisión de otorgar el Doctorado. Por lo demás, en aquella época, EL MUNDO era una empresa con muchos accionistas y precisamente Mario Conde era uno de ellos con un 4% de las acciones, lo cual significaba que el director del periódico, Pedro J. Ramírez, podría oponerse a que se publicase una noticia que afectaba a uno de los accionistas. Por eso decidí hablar primero con él, antes de entregar mi artículo, pero Pedro Jota me dijo lo mismo que acaba de decir en una entrevista en Telecinco: «Siempre que sé algo y puedo demostrarlo, no dudo en publicarlo». Fueron numerosos los ejemplos que se podrían aducir en este sentido durante los 25 años en que dirigió de EL MUNDO.
Mi artículo concluía afirmando que de acuerdo con lo que dice el artículo 62.2 de la Ley del Régimen Jurídico de las Administraciones Públicas de 1992 «son nulas de pleno derecho las disposiciones administrativas que vulneren la Constitución, las Leyes u otras disposiciones administrativas de rango superior». Por tanto, el Doctorado en cuestión era nulo de pleno derecho, por no haberse seguido lo que indicaban los Estatutos, norma suprema del autogobierno de la Universidad.
El impacto que causó mi artículo fue especialmente importante en el ámbito universitario y, especialmente, en la Junta de Gobierno de la UCM cuyos miembros, salvo alguna excepción, montaron en cólera hasta el punto de que, como me comunicaría más tarde el decano de Ciencias Políticas -era mi hermano Alfonso-, hubo alguno, como el decano de Medicina, Vicente Moya Pueyo, partidario de que se me expedientase, lo cual era un refinado dislate. Sin embargo, no llegaron hasta ahí, lo que me hubiese encantado para desenmascararlos, pero les obligué a que se inventasen una norma para justificar la concesión del Doctorado sin haber pasado por las instancias necesarias.
Sea como sea, el Doctorado fallido constituye un episodio modélico de aquel periodo de nuestra reciente historia, que también ha tenido amplio eco en posteriores generaciones. Por eso traigo a colación el testimonio de uno de los más brillantes periodistas de esta hora, David Gistau, el cual escribe lo siguiente: «El apogeo español que consagró a Mario Conde como un modelo social nos pilló jóvenes y fuera de la profesión. Este personaje no lo construyó un solo renglón nuestro. Esa mano no la estrechamos jamás. No lo hicimos nosotros Honoris Causa ni confidente áulico del Rey. No elogiamos sus zapatos. No estuvimos en su barrera en los toros, suponiendo que la tuviera, que seguro que sí. Por eso podemos contemplar con desdén cómo, estos días, los mismos que inflaron el mito, acudieron a sus fiestas y aceptaron sus sobornos, tratan de aislarlos como si se hubiera tratado de una anomalía criminal. Y no del arquetipo perfecto de una época, pensada por Scorsese, cuyas ramificaciones corruptoras lo alcanzaron todo (repito: todo) y que sólo ahora ha perdido una noción de la impunidad cleptocrática que llegó a formar parte de los equilibrios de Estado… La plata dulce de los 90, la apoteosis yuparra, lobuna de Wall Street: mortifíquese y disimule sus culpas aquella generación, que la nuestra suficientes problemas propios tiene como para encima hacerse cargo del pelotazo y de Conde en aquel país, el mejor de los posibles para hacer dinero fácil según el lema felipista de cuando la etiqueta de los trajes iba cosida por fuera en la manga».
Sin duda, el ambiente que describe Gistau facilitó la aparición del fenómeno Conde, pero eso no implica que nadie fuese culpable de las fechorías que se cometieron entonces, incluida la Complutense. Por eso, es muy revelador que Mario Conde adopte una frase del rector Villapalos, cuando le señalaba que «según algunos, los honestos son aquellos que no han tenido una oportunidad suficientemente interesante para dejar de serlo». A lo que el ex presidente de Banesto apostilla: «Es ácido el comentario, pero en demasiadas ocasiones arroja un porcentaje de verdad nada desdeñable». Precisamente por haber seguido esa frase lapidaria del sublime rector, Conde hoy se encuentra donde se encuentra.
Jorge de Esteban
19 Junio 2016
La carta de Mario Conde tras salir en libertad
Ante la imposibilidad física de agradecer individualmente a todos los que en este cuarto encierro en prisión me habéis hecho patente vuestro apoyo y afecto, que han sido decisivos en estos momentos, uno de los mas dolorosos de mi vida, utilizo esta red social para enviaros un abrazo preñado de afecto y agradecimiento, en mi nombre, en el de mis hijos, mis colaboradores mas próximos y de las personas que -me consta- han sufrido este nuevo golpe -otro más- en mi existencia.
He aprendido muchas cosas en mi vida pero una es rotunda: si quieres saber quiénes son tus amigos, arruínate. Si deseas saber quien te ama, ingresa en prisión.
No voy a relatar ahora pormenores de ese nuevo/viejo asunto judicial, porque mi norma siempre ha sido que es en sede judicial en donde se efectúan las consideraciones. Ya sé que otros no respetan esta regla, tal vez porque conscientes de la debilidad de sus escritos e informes acuden al aporte mediático como complemento esencial inflacionado ad nauseam.
Pero tengo un deber moral que cumplir. Se lo dije al juez en la comparecencia en la que la fiscal pidió mi ingreso en prision. Y lo repito hoy. Podéis estar absolutamente seguros, sin el menor resquicio de duda, de que ninguno de los euros que han sido traidos para ser invertidos en empresas españolas, absolutamente ninguno, procede, ni directa ni indirectamente, de Banesto.Soy consciente de que se ha repetido hasta la saciedad lo contrario, con tal intensidad y coincidencia que pocas dudas caben de que se trata de una actuación coordinada basada en una consigna. No importa. La verdad es la que es. Afortunadamente podremos probarlo con documentos que impedirán cualquier duda. Ni un solo euro tiene nada que ver con Banesto. Absolutamente nada.Insisto: lo demostraré.
Soy consciente de que a la tribu de la carroña le dará igual. Quienes viven de mentir y difamar sienten alergia por la verdad, porque destroza sus platos de lentejas. En 1523 Luis Vives escribió: “todo es cerrazón y noche” y en 1570 Rodrigo Manrique le contestó. “dices muy bien, nuestro país es tierra de envidia y soberbia”. Hoy, 500 años después, ese diagnóstico es mas certero que nunca.
Es cierto, como dice Cioran, el filósofo de verbo ácido y pluma indomable, que nos vemos obligados a soportar el hedor del surco que algunos hombres trazan sobre la historia. Pero al tiempo sentimos el perfume de la fuerza de la dignidad que ciertos ejemplares humanos albergan en sus corazones y manifiestan en sus conductas. Asi es la ley de esta manifestación: la dinámica de los opuestos. Por ello, les doy las gracias a la carroña y a la noche, porque nos ayudan a valorar la luz y la dignidad
Y por fin he aprendido la lección: al igual que Ruben Dario odiaba el tiempo que le tocó vivir, me he convencido de que este país no es mi sitio. Cuando todo termine me iré. Hasta ese momento estaré a disposición de los que sobre mi mandan. Y cumpliré al pie de la letra sus órdenes y mandatos. Como siempre he hecho al margen de mis opiniones personales. Si me vuelven a ingresar en prisión por lo que sea, ingresaré. Pero cuando termine me iré. Ojala mis hijos, nietos y aquellos a quienes quiero me acompañen, pero no puedo forzarles.
Amo con todas mis fuerzas a mi tierra, a mi Galicia, pero al igual que mis abuelos y bisabuelos me veré obligado a quererla en la distancia. La nostalgia es genéticamente de los que llevamos sangre de su valles, rios y colinas, montañas y soutos, millos, bahías y radas.
Camino hacia el otoño existencial, pero todavia albergo la esperanza de primaveras. Pero hoy en este lugar llamado todavia España al menos para mi no amanece. Todo es cerrazon y noche.
El Análisis
¡Qué ganas le tenían tantos a D. Mario Conde cuando ingresó en chirona en diciembre de 1995! El pueblo siempre sufre placer viendo como ‘un rico’ las pasa canutas. Pero si además ese rico tiene buen porte, es joven, es banquero y ha sido paseado – al contrario que el resto de banqueros – como un modelo de triunfo, pues se disfruta aún más viendo su caída.
D. Mario Conde ya fue paseado por el barro entre 1993 y 2006, se convirtió en el chorizo mayor del reino viendo como todos los ricos que compartían mesa le retiraban el saludo y los periodistas que le peloteaban pasaron a despreciarle y a decir que nunca les cayó simpático. Salió de la cárcel y en vez de esconderse como otros ex presidiarios, D. Mario Conde trató de rehacer su imagen como tertuliano de Intereconomía. Hablaba bien, calaba en importantes sectores (de la derecha, claro) que pensaban que merecía la pena escucharle. E incluso algunos parecían dispuestos a creerse que era inocente y fue víctima de una trampa. Y algunos periodistas volvieron a comer en su mesa.
Ahora la historia volvía a repetirse. Otra vez era paseado por el barro. Otra vez volvía a ser el chorizo mayor del reino y otra vez algunos periodistas (incluso algunos que habían coincidido con él en Intereconomía a lo Jaime González o Isabel Durán) volvían a decir que nunca se habían fiado de él. Todo un remake. Pero en su caso, el más doloroso: esta vez le acompañaban sus hijos en la desgracia.
J. F. Lamata