26 enero 1988

El vicepresidente - que compite con Bob Dole para la ser el candidato del Partido Republicano - ha logrado vencer al que muchos de los votantes conservadores identifican como 'el símbolo de la arrogancia'

El vicepresidente de Estados Unidos, George Bush, sale airoso de su debate con Dan Rather (CBS) como trampolín hacia la Casa Blanca

Hechos

El 26.01.1988 se emitió un debate de la CBS entre su presentador Dan Rather y el Vicepresidente de los Estados Unidos George Bush (padre).

Lecturas

Lo que debía ser una entrevista televisiva al vicepresidente George Bush terminó pareciendo un debate electoral en directo. Dan Rather, presentador de CBS Evening News, recibió a Bush en plena carrera por la sucesión de Ronald Reagan y centró buena parte de sus preguntas en el escándalo Irán-Contra. Rather quiso saber por qué Donald Gregg, antiguo asesor de Bush relacionado con las operaciones de ayuda a los Contras, continuaba siendo hombre de confianza del vicepresidente, y puso sobre la mesa las contradicciones existentes sobre cuánto sabía Bush de las operaciones destinadas a vender armas a Irán y conseguir la liberación de los rehenes. El vicepresidente reaccionó con evidente irritación: acusó a CBS de presentar como nuevas cuestiones que ya habían sido examinadas por el Congreso y la Comisión Tower y sostuvo que se estaba poniendo en duda injustamente su integridad. El momento más tenso llegó cuando Rather insistió en que Bush había estado en reuniones en las que se habló de las operaciones y éste respondió que no recordaba las objeciones formuladas por el secretario de Estado George Shultz con la intensidad que el periodista describía.

La discusión terminó entrando incluso en la vida profesional del propio Rather. Cuando el periodista insistió en que Bush debía explicar su actuación durante Irán-Contra, el vicepresidente contraatacó recordándole los famosos siete minutos en que Rather había abandonado el plató de CBS durante una emisión en septiembre de 1987, en protesta por una entrevista que se había prolongado y había desplazado su informativo. «¿Cómo le gustaría que yo juzgara su carrera por esos siete minutos?», vino a decir Bush. Rather trató de devolver la conversación a Irán-Contra, pero el vicepresidente insistió en que no quería que toda su trayectoria fuese juzgada por aquel episodio. El intercambio terminó sin que Rather obtuviera todas las respuestas que pretendía y con Bush reclamando que se juzgase su carrera completa. La entrevista, que debía presentar al candidato republicano, acabó siendo una pelea entre uno de los periodistas más poderosos de Estados Unidos y el hombre que aspiraba a suceder a Reagan.

La repercusión fue inmediata. En sectores conservadores se interpretó la actuación de Bush como una respuesta enérgica a un periodista considerado hostil, mientras que Rather defendió su actuación. El interés televisivo fue enorme, aunque curiosamente los datos de audiencia citados por The Washington Post mostraron que en Nueva York y Washington la audiencia de CBS descendió durante los minutos finales del enfrentamiento, mientras NBC ganaba espectadores. En el terreno político, sin embargo, la impresión fue distinta: colaboradores de Bush afirmaron haber recibido numerosas llamadas de electores indecisos que se mostraban favorables al vicepresidente después del choque.

El Análisis

Bush gana una batalla que Rather creyó haber ganado

JF Lamata

George Bush no necesitaba ganar una entrevista para ser presidente, pero acaba de descubrir que enfrentarse públicamente a Dan Rather puede ser una magnífica manera de ganar una candidatura. Ronald Reagan se dispone a abandonar la Casa Blanca después de ocho años y el Partido Republicano debe elegir ahora a su sucesor. Bush parte con la ventaja de ser vicepresidente, pero no tiene la nominación asegurada: hombres como el senador Bob Dole aspiran también a ocupar el espacio republicano. En este contexto, una entrevista en la que Bush aparece acosado por las preguntas sobre Irán-Contra podía convertirse en un problema. Ha ocurrido lo contrario. Al resistir el interrogatorio, devolver los golpes a Rather y recordarle sus propios siete minutos de abandono del plató, Bush ha conseguido algo que ningún discurso preparado habría logrado con tanta eficacia: presentarse ante millones de estadounidenses como un político capaz de enfrentarse a uno de los periodistas más temidos de la televisión. Que buena parte del electorado conservador sienta una abierta antipatía por Rather convierte la victoria dialéctica —aunque cada espectador pueda juzgar de manera diferente quién tuvo razón— en un activo político para el vicepresidente.

El episodio vuelve a demostrar, además, hasta qué punto los medios de comunicación se han convertido en actores políticos de primer orden. El periodista que pregunta ya no es necesariamente un intermediario invisible entre el candidato y el ciudadano: su propia personalidad puede formar parte de la noticia y determinar el resultado político de una entrevista. Gary Hart lo había comprobado el año anterior de manera mucho más dramática: una investigación periodística sobre su vida privada terminó destruyendo al favorito demócrata para 1988. Ahora Rather descubre la otra cara de ese poder. Puede someter a un candidato a un interrogatorio demoledor, pero también puede convertirse en el adversario perfecto para que ese candidato movilice a sus propios electores. Bush ha salido de la entrevista con una imagen reforzada precisamente ante quienes menos simpatizan con CBS. Y ésa puede ser la ironía de esta noche: Rather quería interrogar al futuro presidente; Bush ha encontrado en Rather a uno de los mejores propagandistas involuntarios de su candidatura.

J. F. Lamata