28 abril 1992

Kurt Waldhein renuncia a la reelección como presidente de Austria tras un mandato marcado por su pasado nazi

Kurt Waldhein renuncia a la reelección como presidente de Austria tras un mandato marcado por su pasado nazi

Hechos

Las elecciones presidenciales de Austria del año 1992 se dividieron entre el Sábado 26 de abril de 1992 (1ra vuelta) y el Sábado 24 de mayo de 1992 (2da vuelta).

Lecturas

El conservador Thomas Klestil es el mejor situado para suceder a Waldheim en las próximas elecciones.

EL PAÍS (Director: Joaquín Estefanía)

28 Abril 1992

Waldheim se retira

EL PAÍS (Director: Joaquín Estefanía)

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LAS ELECCIONES presidenciales en Austria han marcado el fin del mandato de Kurt Waldheim: una etapa bastante vergonzosa para los austríacos, ya que los oscuros antecedentes de esa persona como oficial hitleriano en la II GuerraMundial provocaron su aislamiento internacional. Con la excepción de ciertas capitales árabes y de la Alemania del canciller Kohl, no ha sido invitado a ningún país, y muy pocos dirigentes extranjeros le han visitado. Por ello, la renovación de su mandato era una hipótesis que él mismo tuvo que descartar. ¿Quién será su sucesor? En la primera vuelta de las elecciones se han destacado dos candidatos, el socialdemócrata Streicher y el conservador Klestil, candidato del Partido Popular, los cuales se enfrentarán en una segunda vuelta el 24 de mayo.Pero el dato más llamativo, y preocupante, de la consulta electoral del domingo ha sido que el partido encabezado por el neofascista Joerg Haider (curiosamente llamado liberal), con sus posiciones xenófobas y autoritarias, ha confirmado su fuerte presencia política con más del 16% de los votos. Es un fenómeno que no es exclusivo de Austria: se manifiesta, con unas u otras características, en todas las elecciones europeas de los últimos tiempos. Austria, por su posición geográfica, es un lugar de paso de una gran parte de la inmigración de los países del este de Europa. Y no sólo de paso: muchos se esfuerzan por establecerse en Viena y otras ciudades. Esta realidad, que plantea sin duda problemas serios de alojamiento y de trabajo, sirve de base a las campañas del partido liberal contra los extranjeros. A la vez, Heider descalifica a los otros partidos, echa la culpa de los problemas sociales no resueltos a la ineficacia de la vieja política y agita un nacionalismo con resabios nazis.

Por otra parte, los electores no han dado una ventaja marcada a ninguno de los dos candidatos llamados a competir en la segunda vuelta. El que partía como favorito, el socialista Streicher, se ha quedado por debajo de la votación obtenida por su partido tanto en las presidenciales de 1986 como en las legislativas de 1990. Este retroceso socialista es un rasgo bastante general en las consultas europeas del último año. Para la segunda vuelta, Streicher podría contar en principio con el 5% obtenido por el candidato verde. Pero ni siquiera este apoyo es muy seguro: en los temas políticos más candentes, los verdes se oponen radicalmente a las posiciones socialistas: rechazan el ingreso en la CE y defienden la neutralidad tradicional de Austria, a pesar de que tal política ha perdido toda razón de ser en la actual coyuntura.

En cuanto al candidato de la derecha, ¿dónde puede encontrar los votos necesarios para ganar la segunda vuelta? Si bien no se han producido aún declaraciones oficiales, Haider ya ha manifestado su preferencia por Klestil. Surge, pues, el peligro de que en la segunda vuelta de las elecciones el partido liberal (neofascista) otorgue su apoyo al candidato del Partido Popular. Ello podría provocar una crisis política en la coalición gubernamental, formada por socialistas y populares. En todo caso, no mejoraría mucho la imagen de Austria en el mundo si, después de la presidencia de Waldheim, el nuevo presidente resultase elegido con los votos neofascistas y quedase en cierto modo condicionado por ese regalo envenenado.

Alfonso Rojo

25 Abril 1992

Austria: música de violines

Alfonso Rojo

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Las cosas no podían ser de otra manera. En un país como Austria, célebre por su culto a la música, el favorito para suceder como presidente a Kurt Waldheim este domingo es un consumado violinista. Por si existía alguna duda, Rudolf Streichner, candidato socialdemócrata, ex ministro de Transportes y de Industrias Nacionalizadas, se ha encargado de disiparla regalando a los votantes grabaciones de «El Danubio Azul» en la que él aparece dirigiendo la orquesta. Aunque los otros tres candidatos no han hecho gala de habilidades musicales equivalentes, al menos sí comparten con Streichner una verdadera obsesión por la «armonía». Escaldados por la amarga experiencia de la campaña presidencial de 1986, cuando la apacible Austria se vio desgarrada por la polémica en torno a Kurt Waldheim y su probable participación en crímenes de guerra nazis, los políticos han tratado por todos los medios de evitar las disputas. El nombre del actual presidente austríaco y su discutida trayectoria ni siquiera ha sido mencionado a lo largo de toda la campaña electoral. El único «rifirrafe» de consideración hasta el momento ha sido el sostenido entre el líder de la nueva derecha, Joerg Haider, que ha acusado a Robert Jungk, judío y aspirante de Los Verdes a la Presidencia, de haber escrito en su lejana juventud un panfleto nacionalsocialista. Tras seis largos años de aislamiento internacional, los austríacos desean fervientemente poner fin a la pesadilla y han decidido reemplazar al controvertido Kurt Waldheim con un jefe de Estado que, si no es muy conocido, al menos sea respetado tanto dentro como fuera de las fronteras del país. Durante los pasados seis años, cuando alrededor de la neutral Austria se desplomaba el Bloque Soviético, resurgía la Comunidad Europea y concluía la Guerra Fría, el presidente del país ni siquiera podía entrar en Estados Unidos. La única entrevista reseñable de Waldheim, sospechoso de complicidad en el genocidio judío, tuvo lugar el año pasado con el iraquí Sadam Husein. El socialdemócrata Streicher, al que las encuestas vaticinan un 39% de votos, aparece en los posters electorales adornado, entre otras cosas, con la bandera norteamericana y la de la CE. El conservador Thomas Klestil, candidato del Partido Popular, al que los sondeos pronostican un 27%, es un ex embajador en Estados Unidos y distribuye fotos en las que se le ve con el presidente Bush. Heide Schmidt, candidato del Partido Liberal, que habla de «devolver a Austria su papel en el mundo», está en el 8%. El ecologista Jungk, contrario a la integración de Austria en la Comunidad Europea, parece condenado a quedarse en el 5%.

El Análisis

Las sombras del nazismo siguen persiguiendo a Europa

JF Lamata

Kurt Waldheim abandona la presidencia austríaca dejando una lección incómoda: un jefe del Estado puede ser elegido democráticamente y, sin embargo, convertirse en un obstáculo para la representación internacional de su propio país. El antiguo secretario general de las Naciones Unidas llegó al poder en 1986 con una brillante trayectoria diplomática, pero también con una biografía de guerra llena de silencios. Las investigaciones revelaron su pertenencia a organizaciones vinculadas al nazismo y sus destinos como oficial de la Wehrmacht en Yugoslavia y Grecia, donde las fuerzas alemanas participaron en deportaciones y operaciones represivas. La comisión internacional de historiadores presidida por el suizo Hans Rudolf Kurz, que presentó sus conclusiones en febrero de 1988, no encontró pruebas suficientes para atribuirle personalmente crímenes de guerra, pero desmontó sus afirmaciones de que desconocía las atrocidades cometidas por las unidades en cuyo entorno trabajaba. Waldheim no fue condenado penalmente, pero tampoco consiguió despejar las dudas sobre su comportamiento y sus posteriores ocultaciones. El golpe diplomático más grave llegó el 27 de abril de 1987, cuando el fiscal general estadounidense Edwin Meese III, con el respaldo del secretario de Estado George P. Shultz, decidió incluirlo en una lista de extranjeros a los que se prohibía la entrada en Estados Unidos por sus vínculos con persecuciones nazis. Que un antiguo secretario general de la ONU terminara vetado en Washington mientras ejercía como presidente de Austria constituye una paradoja histórica extraordinaria. Su retirada permite al Partido Popular austríaco conservar la presidencia mediante un candidato menos controvertido, Thomas Klestil, y ofrece al país la oportunidad de recuperar una normalidad diplomática que llevaba seis años deteriorada.

El caso Waldheim demuestra también que las responsabilidades de la Segunda Guerra Mundial no desaparecieron con la derrota del Tercer Reich, sino que continuaron proyectándose sobre las democracias europeas durante décadas. Austria, integrada en la Alemania nazi desde 1938, tardó demasiado en afrontar la participación de numerosos ciudadanos austríacos en el aparato militar y represivo hitleriano. Pero no es el único país obligado a revisar su pasado. En Alemania Federal, antiguos afiliados al Partido Nazi como Kurt Georg Kiesinger, canciller entre 1966 y 1969, o Karl Schiller, ministro de Economía, alcanzaron importantes responsabilidades después de la guerra. En Francia, el caso de Maurice Papon resulta todavía más perturbador: secretario general de la prefectura de Gironda durante el régimen colaboracionista de Vichy, llegó a convertirse en prefecto de Policía de París y, décadas después, en ministro de Presupuesto del Gobierno de Raymond Barre bajo la presidencia de Valéry Giscard d’Estaing. Desde 1983 está procesado por crímenes contra la humanidad relacionados con la deportación de judíos durante la ocupación alemana. Su trayectoria plantea una pregunta que trasciende las fronteras austríacas: ¿cuántos funcionarios y políticos consiguieron construir respetables carreras democráticas sin rendir cuentas por sus responsabilidades anteriores? No todas esas biografías son equivalentes ni todas las acusaciones están probadas, pero el paso del tiempo no convierte automáticamente la ocultación en inocencia. La democracia europea no necesita perseguir indefinidamente a una generación por el mero hecho de haber vivido bajo las dictaduras; sí necesita distinguir entre quienes las padecieron, quienes se acomodaron a ellas y quienes participaron en sus crímenes. La retirada de Waldheim cierra una presidencia, pero no el debate sobre la memoria histórica de Europa.

JF