18 octubre 1986
Éxito para el presidente del COI, el ex franquista catalán Samaranch y para el alcalde de Barcelona, el socialista Pasqüal Maragall
Éxito para España: El Comité Olímpico Internacional elige a Barcelona para las Olimpiadas del año 1992
Hechos
El 17.10.1986 el presidente del COI, D. José Antonio Samaranch anunció que Barcelona sería la ciudad elegida para celebrar los Juegos Olímpicos de 1992.
Lecturas
LOS ARTÍFICES
18 Octubre 1986
Victoria olímpica
LA ELECCIÓN de Barcelona como sede de los Juegos Olímpicos de 1992 es una gran noticia para España. Las citas olímpicas se han convertido en acontecimientos multitudinarios de enorme importancia, y su convocatoria en nuestro país abre una oportunidad más para mostrar a la comunidad internacional la realidad española. Al mismo tiempo servirán para dar un empuje histórico a las obras de modernización y a la mejora de la infraestructura. de la Gran Barcelona. Y, finalmente, deben servir de acicate para incrementar la práctica del deporte entre nuestros jóvenes y situar a nuestro país en un lugar más relevante del que viene ocupando en las competiciones.La elección plantea, sin embargo, no pocos problemas. Y no es el más pequeño abordar con realismo y buena planificación las inversiones financieras previstas por la candidatura. El año 1992 será también el de la Exposición Internacional de Sevilla. Si estos eventos se enfocan con las dosis de improvisación y alegría presupuestaria que en muchos momentos han caracterizado a nuestras administraciones públicas, podrían convertirse en un auténtico lastre histórico para el futuro.
Otra cuestión es la estrictamente deportiva. Los déficit de los españoles en este terreno, tanto en la práctica cotidiana como en su proyección competitiva de alto nivel, nos exponen a un ridículo que, por mucho que se intente paliar aludiendo a que lo importante no es ganar sino participar, amenaza con calar profundamente en la opinión pública. Los cinco años que nos separan de los Juegos deben ser utilizados para iniciar una rectificación en este terreno: un replanteamiento que tendría que empezar por las escuelas. Aun así muy difícilmente nos escaparemos de proyectar al mundo, desde la Barcelona del año 1992, la imagen de un pueblo moderno e inquieto, con preocupaciones culturales y políticas, que está realizando importantes esfuerzos para consolidar una buena situación económica, pero que ha descuidado lamentablemente la formación física de sus ciudadanos.
Por lo demás, la elección efectuada en Lausana constituye una oportunidad de oro para que Barcelona se convierta en la ciudad racional y pujante que desean y merecen sus habitantes. Vale la pena subrayar que dicha oportunidad llega de la mano de la unidad con que se ha respaldado a. la candidatura. Barcelona obtiene los Juegos gracias a la primera tregua interior que se conceden los partidos políticos catalanes desde la muerte de Franco, y al apoyo que ha sabido buscar -y encontrar- en todas las instituciones españolas. La ilusión colectiva de sus ciudadanos, la inscripción de 60.000 voluntarios dispuestos a colaborar gratuitamente en los trabajos olímpicos, el esfuerzo de las empresas -catalanas y no catalanas- que han financiado a fondo perdido los gastos de promoción internacional del proyecto y la minuciosa planificación que ha realizado el Ayuntamiento no habrían servido de nada sin las dos premisas anteriores. Todas las ciudades candidatas defendieron con entusiasmo sus ofertas. A la capital catalana le asistía un largo rosario de argumentos, como el de que España era el único gran país europeo, moderno e industrializado, que nunca había conseguido albergar unos Juegos Olímpicos, o el de que Barcelona concurría por cuarta vez a la nominación. Asimismo, presentaba realidades tangibles: tiene ya el 70% de las instalaciones deportivas necesarias para los Juegos y ha iniciado -sin esperar al veredicto- obras decisivas, como la remodelación del estadio y la construcción del futuro Palacio de Deportes de Montjuïc.
Unos 700 profesionales han aportado cerca de medio millón de horas de trabajo en la candidatura. Pero, según ha señalado el presidente del Comité Olímpico Internacional, Juan Antonio Samaranch, la seriedad y la unanimidad en el respaldo de toda España han sido los elementos decisivos para que pudieran imponerse esas otras razones. Es cierto que esa unanimidad ha llegado bastante tarde, aunque a tiempo para ofrecerla en Lausana. Y es cierto que las dudas y disensiones que se registraron pueden reverdecer en el futuro, a la hora de intentar capitalizar políticamente el triunfo. Pero la propia eficacia de esa unanimidad debe servir de lección en otras cosas. Para Cataluña y para España.
El Análisis
La elección de Barcelona como sede de los Juegos Olímpicos de 1992 constituye una de las mayores victorias internacionales logradas por España desde el restablecimiento de la democracia. Reunido en Lausana el Comité Olímpico Internacional, sus miembros otorgaron la organización de los Juegos a la candidatura catalana frente a las de París, Brisbane, Belgrado, Birmingham y Ámsterdam, imponiéndose ya en la segunda votación. No ha sido un triunfo improvisado. Detrás de la candidatura se encuentran años de trabajo impulsados por el alcalde Pasqual Maragall, el Comité Olímpico Español (primero presidido por Romà Cuyàs y luego por el Duque de Cádiz), el dirigente empresarial Carlos Ferrer Salat, cuya capacidad de relación internacional resultó decisiva en la fase inicial del proyecto, y, sobre todo, la figura del presidente del COI, Juan Antonio Samaranch. Para la España de Felipe González, los Juegos representan la confirmación de la plena incorporación del país al mundo occidental, apenas unos meses después del ingreso en la Comunidad Económica Europea. Para la Generalitat de Jordi Pujol, suponen una oportunidad irrepetible de proyectar Cataluña al exterior. Para Barcelona, son el mayor desafío urbanístico y económico de su historia contemporánea.
La figura de Samaranch merece un análisis aparte. Barcelonés de nacimiento, antiguo procurador en las Cortes franquistas, presidente de la Diputación de Barcelona durante el régimen y sus palabras en televisión el día de la muerte de Caudillo exhibiendo su admiración al generalísimo eran difíciles de olvidar. Posteriormente fue embajador en Moscú antes de acceder a la presidencia del COI en 1980, reúne una trayectoria política que habría bastado para convertirlo en un personaje incómodo en la Cataluña democrática. Sin embargo, nadie ignora que su prestigio dentro del movimiento olímpico ha sido un activo extraordinario para la candidatura barcelonesa. No existen pruebas de que vulnerara las normas del Comité Olímpico Internacional ni de que manipulase la votación en favor de su ciudad; el sistema de elección corresponde a los miembros del COI y Samaranch estaba obligado institucionalmente a mantener una posición de neutralidad. Pero sería igualmente ingenuo negar que su autoridad moral, su capacidad para abrir puertas, generar confianza y proyectar la imagen de Barcelona en el mundo fueron factores decisivos. Nadie hizo más que él en lograr que Barcelona fuera sede olímpica.
Si los Juegos llegan finalmente a celebrarse con éxito, es probable que esta elección transforme para siempre la imagen de Barcelona y, con ella, parte del juicio histórico sobre el propio Samaranch. El antiguo jerarca del franquismo podría terminar siendo recordado antes como el hombre que llevó los Juegos Olímpicos a su ciudad que por los cargos que desempeñó durante la dictadura. Sería una de esas paradojas que la historia reserva de vez en cuando: un personaje discutido por su pasado político convertido en una figura ampliamente reconocida por un logro compartido por gobiernos de distinto signo, desde el Ejecutivo socialista de Madrid hasta la Generalitat nacionalista y el Ayuntamiento socialista de Barcelona. A partir de hoy comienza una cuenta atrás de seis años. El verdadero reto ya no consiste en ganar una votación en Lausana, sino en demostrar al mundo que España está preparada para organizar unos Juegos a la altura de las grandes capitales internacionales.
J. F. Lamata