19 mayo 2017

Escisión en el think tanks liberal español

Fernando Díaz Villanueva rompe con Juan Ramón Rallo y su Instituto Juan de Mariana con fuertes acusaciones

Hechos

El 19 de mayo de 2017 D. Fernando Díaz Villanueva publica un artículo en su blog en el que explica su ruptura en el Instituto Juan de Mariana.

Lecturas

El 19 de mayo de 2017 D. Fernando Díaz Villanueva publica un artículo en su blog en el que explica su ruptura en el Instituto Juan de Mariana, una asociación de pensamiento liberal española popular por su presencia en Internet y cuya cabeza visible era el director del Instituto, D. Juan Ramón Rallo Julián y sus dos principales socios eran el propio Sr. Rallo y el Sr. Fernando Díaz Villanueva. El Instituto Juan de Mariana está presidido por D. Gabriel Calzada Álvarez, figura con la que el Sr. Díaz Villanueva es especialmente crítico, al que le acusa de haber convertido el Instituto en un coto familiar.

Tanto el Sr. Díaz Villanueva como el Sr. Rallo Julián comenzaron en periodismo como jóvenes promesas del grupo Libertad Digital, de D. Federico Jiménez Losantos, llegando a ser el Sr. Rallo ‘jefe de opinión’ de Libertad Digital y el Sr. Díaz Villanueva uno de los responsables de contenidos de Libertad Digital Televisión, aunque ambos se han desvinculado de LD.

El 24 de mayo de 2017 el Sr. Díaz Villanueva publicó un segundo artículo matizando parte de sus acusaciones y el día 26 de mayo de 2017 D. Juan Ramón Rallo Julián publica un comunicado junto al resto de socios directivos desmintiendo al Sr. Díaz Villanueva.

19 Mayo 2017

Instituto Gabriel Calzada (de asuntos familiares)

Fernando Díaz Villanueva

diazvillanueva.com

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Me preguntan desde hace meses si estoy distanciado del Instituto Juan de Mariana. Si, lo estoy. Hace dos meses, de hecho, pedí que me diesen de baja. Fue una simple formalidad, llevaba ya mucho tiempo –más de un año– sin dejarme caer por la sede de la calle del Ángel. Sentí algo de pena al hacerlo porque yo fui uno de los fundadores. Pero no lo hice por pena, lo hice porque esa misma asociación a la que tanto tiempo, ilusión, trabajo y recursos dediqué durante un montón de años no era ya ni sombra de lo que había sido en un principio. O, al menos, de lo que muchos de los fundadores pretendíamos que llegase a ser. No exagero si digo es que es una triste caricatura del peor de los escenarios que hubiésemos imaginado entonces.

De necios sería engañarse. El Mariana nunca fue gran cosa aunque muchos quisiésemos creerlo. Yo pasé años queriéndolo creer por lo que lo mío puede calificarse de necedad a prueba de mosquete. Desde sus orígenes todo giró en torno a la figura de uno de los fundadores, de Gabriel Calzada, un zascandil canario, injerto de carencia y vanidad, de ideas tan cortas como su estatura, pero sobrado de labia y metido en el difícil empeño de hacer política sin acusar el desgaste de la política activa. Él y su menuda circunstancia lo eran todo. Del principio al fin, de la cruz a la raya, del aparentar serlo todo a no ser realmente nada.

Nunca llegamos a tener sede a pesar de que desde el primer año empezaron a afluir socios de pago, desde el segundo generosas donaciones y desde el tercero premios internacionales bien dotados en el apartado económico. Las veces las hacía parte de la casa del propio Calzada, que habilitó un local a pie de calle anejo al domicilio para que nos reuniésemos, al principio los viernes y años después los sábados. Esa era toda la actividad ordinaria del instituto.

El local años más tarde fue reformado y traspasado al OMMA, una escuela de no se sabe bien qué cosa que Calzada y otros socios montaron en 2012 con la voluntad expresa de convertirse en universidad y dar así, como diría El Fary, un melocotonazo. De ahí las zalamerías de antaño con Aguirre y sus más conspicuos consejeros y el fuego graneado de hogaño contra Cifuentes. El OMMA, por cierto, lo dirige el primo. Como veis, todo tiene su explicación.

Las reuniones siempre empezaban con un speech motivador de Calzada, que es de ese tipo de charlatanes contumaces que cuando rompe a hablar no hay manera de que se calle hasta que ha repetido, como mínimo, tres o cuatro veces lo mismo sin siquiera cambiar la adjetivación y la cara de asombro. Gabriel tiene, como aquellos vendedores de crecepelo que abundaban por el Rastro durante la posguerra, una pasmosa habilidad para engatusar a las audiencias contenidas en número y propensas a ser engatusadas. En otro tiempo no hubiera sido mal predicador de bulas papales. Se habría hartado a venderlas. En el nuestro era inevitable que terminase en este bisnes de los think tanks, en cuyo mostrador se despacha humo y en la trastienda influencias. Calzada siempre ha sido un maestro en emplear sin tasa lo primero para dedicarse con ahínco a lo segundo. El Instituto Juan de Mariana nunca pasó de mostrador con acceso, eso sí, a una trastienda bien nutrida.

Todo siempre estuvo supeditado a eso. Aparte de las reuniones semanales con su preludio de mareante coaching musicalizado con seseo canario, el instituto organizaba (y organiza) unos cursos de verano que se celebraban en un apartotel que la familia Calzada posee en Lanzarote, una cena tipo boda de la hija de Aznar en el Casino de Madrid y un evento en el Círculo de Bellas Artes en el que se presentaban unos libros. Todas estas actividades se realizan desde el principio y se repiten cada año con la reiteración de un mantra tibetano, tanto que cuesta distinguir una edición de la anterior o de la siguiente.

El entorno Calzada (The Calzada’s tingladillo)

Más o menos eso era (y es) todo. Para la cuota que pagaban (y pagan) los socios a mi siempre me pareció poco. Diez días de toreo sin desgracia y 355 de agravios limosneros. Pero con eso había aprendido a convivir. Suponía que si aportaba ideas y proyectos encontraría apoyo. Pero no, nunca fue así. Las ideas nuevas nunca fueron bien recibidas y los proyectos solo salían (y no del todo) cuando el capo intuía que de aquello podía sacar tajada a título personal. Ahí está el documental Bancarrota como ejemplo, que lo pagué íntegramente de mi bolsillo aunque, eso sí, me dieron las gracias. No mostraron el más mínimo interés en hacerlo pero tampoco podían impedir que me pusiese a grabar. Otro ejemplo más. Las lecciones de Huerta de Soto que grabé en 2009 se hicieron porque me emperré en hacerlas. No se si le costaron al instituto 20 euros por lección, pero eso es lo que me llegó a mi. Es decir, la gasolina y la cena.

Por las decenas de vídeos que hice, incluidos los de las cenas del Casino que acompañaba de un reportaje fotográfico, jamás percibí un céntimo. Lo cierto es que tampoco lo pedí así que vaya una cosa por la otra. A mi esto del liberalismo siempre me costó dinero. Y, ojo, que nunca me pareció mal. Cuando las aficiones te cuestan es cuando puedes mantener la independencia de criterio, pedir cuentas y decir que el rey está en pelotas. Cuando en lugar de sacarte dinero del bolsillo te lo meten la cosa cambia. Te pasa lo que a los militantes con cargo público de los partidos políticos, que tragan lo que haya que tragar, sables de metro y medio si es preciso, porque la obediencia paga el alquiler, el cole de los niños y el carrito de la compra.

Otro elemento desconcertante de este tingladillo, este entorno Calzada, llamémosle así rindiendo homenaje a la exactitud, era la proliferación de familiares en cargos de responsabilidad. Que si la hermana, que si el primo, que si la novia, que si el padre con su garrota dejándose caer por los saraos… Eso venía a apuntalar otra de las señas imperecederas del Juan de Mariana: su hermético secretismo. Normal que muchos nos tuviesen como una secta, la “iglesia de la liberalogía” como me dijo en cierta ocasión un cabroncete con ingenio.

La asociación que nunca lo fue

El instituto nunca fue una asociación en sentido estricto. Y sigue sin serlo. Cuando alguien se asocia realmente no se está asociando, está haciendo una donación que no devenga derecho alguno. Es decir, que solo permite al asociado participar de la vida asociativa en la medida que la cúpula de fundadores consienta. Generalmente consiente poco tirando a nada. El socio está ahí para aflojar la mosca una vez al año y recibir de vez en cuando un email con autobombo salpimentado por unas gotitas de asperger sin diagnosticar. La cena se paga aparte y no es precisamente barata. Los cursos de verano también.

En el Juan de Mariana no hay elecciones ni proceso alguno de decisión interna más allá de una reunión anual de los fundadores en la que Calzada habla y los demás asienten, a veces aplauden y en alguna ocasión llevan tímidamente la contraria, no mucho porque puede saltarte el primo sobre la yugular. De hecho, doce años después de su fundación el presidente sigue siendo el mismo aunque desde hace cinco resida a 9.000 kilómetros de Madrid. Y lo que te rondaré Calzada porque los “socios” no pueden sacarle de ahí. Voy más lejos, nadie puede sacarle de ahí.

Los socios, y esto es un hecho, no pueden llegar nunca a presidir la asociación, no pueden opinar, no pueden ni interferir, ni cambiar, ni interpelar. Pueden aplaudir. Pueden pagar. Si no pagan se les borra del listado y a otra cosa. Si Rajoy y Soraya se enteran de cómo se organizan estos liberales traspasan el esquema ipso facto al PP. ¿Quién necesita de un congreso búlgaro teniendo un arreglo tan bien calzado para mandar siempre? Bien podría Calzada franquiciar el método. Su segundo es un ex consejero autonómico del PP. Dos llamadas y eso está hecho. Hasta podría ponerlo en cobro.

Os preguntaréis por qué estuve tantos años, tantos como doce, sin decir esta boca es mía. Decirlo lo decía, aunque de puertas adentro, que es lo suyo. Además, siempre quise pensar que de un modo u otro la calzadización terminaría remitiendo y podríamos cumplir entonces el objetivo para el que fundamos aquello: servir de escuela de la ideas liberales y promoverlas activamente en la sociedad a través de todos los medios disponibles, primero en España y si nos llegaba la cuerda también en América. Los amigos más cercanos bien lo saben porque les sacaba el tema de tanto en tanto.

Las cinco preguntas

Al final, después de pasar un par de años dando vueltas a este asunto, de algún dime y de unos cuantos diretes, envié por correo cinco preguntas muy sencillas de responder a Raquel Merino y Juan Ramón Rallo, que son algo así como los mayorales de la finca en ausencia del señorito. Por lo demás dos personas extraordinarias. De Rallo no hace falta que diga nada ya que es muy conocido por todos. Es lo más parecido a un genio muchos vamos a conocer en el curso de nuestra vida. Raquel, por su parte, es inteligente y laboriosa. Indignos los dos, en todo caso, del vasallaje de miedo que rinden a estos zaínos. Pero vayamos con las preguntas. Eran estas:

1. ¿Por qué tenemos una comunicación tan abiertamente pésima?, ¿por qué no se ha contratado a un profesional cualificado y, por qué cuando éste se ofreció se le dijo que no?


2. ¿Por qué el presidente es un tipo que está a 9.000 kilómetros desde hace casi cuatro años? Si decide algo no tiene -sentido mantenerlo así. Si no lo decide, tampoco.

3. ¿Cuál es la labor de Inés Calzada y por qué está en todos los guisos a pesar de que no vive en Madrid, no es fundadora y no se la conoce más aportación a la causa que ser hermana de su hermano?

4. ¿Por qué, a pesar de tener la caja rebosante de fondos, seguimos sin tener una sede, algo sencillo pero funcional, al que puedan acudir los socios y desde el que podamos prestarles servicios adecuadamente?

5. ¿Por qué otros think tanks con trayectorias mucho más cortas que la nuestra tienen mejor implantación en todos los ámbitos, su impacto es mayor y están financiados hasta el punto de poder contar con personal contratado?

Las preguntas las formulé a principios de marzo de 2016. Todavía estoy esperando la respuesta. Un año y dos meses han pasado. Aun en el que caso de que hubiesen querido responderme en sánscrito con letras en alfabeto devanagari primorosamente pintadas a mano en papel esmaltado creo que les habría sobrado tiempo. Esperé y esperé durante meses y nada, ni un quejío. El año pasado evité ir a la cena y a lo de los libros para ver si se daban por aludidos. Fue inútil. Pasó el verano, el otoño y el invierno. Solo hubo silencio. También hubo silencio, espesísimo, sofocante, cuando remití mi carta de baja.

Asumo que una parte es atribuible a la sumisión, otra al trastorno de personalidad por evitación pero otra más, la definitiva, al desprecio. Y, sinceramente, no creo haber merecido tanto desprecio después de todos estos años de lealtad. Quizá fui demasiado explícito. Quizá toqué el punto que no se puede tocar y lo hice por escrito. Quizá cuando pregunté cuatro veces “por qué” entendieron “tente mientras cobro”. No lo sé porque nadie se ha dignado a decirme nada.

El instituto, con todo, creo que podría salvarse. La idea es buena. Tan solo tiene que dejar de ser el Instituto Gabriel Calzada (y parentela asociada) y empezar a ser, simplemente, el Juan de Mariana. Otra cosa es que quieran hacerlo. Ahí ya no puedo garantizar nada.

Fernando Díaz Villanueva

24 Mayo 2017

A propósito del Mariana

Fernando Díaz Villanueva

diazvillanueva.com

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El viernes pasado escribí un artículo, este, sobre cierto canario entremetido, negociante, pedigüeño y sin vergüenza. Se armó un pequeño revuelo. Nada especialmente grave. Las canariedades múltiples, reincidentes y necesariamente maliciosas eran conocidas, sospechadas o, sin ser ni una cosa ni la otra, quien sabía del cristo podía imaginar la sangre. Mi intención tan solo era explicar por qué me desencanté primero y abandoné después el Instituto Juan de Mariana después de tantos años defendiéndolo a capa y espada.

Lo hice en el día y a la hora exactas en que han de hacerse estas cosas porque en la vida más vale ser oportuno que rondar un año. Pero a veces sucede que cuando uno se pone con el bisturí afecta a algún otro órgano que no era el destinatario de la cirugía. Y esto es, en definitiva, lo que pasó.

Hoy estuve con Rallo, comimos e hicimos una larguísima sobremesa. Cordial, naturalmente. Me ha explicado que mi artículo contenía algunas inexactitudes, no muchas y todas atribuibles a la etapa del propio Rallo como director del Instituto. Me ha dicho, por ejemplo, que el canario ya ni pincha ni corta. Lo cual es posible pero no elimina la pregunta de qué hace entonces presidiendo el invento. Porque siempre se preside para algo y en este caso no se trata de una presidencia honoraria como la de Paco Gento en el Real Madrid, sino de la presidencia única y forzosamente ejecutiva. En el IJM no hay otro presidente.

Recordemos que Rallo es tan solo director, un cargo creado a propósito cuando el figurón calzadilla dejó de aborchornarnos con su presencia en la Villa. Otra cosa es que el canario, que gasta dignidades de cartón piedra casi al mismo ritmo que calcañares postizos, ejecutar ejecute poco. Ahí ya no me meto. Rallo sabrá lo que se dice mejor que yo.

Otra de las inexactitudes, parcial en este caso, es el papel que Inés Calzada desempeña en el Instituto. Me ha explicado que fue él quien la fichó para organizar eventos y no por ser hermana de su hermano, sino por ser ella misma en toda su mismidad. Viniendo de Rallo me lo creo pero recordemos que Calpurnia además de decente tenía que parecerlo. Para ciertas cosas el decoro es preceptivo porque de lo contrario pueden percibirse como lo que no son.

Con todo, los mejor dotados para organizar eventos en el IJM fueron siempre María Blanco y Luis Iglesias. Sirva el Liberacción de la semana pasada como prueba. Por lo que, amén de a don decoro, hubiesen cumplimentado también a doña eficiencia, que en este caso ni es canaria ni va calzada.

En líneas generales Rallo me ha convencido. Sus años de gestión pueden tener sus peros, que los tendrán, pero ha sido transparente y no ha empleado la institución más que para lo que fue fundada. Eso no lo pongo en duda. Como tampoco dudo del hecho que el IJM es una idea sobresaliente y necesaria. Una idea que a lo largo de los años se ha llenado de gente magnífica, idealista y dispuesta a participar en un proyecto que merecía la pena, que merece la pena y que en lo esencial seguirá mereciendo la pena.

Ya lo dije el viernes y lo repito ahora. Los liberales somos pocos y es bueno que nuestra voz se escuche. Eso implica estar bien organizados, ser impecables en las formas sí, pero también en el fondo, y hacer esto con convencimiento aun a sabiendas de que nos va a suponer un coste personal y a veces incluso profesional.

Quizá este sea el momento de abrir un periodo de reflexión dentro del IJM y proceder a las reformas que el propio Instituto pide desde hace demasiado tiempo. Ellos verán lo que hacen, yo ya no estoy allí por lo que poco puedo hacer. Espero que la suerte les acompañe. De entrada necesitan un presidente (o presidenta, no vayamos a liarla) porque el actual, digamos, viene con defectos de fábrica. Necesitan también romper el esquema calzado y abrir los órganos de Gobierno a los asociados para que sientan que el IJM es suyo.

Si esa fuerza se libera lloverán las ideas y el nombre del Instituto empezará a sonar más y mejor por las redes. Será útil, en suma, para sus socios y para la causa, no para servir de trampolín a pintamonas, dontiesos y acecharroscas aplatanados. La empresarialidad se demuestra emprendiendo. Además de decirnos liberales tenemos que comportarnos como tales. Si recupera el brío, recuperarán también a los muchos que se han ido. El movimiento liberal de base en España atraviesa un momento dulce. Ahí tenemos al Club de los Viernes o Students for Liberty como demostración palpable. Nunca antes había sido tan fácil. A por ellos, que son muchos pero no especialmente valientes.

Fernando Dïaz Villanueva

26 Mayo 2017

Comunicado sobre algunas críticas recientes a la organización del IJM

Juan Ramón Rallo - Raquel Merino

juandemariana.org

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Respuesta a las recientes críticas vertidas contra el IJM con ánimo de ser transparentes frente a nuestros miembros y seguidores ante cualquier atisbo de duda.

Fernando Díaz Villanueva ha publicado un texto en el que relata una serie de graves acusaciones contra esta institución. Es práctica habitual del Instituto evitar inmiscuirse en este tipo de ataques directos, generalmente con tintes conspiranoicos y profundamente desinformados, que suelen proceder desde los más variados frentes ideológicos. Nuestro deseo es el de no alimentar la polémica y el de centrar nuestros esfuerzos en la que es nuestra auténtica misión: promover las ideas liberales en todos los ámbitos posibles y hacerlo desde el respeto a las personas y el rigor en las ideas.

Sin embargo, la condición de Fernando Díaz Villanueva de socio del Instituto Juan de Mariana, desde su misma fundación hasta finales del año 2016, podría otorgar verosimilitud a tales acusaciones, especialmente entre todas aquellas personas que no participen regularmente en la vida del Instituto y que, en consecuencia, desconozcan sus estatutos, su organización y sus actividades. Es verdad que el propio Fernando ha publicado más recientemente un segundo texto en el que rectifica o matiza parte de sus acusaciones iniciales, pero la mayor parte de las mismas parecen mantenerse intactas. Por eso, y porque desde luego deseamos seguir siendo completamente transparentes frente a nuestros miembros y seguidores ante cualquier atisbo de duda que pueda existir, hemos optado por redactar esta respuesta.

En primer lugar, querríamos comenzar por aclarar algunas cuestiones básicas sobre el funcionamiento y la organización del Instituto que el propio Fernando relata de manera apreciablemente distorsionada. Posteriormente, queremos aprovechar para resolver las dudas que Fernando extiende sobre la asociación.

Socios, miembros y seguidores

Existen tres modalidades de vinculación personal con el Instituto: socios, miembros y seguidores.

Los seguidores son una figura no reglada que se corresponde con todo aquel que se acerque al Instituto y que desee participar en alguna de sus actividades. El Instituto no es una organización cerrada que exija ningún tipo de aportación económica para poder asistir a sus eventos —al contrario, muchos de los que regularmente participan son seguidores—, dado que nuestro objetivo es justamente el de divulgar las ideas liberales entre el mayor número de personas.

Los socios son aquel conjunto de personas que promovieron en origen la creación del Instituto y los que posteriormente fueron votados como tales por los propios socios. El conjunto de socios compone la Asamblea General que es el máximo órgano de toma de decisiones en el Instituto. A día de hoy, el Instituto está compuesto por 16 socios. A este respecto, conviene aclarar que el propio Fernando Díaz Villanueva era socio hasta que él mismo solicitó su baja a finales de 2016 y, a su vez, que sólo una persona de la “familia Calzada” es socia: el propio Gabriel Calzada.

Los miembros son los donantes que, adicionalmente a los socios, apoyan financieramente las actividades del Instituto. La cuota regular de miembro es de 150 euros al año (60 euros para menores de 27 años). Los miembros no integran la Asamblea General, pero eso no significa que, como incorrectamente indica Fernando, carezcan de derechos, incluso de derechos políticos. Por un lado, y según indican los propios estatutos, todos los miembros con al menos un año de antigüedad son elegibles para los cargos de la Junta Directiva (artículo 6 de los estatutos); por otro, los miembros tienen derecho a participar en las actividades del Instituto a precios notablemente inferiores a los de los seguidores.

Creemos conveniente remarcar estos dos últimos puntos, dado que Fernando critica, por un lado, que el Instituto no es una asociación “en sentido estricto” y, por otro, que los socios del Instituto no pueden llegar a presidir la asociación, no pueden interpelar a la Junta Directiva, y apenas se limitan a abonar la cuota anual sin ningún tipo de contrapartida. El Instituto es evidentemente una asociación (estatutariamente organizada como tal e inscrita en el Registro Nacional de Asociaciones con número 585877). Como ya hemos explicado, los socios y los miembros sí pueden ser elegidos presidentes (o cualquier otro cargo de la Junta); los socios pueden plantear sus quejas en la Asamblea General que se celebra regularmente todos los años; los miembros manifiestan sus opiniones y peticiones ante los miembros de la junta; y, por último, los miembros que participan activamente en las actividades del Instituto no sólo recuperan de manera prácticamente íntegra su cuota, sino que pueden incrementar su grado de vinculación con el Instituto.

Así pues, en los doce años de existencia del Instituto, ha habido bajas de socios fundadores por desvinculación propia y altas de hasta cuatro nuevos socios que tenían previamente la condición de miembro. Entre ellos, María Blanco y Domingo Soriano han desempeñado cargos de diversa responsabilidad en la institución, en general, vinculados con el desarrollo de actividades del Instituto. En cuanto a la cuota de los miembros, el precio del cubierto en la Cena de la Libertad es de 45 euros (para su acompañante, de 65 euros, aun cuando este acompañante no sea miembro): el coste real del cubierto es de 125 euros, de modo que sólo por esta vía cualquier miembro participante ya recupera más del 50% de su cuota; y si fuera acompañado por un no miembro, recuperaría prácticamente el 100%. Asimismo, si un miembro participa en la Universidad de Verano, su matrícula únicamente asciende a 420 euros, cuando el coste real de la misma supera los 700 euros (de modo que, en este caso, un miembro recuperaría prácticamente el doble de lo que ha aportado).

Con los anteriores ejemplos sólo queremos poner de manifiesto que el miembro disfruta de claras ventajas a la hora de relacionarse con el Instituto. Con todo, no deberíamos olvidar que el propósito último de la cuota de los miembros es el de sufragar el mantenimiento de las actividades del propio Instituto que en su inmensa mayoría son gratuitas para miembros y seguidores. Por un lado, la organización de conferencias semanales que son emitidas en directo y posteriormente subidas a internet; la edición y actualización diaria de la página web; la redacción de informes sobre cuestiones de fondo (como nuestra serie de “Mitos y realidades”); la realización de nuestros eventos anuales como el Free Market Road Show, la Jornada de Finanzas, el Congreso de Economía Austriaca o Liberacción. Por otro, las becas para estudiantes a la Universidad de Verano o los seminarios de formación intensiva (cuya partida representa alrededor del 20% de todos los ingresos brutos por donaciones). Todas estas actividades requieren de recursos materiales y humanos que son, en última instancia, a lo que se dedican las cuotas de los miembros. Tal vez podría hacerse un mejor uso de los fondos con los que contamos, pero tratamos de aprovechar al máximo las aportaciones voluntarias de los miembros.

Cinco preguntas sí respondidas

Fernando Díaz Villanueva fundamenta el grueso de sus acusaciones y críticas en el silencio que supuestamente ha mantenido el Instituto ante cinco preguntas que él mismo remitió a su dirección. En efecto, el 11 de marzo 2016 a las 21:27, Fernando envió cinco preguntas a Juan Ramón Rallo y a Raquel Merino, director y subdirectora del Instituto, planteando sus dudas o sospechas sobre cuál estaba siendo la gestación de la institución.

Sin embargo, Fernando se queja de que hasta el presente momento (casi año y medio después de su formulación) tales preguntas no le han sido respondidas, lo cual equipara con un silencio culpable. En realidad, el propio director del Instituto le respondió a esas cinco preguntas apenas dos horas después de que le fueran enviadas.

Es verdad que, en más ocasiones de las que desearíamos, no nos es posible responder con puntualidad a todos los mails que recibimos. Sin embargo, en este caso fue justamente al revés: y si se le contestó con tanta celeridad fue justamente por lo contrario que Fernando denuncia en su escrito. No porque desde el Instituto se le exhibiera desprecio alguno, sino porque apreciábamos enormemente su colaboración y no queríamos que mantuviera la más mínima sospecha acerca de su gerencia. Tal vez Fernando juzgara que las explicaciones ofrecidas no fueron suficientes, pero desde luego no contestó pidiendo aclaraciones adicionales y, en todo caso, podría haberlas pedido frente a la Asamblea General de socios, que fue celebrada el 29 de junio de 2016 y a la que en condición de socio fundador por supuesto fue convocado. Precisamente, la Asamblea General es el foro adecuado, establecido y reglado por los propios estatutos del Instituto (artículos 17 a 22), para controlar y censurar cualquier duda y posible irregularidad que pudiera cometer la Junta Directiva durante su mandato. Podría considerarse un error humano el que a Fernando se le traspapelara un correo electrónico que decía haber estado aguardando durante 18 meses; mucho menos justificable es que, creyendo no haber obtenido respuesta, decidiera saltarse el canal realmente habilitado para plantear y resolver tales cuestiones —la Asamblea General— y que haya decidido, en cambio, extender un manto de sospechas y dudas sobre el Instituto sin haberse esforzado lo más mínimo por contrastar previamente sus acusaciones.

En todo caso, las cinco preguntas formuladas por Fernando no esconden ningún misterio que no pueda ser revelado. En algunos casos contienen algunas críticas potencialmente válidas que deben ser tomadas en consideración, pero la intención global detrás de las mismas no parece ser la de mejorar el funcionamiento del Instituto, sino es la de desdibujarlo y desacreditarlo. En aras de la claridad, pasamos a responderlas en público, como ya se hiciera en su momento privadamente con Fernando.

1. ¿Por qué tenemos una comunicación tan abiertamente pésima?, ¿por qué no se ha contratado a un profesional cualificado y, por qué cuando éste se ofreció se le dijo que no?

Es verdad que la comunicación del Instituto Juan de Mariana es mejorable. Ésta es una carencia que internamente ya habíamos detectado y que estábamos interesados en corregir. Sin embargo, en contra de lo que se afirma en el texto de Fernando, el Instituto no es una asociación a la que le sobren los recursos financieros y humanos: año tras año, conseguimos mantenernos en equilibrio presupuestario con una ligera tendencia hacia el superávit. Somos quizá excesivamente prudentes a la hora de gastar más de lo que ingresamos porque no queremos hipotecar el futuro del Instituto: de ahí que cualquier nueva inversión —en este caso, nueva contratación— la valoremos con extremo cuidado y diligencia.

En todo caso, precisamente porque ésa era una carencia que ya habíamos detectado, en septiembre de 2016 optamos por contratar a Gustavo Vargas, ex coordinador de Students for Liberty Madrid, como coordinador de comunicación del Instituto. No es que el área de comunicación sea ahora mismo perfecta, pues siempre se puede y debe mejorar, especialmente en este campo, pero desde luego estamos esforzándonos por solucionar cualquier carencia.

2. ¿Por qué el presidente es un tipo que está a 9.000 kilómetros desde hace casi cuatro años? Si decide algo no tiene sentido mantenerlo así. Si no lo decide, tampoco.

Hasta la Junta General del 3 de marzo de 2012, Gabriel Calzada asumía la doble responsabilidad de presidente y de director del Instituto Juan de Mariana. Es decir, Gabriel no sólo era el representante legal del Instituto Juan de Mariana (presidente de la Junta) sino que era el encargado de dirigir las actividades diarias del Instituto (director). Desde marzo de 2012, Gabriel cesó de su cargo como director debido a que fue nombrado vicerrector de la Universidad Francisco Marroquín y no podía seguir ocupándose de la gestión del Instituto: en esa Junta General de marzo de 2012, Gabriel propuso nombrar a Juan Ramón Rallo director del Instituto y convocó elecciones al cargo de presidente.

Los propios socios fueron quienes en esa Asamblea General le pidieron a Gabriel que siguiera como presidente y aprovechara sus nuevas responsabilidades para representar al instituto internacionalmente. Entre esos socios que votaron por la continuidad de Gabriel en marzo de 2012, se encontraba el propio Fernando. Por supuesto, uno podría cuestionar como arbitraria la decisión que tomaron los socios en la Asamblea General, pero, más allá de las animadversiones personales, tiene pleno sentido y razón de ser: Gabriel es rector de la Universidad Francisco Marroquín, presidente de la Association for Private Enterprise Education y miembro del consejo directivo de la Mont Pelerin Society y de otras cinco organizaciones liberales internacionales; objetivamente, es difícil encontrar un socio o miembro del Instituto que sea tan conocido y reconocido en las instituciones liberales de América Latina, EEUU y Europa.

El cargo de presidente es, además, un cargo representativo: se ejerce a título gratuito y al haber renunciado a las funciones directivas tiene un alcance principalmente protocolario. Raquel Merino es, además, vicepresidente del Instituto, de manera que ejerce aquellas funciones atribuidas al presidente en su ausencia. Así las cosas, desde marzo de 2012, la administración del Instituto la llevan colegiadamente Juan Ramón Rallo y Raquel Merino, y son ellos quienes rinden cuentan ante la Asamblea General por sus aciertos y desaciertos.

Como decimos, cualquier miembro o socio puede postularse como presidente ante la Asamblea General. No hay ningún impedimento para ello. Pero hasta la fecha nadie ha sometido a votación una candidatura alternativa.

3. ¿Cuál es la labor de Inés Calzada y por qué está en todos los guisos a pesar de que no vive en Madrid, no es fundadora y no se la conoce más aportación a la causa que ser hermana de su hermano?

Inés Calzada es coordinadora de proyectos. Entró a formar parte del equipo del Instituto Juan de Mariana una vez Gabriel ya había renunciado a sus funciones directivas (finales de 2012) y por petición de Juan Ramón Rallo y Raquel Merino. Como coordinadora de proyectos, participa activamente en los eventos del Instituto y organiza una gran parte de ellos: el Free Market Road Show, la Universidad de Verano, la Cena de la Libertad o los seminarios de formación interna. Justamente por ello, Inés está presente en todos esos actos y se relaciona con todos los implicados (miembros, entidades colaboradoras o proveedores). Tras estos cuatro años de vinculación, ha venido desarrollando un trabajo eficiente, detallista y atento, como pueden constatar quienes hayan participado en nuestras actividades.

4. ¿Por qué, a pesar de tener la caja rebosante de fondos, seguimos sin tener una sede, algo sencillo pero funcional, al que puedan acudir los socios y desde el que podamos prestarles servicios adecuadamente?

Ahora mismo, el Instituto Juan de Mariana está utilizando gratuitamente las instalaciones que le proporciona el centro de estudios OMMA. El principal servicio que semanalmente se proporciona a los miembros son las conferencias de los sábados, y las instalaciones que nos proporciona OMMA cubren, de momento, sobradamente ese propósito. Por supuesto, la cuestión de si el Instituto debe buscar una sede independiente es pertinente y llevamos tiempo valorándolo. Pero la cuestión sigue siendo si merece realmente la pena: teniendo unas instalaciones cedidas a título gratuito, ¿es alquilar un local —que nos proporcionaría exactamente el mismo servicio que esas instalaciones— el mejor uso que podemos hacer de las donaciones de los miembros? De momento, tanto la directiva como la Asamblea General ha dado una respuesta negativa a esa cuestión, pero evidentemente puede replantearse en el futuro si las circunstancias cambiaran.

En todo caso, las finanzas del Instituto se mantienen, como ya hemos indicado, en un sano equilibrio presupuestario: no falta la financiación para desarrollar las actividades actuales, pero tampoco sobra para desarrollar otras o acometer otros gastos. A menos que se consigan donaciones adicionales, alquilar un local independiente supondría recortar gastos en las actividades que realizamos hoy o bien entrar en déficit. Ninguna de ambas opciones ha sido considerada adecuada ni por la Junta Directiva ni por la Asamblea General del Instituto.

5. ¿Por qué otros think tanks con trayectorias mucho más cortas que la nuestra tienen mejor implantación en todos los ámbitos, su impacto es mayor y están financiados hasta el punto de poder contar con personal contratado?

La labor desarrollada por el Instituto en términos de captación de financiación es sin duda mejorable. Como ya hemos indicado, los fondos recibidos cubren los gastos de las actividades actuales y apenas resta un remanente positivo. Por consiguiente, es del todo lícito que un socio o un miembro critiquen a la dirección por no haber sido capaz de captar una mayor financiación externa. Pero fijémonos en que esta pregunta es contradictoria con las anteriores: tanto en la pregunta 1 como en la pregunta 4, Fernando le reprochaba al Instituto no contratar a personal de comunicación y no contar con sede propia pese a tener fondos rebosantes. En este punto, la crítica es más bien la contraria: por qué no tenemos financiación suficiente para disponer de personal contratado.

La actual dirección no tiene una visión tan crítica de la labor del Instituto como la que relata Fernando —no cree que su impacto sea tan escaso o que nuestra implantación sea baja—, pero entiende perfectamente que un socio o un miembro crean que se podrían hacer las cosas muchísimo mejor y critiquen a la dirección por no alcanzar las metas que ellos consideran que deberían haberse alcanzado. En este sentido, existen varias posibilidades: la primera, quejarse y proponer soluciones ante la Asamblea General, hasta el punto de reprobar la gestión de la actual Junta Directiva; la segunda, plantear una candidatura alternativa de Junta Directiva, con un proyecto y un equipo distinto, que convenza a los socios por considerar que posee un mayor potencial. Todo ello es razonable y tiene cabida estatutariamente en el Instituto Juan de Mariana: lo que no tiene sentido es construir sobre esa crítica legítima una tergiversación general sobre la labor del Instituto.

Conclusión

En definitiva, todas las cuestiones que plantea Fernando se resuelven desde el sentido común y así le fue expuesto apenas dos horas después de que las enviara a la actual dirección del Instituto. A su vez, nos parece tremendamente injusto que se insinúe que el Instituto está malgastando las aportaciones voluntarias de los miembros, cuando con un muy escaso presupuesto sacamos adelante —gracias al trabajo duro y escasamente remunerado de su equipo de colaboradores—: más bien al contrario, siempre tratamos de darles el mejor uso posible para promover la misión del Instituto, que es la promoción de las ideas liberales.

Lamentamos profundamente no sólo las acusaciones sin fundamento que ha articulado Fernando Díaz Villanueva, sino sobre todo que haya decidido distanciarse del Instituto tras su regreso de Guatemala. Siempre le estaremos agradecidos a Fernando por todas las horas de trabajo y por toda la carga de ilusión que ha dedicado al Instituto y que han ayudado a que muchos de los mejores proyectos de esta institución salieran adelante. También le agradecemos toda la labor que sigue realizando en la difusión de las ideas liberales, pues al final esa es una misión compartida con la del Instituto que celebramos que siga realizando aunque sea al margen del Instituto. Sin embargo, no es de recibo que se intente desacreditar al Instituto Juan de Mariana como represalia por enfrentamientos personales que podrán estar justificados o no estarlo, pero que en todo caso son completamente ajenos al propio Instituto.


Firmantes

  • Raquel Merino Jara, vicepresidente, subdirectora y socia del Instituto Juan de Mariana
  • Juan Ramón Rallo, director y socio del Instituto Juan de Mariana
  • María Blanco González, socia del Instituto Juan de Mariana
  • Albert Esplugas Boter, socio del Instituto Juan de Mariana
  • Francisco Capella, socio del Instituto Juan de Mariana
  • José Ignacio del Castillo, socio del Instituto Juan de Mariana
  • Alberto Illán Oviedo, socio del Instituto Juan de Mariana
  • María Teresa Juárez García, socia del Instituto Juan de Mariana
  • Gonzalo Melián Marrero, socio del Instituto Juan de Mariana
  • Massimiliano Neri, socio del Instituto Juan de Mariana
  • Adrià Pérez Martí, socio del Instituto Juan de Mariana
  • José Carlos Rodríguez, socio del Instituto Juan de Mariana
  • Daniel Rodríguez Herrera, socio del Instituto Juan de Mariana
  • Domingo Soriano, socio del Instituto Juan de Mariana