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La compañía petrolera sigue controlada por La Caixa y Sacyr, pero estos últimos se encuentran en una delicada situación económica de la que se han intentando aprovechar los rusos

Fracasa un intento de la compañía pública rusa Lukoil de apoderarse de Repsol YPF mediante un pacto con Luis del Rivero (Sacyr)

HECHOS

En noviembre de 2008 trascendió la existencia de negociaciones de la compañía rusa Lukoil con Sacyr para la compra de acciones de Repsol YPF.

Los accionistas mayoritarios de Repsol YPF eran La Caixa de D. Isidro Fainé (el presidente de la compañía, D. Antonio Brufau, lo era en representación de La Caixa) y la compañía Sacyr de D. Luis del Rivero.

Para sus ampliaciones y expansiones D. Luis del Rivero había sido financiado por el Banco Santander, que ahora era su deudor, ante la necesidad de pagar sus deudas Sacyr necesitaba dinero, de ahí que Lukoil, compañía rusa presidida por Vagit Alekperov, se ofreciera a aportarle el capital a cambio de entrar en Repsol YPF.

El acuerdo ha sido bloqueado por el Gobierno Zapatero. No obstante Repsol YPF sigue necesitando socios y si no es la rusa Lukoil, lo será la mexicana Pemex.

21 Noviembre 2008

Presión rusa

EL PAÍS (Director: Javier Moreno)

Lukoil no es la mejor opción para Repsol y el mercado español, a pesar de la urgencia de Sacyr

La hipótesis de que la compañía petrolera rusa Lukoil adquiera hasta el 30% del capital de Repsol vuelve a poner sobre el tapete el temor de Europa al agobiante dominio del gas y el petróleo de Rusia sobre los mercados energéticos europeos, y las debilidades de la política energética española, que ha dilapidado varios años de tranquilidad corporativa sin que se hayan podido consolidar los controles de capital español sobre las empresas estratégicas de la energía. Ahora se aprecian con claridad las debilidades de asociar una empresa constructora como Sacyr, afectada hoy por las urgencias crediticias propias del crash inmobiliario, a la estabilidad corporativa de un grupo energético como Repsol, tan importante para los intereses españoles.

Sólo la importancia de esos intereses justifica que el Gobierno español tenga la última palabra en esta operación, por más que sea un negocio privado. Pero hay más argumentos. Repsol no es sólo una empresa dominante en el mercado de los combustibles, líder por su capacidad de refino y una avanzadilla inversora en América Latina. Además, está situada en el punto neurálgico del mercado del gas y de la electricidad en España, puesto que posee una participación del 30% en Gas Natural y participará, a través de esa cuota, en la adquisición de Unión Fenosa. El desembarco de Lukoil en Repsol obligaría casi de inmediato a considerar una separación accionarial de Repsol y Gas Natural, para evitar que el grupo ruso controle de una tacada el meollo del mercado energético español.

La percepción del presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, sobre la negociación de Sacyr con Lukoil es muy poco matizada. Considera que Lukoil es una empresa privada, puesto que la estadounidense ConocoPhillips es su accionista principal. Pero no es lo mismo una empresa privada en Europa, donde se respetan las fronteras entre los intereses públicos y privados, que en Rusia, donde los grupos privados también pueden convertirse en instrumentos de presión para obtener ventajas políticas sobre otros países. Rusia tiende a utilizar su producción de petróleo y gas para presionar e imponer sus razones estratégicas, y de ahí nacen las reticencias de los Gobiernos y las autoridades comunitarias a dejar entrar capital ruso.

El presidente debe recordar sobre todo que el Gobierno tiene la responsabilidad imperativa de garantizar el suministro energético de la población; y que esa responsabilidad implica que no puede haber desabastecimiento de petróleo o gas porque los intereses de suministro de otro país o sus tácticas políticas se impongan sobre las necesidades españolas. Por ello, cabe concluir que Lukoil no es el mejor socio para Repsol. Quizás el Gobierno cree que estos graves inconvenientes pueden prevenirse con una estricta exigencia contractual de prioridad de suministro y aportaciones financieras. Pero debe ser consciente de que es muy probable que esas garantías no sean suficiente para evitar la percepción de que el centro donde se tomarán las decisiones será el Kremlin.

29 Noviembre 2008

Expediente Lukoil

EL PAÍS (Director: Javier Moreno)

El intento de entrada de la petrolera rusa Lukoil en el capital de Repsol se ha convertido, como suele pasar en las operaciones empresariales estratégicas, en una riña política estridente. Con el transcurso de los días, la operación ha entrado en una fase letárgica, que se explica en parte por la rectificación de los entusiasmos iniciales del Gobierno y en parte por las dificultades evidentes de financiar casi 9.000 millones de euros.

Se cierre o no finalmente la subrogación a Lukoil de la deuda de Sacyr por el 20% del capital de Repsol más la compra de otro 9,9% del capital, el mercado energético español ha mostrado una vez más la extremada debilidad de sus estructuras accionariales, que convierte a las empresas en objetivo fácil para cualquier inversor extranjero. Y el Gobierno ha dado muestras otra vez, como en el por tantas razones penoso caso de Endesa, de falta de criterio e incapacidad de actuar con rapidez y discreción para cortar un problema en la primera petrolera española.

La irrupción de Lukoil es difícil de explicar en términos corporativos y financieros. Ya es discutible que el accionista Sacyr pretenda obtener el doble del precio de mercado. No sólo porque los accionistas minoritarios sientan que se lesionan sus derechos, sino porque da pie a preguntarse qué obtiene Lukoil por la puerta de atrás cuando por la puerta principal paga más de lo que debe -eso sí, con deuda- y, en teoría, se aviene a una representación política de sólo el 10%.

Lukoil es una pésima solución para Repsol por varias razones. Supone un factor de riesgo para el principal criterio de la política energética española, que es la garantía de suministro de petróleo y gas, puesto que, por más que se llame privada, responde directamente a los intereses del Gobierno ruso. Y éstos pueden chocar hoy, mañana o pasado con los intereses del Gobierno español. Pero es que la empresa rusa tampoco es una garantía de estabilidad accionarial para Repsol. Su reputación financiera es discutible y su gestión económica e industrial más bien deficiente. Su permanencia en el accionariado de Repsol sería, en el mejor de los casos, tan volátil como la de Sacyr.

Se deduce fácilmente que el Gobierno español no debería haberse expuesto alcaso Lukoil. No es cierto que sea la única opción disponible; en el peor de los casos, podría haberse negociado una solución transitoria en la que los bancos acreedores tomasen el capital a cambio de una salida ventajosa pactada en el momento de encontrarse un comprador. Ahora, los agobios de Sacyr, la torpeza del Gobierno, las prisas inexplicadas de otros accionistas y la histeria de la oposición han enturbiado el expediente Lukoil. El primer paso para aclararlo obliga a poner en claro si el Gobierno tiene algún compromiso con Sacyr. Y si se puede hacer sin recurrir a una comisión de investigación, en la que se corre el riesgo de montar un alboroto político que enturbie todavía más el caso, mejor que mejor.

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