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Georges Marchais reelegido Secretario General del Partido Comunista de Francia

HECHOS

En febrero de 1982 se celebró el El XXIV Congreso del Partido Comunista de Francia.

11 Febrero 1982

Marchais o la política de secretario general

EL PAÍS (Editorialista: Javier Pradera Cortázar)

LA REELECCION de Georges Marchais como secretario general del Partido Comunista francés no ha sido ninguna sorpresa y confirma la tendencia de los máximos dirigentes de los partidos comunistas del mundo entero a mantenerse en el poder el mayor tiempo posible mediante un cuidadoso sistema de preparar los congresos y de cooptar a los puestos de responsabilidad a personas de su entera confianza. Marchais lleva doce años en su cargo. Mientras se sucedían presidentes de la República y jefes de Gobierno y se alteraban las mayorías parlamentarias, de forma que Francia trataba de adaptarse a una dinámica interior y exterior continuamente cambiante, el PCF no consideraba necesario, ni lo considera aún, relevar su dirección. Todos los cambios, ascensos, degradaciones o exclusiones se han hecho por la base o en niveles intermedios.Esta afición a la longevidad política tiene varias causas. Una de ellas es la muy ingenua, pero básica, de que la constitución científica del partido selecciona siempre al mejor y los preceptos, doctrinas o filosofías que lo animan no necesitan modificarse porque su verdad es inmutable. Esta coartada se encuentra en todas las autocracias y puede revestirse de providencialismo o de cientificismo, que para el caso es igual, con el argumento de que es algo que se encuentra por encima de las pequeñas agitaciones humanas. Esta premisa conduce a la no menos ingenua conclusión de que «nunca pasa nada»; un cambio en la dirección indicaría que en efecto pasa algo, y ese algo no debe ser nunca reconocido. La tercera razón es probablemente la más realista y la única cierta: que el hombre que llega al poder en el partido comunista -de cualquier país, incluyendo, naturalmente, a la URSS y su culto a la longevidad- domina de tal forma el aparato, ejerce con tal fuerza el centralismo. que es inamovible. Marchais ejerce este control desde que en 1961 fue nombrado secretario de organización. Era el escalón inmediato a la secretaría general, que ocupió cuando la salud de Waldeck-Rochet lo dejó vacante. Marchais es, por tanto, anterior a las teorías de Garaudy, anterior al final de la guerra de Argelia, a Mayo de 1968, a los acontecimientos de Checoslovaquia, a la creación del eurocomunismo. La historia pasa, el secretario general permanece. Excomulga, define, adapta, filosofía, organiza. Mientras tanto, su partido va perdiendo afiliados, votos, influencia, personalidad.

El XXIV Congreso del partido le ha respetado una vez más. Ha dejado que se vayan del comité central sus enemigos, sus posibles sucesores, sus antiguos compañeros; entre otros nada menos que Georges Séguy, secretario general de la CGT -sindicato obrero comunista-, que ha dejado de ser miembro del buró político. En el Iugar de los degradados aparecen otros hombres del aparíto de Marchais y a su mayor gloria, que es la de la continuidad, definida ahora por la participación del partido en el Gobierno socialista como «un partido revolucionario en el Gobierno». Un Gobierno, sin embargo, que practica una política muy distinta de la que enuncia el PCF, q[ue participa subordinad amente en el Poder Ejecutivo con cuatro ministros, los cuales, a su vez, no comparten las tesis de Marchais a propósito de Polonia. Es el tributo a la coyuntura. Y de un juego doble. Porque podría ocurrir que la evicción de Séguy supusiera un principio de ruptura de los sindicatos con el Gobierno.

Marchais reprocha a Mitterrand su tendenciai entenderse con la gran patronal, su moderación, su atlantismo. Algunos órganos del partido, algunos oradores, atacan al Gobierno socialista porque «no ha hecho nada». Si, como ahora parece, Henri Krasucki sucede i Seguy al frente de la CGT, podría empezar a romperse la tregua de las huelgas y las manifestaciones. Podría ocurrir que desde el seno del partido comenzara un movimiento de presión contra un Gobierno en el que él mismo participa, pero sin dejar de participar en él. Afortunadamente, este tipo de astucias ya no tiene lugar en una política tan clarificada por la información, tan observada por los electores, tan diariamente examinada en la Asamblea y en la Prensa, como sucede en Francia. El coyunturalismo compensa cada vez menos; los resultados electorales del PCF en las elecciones de junio pasado fueron ya un castigo, que podría repetirse con mayor gravedad en cualquier momento. A cada cambio de situación interna y exterior alguna de éstas tan grave como la de Polonia-, el PCF responde con la continuidad, y el electorado y el militante, con el abandono.

Los partidos comunistas van siguiendo, tanto los países donde gobiernan como en las naciones donde pernianecen en la oposición, la senda cansada de los últirri,os dinosaurios. El dilema es atroz: cambiar o adaptarse puede significar perder su propia esencia, su identidad, aquello que justificó y ensalzó su existencia; pero mantenerse sin cambios, aferrado al conservadurismo, :a la tiradición y a la esencia primigenia, a los dictados antiguos, puede significar la extinción en un clima que ha cambiado profundamente. Tal vez por esa razón muchos pai-tidos comunistas, muchos secretarios generales -y Marchais entre ellos-, consideren que su única posibilidad de supervivencia consista en el recrudecimiento clel ariticomunismo; es decir, en la vuelta a una guerrafría, a un clima glacial, a un cerco y a unas tormentas que les dé razón de ser. Sería una curiosa ironía que comunismo y anticomunismo llegaran a una simbiosis que les permitiera vivir el uno del otro, y los dos sobre los demás.

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