6 marzo 1982

El culto a la personalidad del matrimonio Ceaucescu resulta cada vez más grotesco

El dictador comunista de Rumanía, Nicolae Ceaucescu, sube los precios de todos los productos, incluyendo los alimentos, en casi un 40%

Hechos

El 6 de marzo de 1982 se hizo pública la subida de precios en Rumanía.

06 Marzo 1982

Precios y tiranía en Rumanía

EL PAÍS (Editorialista: Javier Pradera)

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RUMANIA ACABA de elevar los precios de artículos de consumo corriente -incluida la alimentación- en un 35%: es una medida similar a la de Polonia y a la que está en proceso en otros países de la Europa del Este. Parece que se está produciendo una rectificación de la economía, que ya no puede seguir el modelo soviético y que para las poblaciones se resolvía de una manera anómala: una restricción inverosímil de los productos alimenticios a precios aceptables y un mercado paralelo, pero de absoluta necesidad, con precios astronómicos. Una forma de mantener una ficción absurda, que estaba creando una inmensa separación de clases sociales: la de aquellos que por sus cargos o situaciones podían alimentarse en el mercado negro o recibir los suplementos correspondientes y las de los que no. El corolario de estas situaciones es siempre la corrupción. Y en Rumania no ha faltado ni falta.En Polonia, ese mismo procedimiento produjo la serie de sobresaltos que se conocen y que desembocaron en la revuelta organizada de las clases desfavorecidas: la primera lucha de clases dentro de un régimen comunista. Derivó hacia el movimiento Solidaridad y a la forma de regreso al orden que supone la dictadura militar. En Rumania es difícil que se produzca una situación semejante, porque la dictadura no ha cesado nunca y el régimen es particularmente represivo. Más aún: hay un deseo occidental de que no sea desestabilizada esa forma de dictadura, que llega a las más ridículas formas de culto a la personalidad de Ceaucescu -«horribre elegido, hijo de la tierra y de la luz, primer minero de Rumania, jefe bien amado, primer hijo del pueblo, gran revolucionario, patriota ardiente, comunista humano»-, que sólo comparte con su esposa, Elena, vicepresidenta del Consejo de Ministros desde hace dos años -cuya «sonrisa buena y tierna reemplaza al sol en los días nublados»-; es una dictadura que desde hace años trata de limitar el poder soviético y de abrirse a Occidente, incluso a países malditos del comunismo soviético, como China y como Israel, y que recibe con banderitas y con himnos a los representantes de Estados Unidos. Puede aducir Ceaucescu -y quizá lo haga en conversaciones muy privadas- lo mismo que Jaruzelski en Polonia: que sólo con una dictadura férrea puede sujetarse a un pueblo, que de otra forma se saldría de su cauce y provocaría una posible invasión del Pacto de Varsovia o, clara y directamente, de la URSS. La diferencia fundamental es que Jaruzelski ha cortado -por el momento- las vías de la libertad y de la expresión de la voluntad nacional en favor de la URSS -mientras no se demuestre lo contrario- y Ceaucescu, al mismo tiempo que oprime toda clase de libertades y sostiene el comunismo como única forma posible de gobierno y a sí mismo como líder insustituible, ejerce una oposición continua a la URSS dentro del bloque. Desde negarse a las declaraciones conjuntas contra China hasta oponerse a la ampliación y fortalecimiento del Pacto de Varsovia. Fue Ceaucescu el primer promotor de la Conferencia de Seguridad y Cooperación en Europa, precisamente con la intención de que su propio país -y, por extensión, todos los incluidos en el bloque soviético- tuviera su propia voz individual y pudiera expresar su independencia con respecto a la cabeza hegemónica de su bloque -hoy, la Conferencia se ha convertido en nadie sabe bien qué-, y eso requiere toda clase de alientos. Pero es indudable que una normalización de Rumania pasará en el futuro por un destronamiento de Ceaucescu, si ha de servir para algo, y que bajo la tiranía hay una inmensa mayoría con ansias de libertad y de independencia en nada distintas de las que sienten los polacos.

La subida de precios de artículos de consumo, que puede arrastrar otras más altas y más importantes, sólo será eficaz y justa con la modificación general del sistema económico -en gran parte dependiente de los bancos occidentales- y con la desaparición del mercado negro, es decir, que el alza de precios traiga una abundancia de artículos. Si, por el contrario, continúa la escasez y se mantiene el mercado negro y no se adecua la relación entre trabajo y consumo de primera necesidad, sólo se habrá asistido a una inflación y, por tanto, a la persistencia de la corrupción y la división de clases, cuyos efectos sociales sólo se podrán contener con nuevos recursos a la represión. Un ciclo que se viene produciendo en Rumania como una constante histórica.

El Análisis

Cuando sube el pan, baja la paciencia

JF Lamata

Marzo de 1982 trajo a Rumanía algo más que la primavera: un aumento del 35% en los precios de artículos de consumo básico, incluidos los alimentos. La decisión, obra de Nicolae Ceaușescu y de su inseparable Elena —vicepresidenta del Consejo de Ministros desde 1980 y primera dama de todo—, cayó como un jarro de agua fría sobre una población que ya vivía entre la escasez y el miedo. En la década de 1980, el régimen había decidido que la austeridad sería la receta para pagar la deuda externa, pero lo que en los discursos se presentaba como “sacrificio patriótico” era, para la gente, el arte de sobrevivir con menos pan y más colas.

Ceaușescu seguía disfrutando de su aureola internacional: primer jefe de Estado comunista recibido por el rey Juan Carlos en 1979, único del Pacto de Varsovia en desafiar a Moscú asistiendo a las Olimpiadas de Los Ángeles en 1984. Para muchos en Occidente, estos gestos eran signos de apertura; para los rumanos, no eran más que teatro diplomático que no aliviaba ni la censura, ni la represión política, ni las detenciones de disidentes como Doina Cornea o los hostigamientos a cualquier atisbo de crítica. Entre tanto, la prensa occidental se divertía con el culto a la personalidad que en Rumanía se tomaba muy en serio: Ceaușescu, “hombre elegido, hijo de la tierra y de la luz, primer minero, jefe bien amado, gran revolucionario, comunista humano” y Elena, cuya “sonrisa buena y tierna reemplaza al sol en los días nublados”, eran el dúo más omnipresente desde que existiera la televisión estatal.

Pero en los días nublados de 1982 ni la sonrisa de Elena calentaba el ánimo, ni las palabras doradas del líder llenaban los estómagos. La subida de precios reveló que, detrás de los desfiles, las medallas y las recepciones en palacios extranjeros, había un país que sacrificaba la comodidad de sus ciudadanos para sostener la vanidad de un régimen que confundía propaganda con gobierno. Si el pan se encarece, la poesía oficial no alimenta; y en Rumanía, la poesía era lo único que abundaba.

JF Lamata