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El hecho de que la modelo noruega vaya a ser la acompañante oficial del heredero a la Corona española en la boda de Haakom confirma los rumores de una relación formal entre ambos

Guerra entre los columnistas de ABC, Juan Manuel de Prada y Alfonso Ussía por la relación entre el príncipe Felipe y Eva Sannum

HECHOS

En agosto de 2001 D. Juan Manuel de Prada y D. Alfonso Ussía mantuvieron un diálogo a través de sus artículos en el periódico ABC.

Como antes que él, D. Carlos Seco Serrano, D. Alfonso Ussía desaprueba que Dña. Eva Sannum pueda convertirse en futura Reina de España.

23 Agosto 2001

Una chica corriente

Juan Manuel de Prada

La inclusión de Eva Sannum en la lista oficial de invitados a la boda del heredero noruego reaviva las especulaciones sobre su más inmediato futuro. ¿Tendremos otra vez que escuchar las descalificaciones histéricas, los taimados vejámenes, todo ese cafarnaúm de chascarrillos y escarnios que, en fechas todavía recientes, algunos propinaron a Eva Sannum? Esperemos que en esta ocasión el desaliento, el hastío, o siquiera cierto residuo de lealtad a los intereses de esa institución que presuntamente defienden, apacigüen el zumbido de su vuelo. Eva Sannum fue entonces expuesta en la picota con un risueño desparpajo que debería avergonzarnos: se hurgó en sus avatares familiares (como si las culpas o meras decisiones de los padres las tuvieran que asumir los hijos), se insistió con regodeo casi delictivo en su condición honrosísima de maniquí, incluso se propició que los programas más cutrones expusieran al dictamen turulato de la audiencia la conveniencia o inconveniencia de su boda con el Príncipe Felipe. En plena vorágine de impunidad injuriosa, he llegado a escuchar cómo una de esos homínidos que glosan los asuntillos de la crónica rosa, tras tildar de «fea» (!) a la noruega, recordaba, en una apoteosis de mal gusto, que siempre había sido empleada en desfiles de moda de escaso pedigrí. Pero que esa papilla humanoide y carroñera se haya ensañado con la noruega no promueve mi escándalo; más oprobioso me parece que personas de prestigio intelectual hayan usado sus tribunas periodísticas -amparándose, a veces, en fantasmagóricas connivencias con la Casa Real- para despotricar contra Eva Sannum, quien, pese al pedrisco de improperios, no ha perdido la compostura. Lo cual ya dice mucho a su favor.
En medio de este panorama inicuo, yo escribí algún articulejo en el que defendía la libertad de decisión del Príncipe Felipe y la honorabilidad de esta muchacha, hermosa como el cantar de los nibelungos, a la que, más que borrar como candidata al trono, se pretendía arruinar anímicamente. Entonces me llevé también mi tanda de insultillos, que agradezco muy fervorosamente -aunque no perdono ni olvido-, porque lo que no mata engorda. Eva Sannum, en cambio, tendrá que olvidar y perdonar, si es que algún día deja de ser una chica corriente, lo cual acrecentará sus méritos con las virtudes de la indulgencia y la magnanimidad. Pero tendrá que vivir siempre con esa espina hincada en el orgullo. Y es que, si hiciéramos inventario de las invectivas infligidas a Eva Sannum, comprobaríamos cuánto encono, cuánta acritud, cuánta malevolencia babosa y gratuita encontraron en ella su indefensa diana.
«Queremos admirar a nuestros soberanos y no descubrir que son comunes como nosotros», rotula no sé qué periódico noruego. Esta afirmación me recuerda la actitud fanática de aquéllos que, hace ya muchos siglos, se resistían a mostrar a Jesucristo exánime en la Cruz, y preferían representarlo como un Pantocrátor que rige el mundo encaramado en las nubes. No entendían que la mayor gloria de Jesucristo, lo que lo convierte en un Dios indestructible, es su condición humanísima, su naturaleza carnal y doliente, que lo obligó a descender hasta el barro del que estamos hechos. A los moscones dinásticos los guía un similar obcecamiento: consideran que la institución monárquica sólo se salvará mientras persevere en sus empingorotados privilegios, en una altiva concepción jerárquica de la vida que no sea mancillada por el aliento plebeyo. No entienden que, ahora que la soberanía reside en el pueblo, un soberano lo es más cuando desciende del trono y, sin descuidar sus responsabilidades, se enamora de una chica corriente. Bueno, tan corriente, tan corriente no, porque yo no dejo de contemplar el estratégico retrato de Eva Sannum que ayer publicaba ABC y me empieza a pasar lo mismo que, según la imaginación romántica, le ocurrió a Francisco de Borja con su reina, Isabel de Portugal.
24 Agosto 2001

El vuelo del moscón

Alfonso Ussía

Jaime Campmany y Juan Manuel de Prada han dedicado sus siempre brillantes artículos a la señorita Eva Sannum. Campmany lo ha hecho desde la distancia y Prada desde la pasión. Retoma su obsesión con los moscones dinásticos, entre los que me incluye y me incluyo. «Esperemos -escribe-, que en esta ocasión el desaliento, el hastío, o siquiera cierto residuo de lealtad a los intereses de esa institución que presuntamente defienden apacigüen el zumbido de su vuelo». Para el joven y gran escritor zamorano, la lealtad a la Corona, o los residuos que de ella restan en el ánimo de los moscones sólo es estimable a través del silencio. La lealtad a la Monarquía es otra cosa, que el pudor me impide explicar con la debida precisión. Lo contrario, el silencio, la adulación, la aceptación del todo y la fragilidad conceptual nada tienen que ver con la lealtad y sí con la cortesanía. Los moscones no consideran, como insiste Prada «que la institución monárquica sólo se salvará mientras persevere en sus empingorotados privilegios». Completamente al revés. Los moscones recuerdan que los privilegios, empingorotados o sin empingorotar, no pueden constituirse en la sola base de las acciones de un príncipe. Sin los deberes sobradamente cumplidos, los privilegios se convierten en una constante agresión a la soberanía popular. Campmany acierta cuando recalca que Eva Sannum nos reencuentra de nuevo partidos en dos Españas. ¿Significa eso que la mitad de España se compone de moscones dinásticos? No, querido Prada. La sabiduría popular, la España más pensante y sabia, la más reflexiva y menos influida por eso que ambos denominamos el pedorrío, se ha manifestado y ha puesto las cosas en su sitio. De tal forma, que el anunciado «compromiso matrimonial» del Príncipe y la joven noruega no se ha producido por motivos mucho más cercanos al Palacio de la Zarzuela que a la reacción social.
Prada recurre a la condición humanísima, a su naturaleza carnal y doliente, a la mayor gloria de Jesucristo y a lo que le ha convertido en un Dios indestructible para defender el amor del Príncipe por la señorita Sannum. Ni Bonmatí de Codecido, ni Ginés de Albareda, ni Fernando González-Doria, ni Julián Cortés-Cavanillas ni Pilar Urbano se hubiesen atrevido a tanto. Nos dice que un soberano lo es más cuando desciende del trono. Eso lo ha hecho el Rey sin dejar de cumplir ni uno solo de sus deberes. Para descender del trono, primero hay que ascender a él, y para ello hay que cumplir estrictamente con las cargas del cargo. No por el hecho de que la señorita Sannum sea una chica corriente tiene el derecho a ser la Reina de España. Eso es de Corín Tellado. Ni se humilla su profesión, ni se mancilla su procedencia, ni se discute su belleza -que es susceptible de ser discutida aunque a Prada le resulte «hermosa como el cantar de los nibelungos»-. Se recuerda, sencillamente, que al Príncipe de Asturias, a cambio de sus incontables privilegios, se le recomienda una especial cautela y reflexión en la elección de su futura mujer, por la también especial circunstancia de que su futura mujer será la próxima Reina de España. A estas alturas de la cosa, los moscones dinásticos no nos atrevemos a pedir más que prudencia, serenidad y reflexión.
Defender la igualdad del Príncipe con el resto de los jóvenes, es bonito y moderno, pero falso. Que todos los jóvenes tengan los privilegios del Príncipe. Que se formen a costa del Presupuesto, que accedan a los mejores colegios y profesores del mundo a costa del Presupuesto. Que viajen a costa del Presupuesto. Que sean recibidos en todo el mundo con los honores y deferencias que el Príncipe es obsequiado. Que se les construya una preciosa casa en una maravillosa zona de una finca del Patrimonio Nacional para su trabajo, vida, representación y disfrute. Todo ello es necesario, preciso y socialmente correcto. Pero marca una diferencia entre el Príncipe y los demás. Si la hay en lo positivo, también debe prevalecer en lo molesto.
Decir esto, y más si a cuento viene, es lo que mi pobre formación entiende por lealtad. La señorita Sannum no es el problema. Al fin y al cabo, a su manera, lo está haciendo muy bien. El problema sería que el Príncipe, a la suya, lo estuviera haciendo mal.
25 Agosto 2001

Mosconeando

Juan Manuel de Prada

Antes de proseguir con los donaires, quisiera aclarar que profeso a Alfonso Ussía afecto, gratitud y admiración literaria sin fisuras. Pero a veces, querido Alfonso, tus amistosas eutrapelias resbalan hacia el terreno de la diatriba. En tu artículo de ayer me ofendías emparentándome con una caterva de escritores o plumíferos con los que nada me vincula, y al ultraje añadías la tergiversación esperpéntica de un símil que yo había empleado en un artículo anterior. Bien sabes que yo no recurrí a Dios ni a Jesucristo «para defender el amor del Príncipe y Eva Sannum». Lo que yo hice, querido Alfonso, fue comparar a quienes se atrincheran en obsoletas convicciones dinásticas con quienes otrora se aferraban a la representación iconográfica de Jesucristo como Pantocrátor, frente a su más humana y sufriente condición de Crucificado. En definitiva, querido Alfonso, estaba ilustrando la secular, cíclica, eterna batalla entre lo viejo y lo nuevo, que a veces se salda mediante brillante síntesis y a veces acaba como el rosario de la aurora. Y en este debate, querido Alfonso, representas la facción del Pantocrátor, o sea, la de quienes defienden lo antiguo, lo cual me parece una actitud muy honrosa, siempre que no se utilicen estrategias marrulleras en su defensa.
Yo no voy a hacer bromas chuscas, ni a emparentarte con una morralla de humoristas chocarreros para denigrar tu valía literaria, que tanto admiro. Sí quisiera recordarte que mi artículo se rebelaba no tanto contra quienes se oponen a una hipotética boda del Príncipe con Eva Sannum, sino contra aquéllos que, para conjurar el «peligro» del casamiento, se han dedicado a vilipendiar viscosamente a la noruega. Tú mismo, querido Alfonso, aunque no has incurrido en la bajeza del insulto, no te has privado de arrastrarla un poquito por el estiércol, aireando que una tipa «que se tiraba pedos» en Gran Hermano se proclama su amiga, o bien insistiendo en que la noruega ofrece «un surtido repertorio de fotografías luciendo lencería fina». No sé cuál es tu entendimiento de la lealtad a la monarquía; pero no creo que las menciones escatológicas o sicalípticas de tus artículos contribuyan demasiado a mantener su prestancia.
En otro pasaje de tu artículo juegas a halagar a tus lectores, ardid indigno de tu inteligencia. Escribes que «la sabiduría popular, la España pensante y sabia, la más reflexiva y menos influida por eso que ambos denominamos el pedorrío, se ha manifestado» contra el matrimonio del Príncipe Felipe y Eva Sannum. Sabes muy bien que los únicos que se han manifestado a ese respecto son los espectadores de esos programas cutres dedicados, precisamente, al pedorrío; esos espectadores veletas o impulsivos que llaman a tal o cual número de teléfono que les indican los locutores del programa, para figurarse -pobres ilusos- que su opinión vale algo y, de paso, participar en la rifa de un jamón. Me ha producido una muy saludable risa que acudas a este argumento de autoridad, pues hace apenas unos meses, cuando esa «sabiduría popular» que ahora canonizas se inclinaba más bien a favor de Eva Sannum, Carlos Seco Serrano arremetía, en este mismo periódico, contra «la novelería de una gran masa de población alimentada de frivolidades». En aquel entonces, más del sesenta por ciento de los encuestados veían con buenos ojos la coronación de Eva Sannum; y Seco Serrano deducía que ése era, exactamente, el porcentaje de nuestros republicanos. Ahora, según tú, esos republicanos se han convertido en súbitos y devotos monárquicos, en «la España pensante y sabia». Alfonso, por favor, no injuries tu inteligencia con argumentos traspillados.
Yo nunca he afirmado que el silencio sea la única muestra de lealtad a la Corona. Sí creo, en cambio, que la lealtad no consiste en pronunciar palabras que vituperen a una muchacha hermosa como el cantar de los nibelungos (me alivia saber que tus gustos no coinciden con los míos, así nunca nos disputaremos una chica) y pretendan rectificar o usurpar la decisión de un Príncipe que siempre ha mostrado clarividencia y discreción de juicio.
26 Agosto 2001

El moscón se posa

Alfonso Ussía

Querido y admirado Juan Manuel de Prada: el moscón se posa por aburrimiento, pero antes de hacerlo, permite que te zumbe en los oídos un último vuelo efímero, sincero y afectuoso. El moscón se posa, entre otras razones, porque el motivo de su presumible molestia no ha sido todavía confirmado, y conocedor de sus limitadas fuerzas, prefiere guardar para el futuro, por si necesario fuera, las pocas energías que le restan.

No he pretendido ofenderte emparentándote con caterva alguna de plumíferos distantes de tu valía e incuestionable talento. He comparado tu escasa cautela con la pasión de aquellos escritores que, por diferentes causas, se sintieron un día arrebatados por el influjo mágico de determinadas personas Reales. No puedo representar la facción de Pantócrator, la defensora de lo antiguo, en un debate de por sí pantocrático. Nada más antiguo que la Monarquía, que por mucho y bien que se adapte – y lo ha hecho – a los tiempos y costumbres modernas, se basa en orígenes, legitimidades y eslabones dinásticos que nada tienen que ver con la innovación y la moda.

La búsqueda de la modernidad no comprende siempre la aceptación del todo y la eliminación de las distancias. Los reyes lo son, entre otras causas, porque existe y se establece de común acuerdo entre la soberanía Real y la soberanía popular una distancia marcada por la costumbre. Una separación consuetudinaria que garantiza su continuidad. He escrito, en efecto, que no me gustaría como Reina de España una señorita que ofrece “un surtido repertorio de fotografía luciendo lencería fina”. Nada hay de ofensivo en ello, y menos de insultante. Creo de sentido común opinar que una reina exhibida en bragas no ayuda a sostener la magia de la distancia ni la solemnidad escénica – artificial en ocasiones, pero siempre recomendable – propias de una institución. ¿Te figuras querido Juan Manuel, a un cardenal papable previamente dedicado a la publicidad de camisetas y calzoncillos? Respeto profundamente a las modelos, pero no considero su profesión un antecedente propicio para reinar en una nación tan caprichosa y cambiante como la nuestra. Aquellos que defienden su bello paisaje de lencería fina – y no me refiero a ti – serán los primeros en despedazarla al primer fallo.

Me afeas un desvío conceptual de esa lealtad. “La lealtad – escribes – no consiste en usurpar la decisión de un Príncipe que siempre ha mostrado clarividencia”. Nada tan lejano a mi intención que el ejercicio de usurpar decisiones y menos aún de un Príncipe clarividente. Quizá en algunos rasgos de su personalidad no lo sea tanto. Al menos, en su capacidad de elegir influencias y cercanías, su clarividencia, merece, al menos, el digno aprecio de la duda. Quizá sea pantocrático en la defensa – de ahí que la usurpación resulte imposible – de una limitada libertad en las decisiones del Príncipe, pero es lo que hay. He escrito, y lo mantengo, que la libertad individual y colectiva que la Constitución y la Corona nos garantizan no alcanzan a dos españoles. El Rey y el Príncipe de Asturias. Y me reafirmó en mi opinión. Para compensar sus libertades reducidas ahí están sus largos privilegios que todos defendemos y muy pocos discuten.

Me señalas como falsificador de datos, y te basas en una divertida encuesta publicada por el diario EL MUNDO en la que más del sesenta por ciento de los encuestados veían con buenos ojos ‘la coronación’ (sic) de Eva Sannum. No mencionas que, apenas un mes después, ese mismo diario publicó el resultado de una segunda consulta con unos resultados decididamnete enfrentados a los primeros. Te refieres en tu artículo a Carlos Seco Serrao, y usas de una frase con intención preocupante. Mucho más preocupante que mis argumentos traspilados. La Tercera de ABC del ilustre historiador y académico, que sobrevolaba pasiones y enconamientos, supuso una lección magistral de lo que debe ser un Príncipe.

El problema no es Eva Sannum, querido Juan Manuel de Prada. El problema nos lo ha creado a todos los españoles – no seamos tan soberbios reduciendo este debate a tu opinión y la mía – quién ha sido formado y educado para no crear problemas. Pero mientras se mantenga en una posibilidad no confirmada, el moscón se posa y, con el mayor afecto y admiración, te abraza.

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