20 octubre 1994

Antena 3 TV emite en directo una de estas corridas con Matías Prats

Antena 3 TV emite dos especiales de corridas de toro de Jesulín de Ubrique sólo para mujeres con Matías Prats y Rosa Villacastín de comentaristas taurinos

Hechos

  • El 7 de octubre de 1994 Antena 3 TV emite ‘Va por ellas’, corrida de toros del torero Jesús Janeiro Bazán ‘Jesulín de Ubrique’ sólo para mujeres en Cádiz. (asistieron 9.000).
  • El 20 de octubre de 1995 Antena 3 TV emite una segunda edición de ‘Va por ellas’ con Janeiro Bazán nuevamente en El Puerto de Santa María (Cádiz) (asistieron 14,000).

Lecturas

D. Antonio Asensio Pizarro y D. Manuel Campo Vidal son los principales directivos de ANTENA 3 TV como Presidente y Director de Antena, que acordaron la emisión del especial «Va por ellas» de Jesús Janeiro Bazán «Jesulín de Ubrique».

07 Octubre 1994

Jesulín, el de las 9.000

ÁNGEL SÁNCHEZ HARGUINDEY

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Los más listos no se cansarán de repetir hasta la saciedad que todo es una hábil operación de imagen, con lo que demostrarán no ser tan listos ya que lo primero que se les ocurre es una obviedad: todo es una operación de imagen, hasta el comer (en este caso la imagen es la de la supervivencia del género humano).Los más ortodoxos dirán cualquier cosa pero Siempre dentro de esa particular visión de la vida y el arte que parece consistir en afirmar rotundamente que todo es un desastre, que los tiempos pasados eran espléndidos y que el presente es pura mezquindad, estafa o chabacanería. Defender a capa y espada la doctrina fundamental de cualquier secta o sistema debe ser tan fatigoso que la única salida razonable que encuentra el sabio instinto es la querencia autodestructiva.

El resto de los mortales, o una buena parte de ellos, asistiremos gozosos al acontecimiento: Jesulín de Ubrique se encierra hoy en la plaza de toros de Aranjuez en una corrida sólo para mujeres a las que, naturalmente, invita el maestro. 9.000 damas bajo el lema Va por ellas dispuestas a disfrutar de una tarde en la que un admirador del género femenino pone a su disposición la plaza, los toros y, por supuesto, su propio cuerpo. No se puede pedir más. Imagen, heterodoxia y entrega.

Son tiempos difíciles, es verdad, y muchos de los grandes principios teóricos se han derrumbado estrepitosamente pero aún quedan dos o tres cosas en la vida que parecen aferrarse con constancia en el sentir de las gentes: los grandes almacenes, la atracción por el otro o la otra y el lotazo con bote acumulado para poder dar rienda suelta a tanta insatisfacción. Jesulín, está claro, puede comprarse ya mismo la planta entera de Afganistán en El Corte Inglés; su admiración por las mujeres no sólo es pública y notoria: desde hoy es multitudinaria y excluyente, y no necesita acertar ningún pleno redentor. Casi podría afirmarse que es el paradigma de la felicidad mal que les pese a los ortodoxos que añoran aquella faena de 1952 en una tarde de sol, pipas y autarquía. Dicen los entendidos que lo que hace Jesulín es cualquier cosa menos torear, que tiene truco. Puede ser. También es cierto que habría que recopilar el número de comentarios similares que se han hecho a lo largo de la secular historia de los toros porque eso permitiría comprobar un par de cosas: en primer lugar que la figura del torero acusado de no torear y llenar las plazas es casi una constante histórica y, en segundo lugar, que gracias a que las plazas se llenan la fiesta puede existir para solaz de quienes critican -con todo su derecho- a los toreros que tienen truco -también con todo su derecho-. Ponerse delante de un morlaco de 500 kilos con un trapo en la mano y sobrevivir es un triunfo de la inteligencia y si, además, se hace con gracia, algo que bordea lo milagroso. En cuanto a lo de los trucos, habrá que replanteárselo: David Copperfield vive espléndidamente de ellos y está a punto de casarse con Claudia Schiffer.

En todo caso esta tarde en el coso de Aranjuez Jesulín no sólo es el único espada, es también el representante de todos los millones de ciudadanos a los que les encantan las damas por mas que de ese encantamiento les surjan innumerables problemas y, por supuesto, cotas irreproducibles de placer y goce.

09 Octubre 1994

El esperpento

Francisco Umbral

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Aranjuez, Rusiñol y los Borbones, todo tornado en esperpento rojo, y miles de mujeres, el hembraje, en la priápica fiesta de la sangre. Pobre España.

Todas en torno a un macho charolado, encendidas de sol y represiones, ah el feminismo, qué perdida guerra, el esperpento, Valle, Goya, todos. Qué aciago cielo, qué rabiosa tarde, el mujerío español, sólo unos miles, en la fiesta mediocre y encendida, qué pasado de orgasmos adunados, y qué lóbrego el sexo entre nosotros, la querella letal de las alcobas, de par en par al fin, y que nos follen.

Avilantez poblada de la plaza, y ese macho cualquiera, sangre y semen, iba de sangre y semen su alto traje, iba de plata y mierda su persona. Sólo el toro tan grave, siempre el mismo, asesinato séxtuple, más uno, levanta dignidad en su cabeza, es como un rey antiguo entre las turbas, es como un Papa viejo entre las brujas.

Se llama Fogonero el toro bravo, se llama Caprichoso, nombres vivos, pero ellas quieren sangre, un dolor macho, envilecerse en sangre, climatéricas, la semejanza ruin de la estocada. Esperpento de España, siglos hace, ni democracia ni ferrocarriles, estamos donde siempre, en el brochazo, el despatarramiento de la raza. Qué vil el hombre, qué perdida turba, sólo el toro, monarca de tragedia, con sus alas de sangre y serpentinas.

Era el macho cualquiera, adolescente, era el falo vestido de baraja, era la triste España, esas mujeres, el motín de Aranjuez son unas cuantas. Pero el capricho negro, el esperpento, el petrefacto de oro de la hombría, todo eso sigue haciendo nuestra historia, nuestras madres no estaban, nuestras novias, esperpento de España y no es España, mas ahí queda la mancha y el orgasmo, mas ahí queda el cadáver digno y puro de esa persona inmensa que es el toro.

Avilantez mayor no se repite, el europeo Aranjuez tinto de mierda, los sostenes y bragas, ropa sucia, ensombreciendo el aire con su vuelo como palomas viles, y Solana, ah prosa de Solana, ah trazo negro consagrando la España más bajuna, superstición y tinta del pasado, los corrales de España, España clueca, volcados en un cielo de comadres.

El sexo allí no estaba, el sexo puro, el sexo angelical, ese ángel verde que el hombre y la mujer componen juntos. Allí estaba la rabia, la ignorancia, el analfabetismo de los cuerpos, la tristeza de siglos en la cama, el matrimonio negro de las pueblas, la estampida cular, la pobre gente.

El sexo allí no estaba, sus madejas, sus figuras de friso, su urna lenta, y la mujer no estaba, blanca y sabia, el brujerío de Goya es lo que estaba, y las madres terribles, Federico, y las madres terribles te asustaban. Otra cosa es el hombre, otra mudanza, otra cosa eres tú, mujer cualquiera, álbum de tardes en tus grandes ojos. Lo de Aranjuez fue Goya envenenado, goyismo y regoyismo de Regoyos ilustrados de un vino malnacido.

La España que decimos los periódicos, 98, Ortega, el gran Azaña, la España granadí de los mejores apenas se sostiene en nuestras manos, el florón de Aranjuez roto y meado, hembraje deshumano de la tarde, redondel sin grandeza de mujeres mientras las otras hilan libertades.

Nunca más, nunca más, ah risa ciega, eso no es este pueblo ni este cielo, eso son las monedas, son el trato. Allí sólo había un hombre, que es el toro.

J. F. Lamata

09 Octubre 1994

Encerradas con Jesulín

Rafael Torres Mulas

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Algo les pasa a las mujeres: flipan con Jesulín de Ubrique. Y no sólo flipan, sino que le secundan, le arrojan bragas y sostenes cuando da la vuelta al ruedo, se amotinan ante el cartel de «No hay billetes», le requiebran con hipérboles obscenas y entran en éxtasis no bien la criatura se dirige a ellas con una de sus sonrisas bobas. Algo, sin duda, les pasa a las mujeres, o, cuando menos, a las miles que atestaron el viernes la plaza de toros de Aranjuez y a los millones que permanecieron clavadas frente al televisor mientras esa especie de bombero torero iba expidiendo becerros inocentes al otro mundo.

A las mujeres del planeta, y a las españolas también, les pasan muchas cosas, cosas complicadas y de difícil solución, y en el interior de cada una de ellas, en el corazón y en la conciencia, bulle la necesidad, el reto, de construir un mundo, y un destino personal, enteramente libre y nuevo. Sin embargo, la realidad parece empeñada en desbaratar sus proyectos, y del wonderbra a Jesulín de Ubrique, de la sobreexplotación en el trabajo a la imagen infame que de ella ofrece el cine y la televisión, se teje la trama contrarrevolucionaria que la impide, a bombazo limpio, ser y crecer. Una ráfaga de ese suceso de lo femenil profundo, una visión de esa masacre fue ofrecida el viernes por Antena 3.

El tal Jesulín, paradigma del hombre arcaico pese a sus pocos años, se encerró en Aranjuez con seis toros y no sé cuantos miles de mujeres, y lo peor es que fue literalmente así: se encerró con ellas en la gruta abisal de una plaza de toros. Sólo mujeres: la presidenta, las asesoras, las guardias, las comentaristas («¡qué pendientes más monos lleva la picadora!»), la picadora, la alguacililla, las de la banda de música… todas. Y ninguna. Porque ese clamor asténico, ese guirigay, esa profusión de tránsitos y aullidos de gozo ante la sangre derramada de los animales, ante el Jesulín de la lúbrica taleguilla y la cara de clown, nada tenía que ver con las mujeres, sino con su reducción al estado más agónico y grotesco.

La reacción está de enhorabuena: media docena de Jesulines, y aquí no pasa nada.

09 Octubre 1994

Jesulín de Ubrique no ha inventado el arte de seducir en una plaza de toros

Javier Villán

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Jesulín de Ubrique revivió el mito erótico del torero con su encierro en la plaza de Aranjuez ante un público exclusivamente femenino. Pero, si no ha demostrado gran cosa en los ruedos, Jesulín tampoco aporta nada a la mitología erótica del matador, tan vieja como la tauromaquia.

La afirmación jesuliniana de que los pitones de los toros saben a pezón de mujer induce a una disyuntiva: o no sabe lo que es una teta o no sabe lo que es un pitón.

Que Jesulín no sepa lo que es una teta no seré yo quien se atreva a afirmarlo; sería una ofensa a su cantada virilidad y al sentimentalismo femenino que afirma, desde siglos, la naturaleza amatoria y sexualizada de los toreros machos. Además, podrían desmentirme las quinientas mil vírgenes que suspiran por Jesulín, mostrándome sus pezones.

Por lo tanto, si Jesulín sabe lo que es un pezón, no sabe lo que es un pitón, lo cual afecta sólo a la tauromaquia y no al amor. En efecto, Jesulín torea habitualmente toros afeitados y, por lo tanto, despitonados.

Lo de las mujeres y Jesulín es otra cosa. Y su hombrada del viernes de torear sólo para féminas reafirma un devenir histórico y la perspicacia para rentabilizar esa sentimentalidad adoratriz.

La historia, en efecto, está plagada de estas hazañas amatorias. O así lo parece. Los amoríos de los toreros están en la matriz corazonal de España, en las coplas y en el corazón de las buenas gentes que los contemplan como el pecado imposible y hermoso.

Pero no ha de creerse que todo esto es frívola psicología de masas, freudianos instintos canalizados hacia una figura emblemática, o subproducto cultural. Jesús Janeiro ha dicho algo mucho más memorable que su teoría analógica sobre pitones y pezones: «El cuerpo de una mujer es la mejor prueba de que Dios existe». Ahí Jesulín nos ha cogido por los «güevos» a sus detractores. Esa filosofía lo legitima como amador y legitima, sobre todo, el sensismo sociosentimental de los toreros. Y nos descubre una alarmante verdad, alarmante para los críticos del de Ubrique: un filósofo de naturaleza indescifrable vive albergado en un torero chapuza.

Desde ahora proclamo que Jesulín merece ser mejor torero que el adefesio que representa; aunque yo no considere imprescindible la recurrencia a la existencia de Dios para explicar la maravilla de un cuerpo de mujer.

Mi recurrencia a la divinidad se centra, exclusivamente, en Ava Gadner cuyo hálito más que humano dio vida a unos cuantos años de la precaria vida española. Que se lo pregunten si no a Luis Miguel Dominguín, o a Mario Cabré. Incluso, dicen, que también podría preguntársele a Cagancho, el sobrenatural gitano de los ojos verdes.

No sé si es cierto aquel sucedido que cuentan de Cagancho que, tras el goce, saltó entusiasmado del lecho de Ava y empezó a vestirse apresuradamente. Ante la perplejidad de Ava, que sucedió al placer, y ante la pregunta extrañada de la diosa de a dónde iba tan aprisa, dicen que Cagancho respondió: «A contarlo». Gitano y español al cabo, ese portento de belleza y de torería consideraba que una conquista de ese calibre de nada valía si los demás la ignoraban. Las versiones que corren del suceso, se atribuyan a Cagancho, Dominguín o Cabré, coinciden en una cosa: fuera el que fuera el gozador de la diosa, consideraba el lance como la faena de su vida y el premio mayor de sus hazañas.

La «vox populi» se inclina por atribuírselo definitivamente, más que al donjuanesco universalismo de Dominguín o Cabré, a la humilde inocencia del gitano. Cagancho murió hace diez años en México, dicen que de portero en un hotel. «Me queda toda la gloria de mi arte -cuentan que decía-. Pero nada de mi fortuna»

Pese a las pasiones, individuales y colectivas, que Cagancho despertara en su época de plenitud, la enseña de los toreros arrebatacorazones y saltacamas la enarbolan Luis Miguel Dominguín y Mario Cabré, éste poeta y aquél triunfador con carisma de número uno del ranking. O, por lo menos, fueron ellos quienes mejor publicitaron la verdad o el fingimiento de unos amores o amoríos no siempre puramente fungibles; por ejemplo, la pasión de Cabré por Ava Gadner. Ava, la diosa.

Pobres y provocadores

Con todo, está demostrado que la sola condición de torero no explica los arrebatos o las histerias de las muchedumbres. Ni siquiera con El Cordobés hace veinticinco años y ahora con Jesulín de Ubrique, los menos provistos de donjuanismo y más llenos de sociología. El Cordobés era torero y pobre, torero y robagallinas; y Jesulín es torero e impertinente, torero y provocador; capaz de vestirse de amarillo para desesperación de sus compañeros o de bajarse los pantalones en televisión y, al amparo de una cicatriz, desmentir a los críticos que lo acusan de ponerse en un lugar donde los toros no pegan.

Quiere esto decir que se ha de ser torero y otra cosa; que la condición de torero, solamente, no es más compulsiva del erotismo que la del corredor automovilista, el cantante o el ídolo cinematográfico, siendo estas, además, más universales. Lo del torero es más hispánico, más localista. Y, frecuentemente, más folclórico.

Miguel Bosé, por ejemplo, rebasa a cualquier matador en fervores sentimentales y en pulsiones eróticas. Claro que de raza le viene al galgo, pues la fusión Lucía Bosé-Luis Miguel era forzoso que produjera tal combinado. El combinado, la exacta proporción de cualidades en la mezcla, es fundamental para entender esa latría, ese culto a la belleza y al valor.

Dominguín es tan inseparable de la fama que le dio su amistad con Picasso, como de sus condiciones de don Juan; y Mario Cabré está tan unido a sus poemas y a sus interpretaciones cinematográficas como a sus romances de valentía. Mario Cabré es un mediocre poeta, un mediocre actor y un mediocre torero que devino en un gran seductor. Fascinado por el suicidio de Alfonsina Storni, escribió muchos poemas y acabó seduciendo a Juana de Ibarbouru que le hizo un prólogo; y a Benavente que le hizo otro. Y a Ava Gadner que lo amó.

El uniforme del torero -reparen que al traje de luces se le llama vestido- tampoco parece determinante en estas turbulencias emocionales que los diestros suscitan. Al menos por el lado de las mujeres. López de Ayala escribe en Política y toros: «No cabe duda de que los toreros van vestidos muy guapamente. A Edmundo de Amicis le parecían bailarinas y le encantaban».

Parejas míticas

Tampoco parece claro que sean las condiciones sociopolíticas o religiosas o represivas de una sociedad las que elevan a símbolo sexual su condición de héroes populares. Se trata, quizá, de la búsqueda de un espejo regenerador, de un oscuro objeto de deseo que, a la vez, enaltece: el individuo concreto con valores concretos, sobre la abstracción de una masa informe. De ahí la mitificación del modelo histórico de torero y cantaora, de torero y artista, de torero y millonaria.

Parejas de esta índole han contribuido doblemente a exaltar el culto: el de los hombres a la tonadillera y el de las mujeres al matador (puede haber variantes). Parejas como las que vamos a citar contribuyen a crear ese ámbito mítico y erótico de que se alimentan las plazas: Pastora Imperio y el Gallo, la Argentinita y Sánchez Mejías, la Piquer y Márquez, la otra Piquer y Curro Romero, María Albaicín y Bernadó, Bárbara Hutton y Teruel, Sofía Mazagatos y Manzanares, Rocío Jurado y Ortega Cano, la Pantoja y Paquirri… Pese a estas consideraciones sobre el fervor amatorio y la psicología sexual de las masas, desvariaba Noel al afirmar que de las corridas salen los crímenes de navaja y las pasiones más bajas.

10 Octubre 1994

La corrida de Jesulín de Ubrique, un descenso a los infiernos del celtiberismo

EL MUNDO (Director: Pedro J. Ramírez)

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Francisco Umbral retrató ayer magistralmente en EL MUNDO el bochorno y la indignación que muchos telespectadores -quisiéramos creer que la gran mayoría- sintieron ante el humillante, el indescriptible, el dantesco espectáculo que Antena 3 patrocinó y ofreció el pasado viernes. La corrida de Jesulín de Ubrique en Aranjuez dejó corridas de vergüenza ajena a cuantas mujeres consideran que su igualdad con el género masculino no puede pasar por el descenso a las simas del peor y más zafio de los machismos. Eduardo Mendicutti lo retrató también ayer con atristado sarcasmo. Que un vómito tal de celtiberismo, que ese brochazo negro -«la España más bajuna, superstición y tinta del pasado», escribe Umbral-, haya llenado de satisfacción a un canal de TV que consiguió su licencia presentándose como «servicio público», retrata a la perfección los tiempos que vivimos. A esa España sí que la reconoce la madre que la parió. Estaba ella misma en Aranjuez.

21 Octubre 1995

Jesulín provoca la catarsis femenina

Irene Hernández Velasco

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Fue algo así como una catarsis colectiva. 16.000 féminas -y algún que otro travesti que aseguraba sentirse «muy mujer»- transformadas en auténticas leonas por arte de birli-birloque.

El juego malabar corrió a cargo de un mozalbete de aspecto pavisoso y las almohadillas bien «colocás» en el paquete: Jesulín de Ubrique. El diestro arrasó ayer en el Puerto de Santa María, ante una multitud de mujeres deseosas de soltarse la melena y dispuestas a todo.

Y él, claro está, les dió carrete. Se meneó de aquella manera. Se contoneo hasta hacerlas alcanzar el éxtasis. Y cuando el quinto toro, «Pocabulla», le pegó un revolcón y Jesulín siguió adelante con la faena -«como todo un hombre», se decía en el tendido tres- el climax llegó a su punto más tórrido. Hubo quienes incluso casi pierden el sentido.

«¡¡Estamos contigo!!», coreó la plaza al unísono, tras comprobar que el héroe había salido ileso de la cogida. Fue toda una apoteosis sexual camuflada de corrida de toros.

Porque lo de menos era la lidia. «De toros, ni idea. Yo he venido a ver a Jesulín», aseguraba Susana, una veinteañera recién llegada de Zamora.

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PIROPOS.- Lo verdaderamente importante era cumplir con el ritual de los piropos y los comentarios sexuales explícitos. Y cada vez que Jesulín daba la vuelta al ruedo, que fueron seis, la hecatombe: la arena se inundaba de flores, chaquetas, bolsos y, como no, las consabidas bragas.

Ellas las lanzaban al ruedo. El las recogía y besaba. Ellas se retorcían de placer. El esbozaba una sonrisa torpe. Ellas sentían que tocaban el cielo.

La onubense Rocío, por ejemplo, no pudo resistirse a obsequiar al diestro con las mismísimas bragas que lucío para su marido en la noche de bodas, hace un año escaso. «Anda, que como se enteré Rafael…» Rafael, obvia decirlo, es el esposo al que ayer le pusó los cuernos metafísicos.

El coso gaditano se transformó por un día en una especie de cama redonda en la que 16.000 hembras se lo hicieron «con tío muy macho». «Un auténtico caballero». «Un pedazo hombre». «Un torero que los tiene muy bien puestos». «El rey de las corridas»… Y así hasta lo irreproducible.

Algunas ya habían superado los sesenta. Había señoras entradas en años y carnes. Pero las jovencitas eran mayoría. Todas dejaron al padre, el novio y el marido en casa para convertirse en «ultra-sures» de lo erótico. Como en los espectáculos futboleros, ellas hacían la ola y cantaban el oe-oe-oe-oe.

Con los contados varones que se colaron en la plaza fueron implacables. «Que se vayan, que se vayan», comenzarón a gritar todas a una dirigiéndose a dos hombres a los que pillaron in fraganti. «Que los echen, que los echen», se desgañitaron a chillar. Y dos policías nacionales entraron a sacar del ruedo a los dos especímenes masculinos.

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DOS RABOS.- «El rabo, el rabo», pedían las mujeres deleitándose en el último vocablo. Y Jesulín cortó dos. «Meteselá entera», le pedían a la hora de entrar a matar. Y el diestro obedeció clavando la espada a los seis toros.

No hubo celos ni rencores. Las 16.000 estaban dispuestas a compartir a Jesulín. Si el torero besaba a la alguacililla, ellas felices. Si achuchaba a la picadora, mejor que mejor.

Pero igual que ellas sólo estaban para él, el diestro las ponía de vez en cuando los cuernos con la televisión. Nada más entrar en la plaza, por ejemplo. 16.000 mujeres entregadas en cuerpo y alma al torero y él siquiera las miró. Primero cumplió con las cámaras, las fotógrafas y el márketing. Luego ya fue todo suyo.

Jesulín no se trajo finalmente a su mascota, «Curro», un tigre asiático de carne y hueso con el que decía le hubiera gustado dar el paseillo por la plaza de toros del Puerto de Santa María. Ni falta que le hizo. En el coso sobraban las felinas. Y se lo demostraron: cuando el torero daba la vuelta final al ruedo a hombros de los de su cuadrilla, las más leonas se lanzaron a la arena a posar las zarpas sobre el objeto de sus deseos. Ni la Policía podía con ellas.