23 febrero 1993
Jon Idigoras (Herri Batasuna) no niega que ayude a ETA en una entrevista a a Jesús Quintero en ‘La Boca del Lobo’ de ANTENA 3 TV
Hechos
El 23 de febrero de 1993 ANTENA 3 TV emite una entrevista de D. Jesús Quintero a D. Jon Idigoras en el programa ‘La Boca del Lobo’.
24 Febrero 1993
Baile de máscaras
Para máscara, la de Jon Idígoras en La boca del lobo -pocas veces un invitado encaja tan rigurosamente en el título de un programa-. Se puso un disfraz de persona, un disfraz al que se le veían las costuras, pero lo suficientemente tupido como para que Quintero no lograra atravesarlo. El presentador, que tuvo la virtud -o tal vez era otro disfraz- de estar donde tenía que estar y no donde suele estar, hizo lo que pudo para cogerle las vueltas al entrevistado. Pero su éxito fue relativo (le resultó mucho más fácil destrozar a una actriz evidentemente indefensa que más necesitaba la compasión que aparecer en un soliloquio inmoralmente televisado que tenía más elementos de consulta psicoanalítica que de entrevista periodística. ¿No le dará un mínimo de vergüenza a Quintero desnudar así la inestabilidad expresiva y personal de la por otras razones admirada Terele Pávez?). A Idígoras, en cambio, se le vio seguro. Fue curioso comprobar la impunidad con la que se puso en el papel de mártir, de hombre marcado por su escasa vida familiar y por la represión franquista («este pobrecito vasco que tienes aquí delante iba de comisaría en comisaría»), comprensivo con la amargura de los familiares de las víctimas de ETA, amante de la paz, de la justicia, de la libertad y de la razón. Cuánta estupidez. Cuánta coartada política provinciana. Qué memo resultó ese aullar una canción ante la cámara para simular una sensibilidad inexistente, un corazón desconocido.
27 Febrero 1993
Señor Idígoras
A mi edad uno va teniendo cada vez más difícil el asombro… Sin embargo, eso fue lo que me produjo el pasado lunes en el programa televisivo de Jesús Quintero del señor Idígoras, Jon Idígoras, diputado de Herri Batasuna, partido político del que uno no comprende cómo puede pretender escaños en un Congreso cuando sostiene que el Estado español y el pueblo vasco son dos naciones distintas. Partido al que se considera brazo político de ETA.
Pues bien, el señor Idígoras consiguió asombrarme cuando concluyó su feroz intervención cantándonos una nana, sobre todo porque tan patético recital vino a coincidir con la detención en Francia de Rafael Caride, presunto autor material de la matanza de Hipercor en Barcelona, quien, según demuestra una foto que acaparó la atención de la Prensa en general, en el momento de ser detenido levantó los brazos de inequívoca señal de triunfo, a modo en que lo haría el boxeador que acabara de ganar un combate, y mostrando, al tiempo, una desbordante sonrisa de satisfacción que uno se teme obedezca al récord que este individuo ostenta orgulloso de haber conseguido: con un solo artefacto, veintitrés víctimas en Barcelona.
Siniestra coincidencia que me obliga a preguntar a quién le cantó el Sr. Idígoras su nana en vasco. ¿Quizá a los pequeños que murieron en ese mismo atentado? ¿O a los que cayeron mientras jugaban en los humildes patios de una Casa-Cuartel de la Guardia Civil? ¿O al pequeño hijo del señor doctor Delgado, quien saltó por los aires sin conocer a su hermano mientras caminaba de la mano de su madre embarazada? Tal vez el señor Idígoras quiso cantar una dulce nana a los cientos de huérfanos a quienes ETA dejó sin padre, ante sus aterrados ojos, de un tiro a bocajarro; o a los pequeños como Irene Villa, a quienes ETA quiso talar sus ilusiones y esperanzas justamente a la altura de sus ágiles piernas. Ilusión y esperanza que si luego han recuperado ha sido con un esfuerzo y un coraje admirables. ¿A quién, señor Idígoras, a quién tuvo usted el valor de cantar su patética nana como colofón a sus inhumanas declaraciones?
Que le puede importar a nadie, señor Idígoras, que usted padeciera una infancia de dolor y miseria, sin instrucción y sin apenas familia, según usted mismo nos contó con tintes de melodrama. Qué me importa a mí, que la viví parecida a la suya, si usted se ha convertido en un ser incapaz de conmoverse ante el dolor, la miseria y la orfandad de tantos niños cuya causa ha sido precisamente ETA… Si reconoció no tener respuesta para un padre a cuyo hijo usted hubiera asesinado, respuesta de la que carece no por vergüenza, ni tan siquiera porque usted no sea capaz de imaginarse ante tal situación, no, sino porque según usted mismo confesó ante las cámaras en ese caso no se sentiría culpable, no sentiría que debía a nadie explicación alguna.
¿Cómo puede extrañarme que le consideren un animal, una fiera, una alimaña – y sigo el curso y el texto de sus propias declaraciones en televisión – cuando ni le tiembla la voz ni le quema el rostro de vergüenza al decir que los valientes que practican el tiro en la nunca o la explosión de un artefacto con ‘mando a distancia’ n son fanáticos, sino ‘héroes dispuestos al sacrificio máximo por la libertad’; a los que es cierto que como héroes se les vela y se les entierra, forzando incluso las puertas del Salón de Plenos de cualquier Ayuntamiento, aun cuando hayan muerto manipulando un explosivo destinado a asesinar a otros hombres. Algo hay en lo que he de darle a usted la razón: está muy claro que los miembros de ETA no son fanáticos, pero tampoco sob héroes; no se engañe, señor Idígoras: son – simple y asquerosamente – asesinos.
Pero hay algo más en lo que, mal que me pese – porque de verdad no deseo compartir nada con usted – he de darle la razón, y es que, en efecto, la lucha contra ETA es una contienda desigual. Lo es porque aun cuando esa banda estuviera apenas compuesta por una docena de hombres y frente a ellos toda la Policía del mundo, la diferencia sería enorme; porque ETA asesina cuando, donde, como y a quien quiere o puede; porque ETA ha declarado una lucha sin cuartel a toda la sociedad española, mientras que la Policía actúa en los estrictos límites de la legalidad y con sujeción a los mismos derechos humanos que esa banda pisotea, para vergüenza y horror de todos, y muy especialmente de ese pueblo vasco que, afortunadamente, sé y me consta que no piensa como usted.
Sí, señor Idígoras, me produjo – a estas alturas no sé ya bien si asombro o repugnancia – que usted hablara de comprensión, respeto y diálogo ante unas ideas y unos derechos que pretenden imponerse por la fuerza. Usted que, a Dios gracias, sobrevivió a un atentado cometido también en nombre de unos ideales; atentado que a mí me produce idéntico rechazo porque yo no reconozco color a las pistolas. Usted, que recuerda emocionado cómo salvó su vida mientras sostenía entre sus brazos el cuerpo inerte de su amigo. Y que califica no de ‘luchadores por la libertad’, sino de pistoleros y de mercenarios a quienes no pudieron o no quisieron asesinarle a usted por la espalda, quizá porque ellos eran todavía principiantes del terror… Y es que si llegan a ser sus ‘héroes’ de ETA quienes deciden dispararle a usted en la calle de Alcalá…, puede estar seguro, señor Idígoras, que este lunes no nos hubiera podido cantar usted su patética nana.
Arturo Fernández
05 Marzo 1993
Conversaciones
LO malo de las entrevistas en televisión es que casi siempre tiene mucha más importancia el personaje en sí mismo -su imagen, que las cosas que puede decir durante la conversación. Además, cada vez cobran mayor relevancia los aspectos externos: las máquinas, la escenografía, la iluminación, el ambiente, etc. Lo importante es el espectáculo. En el caso del programa de Jesús Quintero, está claro que lo que domina es «la atmósfera». Con la ayuda del cineasta Gonzalo Suárez, las entrevistas de La boca del lobo se desarrollan en un escenario y en un clima que pretenden evocar el cine negro: como si la charla transcurriese en la oficina de un detective privado que estuviera interrogando a un hipotético cliente que hubiera acudido a contratar sus servicios. Pero las preguntas de Quintero no son las que haría Sam Spade. Su tono se parece más bien al que emplearía un psicoanalista ortodoxo y aséptico. Quintero no hace dialéctica, no tiene interés en poner en evidencia las contradicciones del personaje. Se limita a preguntar de forma cansina, sin pasión. Es su imagen; su estilo. Y ello se hace tanto más chocante cuanto más complejo es el «cliente», el personaje entrevistado. Preguntarle a Mario Conde si le gusta el riesgo, o si le gusta competir, o cómo es de romántico, o incluso si prepara el asalto a la Moncloa, es ponérselo fácil para que él diga lo que quiera y divague sin mayores compromisos sobre la vida, la política, la economía, el amor, el papel de la banca o el sentido de la división entre izquierdas y derechas en estos tiempos. Otro ejemplo: frente a Jon Idígoras, el papel de Quintero se limitó, como siempre, a formular preguntas supuestamente audaces e ingeniosas, como ¿qué pasaría si usted matara a mi hijo? o ¿cuándo acabarán los tiros? Y Jon Idígoras, que sabe muy bien lo que se hace y lo que se dice, respondía que, claro, que la violencia es mala, pero que lo peor de todo es la intransigencia del Estado, y que ahí está el ejemplo de Estonia, Letonia y Lituania, que han conseguido pacíficamente la independencia sin que pasara nada; y que él, Idígoras, no quiere que mueran ni los guardias civiles ni los militantes de ETA, por igual. Y como no hay controversia, Idígoras se permite decir lo que le da la gana sin que nadie le interrumpa ni le contradiga, y puede mostrar una faceta humana y hasta ingenua cuando dice que él no es un fanático sino un viejo luchador que ha sufrido mucho en la vida; y como la conversación se desarrolla en una atmósfera tan cinematográfica, hasta se permiten poner una música de fondo para subrayar el dramatismo del relato cuando Idígoras cuenta cómo fue el atentado del Hotel Alcalá, y como Josu Muguruza murió en sus brazos. Y nadie lo duda.