16 abril 1946

Comparece como testigo, se encuentra procesado por los tribunales de Polonia, que tienen previsto ahorcarle por sus crímenes en ese país

Juicio de Nüremberg: el comandante nazi de Auschwitz, Rudolf Hoess, confiesa el asesinato de dos millones de judíos durante la guerra

Hechos

El 15 de abril de 1946 Rudolf Hoess compareció como testigo en el Juicio de Nuremberg.

Lecturas

LA ESPELUZNANTE CONFESIÓN

Abogado – ¿Fue usted comandante del campo de Auschwitz desde 1940 a fines de 1943?

Hoess – Sí.

Abogado – ¿Centenares de miles de personas fueron enviadas allí a la muerte?

Hoess – Sí.

Abogado – ¿Fueron muertos más de dos millones de judíos mientras usted estuvo?

Hoess – Sí.

Abogado – ¿Hombres, mujeres y niños?

Hoess – Sí.

Abogado – ¿A qué cifra ascendió el mayor número de internados?

Hoess – A 140.000 entre hombres y mujeres.

Abogado – ¿Tenían que desnudarse completamente las víctimas y entregar las cosas de valor?

Hoess – Sí.

Abogado – ¿Sabían estas personas lo que les esperaba?

Hoess – La mayoría no. Se habían tomado medidas para que les quedase la duda.

Abogado – ¿Y entonces se efectuaba la aplicación del gas?

Hoess – Sí.

Abogado – ¿Y antes de la llegada de la muerte definitiva había un estado de semi consciencia?

Hoess – Sí; como vi por mi propia observación, la pérdida del conocimiento sobrevenía a los pocos segundos o minutos.

Abogado – ¿Sintió usted alguna vez compasión por las víctimas, por el hecho de tener usted familia o hijos?

Hoess – Sí.

Abogado – Y, sin embargo, pudo usted continuar atendiéndose a las instrucciones recibidas.

Hoess – Sí, es cierto. Solamente había un argumento decisivo que eliminaba todas las dudas: eran órdenes que me había dado el Reichsführer de las S. S., Heinrich Himmler.

Abogado – ¿Visitó Himmler alguna vez el campo para persuadirse de que sus órdenes eran cumplimentadas?

Hoess – Sí. En 1942 efectuó una visita y estuvo presenciando desde el principio hasta el fin una de las ‘operaciones’.

Abogado – ¿Y Kaltenbrunner?

Hoess – No. Él no estuvo nunca.

Abogado – ¿Discutió usted alguna vez esta misión con Kaltenbrunner?

Hoess – Nunca. Sólo me encontré con él en una ocasión cuando le llevé un informe del campo de Mauthausen. Himmler ordenó, cuando se aproximaba el final de la guerra, que los campos de concentración se entregasen al enemigo cuando se acercara.

Su testifical se produjo después de la de Alfred Rosemberg.

El siguiente en testificar será el acusado Hans Frank. 

Rudolf Hoess será ahorcado en abril de 1947.

El Análisis

La banalidad de la muerte

JF Lamata

El testimonio de Rudolf Höss en el juicio de Núremberg marcó uno de los momentos más aterradores del proceso: no por gritos, ni por confrontaciones, sino por su espeluznante frialdad. El antiguo comandante de Auschwitz relató, sin alterarse, el asesinato sistemático de más de dos millones de personas, incluidas mujeres y niños, con la serenidad de quien repasa una contabilidad. Aquellas cámaras de gas, aquellas pilas de cadáveres, aquella logística del exterminio masivo no le parecían actos criminales, sino parte de un engranaje que él cumplía porque eran «órdenes del Reichsführer Himmler». Como si exterminar seres humanos no fuera más grave que seguir un protocolo administrativo. En Höss se encarnaba la figura del verdugo obediente, no el sádico descontrolado, sino el funcionario eficaz del horror.

Este testimonio confirmó que el Holocausto no fue obra de locos aislados, sino de una maquinaria perfectamente organizada, alimentada por hombres y mujeres que asumieron la muerte industrial como rutina. La excusa de «obedecer órdenes» que esgrimieron tantos acusados en Núremberg no atenúa su responsabilidad moral, sino que la subraya: demostraron que el crimen más monstruoso de la historia moderna podía ejecutarse sin necesidad de odio visible, solo con disciplina, papeleo y ausencia de empatía. Rudolf Höss, en su aterradora serenidad, nos dejó una lección atroz: la humanidad puede extinguirse no solo a manos de fanáticos, sino también por burócratas sin alma que, desde sus escritorios o barracones, gestionaron la muerte como si fuera parte de una cadena de producción.

J. F. Lamata