7 agosto 1962

Su imagen de rubia ingenua en las películas se convirtió en un estereotipo del cine en todo el mundo

La célebre actriz norteamericana de Hollywood Marilyn Monroe muere por sobredosis de droga tras una depresión

Hechos

El 5 agosto 1962 la actriz Marilin Monroe fue encontrada muerta en su casa.

Lecturas

Una sobredosis de barbitúricos ha acabado con la vida de Marilyn Monroe, el gran mito erótico del cine de Estados Unidos.

A las 3 de la mañana del domingo su ama de llaves, la señora Murray, que había tenido un extraño pensamiento, se levantó y comprobó que la actriz yacía en su cuarto totalmente iluminado, en una postura anormal.

La Sra. Murray llamó de inmediato a los médicos quienes vieron que en la mesilla de noche de Marilyn había un frasco vacío, que pudo contener entre 25 y 30 pastillas Nembutal.

El forense no ha dudado en dictaminar que se trataba de un suicidio. Marilyn no ha dejado nota alguna que explique su gesto; en cambio ha muerto con el teléfono aferrado con una mano.

Pero nadie sabe a quién intentó llamar en sus últimos momentos. La policía ha descubierto que, durante la noche, la actriz había grabado un mensaje en su magnetófono despertador: «Levántate, Marilyn, ya es la hora. Recuerda que debes tomar el avión a Nueva York».

En los últimos tiempos la estrella – cuyo verdadero nombre era Norma Jean Baker – había tenido dificultades profesionales, y su vida privada no era especialmente feliz: se habla de sus amoríos con una importante personalidad de los círculos gubernamentales norteamericanos. Marilyn tenía 36 años, y recibía más de 5.000 cartas de amor por semana provenientes de todas partes del mundo. La estrella que llenaba los sueños de millones de personas ha muerto sola.

08 Agosto 1962

Marilyn

Eduardo Tijeras

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Antes de que Marilyn vaciara el tubo de somnífero, en un anhelo exasperado de dormir para siempre, los que dominan ese mundillo turbador y mediocre del cotilleo cinematográfico ya habían dicho muchas cosas negativas de ella: que si estaba acabada, que si vivía una crisis artística e íntima, que si no podría salir más a flote… Marilyn, cuyo ascendente materno padeció enajenación mental, sufría frecuentes crisis nerviosas y se sentía defraudada como esposa y como madre. Al mismo tiempo, por las razones psiquiátricas que fueran manifestó durante el rodaje de su última película gran apatía e indisciplina, hasta el extremo de que la casa productora prescindió de ella. Era, en fin, el proceso de una disolución. Al parecer, también la obsesionaba la aparición de arrugas en su rostro de treinta y seis años.

Pero ahora Marilyn está muerta y nosotros tenemos que expresarnos con la máxima dignidad que esto requiere. Aunque nunca nos hubiese enamorado como mujer ni como artista (tómese esto con las debidas reservas: no hablo ahora de una mujer de carne y hueso a la que podemos requebrar en la calle o llevar a un baile; me refiero a la versión híbrida y mediatizada que de esta sin duda hermosa muchacha nos han dado los abominables sistemas publicitarios y el cine), Marilyn empezó a tener a última hora un encanto devastador que pasó inadvertido para la mayoría de los espectadores, acostumbrados sólo al clísé frívolo y sensual. Pero cuando en Marilyn empezó a darse ese para ella funesto cóctel, donde se mezclaron con balbuciente, con enternecedora gracia sus atractivos físicos, su sex appeal, su excitante bobería fílmico-carnal, con todo el núcleo decisivo de una tardíamente despierta vocación para el arte dramático y que no culminó por culpa de cierta inmadurez mental y por culpa de los directores aún dispuestos a explotar la prodigiosa y decantada morbidez de la estrella, hay que reconocer, desde la subyugante e irresponsable penumbra del cine que Marilyn Monroe ganó altura humana y su boca encendida y sus caderas sueltas y su cabello centelleante así como su risa, donde apuntaba ligeramente la histeria, nos ganaron un poco más el corazón y la memoria.

La vida es triste y alegre, pero predomina la tristeza porque al final de nuestra experiencia, al final de nuestra incursión, espera la muerte. La tristeza metafísica tiene gradaciones; las hay recién descubiertas y hay tristezas viejas con más conchas que un galápago.  Estoy seguro que Marilyn – la muchacha que ha despertado sueños eróticos y achampanados en tantos adolescentes; que ha soportado el anatema hipócrita y vacío de tantas congéneres – no quiso ni conscientemente le importaba penetrar el secreto último de la vida. Ella tenía un cuerpo bien dotado y no pudo sacarle más que un provecho efímero. Ni los maridos permanecían quietos a su lado, ni su vientre quedaba fecundado, ni sus nervios aguantaron firmes el revulsivo intelectual y amargo que a buen seguro depositó en ella su tercer marido, el famoso dramaturgo de ‘La muerte de un viajante’. A esto pueden añadirse gérmenes hereditarios y la turbia caravana del as horas solitarias, de los amores perdidos y el convencimiento de que la belleza al final se hunde y no deja rastro.

Ahora veo desde la ventana el campo amarillo inundado por el sol y el aire cálido. Los palomos pasan de vez en cuando gimiendo como obenques. El viento canta entre los chopos y Madrid aparece todo alumbrado por el astro de la tarde. Cuando se alargan las sombras de los edificios sobre las lomas suaves, cuando ya los palomos dan asco, de tanto amarse y, al fin, brillan algunas luces en la urbe, y la tarde camina hacia su embrujo cotidiano, y las muchachas se han pintado los labios y se han ido a la calle, yo estoy hablando de una mujer que, poco antes de irse a la cama hace un par de noches, no pensó que en cualquier barrio modesto de cualquier remota ciudad del mundo, las caras de la gente, de los obreros, de los novios, de los matrimonios aburridos y cariñosos, se aprietan expectantes bajo la lívida luz de la gran pantalla y sueñan y se enamoran fugazmente de una hermosa figura rubia que gesticula y mira al fondo de todas las pupilas con sus ojos brillantes y cálidos, reinando míticamente, fundiéndose después en los hogares, llenando una conversación, sugiriendo goces insospechados y quizá, prendiéndose obstinada en la mente de un tipo que a lo mejor se está matando en el lóbrego pozo de una mina, ganando ínfima soldada y que, mientras golpea con el pico y rezonga por lo bajo, está dejando largamente la imaginación en ese fruto prohibido y dichoso que se llamó, para las luminosas carteleras, Marilyn Monroe. No, no pudo pensar nada de esto.

Eduardo Tijeras

17 Agosto 1962

Sólo la piel

Juan Aparicio

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No hay una alusión a la piel del diablo, ni tampoco a la metafórica correspondencia entre una biografía con su desengaño interior y el achicamiento de su envoltura zoológica, utilizada por Honorato de Balzac en su novela ‘La piel de zapa’; sino que es sólo la piel, la piel femenina, patentemente expuesta, como credo de una metafísica corporal y para recreo de los ojos ultramodernos en la civilización del ‘striptease’ cuando confluye esta ostentación sofisticada con el desnudismo nativo de los pueblos subdesarrollados. La raza incorporada al ser viviente, que se despoja de las otras aportaciones asociativas y culturales, es un concepto boreal, logía del Walhalla, y aún más wagnerianamente en el Reich derrotado de Hitler, se hinque bajo el desmedrado torso en cueros de Gandhi.

La pista para hallar la motivación de la muerte extemporánea de Marilyn Monroe debe buscarse dentro de los genes de su auténtico progenitor paterno, pues aquel marinero noruego apellidado Mortonson fue el causante de la exhibición epidérmica de su hija, que no se avenía antítesis de la Eva del Génesis, a concluir en el Paraíso, más que la vesanía hereditaria de la línea materna. El vagabundo Eduardo Mortonson introdujo en la huérfana de Los Ángeles ese afán nórdico por desvestirse, por aparecer tal cuál se es en medio de una naturaleza de la selva o del asfalto, donde abundan las serpientes. La desnudez ha sido una constante en Marilyn, consustancial con su alma de cristina no católica y por consiguiente conviviendo a porfía con el pecado o aplastada por su desnuda soledad, ya en la etapa misérrima de crisálida, ya en su esplendor turgente de apoteosis del sexo monopolizado por Norteamérica junto a la bomba atómica, ya en la etapa de su ocaso, cuando penetra en la ultratumba entre los dos símbolos de la nave de los locos actualísima: el frasco de Nembutal, sonnífero, barbitúrico, tranquilizante y el teléfono, arma de choque y de trabajo empelada por las ‘calls-girls’.

Sin ropa vino al mundo de la prosperidad americana de los años veinte, cuando las desilusiones utópicas de la posguerra se compensaban con los negocios del bienestar republicano, con el charlestón y con la falda corta, primer embate para irquitando o reduciendo el indumento a la mujer, según se come la alcachofa. Pero en adelante avanzaría en su representación de Venus septentrional, más allá de sus compatriotas, todavía medio cuáqueros, medio puritanos, cuyas tembladeras de la conciencia se habían detenido en el atolón de Bikini, donde las experimentaciones nucleares en ese lugar se hacían bajo la advocación de la tentadora Rita, o sea la casi española Carmen Cansino, aplicándose el nombre topográfico al objeto sucinto que sustituía al poco diabólico taparrabos.

Ante el fotógrafo Tom Kelley por el estipendio de cincuenta dólares, se retrató la muchacha con sangre escandinava como la echó a la perra vida su madre, la señora Monroe. Tal retrato, aun cuando lo explotase un almanaque reservado a los varones y se reprodujera esquemáticamente sobre millones de corbatas, en los parabrisas de todos los camiones y en los encendedores con esa yesca psicalíptica, no era una concesión pecaminosa un llamamiento clandestino o excitante del ‘sex-appeal’, sino una costumbre, un hábito ancestral y casero que se manifestaba cada día en el modo de dormir, sólo cubierta por el perfume Channel número 5 y en el modo de morir, también desnudamente.

Norteamérica disponía de unas cuentas señoritas emergentes en su pletórica desnudez, Francia tampoco debía retraerse de este record. Únicamente Rusia se mostraba púdica, después de los desafueros sexuales de su revolución bolchevique, hasta que el deshielo antiestaliniano ha llegado a las playas del Mar Negro, entre Sochi y Yalta, que este estío enseñan pieles, archiburgueses bikinis. Pero la decadencia del desnudo ha comenzado antes de que se suicidara Marilyn Monroe, de la que tal vez ha sido una víctima propiciatoria más de su manía intelectualísima y cerebral, que la condujo al ‘Actor´s Studio’, al matrimonio con el mediocre dramaturgo Miller y a las conferencias del Presidente Kennedy. Cuando lo termonuclear se generaliza, el bikini está de retirada, los ingleses han vuelto a su puritanismo, como retornarán a su insularidad, a pesar de los pesares europeos y el español Cristóbal Balenciaga baja la falda en París e imagina una bota ascendente por el tobillo.

El desnudo nórdico de la Reforma ha de ser reemplazado por un nuevo barroco, lleno de pliegues y celajes, tras el Concilio Ecuménico de 1962. A Marilyn Monroe, cuyo nombre verdadero era Norma, se le negó la última posibilidad de aparecer naturalmente desnuda en la película ‘Something´s got to give’ y entonces, a solas con su piel, y sin haber leído al novelista católico de Guadix, don Pedro Antonio de Alarcón, tuvo el mismo fin de la heroína novelesca, repitiéndose el título de la novela, tuvo ‘El Final de Norma’.

Juan Aparicio

El Análisis

Marilyn: el tópico de 'la rubia' que nunca dejó de brillar

JF Lamata

El 5 de agosto de 1962, Hollywood se despertó con la noticia de que Marilyn Monroe había muerto en su dormitorio de Los Ángeles. Tenía apenas 36 años, pero para entonces ya era una de las mujeres más famosas —y fotografiadas— del planeta. Marilyn no solo fue actriz: fue un símbolo cultural, una mezcla de inocencia y sensualidad que cautivó a millones. Representaba la fantasía de la rubia perfecta, pero también la vulnerabilidad de una mujer que, detrás de los focos, batallaba contra la soledad y la inseguridad.

Su filmografía está salpicada de clásicos que hoy forman parte de la historia del cine: Los caballeros las prefieren rubias, La tentación vive arriba, Cómo casarse con un millonario, Con faldas y a lo loco… En cada papel, Marilyn no solo interpretaba a la protagonista; creaba un arquetipo. En su vida personal, la realidad fue menos de cuento. Se casó tres veces: primero con James Dougherty, luego con el ídolo del béisbol Joe DiMaggio, y finalmente con el dramaturgo Arthur Miller. Cada matrimonio fue seguido con la misma pasión con la que el público devoraba sus estrenos, pero ninguno resistió la presión de su fama y de sus propios demonios internos.

Su relación con el presidente John F. Kennedy, nunca confirmada pero ampliamente comentada, alimentó el mito. Su sensual “Happy Birthday, Mr. President” en 1962 fue más que un número musical: fue la fotografía perfecta de un escándalo a punto de estallar. Y cuando su vida se apagó de forma repentina —entre rumores de suicidio, sobredosis y conspiraciones—, Marilyn se transformó en leyenda. Murió joven, como James Dean, lo que la congeló para siempre en la memoria colectiva: bella, radiante, y eternamente misteriosa. Medio siglo después, sigue siendo un recordatorio de que la fama puede ser tan letal como adictiva, y que algunas estrellas están destinadas a brillar más allá de su tiempo.

J. F. Lamata