31 mayo 1906

El asesino Mateo Morral se suicidará antes de que pudiera ser juzgado

La boda del Rey Alfonso XIII con Victoria Eugenia acaba en tragedia: una bomba anarquista acaba con la vida de 28 personas

Hechos

  • El 31 de mayo de 1906 a la altura del número 88 de la calle Mayor de Madrid (España) se lanzó desde una ventana del cuarto piso de una pensión una bomba, disimulada en un ramo de rosas rojas, sobre la carroza real de Alfonso XIII y de la princesa Victoria-Eugenia de Battenberg que acababan de celebrar su boda causando  28 muertos.

Lecturas

El 31 de mayo de 1906 se produjo la boda real entre el rey de España, D. Alfonso XIII y Dña. Victoria Eugenia de Battenberg, convertida a partir de ese momento en reina de España.

El 31 de mayo de 1906 se produjo la boda real entre el rey de España, D. Alfonso XIII y Dña. Victoria Eugenia de Battenberg, convertida a partir de ese momento en reina de España.

boda_rey_alfonsoXIII  Pretendía ser un día festivo por la boda del joven Rey de España D. Alfonso XIII y de la princesa Dña. Victoria-Eugenia de Battenberg

El rey de España, D. Alfonso XIII, rey desde su nacimiento, que gobierna el país desde 1902, contrajo matrimonia con la princesa Dña. Victoria Eugenia de Battenberg. Tras la ceremonia un largo cortejo siguió a los contrayentes al palacio real.

MATANZA TERRORISTA.

Un testigo cuenta que poco antes de llegar al cruce de la Calle Mayor con la de Bailén se halla el edificio de la embajada italiana. Cuando el cortejo llegaba al número 88 de la Calle Mayor, muy cerca de ese edificio, se vio obligado a detenerse. Eran las dos y cinco de la tarde, y entre vítores se oyó una explosión breve, seca, y se pudo ver cómo se desplomaban dos de los caballos que arrastraban la carroza de los reyes. Una vez superada la horrible sorpresa, los espectadores pudieron ver gran cantidad de personas que habían muerto y otras en trance de morir. Los reyes resultaron ilesos, gracias a que la reina había colocado la cola de su traje de novia – que medía más de tres metros – arrollada frente al cristal delantero.

Mateo_Morral_2  El terrorista anarquista Mateo Morral lanzó la bomba escondida en un ramo de flores para asesinar al jefe de Estado español, pero este salió ileso y en su lugar mató a 28 personas, entre ellas una niña.

El líder anarquista D. Francisco Ferrer se desvinculó del crimen, pero desde la prensa conservadora están empeñados en responsabilizarme una vez que han descubierto que mantuvo contactos con Morral. Las investigaciones llevarían a la detención del editor D. José Nakens. 

La boda quedó marcada por la tragedia cuando el terrorista D. Mateo Morral Roca lanzó una bomba para matar a los reyes oculta en un ramo de flores. La bomba no mató a los monarcas, pero si asesinó a muchos civiles, incluida una niña que estaba en un balcón. Entre las víctimas estaban los oficiales capitán D. José Rasilla Ceballos, primer teniente D. Roberto Reinlein Gispert, primer teniente D. Jacobo Prendergast y de D. Francisco Martín, cabo de cornetas, D. Lorenzo Navalón de Fez, tambor D. Gregorio Sánchez Rodrigo, educando D. José Martínez, soldado D. Isaac Romanillas y soldado D. Hilario Gorrea.

El 31 de mayo de 1906 a la altura del número 88 de la calle Mayor de Madrid (España) se lanzó desde una ventana del cuarto piso de una pensión una bomba, disimulada en un ramo de rosas rojas, sobre la carroza real de Alfonso XIII y de la princesa Victoria-Eugenia de Battenberg que acababan de celebrar su boda causando  28 muertos y casi un centenar de heridos, pero la pareja real resultó indemne. Mateo Morral consiguió huir de la pensión, donde se había registrado con sus datos, pero fue detenido el 2 de junio por tres agentes en Torrejón de Ardoz y se suicidó.

Los Malditos

Dr. Fausto

1-06-1906

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La pobrecita niña estuvo muy enferma y la madre, una de esas madres leonas, apasionada, amantísima, lucho cara a cara con la muerte, y al fin, gracias a los incesantes cuidados, recobró la salud aquel hermoso y delicado cuerpo. Recelosa contra todo lo que pudiera perjudicar a la hija de sus entrañas huía de las gentes, temía siempre el contagio y la pequeñuela crecía sana y vigorosa.

Un día cedió a sus ruegos de mujercilla curiosa y la vistió con infantiles galas, peinó cuidadosamente su fino cabello castaño y fue la familia feliz a presenciar el mágico espectáculo desde un balcón lejos de la muchedumbre donde no pudiera haber el menor peligro.

En medio de la universal alegría, cuando la niña palmoteaba de gozo, embriagada por sensaciones placenteras, resuena un estampido obscurecese la atmósfera luminosa y caen en racimo ensangrentado, el padre, la tierna criatura y muchas otras personas de su familia.

¡Yo la he visto, Dios mío, inerte, fría, destrozada!

Yo he presenciado el cuadro más horrible que puede soñarse en una espantosa pesadilla. Los rugidos de aquellas mujeres vigorosas; me han estremecido de doloroso espanto. Olvidándose de su marido mal herido, sin lágrimas en los ojos, con la protesta ruda en los labios , estrujando el inanimado cadáver de su hija, que expira en sus brazos sin pronunciar una queja y en cuyo rostro la muerte grabó una última sonrisa; aquella mujer reflejaba con toda su grandiosa energía el amor épicamente salvaje de la madre.

Y mientras a borbotones se desparramaba por todo mi ser una peña inmensa, una sensación inexplicable de amorosa y acongojada compasión experimenté a mi vez las mismas rabiosas y sordas convulsiones de la ira que presenciaba; una ira sin freno, de epiléptico; ansia de golpear a ciegas; sed de venganza pronta, unida al a desesperación de la impotencia fatal e irremediable.

No son concebibles en el corazón humano actos de tamaña villanía. La criminalidad ostenta formas de cruel refinamiento; la bestia humana ataca, destroza, hiere, mata, acecha a su victima en la sombra o afronta los peligros en la lucha frente a frente; la infección misma producida por los seres microscópicos, consciente la defensa da treguas, es posible vencerla, pero ¿quién puede prever el atentado ciego, brutal, ¿quién puede prever el atentado ciego, brutal que aniquila a centenares de inocentes?

Yo amo a los pobres, a los desgraciados a los infelices; por hermanos los tengo a todos y no puedo ni quiero oir que se invoque el porvenir de los desheredados para justificar esos crímenes que me avergüenzan de ser hombre.

Yo desprecio a esos malditos que ocultos en sus guaridas fraguan tan innobles y cobardes asesinatos. Me repugnan sus procedimientos de fiera, sin justificación posible, y yo que nunca sentí el odio, ahora sufro sus horribles mordeduras en el corazón.

Sí, odio a esos malditos como diría la pobre madre a esos degenerados sin gallardía.

¿Sabéis lo que haría con ellos? No quisiera quitarles la vida, no. Convertirles en sujetos de experimentación científica, ya que pretenden sacrificarse por la humanidad. Así sería posible resolver obscuros problemas biológicos y veríamos si tenían verdaderamente el estoico valor de que blasonan. Y la humanidad progresaría, como progresarán los hombres cuando sientan el verdadero amor que hace al hombre bueno, generoso y fuerte; cuando las imbéciles lucubraciones de unos cuantos grotescos personajes no induzcan al crimen a inconsciente verdugos de centenares de pobres gentes desconocidas, entre las cuales yacen niños ensangrentados y madres sin venturas…

El Doctor Fausto

Crónica Política

Manuel Troyano

4-06-1906

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El sentimiento colectivo de justicia no ha quedado bastante satisfecho con el castigo, que a sí propio se ha impuesto el criminal autor de la catástrofe de la calle Mayor. La vida de un malvado cortada momentáneamente con un rasgo de desesperación, no podía pagar la de tantas inocentes víctimas. La gran masa social habría preferido a pena tan inmediata que el feroz anarquista, encerrado en un calabozo donde se hubiera dado clara cuenta del año producido y de la ineficacia del atentado para alcanzar el perseguido objeto; hubiera visto su sueño turbado por la imagen de los infelices que perecieron bajo su traidor instrumento de destrucción, y hubiera, a impulso de los remordimientos, confesado todo el proceso de su delito y declarado quizá quienes habían sido sus complices y desde donde en fin hubiera ido a encontrar la muerte revestida con todos los horrores del cadalso.

Mas, mirando el hecho con aquella sangre fría, que es la mejor arma para combatir los siniestros propósitos del anarquismo habrá que reconocer que la sanción expeditiva, puesta por el feroz asesino a su maldad, es lo mejor que, para el efecto político y social, podía ocurrir. Por muy rápido que se hubiera desarrollado el proceso, aun bajo un  tribunal militar, habría caminado con relativa lentitud, si como era natural, alguna luz que alumbrar su obscuro fondo ,se quería sacar de él. En ese tiempo los anaquistas de todos los países habrían forjado una leyenda al asesino; se habrían revuelto los posos de prevenciones y preocupacines que contra nuestra nación que tanto se agitaron con motivo de Monjuich y de Alcalá del Valle; el espectro de la inquisición que, a los jos del vulgo europeo, bate aún sus alas sobre la Península española habría sido evocado una vez más, y se hubiera tratado de hacer del criminal un mártir ante la imaginación de los sectarios de sus ideas, y de prepararle un fanático vengador.

Ningún de estos peligros probables existe ya al hacerse justicia por su propia mano, Mateo Morral Roca o como se llamara ha roto cuantos materiales pudieron utilizar sus vesánicos y tenaces correligionarios para tejerse una falsa corona. Su último crimen, la muerte del infeliz guarda jurado le dara eternamente en la conciencia del pueblo de todos los pueblos ideleble carácter de bestia feroz, que hace por instinto la carnicería. Porque resuelto a matarse él, ¿para qué asesinar a un infeliz proletario, amparo y sostén de una familia? Las gentes del pueblo eran ayer las más indignadas.

Ni el iluso más extravagante y malvado hallará en la personalidad del asesino de Fructuoso Vega algo que pueda servir para la insana sugestión que en esa esfera se pretende y practica asegurar. ¡Repugnante eterna, preparada por él mismo, será lo que inspire su memoria! Y si la Prensa, después de haber llenado los primeros elementales deberes de información sobre lo que a Mateo Morral Roca se refiere, no da realce alguno a su odiosa figura histórica, rebuscando según se ha hecho torpemente en otras ocasiones detalles de la misma y poniéndolo un día y otro ante la imaginación de los lectores, de igual suerte que el crimen no ha alcanzado la finalidad perseguida ni otros resultados que los de lesa humanidad, el ejemplo no servirá de estímulo e incentivo a otros análogos dementes. ¡Con sólo conseguir esto se habrían logrado mucho! ¡Y tan alto objeto no demanda extremados sacrificios! ¡Bastará con un poco de buena voluntad!

Manuel Troyano

El Análisis

LA PEOR FORMA DE ENTRAR EN LA HISTOIA

JF Lamata

Lo que debía ser un día de júbilo para la nación terminó siendo una jornada teñida de sangre y estupor. Su Majestad don Alfonso XIII y doña Victoria Eugenia de Battenberg salían ayer del templo de San Jerónimo como marido y mujer, aclamados por un pueblo que, pese a sus fatigas, aún sabe volcarse con su Rey. Pero cuando la carroza real recorría la calle Mayor, una mano traicionera, la del anarquista Mateo Morral, arrojó desde el balcón de un hotel una bomba oculta en un ramo de flores. El artefacto mató a veinticuatro personas —entre ellas una niña de corta edad— y dejó decenas de heridos. Los Reyes resultaron ilesos por un milagro, que más bien deberíamos agradecer al blindaje de la carroza y no al juicio de quienes debían velar por la seguridad.

La sinrazón del crimen no admite defensa. Morral, bibliotecario en la Escuela Moderna del señor Ferrer Guardia —donde parece que se predica más destrucción que pedagogía— fue auxiliado en su huida [entre ellos el editor de publicaciones republicanas José Nakens], y no pocos, desde la sombra o el púlpito radical, callaron cómplicemente. Que la justicia alcance a todos ellos es deber del Estado, y advertencia para quienes creen que matar a inocentes puede ser argumento político. Lo más grotesco es que, años más tarde —en esa Segunda República a la que no siempre acompañaron las luces luces— se llegase a dar a Mateo Morral el nombre de una calle. ¡Una calle! Como si hubiese arrojado versos y no metralla.

La historia de España está repleta de mártires del fanatismo, pero pocos tan absurdos como este atentado contra la corona y contra el pueblo. Si Morral pretendía cambiar el curso de nuestra nación, lo único que logró fue sembrar cadáveres, dolor y vergüenza. Que las flores futuras de nuestra tierra no oculten más bombas, y que las ideas —por radicales que sean— nunca vuelvan a expresarse con esquirlas.

J. F. Lamata