31 enero 1997

Su entrada a los medios se debió al programa 'Julia en la Onda' de Julia Otero pero han sido las tertulias de CANAL 9 primero y TELECINCO después las que le han despertado la fama

La Conferencia Episcopal desautoriza al ‘Padre Apeles’ pero se ve obligada a reconocer que es un auténtico sacerdote

Hechos

El 31.01.1997 la Conferencia Episcopal Española remitió un comunicado sobre el sacerdote D. José Apeles Santolaria.

Lecturas

LAS FRASES DEL COMUNICADO DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL SOBRE JOSÉ APELES SANTOLARIA:

“Sus opiniones y el modo de expresarlas han provocado la perplejidad de muchos católicos que así lo han hecho patente en cartas dirigidas a instancias eclesiales”.

“Está en condiciones de manifestar que José Apeles Santolaria nunca ha pertenecido a dióscesis español alguna o a institutos o congregaciones religiosas radicadas en España. En el momento presente no pertenece a ninguna institución religiosa y ejerce el sacerdocio por encima de toda jurisdicción”.

“Por lo tanto sus comparecencias en los medios de comunicación responden a su propia iniciativa y sus opiniones o posturas son de su exclusiva responsabilidad, sin estar constrastadas con la doctrina de la Iglesia, al que de ningún modo representa y de la que no ha recibido mandato alguno”.

carrascosa  D. Jesús Sánchez Carrascosa, el director de CANAL 9, una de las televisiones que más está explotando el éxito mediático del Padre Apeles celebró el comunicado de los obispos por considerar que ‘había sido confirmado que era un auténtico sacerdote’

antonio_herrero  Desde la emisora COPE (propiedad de la Conferencia Episcopal), D. Antonio Herrero, atacó duramente al Padre Apeles y lo acusó de ser usado en programas como ‘Crónicas Marcianas’ para dañar la imagen de la Iglesia: «siempre los que defienden las posiciones de la derecha son unos impresentables como Apeles». 

23 Febrero 1997

El pelotazo del padre Apeles

Antonio Burgos

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Si hubiera en España un campeonato de cursis, ¿quién lo ganaba? La cosa iba a estar dura entre Anguita y el padre Apeles… Yo, que votaba a Anguita para esa clasificación nacional, ahora doy mi sufragio particular al padre Apeles: ten points. El padre Apeles de momento va a mandar a los albañiles (de donde nunca debió salir) a Chiquito de la Calzada, que ya era hora. En el punto y hora en que en las fecales aguas del Mississippi los imitadores de Chiquito empiecen a parodiar al padre Apeles, no tendremos dinero con que pagar a este inquietante cura, de quien oyentes magníficos, de cinco transistores, me aseguran algo que no puedo creer que se dijera la otra mañana en un programa: que la madrina del padre Apeles cuando cantó misa fue nada menos que Marta Ferrusola. ¿Será entonces la promoción del padre Apeles la parte secreta de los pactos entre Aznar y Pujol? ¿Lo tendremos dentro de poco fijo de plantilla con un programa en la televisión pública de lo que necesitas es López Amor?

Yo me creía que la España del pelotazo había ya pasado hasta que llegó este cura, mixto de santo de Baza y de Rappel, como un padre Mundina sin más flores de Rosario y Mar, como un Venancio Marcos sin Santa Cruzada, como un cardenal Segura que recomendara pastoralmente el baile agarrado, y se quedó con el cuadro. Moro y cristiano en una sola pieza, cura trabucaire de los canapés de los saraos de la sociedad, se ha montado lo que nadie había conseguido: un Palmar de Troya unipersonal y televisado. El padre Apeles es el nuevo papa Clemente de la televisión. Tengo que investigarlo, pero es prodigioso que, hoy por hoy, los derechos de imagen del padre Apeles todavía no hayan sido adquiridos por Polanco. Alvarez Cascos, hijo, lo que tienes que hacer es meter al padre Apeles en la Plataforma Pluralista, que seguro que arrasas. Un cura que va por libre, del que no se sabe si es secular o regular, que si está incardinado en alguna diócesis es en la de Canal Sur o en la de Tele 5, ha conseguido él solito que la Conferencia Episcopal, que no se moja el culo ni aunque sustituyan la clase de religión por un curso de cocina de Arguiñano, haya dado una nota de prensa sobre lo suyo. Apeles a secas, sin apellido, toma, como Victorino. Lo único que falta es que mañana salga El País diciendo que el padre Apeles es el capellán de La Moncloa.

26 Febrero 2025

El padre Apeles

Francisco Umbral

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El padre Apeles, tan criticado hoy por los comentaristas de televisión (muy bien lo de Antonio Burgos), le parece a uno que estaba siendo muy necesario para los espectadores: frente a violencia, cursilería.

Frente a la guerra, el hambre, el narco, el Tercer Mundo, los banqueros que se abroncan y las misses que se desmanganillan, cursilería. Cualquier televisión nacional es hoy un cubata demasiado fuerte para un padre de familia que se pone a ver la tele todavía con la doble contabilidad o las malas vibraciones del ordenador en la cabeza. Andamos todos histéricos con lo digital, con Ronaldo, con los reality shows, estamos todos un poco pallá, y entonces me parece oportuno y benéfico ese ensalmo de cursilería, amaneramiento y cura antiguo que es el joven padre Apeles, que está entre la mística y el actor Escrivá haciendo de cura. El pelo muy recortado, apenas una cenefa en torno de una cabeza correcta, como de yeso clásico, las orejas cabales, los ojos llenos de una santa ira que se refrena a sí misma y se entristece en la caída de los extremos, las cejas dibujadas con cierto satanismo a lo Savonarola, el clergyman impecable y las manos, ay las manos, como las de un Cristo marica pintado por un blando, o esa nariz de un clasicismo aburrido, soso y pasado. O esa boquita coqueta, dibujada y sensual, de una sensualidad virgen, como el mentón perfecto, redondeado, enérgico e impúber al mismo tiempo. Qué hallazgo de cura, arcángel de mermelada.

Hubo un Apeles clásico, un Apeles Mestres y ahora un padre Apeles. La Iglesia española y la Conferencia Episcopal se había vuelto macho desde Tarancón, de modo que la transición y la traición a Franco la hicieron unos obispos duros de tabaco negro. Creía uno, por eso, que había desaparecido de nuestra sociología este cura a lo jesuita antiguo, este dulce de membrillo que cuando se cabrea es como un ángel de Murillo o de Salzillo, a punto de trocar la ira en mermelada espiritual. Pero el padre Apeles llega a tiempo. Y llega a tiempo, ya digo, porque la violencia verbal y visual de la tele no se combate con discursos morales ni con la palabra en llamas del político, sino con dulces dosis de cursilería que primero dejan al personal perplejo, como si te dan una mano de yogur en los huevos, y luego la cosa te va enviciando y ya se estaría uno toda la noche viendo a esta loca a lo divino, que está entre un San Juan de la Cruz sin genio y una Santa Teresita de Lisieux sin virgo. No sé quién se inventó al padre Apeles (dicen que doña Marta Ferrusola), pero yo, lejos de ridiculizar a este santo varón o santo lo que sea, lo encuentro muy puntual, como decimos ahora, cual un Acebes postconciliar, lubrificando de amaneramiento, santidad y pluma la tele nacional.

No sabemos bien si es el azar o la necesidad lo que nos ha dotado de un padre Apeles para engrasar de cursilería evangélica los ejes de la carreta televisual, que últimamente anda crujida de dólares y polémica, de violaciones, crímenes y masacres particulares, en tanto que llega otra guerra, tan necesaria para irse a la cama con la digestión de cadáveres ya hecha. Sumidos en la angustia, el vértigo y la velocidad de lo que está pasando, que la tv. multiplica, de pronto el padre Apeles levanta sus manos de monja toronja y el mundo se para, afluyen manantiales y muestra el cielo sus dominaciones. Vivimos ya dentro de una estampita y nos dormimos dentro de un escapulario. Pedazo de cura.

03 Marzo 1997

La Teleapeles

Francisco Umbral

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Veo muy poca televisión, no puedo fatigar mis fatigados ojos con esa masa de vulgaridad electrónica que daña la vista y enmondonga la mente. Pero la televisión se ha convertido en un asunto político y financiero de primera categoría y de urgencia prioritaria, de modo que hay que verla para saber de lo que se habla.

«Esta noche cruzamos el Mississippi». Yo creo que con esa falta de imaginación, de cultura y de gracia no cruzamos ni el Manzanares. Para sentarse a ver televisión, viniendo de la Historia de la democracia, de Rodríguez Adrados, lo primero hay que descender varios escalones mentales interiormente, aniñarse hasta la estupidez, porque todo es profundamente tonto en este medio. Siempre he pensado que la televisión son los sesos del poder, de cualquier poder (político, económico, publicitario, social), los sesos del Estado puestos a la vista. Así piensa, disfruta, discurre, inventa y juega el Poder. Como dice Camilo José Cela, los políticos suelen ser gente muy mediocre, los pobres. ¿Y por esta mierda se marca decretos/ley el presidente Aznar, y por esta mierda van al juzgado, con el carnet de identidad entre los dientes, Polanco y Cebrián, y por esta mierda se arruina Asensio y se prostituyen las mujeres más guapas del mundo, y por esta mierda se dejan llevar y traer los intelectuales, para salir en pantalla tres minutos y medio, entre un chorizo Revilla y un cura clónico?

Porque el padre Apeles, al que he observado bien la otra noche, tras un tiempo de serle infiel, no es sino una clonación del estilo tradicional de la Iglesia, esa actitud asexuada, comprensiva, receptiva y tiránica del que no calla, del que no escucha, del que no piensa, máxime cuando el padre Apeles está ahí contratado para hacer de tal, algo así como un cura marica pasado por Valle-Inclán.

Tienen otro que hace de fascista y otro de separatista y otro de zumbadillo. Estos son los programas serios de la tele. Los lúdicos consisten en sacar unas actrices clónicas de la publicidad de támpax y unas anunciantes de támpax clónicas de las actrices, con lo que se establece inopinadamente un discurso, un continuum de vaginalidad, tópicos comerciales, dinero, dinero, dinero, el money/money de Cabaret, pero sin gracia ni arte. Lo que mayormente deduzco de la tv. es que hay mucha gente. No quiero decir sólo mucha gente en tv., sino mucha gente en general, en el mundo, muchas Miss Mundo, muchos actores/revelación, muchas modelos número uno, muchos campeones de algo, muchos presentadores/estrella, muchos concursantes, mucho público, muchos aspirantes a algo, muchas reinas de la jet, muchos que van de únicos. Este exceso de oferta humana es enfermizo y yo a toda esa gente la pondría a trabajar en la Plaza de Oriente, con el alcalde/piqueta, a ver si la terminaban, y la que se encuentre un Sabatini, para ella.

¿Qué podemos esperar, a izquierda/derecha, de una política y unas finanzas cuya máxima querella es el control de este albañal en tecnicolor, más el millonario fútbol? Dorados tiempos en que la tv. la codiciaban para hacer política, y eso nos parecía un abuso. Con Felipe González, la tele estaba para ganar elecciones. Con Aznar está para meter goles. La tele, ésta es la gran cuestión nacional. Se clonizan los Teleapeles, que es Chiquito de la Calzada con clergyman. Y los gobiernos no hacen nada por culturizar la tele. Lo que pasa es que les gusta así.

03 Marzo 1997

Un payaso vestido con «clergyman»

Juan Carlos Laviana

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Ese personaje llamado padre Apeles vuelve a prestarse al juego del show televisivo. En el programa Moros y cristianos, se muestra contrario a las posturas del arzobisbo Setién, de la defensa de algunos curas a ETA, de los sacerdotes que abusan de menores. Se define como respetuoso con las directrices del Papa y Ratzinger. Y sostiene que en este momento se siente víctima de una persecución.

El primer debate se plantea sobre si son legítimos los pactos de los nacionalistas con el Gobierno central. El cura opina en favor de la descentralización, se muestra contra el independentismo y defiende el actual modelo autonómico, a la vez que, un segundo después, asegura que las autonomías son impuestas. -«Padre Apeles, deje de chupar tele», le frena Carlos Tena.

-«Usted lo que defiende es una España grande y libre».

-«Sí, y no progre como la suya», le contesta.

Apeles interrumpe a todo el mundo. Es una mosca cojonera. No hay quien le calle y eso que, al hablar todos a la vez, apenas se le entiende. Todos se sitúan contra el cura.

Para comprender su mensaje plagado de boutades, demagógico, contradictorio y dañino para los que aún creemos que vivimos en un país democrático, he aquí una muestra:

«Convergència no tiene un ministro en Madrid por cobardía, pero tampoco es verdad que a Convergència le dé igual lo que ocurra en el resto de España». «La culpa de todo es de la Constitución». «Usted está ahí en el Parlamento cobrando del pueblo» (en referencia al diputado de CiU presente en el debate). «Si tuviera usted una familia y tres hijos no diría eso». «Hay dos clases de España, la de los españoles que trabajan y la de los políticos». «Yo represento al pueblo llano y sencillo, a la clase trabajadora». «Si fuera por el voto popular seguro que sería obispo».

El segundo debate es más frívolo, si cabe. Se discute sobre los límites de la vida privada de los famosos, que se airea en los medios.

El cura vuelve a mostrar sus ridículas opiniones: «La gente decente nos diferenciamos de la indecente según lo que se cobra (en respuesta a la pregunta de Carlos Tena sobre si estaría dispuesto a desnudarse por dinero)». «Costaríamos tanto que no lo podríais pagar…» «Yo que tú (dirigiéndose a Lolita) cobraría mucho más, porque cobras cuatro perras». Le llama la bienpagá. Acusa a José Luis Cuerda de vivir de las subvenciones…

¡Qué lástima! Las televisiones se superan a sí mismas. Ya no son capaces de hacer un debate sin convertirlo en un show, lleno de animadores, bien sea Manolo el del bombo o ese señor llamado Apeles, que cobra por sus actuaciones y pasea irreverentemente su traje de sacerdote por los platós.

09 Marzo 1997

El padre Apeles, al descubierto

José Manuel Vidal

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Tiene cara de no haber roto un plato en su vida, largas manos blancas que mueve con soltura y riguroso clergyman con blanco cuello romano. Pero más allá de su aspecto atildado de sacerdote modosito, esconde una lengua viperina, un pasado conflictivo y un presente un tanto turbio. Se llama José Apeles de Santolaria de Puey y Cruells y es la estrella del programa de Tele 5 Moros y Cristianos.

Su desparpajo televisivo esconde a un sacerdote carca y de ideas reaccionarias, que para su ordenación tuvo que ir a Italia, a un instituto religioso que acoge a los curas que quieren integrarse en la Iglesia católica procedentes del cisma del fallecido arzobispo Lefebvre y a los sacerdotes tridentinos, que quieren celebrar la eucaristía según el rito preconciliar.

José Apeles es, además, el capellán de la CEDADE y, siempre que está en Barcelona, dice misa en el piso que esta organización neonazi posee en la Rambla de Cataluña. Más aún, podría decirse que es el padre espiritual de muchas de las asociaciones católicas o seudocatólicas más tradicionalistas. En efecto, es también capellán de la Pía Unión de San José, de la archicofradía de Nuestra Señora del Sagrado Corazón y, sobre todo, de la Orden Hospitalaria y Militar de San Juan de Jerusalén, Caballeros de Malta Ecuménicos, Real Priorato de Castilla y León.

Bajo estas siglas rimbombantes se esconde una especie de secta, a la que pertenece, como gran canciller, el propuesto para fiscal jefe de la Audiencia Nacional, Luis Manuel Poyatos, así como personajes vinculados a la extrema derecha y abogados defensores de los golpistas del 23-F.

José Apeles nació en 1966, en Barcelona. Su padre era ingeniero textil y su madre, traductora de idiomas, pero ambos estaban sin trabajo y, según cuentan sus vecinos, «llegaron a pasar hambre». Vivían en un piso de la abuela, en la calle Rosendo Navas, del barrio del Clot de Barcelona, que en la actualidad comparte el padre Apeles con uno de sus tíos y su hermano Héctor, más joven que él. Su madre ha muerto y nadie sabe dar razón del paradero del padre.

Apeles y su hermano fueron al seminario menor, no tanto para que se hicieran curas, sino para que pudiesen comer. Apeles ingresó a los 11 años, junto a otros 44 muchachos, de los que sólo él sigue siendo cura. Sus profesores le definen como una persona «de cabeza privilegiada y corazón de hielo».

«No era un buen compañero e, incluso, llegaba a ser insolente con los profesores en clase, porque siempre estaba mirándose el ombligo», dice uno de sus tutores de entonces. En ese tiempo, los padres de Apeles estaban sin trabajo. Fueron los curas del seminario quienes les hacían llegar una cantidad de dinero al mes para que pudiesen subsistir.

Apeles destacaba ya entonces por su capacidad como showman y por sus ideas antediluvianas. En varias ocasiones se atrevió a llamar la atención a distintos curas porque, a su juicio, estaban en contra de las directrices de Trento. Terminado tercero de BUP, los superiores del seminario no le permitieron pasar al curso introductorio del seminario mayor y, en 1982, fue expulsado.

Después de cursar COU en un instituto público, Apeles buscó cobijo en la diócesis de Tortosa. En el seminario mayor de Tortosa estuvo cuatro años (de 1984 a 1988) y realizó dos cursos de Filosofía y dos de Teología. Su expediente académico es excelente y está plagado de sobresalientes. Al final del mismo figura la siguiente nota: «Causó baja».

Y es que el entonces obispo de Tortosa, Ricard María Carles, tuvo que expulsarle de nuevo del seminario por sus ideas anticonciliares y por su afición por los medios. Ya entonces era corresponsal del semanario de información religiosa, Catalunya Cristiana, comenzó a colaborar en un programa de Radiocadena Española y, además, simpatizaba abiertamente con el movimiento de Lefebvre.

Sin cabida en ningún seminario español, Apeles consiguió rápidamente la admisión en un instituto sacerdotal italiano, que la Santa Sede había creado para seguir manteniendo dentro de la Iglesia a los sectores más tradicionalistas. El Instituto Cristo Rey Sumo Sacerdote, con sede en Florencia, es una sociedad de derecho diocesano, no pontificio, lo que significa que, a pesar de tratarse de un instituto legal y canónicamente constituido, impide a sus miembros ejercer el sacerdocio de manera universal. Su actual director es el padre Gilles Wach, quien ha asegurado a las autoridades eclesiásticas españolas que hace tres años que no sabe nada de Apeles y que se le dio un permiso para venir a España a ampliar sus estudios en Derecho hasta el pasado mes de junio.

En esta sociedad fue ordenado sacerdote José Apeles en el mes de julio de 1993 en Roma. Su ordenante fue nada menos que el cardenal Pietro Palazzini, entonces presidente del Tribunal Supremo de la Ciudad del Vaticano y prefecto de la Congregación para la Causa de los Santos, un purpurado tremendamente conservador y próximo al Opus Dei. Pero Apeles aspiraba a más e intentó, sin éxito, ser ordenado por el mismísimo Juan Pablo II, colándose de rondón en una ordenación de sacerdotes hecha por Su Santidad, de la que tuvieron que sacarle por la fuerza.

Durante los dos años que pasó en Roma cultivó su afición por el mundillo de la farándula. Se presentaba en todas las fiestas y saraos vestido con sus galas de monsignore (sotana ribeteada y fajín de color rojo) y era conocido como monseñor canapé y monseñor dolce vita.

De Roma pasó a Barcelona. En algunas parroquias se presentaba para casar a sus amistades vestido de monseñor romano, acompañado de un fámulo (una especie de secretario que le llevaba los trastos). En el Santuario de Santa María del Viñet en Sitges, después de casar a una pareja en el altar, quiso repetir la boda en la sacristía, para que se viesen bien en las fotos sus atuendos.

A raíz de sus primeras apariciones en los medios de comunicación, el arzobispado de Barcelona, a través del obispo moderador de la Curia, Joan Carreras, le llamó al orden. Pero Apeles mostró una actitud desafiante e incluso llegó a amenazar con «crear una parroquia personal» para los círculos preconciliares, para los que suele decir misa en el rito tridentino.

De Barcelona pasó a Madrid, donde asiste a los cursos de doctorado en Derecho Internacional en la Complutense y está preparando una tesis en Derecho Canónico, además de participar en el programa de Tele 5. Para muchos, Apeles es más moro que cristiano. Y es que, ya en el seminario, le llamaban Atila, el azote de Dios.

13 Abril 1997

Objetivo: acabar con Apeles

José Manuel Vidal

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A la Iglesia española le ha salido un grano y no sabe cómo extirparlo, sin que le acusen de resucitar la Inquisición. El grano se llama José Apeles de Santolaria, el díscolo sacerdote que escandaliza a los fieles, avergüenza a los curas y preocupa profundamente a los obispos españoles y a la mismísima Curia vaticana.

Y es que el padre Apeles se ha convertido, sobre todo tras su aparición semanal en el programa Moros y cristianos que dirige Javier Sardá en Tele 5, en uno de los grandes mitos mediáticos del momento, junto a Curro el del Caribe. Pero mientras el segundo causa gracia, el primero es la cruz y la penitencia de los católicos españoles.

Los fieles de la Iglesia están profundamente escandalizados ante la desvergüenza de este cura que se pinta, se maquilla, cobra millones de pesetas, se codea con misses, acude a fiestas y saraos de todo tipo y, lo que es más grave, sirve de muñeco del pim-pam-pum a agnósticos, ateos y descreídos de todo tipo. «Lo grave es que nos ridiculiza a los que tenemos fe», dice Amalia, una madre de familia católica de toda la vida y catequista en una parroquia de Madrid.

El padre Apeles llega incluso a suscitar la cólera de sus propios correligionarios que, a la menor oportunidad, le llaman de todo. Suelen decirle que «denigra el hábito que lleva», amén de tacharle de «pesetero», «insolente» y «desvergonzado». En uno de los últimos programas de Moros y cristianos llegaron a llamarle «anticristo».

Y si las bases están que trinan, los curas españoles, sus colegas, se hacen cruces cada vez que le ven en la pequeña pantalla. «No hay derecho a que ridiculice a todo un colectivo como el nuestro, que se deja la piel a diario en el servicio a los demás. La jerarquía debería hacerle callar cuanto antes, porque es un desprestigio para la Iglesia y para todo el clero. Se está saltando el Evangelio a la torera, se exhibe detrás de un hábito, sin el cual no sería nadie y, quizás lo que es peor, está vendiendo su alma al diablo por dinero», asegura, tremendamente dolido, Rufo González, párroco de San Esteban protomártir de Fuenlabrada.

La curia parece haber entendido el mensaje y ha decidido tomar medidas de fuerza contra su díscolo cura. Hace poco más de un mes, entre el 18 y el 20 de febrero, el caso Apeles fue el tema estrella en la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal, una especie de consejo de ministros de la Iglesia que encargó la redacción de un informe al director de la Oficina de Información de la Conferencia Episcopal, Jesús de las Heras.

Un informe que hoy obra en poder de la Santa Sede en el Vaticano y en la Nunciatura. El escrito, supervisado y firmado por el secretario del Episcopado, monseñor Sánchez, consta de dos páginas, en las que se dice que está en España un sacerdote que dice pertenecer a un Instituto religioso italiano, que con sus apariciones en televisión ridiculiza a la Iglesia y desedifica y escandaliza a los fieles. Por eso, se pide a quien corresponda que tome las medidas oportunas para hacerle callar.

El informe incluye una carta de monseñor Sánchez, dirigida a la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y para las sociedades de Vida Apostólica, que es la que entiende de los asuntos relacionados con todos los institutos religiosos.

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En manos del Vaticano

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Desde el pasado 24 de febrero, el informe está en manos del dicasterio romano que preside precisamente un español, el cardenal riojano y hombre de confianza del Papa, Eduardo Martínez Somalo. El purpurado, informado a través de sus múltiples conexiones en España sobre el caso Apeles, decidió hace pocas fechas convocar al superior del Instituto Cristo Rey Sumo y Eterno Sacerdote de Florencia, Gilles Wach. Monseñor Somalo exigió al padre Wach que tomara inmediatamente cartas en el asunto y llamara al orden al padre Apeles. Pero Wach confesó al purpurado de la Curia que hace tres años que no sabía nada de Apeles y que no contestaba a sus requerimientos. De todas formas, el padre Wach le comunicó a Apeles que su caso ha llegado a las más altas instancias de la Iglesia.

Pero Apeles no está dispuesto a abandonar el dinero y la fama que ha conseguido. «Apeles es una caja cerrada. No ve más allá de su ombligo. Nunca reconocerá que se equivoca, le digan lo que le digan. Lo único que le interesa es tener público que le aplauda», asegura uno de sus antiguos profesores en el seminario. Otro de sus tutores comenta: «Apeles no tiene corazón. Ya en el seminario nunca tuvo amigos. Su padre trabajaba fregando platos en un restaurante para poder comer, pero Apeles nunca quiso echarle una mano, cuando iba a su casa los fines de semana, cosa que sí hacía su hermano, Héctor».

Los curas no le tragan y los teólogos, tampoco, aunque algunos, sobre todo del sector progresista, le atribuyen el mérito de poner en evidencia las carencias de la Iglesia en materia de medios de comunicación. Además, Apeles «pone también al descubierto las dos varas de medir que suele utilizar la jerarquía que, por un lado persigue y fulmina a cualquier teólogo disidente y, en cambio, no parece dispuesta a tomar medidas con este cura retrógrado e integrista», dice Enrique Miret, presidente de la Asociación de Teólogos Juan XXIII.

Apeles es, pues, el mismo diablo disfrazado de cura para las bases católicas y una auténtica pesadilla para la jerarquía. Tras ser expulsado del seminario de Barcelona y de Tortosa, Apeles fue válidamente ordenado en Florencia por el cardenal Palazzini. Y desde entonces sueña con ser aceptado en el presbiterio barcelonés. Y suplica humildemente a las autoridades eclesiásticas que le permitan incardinarse en la archidiócesis catalana, pero la jerarquía catalana, consciente de su negro pasado y de sus recientes y rocambolescas andanzas en Italia, no accede.

Frustrado, humillado, cada vez más desvinculado de su Instituto religioso, sólo y sin un duro, Apeles planeó su venganza, con la frialdad que le caracteriza. «¡Seré famoso, ganaré dinero a espuertas y los que ahora me desprecian tendrán que suplicarme y arrodillarse ante mí!», pensó para su coleto.

Y se lanzó al asalto de los medios de comunicación. Envió currículos a todas partes, se presentó en emisoras de radio y televisión, hizo circular su teléfono, visitó a productores y consiguió hacer sus primeros pinitos en algunos programas de las cadenas autonómicas de Cataluña y Valencia. Su piquito de oro, su desfachatez y el hecho de que no se negara a participar en programa alguno, vestido con su riguroso clergyman, le fue abriendo puertas.

Su consagración definitiva llegó de la mano del olfato periodístico de Javier Sardá. «Le vi en un programa de televisión, me pareció que conseguía el «tempo» y la tensión necesarias y le invité a colaborar en La Ventana, donde lleva ya más de medio año conmigo. Después, vino el salto a Moros y cristianos, donde, junto a los demás invitados, hemos conseguido pasar en poco tiempo del 16 al 28% de cuota de pantalla».

En el mismo tiempo, el padre Apeles dio el salto a la fama mediática nacional y comenzó a saborear su venganza. La jerarquía de la Iglesia, presionada por sus bases, se vio obligada a negociar.

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Negociación fallida

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Con sigilo, tacto y delicadeza, el primero en pedirle que depusiese su actitud fue el obispo auxiliar de Barcelona y moderador de la Curia, Joan Carreras. Pero Apeles se mostró sumamente arrogante y llegó incluso a utilizar un tono desafiante contra la diócesis de Barcelona y contra su arzobispo, el cardenal Carles, del que suele insinuar que está implicado en asuntos turbios de dinero, con frases del estilo de «cuando el río suena…».

La segunda tentativa de negociación procedió del Arzobispado de Madrid, a través de su vicario general, Joaquín Iniesta. En su despacho del palacio arzobispal de la calle Bailén, el vicario le pidió, en nombre del arzobispo, que dejase de salir en la tele, pero Apeles, hizo gala, una vez más, de toda su chulería.

Así, llegó a amenazar al vicario con sacar a la luz pública algún «chanchullo» que, a su juicio, se está produciendo en la Mutua del Clero madrileño de la calle San Bernardo, donde la diócesis le acogió cuando era pobre y desconocido.

Ante estos repetidos fracasos negociadores, la Iglesia decidió darle tiempo al tiempo, esperar a que se pinchara el globo mediático de Apeles y el personaje se desacreditase por sí sólo.

Como dice monseñor Sánchez, secretario del Episcopado: «Yo soy de la escuela de Gamaliel. Si es cosa de Dios dará su frutos, pero creo que este señor tiene la carrera corta, es flor de verano, no tiene consistencia, porque tiene las piernas cortas, como el mentiroso».

Pero como el globo en vez de pincharse, se infla cada vez más, la jerarquía española se ha visto obligada a plantearse otras medidas que han desembocado en el informe enviado a la Santa Sede. La primera, desautorizarle públicamente, con sendos comunicados de la Conferencia Episcopal y de las archidiócesis de Madrid y de Barcelona.

A la desautorización pública se suman las presiones indirectas. «Apeles», dice Sardá, «no es una creación mía, sino de la Iglesia y, sin embargo, se está intentando presionarme siempre indirectamente. Por ejemplo, cuando una emisora de radio te anatematiza todos los lunes, te está presionando. En definitiva, no hay presión directa, pero sí cierto malestar que pretende incidir en mis decisiones respecto a mi colaborador, el padre Apeles, con lo cual lo único que consiguen es hacerle publicidad a él y reafirmarme a mí en mi postura».

Si como es previsible, Apeles sigue en sus trece, la única medida de fuerza que le queda a la Iglesia es su reducción al estado laical. «A lo último, lo único que se puede hacer es reducirle al estado laical por vía administrativa», comenta monseñor Sánchez. Es decir, la Iglesia obligaría al padre Apeles a dejar de ejercer como cura y a presentarse como tal. Aunque nunca le podrá prohibir ser cura, porque el sacramento de la orden imprime carácter y el cura ordenado válidamente lo es in eternum.