19 mayo 1977

La planta de la compañía fue inaugurada por el dictador, General Videla, acompañado por Bartolomé Mitre (dueño de LA NACIÓN) y de Ernestina Herrera de Noble (dueña de CLARÍN) y Hector Magnetto (CEO de CLARÍN)

La dictadura argentina entrega el control del papel (Papel Prensa S. A.) a las empresas periodísticas: CLARÍN, LA NACIÓN y LA RAZÓN

Hechos

El 19.05.1977 los periódicos argentinos CLARÍN, LA NACIÓN y LA RAZÓN anunciaron que entre los tres habían adquirido la compañía Papel Prensa S. A.

Lecturas

Videla llegó al poder en marzo de 1977.

 Bartolomé Mite, Hector Magnetto, Jorge Rafael Videla y Ernestina Herrera de Noble.

 Los tres periódicos anunciaron la adquisición en su portada del 19 de mayo de 1977.

El Análisis

El pacto de Clarín, La Nación con la dictadura de Videla

JF Lamata
Los diarios argentinos Clarín, La Nación y La Razón anunciaron con bombo y platillo la adquisición de Papel Prensa S.A., la principal productora de papel para periódicos en Argentina, en un acto presidido por el dictador Jorge Rafael Videla, flanqueado por Bartolomé Mitre, director de La Nación, Ernestina Herrera de Noble, dueña de Clarín, y Héctor Magnetto, CEO de Clarín. Esta operación no es solo un negocio; es un símbolo del contubernio entre los grandes medios y la Junta Militar, un acuerdo que garantiza a estos diarios el control del recurso vital para la prensa escrita en un país donde la libertad de expresión está bajo la bota del régimen. Para Clarín y La Nación, Papel Prensa es una joya estratégica; para los opositores, es un regalo envenenado de una dictadura que recompensa a los medios que han aplaudido el golpe de 1976 y cerrado los ojos ante la represión brutal. La foto de Mitre, Herrera de Noble y Magnetto junto a Videla no es solo una instantánea; es una marca que los perseguirá para siempre.
El control de Papel Prensa es crucial porque el papel es la sangre de los periódicos. En un mercado donde el régimen decide quién accede a recursos escasos, poseer la fábrica asegura a Clarín y La Nación no solo su supervivencia, sino una ventaja competitiva sobre cualquier medio que intente desafiarlos. En un contexto de censura y represión, donde la prensa disidente es tildada de “subversiva” y cerrada, este control les da un poder casi monopólico para moldear la narrativa pública. Los opositores, desde exiliados hasta las Madres de Plaza de Mayo, ven en esta transacción un pago por la lealtad de estos diarios al golpe, similar al rol de El Mercurio en el Chile de Pinochet o de ABC, Ya y La Vanguardia durante el franquismo en España. Mientras Clarín y La Nación insisten en la legalidad del acuerdo, las circunstancias—la venta forzada de las acciones de la familia Graiver bajo presión de la dictadura, con rumores de torturas y desapariciones—hacen que huela a botín de guerra. Informar sobre las desapariciones, las torturas o los centros clandestinos habría significado el cierre inmediato; callar, en cambio, les aseguró favores como Papel Prensa.
Pero el costo de este pacto es alto. La imagen de Mitre, Herrera de Noble y Magnetto junto a Videla, sonriendo en la inauguración, será un estigma imborrable, un recordatorio de su complicidad tácita con un régimen que desaparece a miles. Para Ernestina Herrera de Noble, las acusaciones van más allá: los rumores sobre el origen de sus hijos adoptivos, Marcela y Felipe, supuestamente vinculados a víctimas de la dictadura, añadirán una sombra aún más oscura, aunque nunca se haya probado. En un país donde disentir es un riesgo mortal, apoyar o callar no es solo una estrategia de supervivencia; es una apuesta moral. Clarín y La Nación podrán justificar su silencio como el precio para seguir en pie, pero cuando la verdad de los horrores del “Proceso” salga a la luz, tendrán que responder por qué eligieron estar en la foto con Videla. En este mayo de 1977, Argentina no solo pierde su libertad; pierde también la inocencia de sus medios, que ahora cargan con un papel manchado de sangre.
J. F. Lamata