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Acabada la Guerra Civil el régimen franquista mantendrá la represión

La dictadura franquista asesina a las ‘Trece Rosas’ por el atentado donde murió la niña Pilar Gabaldón y su padre Isaac

HECHOS

El 5 de agosto de 1939 fueron fusiladas trece mujeres en España tras un consejo de guerra que las declaró «responsables de un delito de adhesión a la rebelión».

LA ACUSACIÓN

Una bomba asesinó a la niña Dña. Pilar Gabaldón y a su padre el comandante D. Isaac Gabaldón. Las autoridades franquistas culparon de aquel atentado a la organización Juventudes Socialistas Unificadas (JSU, ilegal tras acabar la guerra civil) y, en concreto, al ‘Socorro Rojo’, la red clandestina de ayuda a los adversarios políticos a la nueva dictadura franquista en España.

El policía D. Roberto Conesa, ex socialista, fue uno de los infiltrados que realizó las investigaciones para desarticular al ‘Socorro Rojo’ y detener a las Trece Rosas.

LAS TRECE ASESINADAS

  • Carmen Barrero Aguado (20 años, modista). Trabajaba desde los 12 años, tras la muerte de su padre, para ayudar a mantener a su familia, que contaba con 8 hermanos más, 4 menores que ella. Militante del PCE, tras la guerra, fue la responsable femenina del partido en Madrid. Fue detenida el 16 de mayo de 1939.
  • Martina Barroso García (24 años, modista). Al acabar la guerra empezó a participar en la organización de las JSU de Chamartín. Iba al abandonado frente de la Ciudad Universitaria a buscar armas y municiones (lo que estaba prohibido). Se conservan algunas de las cartas originales que escribió a su novio y a su familia desde la prisión.
  • Blanca Brisac Vázquez (29 años, pianista). La mayor de las trece. Tenía un hijo. No tenía ninguna militancia política. Era católica y votante de derechas. Fue detenida por relacionarse con un músico perteneciente al Partido Comunista. Escribió una carta a su hijo la madrugada del 5 de agosto de 1939, que le fue entregada por su familia (todos de derechas) dieciséis años después. La carta aún se conserva.
  • Pilar Bueno Ibáñez (27 años, modista). Al iniciarse la guerra se afilió al PCE y trabajó como voluntaria en las casas-cuna (donde se recogía a huérfanos y a hijos de milicianos que iban al frente). Fue nombrada secretaria de organización del radio Norte. Al acabar la guerra se de la reorganización del PCE en ocho sectores de Madrid. Fue detenida el 16 de mayo de 1939.
  • Julia Conesa Conesa (20 años, modista). Nacida en Oviedo, el 25 de mayo de 1919. Vivía en Madrid con su madre y sus dos hermanas. Se afilió a las JSU por las instalaciones deportivas que presentaban a finales de 1937, donde se ocupó de la monitorización de éstas. Pronto se empleó como cobradora de tranvías, ya que su familia necesitaba dinero para subsistir, y dejó el contacto con las JSU. Fue detenida en mayo de 1939, siendo denunciada por un compañero de su novio. La detuvieron cosiendo en su casa. Al alba del 5 de agosto de 1939, horas antes de ser fusilada, escribió: «Que mi nombre no se borre en la historia», en una carta de despedida dirigida a su madre, que aún conserva su familia.
  • Adelina García Casillas (19 años, activista). Militante de las JSU. Hija de un guardia civil. Le mandaron una carta a su casa afirmando que solo querían hacerle un interrogatorio ordinario. Se presentó de manera voluntaria, pero no regresó a su casa. Ingresó en prisión el 18 de mayo de 1939.
  • Elena Gil Olaya (20 años, activista). Ingresó en las JSU en 1937. Al acabar la guerra comenzó a trabajar en el grupo de Chamartín.
  • Virtudes González García (18 años, modista). Amiga de María del Carmen Cuesta (15 años, perteneciente a las JSU y superviviente de la prisión de Ventas). En 1936 se afilió a las JSU, donde conoció a Vicente Ollero, que terminó siendo su novio. Fue detenida el 16 de mayo de 1939 denunciada por un compañero suyo bajo tortura.
  • Ana López Gallego (21 años, modista). Nacida en La Carolina, Jaén. Militante de las JSU. Fue secretaria del radio de Chamartín durante la Guerra. Su novio, que también era comunista, le propuso irse a Francia, pero ella decidió quedarse con sus tres hermanos menores en Madrid. Fue detenida el 16 de mayo, pero no fue llevada a la cárcel de Ventas hasta el 6 de junio. Se cuenta que no murió en la primera descarga y que preguntó: «¿Es que a mí no me matan?».
  • Joaquina López Laffite (23 años, secretaria). En septiembre de 1936 se afilió a las JSU. Se le encomendó la secretaría femenina del Comité Provincial clandestino. Fue denunciada por Severino Rodríguez (número dos en las JSU). La detuvieron el 18 de abril de 1939 en su casa, junto a sus hermanos. La llevaron a un chalet. La acusaron de ser comunista, pero ignoraban el cargo que ostentaba. Joaquina reconoció su militancia durante la guerra, pero no la actual. No fue conducida a Ventas hasta el 3 de junio, a pesar de ser de las primeras detenidas.
  • Dionisia Manzanero Salas (20 años, modista). Se afilió al Partido Comunista en abril de 1938 después de que un obús matara a su hermana y a unos chicos que jugaban en un descampado. Al acabar la guerra fue el enlace entre los dirigentes comunistas en Madrid. Fue detenida el 16 de mayo de 1939.
  • Victoria Muñoz García (18 años, activista). Se afilió con 15 años a las JSU. Pertenecía al grupo de Chamartín. Era la hermana de Gregorio Muñoz, responsable militar del grupo del sector de Chamartín de la Rosa. Llegó a Ventas el 6 de junio de 1939.
  • Luisa Rodríguez de la Fuente (18 años, sastre). Entró en las JSU en 1937 sin ocupar ningún cargo. Le propusieron crear un grupo, pero no había convencido aún a nadie más que a su primo cuando la detuvieron. Reconoció su militancia durante la guerra, pero no la actual. En abril la trasladaron a Ventas, siendo la primera de las Trece Rosas en entrar en la prisión.
04 Agosto 1994

Trece rosas para el recuerdo

Emma Lira

Madrid. Cinco de agosto de 1939. Un amanecer pálido se enciende en los muros del entonces cementerio del Este. A poca distancia de allí, en la cárcel de mujeres de Ventas, Julita Conesa escribe precipitadamente una carta de despedida a su madre, antes de enfrentarse al pelotón de fusilamiento. Tenía diecinueve años.

El testimonio epistolar de aquel momento se encuentra recogido en el libro ‘El silencio roto: Mujeres contra el franquismo’ de Fernando Romeu, y ha sido facilitado por uno de los familiares de la joven Julia Conesa. “Salgo sin llorar – afirma con asombrosa dignidad – Muero por persona honrada. Me matan inocente”. EL tono valiente, orgulloso y decidido de las primeras líneas se rompe en una patética despedida: “Tu hija que ya jamás te podrá besar ni abrazar” y en una desgarradora postdata final cuya fuerza sacude al lector por encima del tiempo y de las ideologías: “Que mi nombre no se borre en la historia”.

Julia Conesa fue ejecutada el amanecer de aquel sábado cinco de Agosto junto a diez compañeras: Victoria, Martina, Dionisia, Ana, Virtudes, Avelina, Dionisia, Ana, Virtudes, Avelina, Carmen, Joaquina, Blanquita y Pilar. Poco después caerían Palmira y Anita. Apenas una hora antes, sesenta jóvenes habían sido fusilados en ese mismo lugar. Todos ellos fueron juzgados bajo la acusación de inducir al atentado del comandante Gabaldón perpetrado el día 27 de julio del mismo año. La mayoría estaba ya en la cárcel el día que se cometió el atentado. No obstante todos, incluidas las chicas, fueron condenados a muerte. Su verdadero y el único delito había sido el estar afiliados a las Juventudes Socialistas Unificados.

El último deseo de las muchachas había sido morir juntos a sus compañeros, entre los que se encontraban el novio de Virtudes el marido de Blanquita y el hermano de Victoria. Les fue negado. Siete de ellas nunca llegaron a cumplir la mayoría de edad. Antes de morir, Blanquita dejó una carta para su hijo de corta edad: “que seas muy bueno siempre. Que no guardes nunca rencor a los que dieron muerte a tus padres; no, eso nunca. Las personas buenas no guardan rencor”. Juan, hermano de una de las muchachas, Ana López Gallego, recordaría posteriormente como desde entonces la vida de su familia estuvo marcada por la tristeza: “Cuando hablábamos teníamos claro que mientras nosotros solo podíamos esperar a morir  en un hospital o atropellados por un coche, nuestra hermana había muerto en la gloria, rodeada de sus compañeras, hombro con hombro”.

La oposición socialista y comunista bautizó a las jóvenes con el nombre alegórico de ‘Las Trece Rosas’ y la tragedia de su muerte, agravad por su corta edad, adquirió un cariz simbólico.

Mañana se cumple cincuenta y cinco años de aquel momento y por primera vez un pequeño homenaje en memoria de las ‘Trece Rosas’ tendrá lugar a las 10.30 en el actual. Cementerio de la Almudena, lugar donde fueron fusiladas. Dos mujeres, precisamente, han sido las artífices de este pequeño recuerdo colectivo.

“Yo sé que hay gente que aún acude al cementerio de manera individual a ponerles flores – afirma Silvia Escolar, fundadora de Amnistía Internacional en España – pero me parece que esto es lo mínimo que les debemos. Yo creo que es algo muy por encima de las ideologías es una deuda con nosotros mismos, con nuestra propia historia…”

Tras leer el libro de la historiadora Fernando Romeu “El silencio roto”, una recopilación de testimonios de la lucha callada de tantas mujeres durante la dictadura, Silvia Escobar se puso en contacto con la autoría y entre las dos surgió la idea de rendir este pequeño homenaje a las ‘Trece Rosas’ en el que estará simbolizada la totalidad de la resistencia femenina.

Al acto acudirán mujeres que compartieron en la cárcel de Ventas los últimos días de las Trece Rosas, así como familiares de la propia Julita Conesa, una de las más jóvenes del grupo y en palabras de sus compañeras ‘toda alegría’. Por primera vez, de manera colectiva aquellas trece muchachas cuya juventud y entereza conmovieron a cuantos las conocían, recibirán un pequeño homenaje de manos de aquellos que piensan que cada pueblo debe conocer sus errores para no volver acometerlos. Cincuenta y cinco años después, quizá el llamamiento de Julita Conesa se haya cumplido: Que mi nombre no se borre en la historia.

Fusiladas con sus mejores galas.

La misma mañana de su ejecución los familiares de Dionisia Manzanero se acercaban a la prisión con la intención de recoger firmas para pedir el aplazamiento de su sentencia. Hasta entonces familiares y compañeros habían creído que la minoría de edad las salvaría de la pena capital. Ellas mismas no creyeron en la magnitud de su inmerecido castigo hasta que no fueron llamadas a capilla. Sólo una de ellas, Victoria, se echó a llorar lamentando la suerte de su madre, que con ella, perdía al tercero de sus hijos. Todas, en palabras de sus compañeras, salieron tranquilas, “con la cabeza levantada” repartieron sus escasas pertenencias, escribieron cartas de despedida y vistieron sus mejores galas para salir a recibir a la muerte.

Solo la prensa extranjera se hizo eco de los fusilamientos. La prensa nacional habló únicamente de una ‘justicia implacable’ en relación con la muerte del comandante Gabaldón. Ningún periódico mencionó el número de jóvenes que fueron ejecutados. Ninguno señaló que entre ellos hubiera mujeres. Ninguno reflejó tampoco que la mayoría de ellas no habían cumplido los 21 años.

18 Abril 1999

Y mataron a las ‘Trece Rosas’

EL PAÍS

“Madre, madrecita, me voy a reunir con mi hermana y papá al otro mundo, pero ten presente que muero por persona honrada. Que mi nombre no se borre en la historia». Este párrafo está sacado de la carta que la joven madrileña Julia Conesa, de 20 años, escribió a su madre pocas horas antes de ser fusilada en agosto de 1939, cinco meses después del final de la guerra civil. Junto a ella fueron ejecutadas otras 12 chicas, la mayoría menores de edad, acusadas de pertenecer a las Juventudes Socialistas Unificadas, organización a la que se responsabilizaba del atentado contra un comandante de la Guardia Civil ocurrido el 27 de julio de aquel año. A pesar de los incontables fusilamientos ocurridos en la posguerra, el caso de las Trece Rosas, como se las llamó tras su muerte, conmocionó de forma especial, por la juventud de las muchachas, a quienes habían permanecido fieles a la República. El horror no podía llegar más lejos. Julia Escribano, de 81 años y vecina de la localidad madrileña de Zarzaquemada, estaba presa en la cárcel de Ventas cuando aquello ocurrió, no puede contarlo sin que su voz se quiebre y las lágrimas desborden sus ojos. Ella era amiga de Julia Conesa y Avelina García, dos de las Trece Rosas. «El 4 de agosto de 1939 las metieron en capilla. Les dijeron que se pusieran sus mejores ropas y se arreglaran como si fueran al cine. Subieron a despedirse del resto de las presas. Yo nunca las había visto tan guapas y tan serenas. Ellas sabían que las iban a matar, pero creo que hasta el último momento mantuvieron la esperanza de que les conmutaran la pena».

La mañana del 5 de agosto las reclusas no se apartaban de las ventanas de sus celdas para ver a las condenadas por última vez camino del paredón. Iban de dos en dos, escoltadas por una pareja de la Guardia Civil. Poco antes de las ocho de la mañana oyeron las detonaciones que acabaron con su vida junto a la tapia del cementerio del Este, donde están enterradas.

Es extraño y a veces terrible cómo funciona la memoria cuando envejece. Los hechos pasan por la cabeza de la anciana Julia como si hablara de ayer. El dolor es el mismo. Dice que no se le puede borrar la cara de Avelina y aquel último beso con el que se despidió. «Era la encargada de repartir el correo en la cárcel. Le gustaba hacerme sufrir un poco cuando recibía carta de mi novio, se hacía la remolona antes de dármela. Tenía mucha gracia. Lo último que me dijo es que no las olvidáramos nunca».

Una de las cartas más conmovedoras fue la que le escribió una de las condenadas, Blanca Brissac, de 29 años, a su hijo: «Sólo te pido que seas bueno, muy bueno siempre, que quieras a todos, que no guardes rencor a quienes dieron muerte a tus padres: no, eso nunca. Voy a morir con la cabeza muy alta, sólo por ser buena. Hijo, hasta la eternidad».

«El día que las mataron nos negamos a comer y como castigo nos prohibieron las visitas durante 15 días», recuerda Julia Escribano, que permaneció encarcelada durante cinco años. Jamás le dieron la oportunidad de defenderse en un juicio, aunque, dadas las garantías de entonces, de poco le hubiera servido. Nacida en el pueblo toledano de Villarrubio de Santiago, fue durante la guerra civil secretaria general de la Agrupación de Mujeres Antifascistas, organizó el Socorro Rojo en su pueblo para ayudar a los soldados del frente y escribía artículos en Mundo Obrero y Combate a favor de la igualdad de derechos de las mujeres. Éstos fueron sus crímenes. «Me llamaron a declarar en dos ocasiones. Me preguntaban por los artículos que había escrito y yo les contestaba que defender a las mujeres no era delito. La verdad es que también me metía con Franco y, claro, eso ya les parecía más grave», comenta con una sonrisa cómplice.

El mismo día que terminó la guerra, el 1 de abril, Julia Escribano abandonó su pueblo por temor a las represalias. «Yo no había matado a nadie ni robado, pero todo el mundo sabía de mis ideas y de mis actividades políticas. Como mínimo me esperaba el corte de pelo y el aceite de ricino. Me fui a Aranjuez a casa de un hermano y de allí me vine a Madrid andando. Me cogieron porque un paisano me denunció. No sé por qué lo hizo. Sus hermanas eran íntimas amigas mías. Quizá porque en el baile siempre le daba calabazas y fue una manera de vengarse, y de protegerse y ganar puntos ante los vencedores».

La llevaron a la cárcel de Ventas, donde permaneció 18 meses antes de ser trasladada al penal de Ocaña, donde pasó tres años. «Era el mes de abril del 39 y todos los días se producían cientos de detenciones, tantas como delatores había. La prisión de Ventas tenía capacidad para 600 reclusas y allí nos hacinábamos más de 3.000 mujeres. Yo nunca había visto tantos piojos y miseria. A veces dormíamos vestidas porque nos llamaban a declarar a medianoche. Pasábamos un miedo terrible porque a muchas no las volvíamos a ver y otras ingresaban directamente en la enfermería de las palizas que les propinaban».

Las imágenes que ve en televisión estos días de los bombardeos sobre Yugoslavia y la huida de los refugiados kosovares le han devuelto al peor de sus pasados. En un bombardeo en Ocaña en 1937 permaneció horas enterrada, junto al cadáver de una mujer, hasta que los guardias pudieron desescombrar el edificio. Durante casi dos años tuvo que llevar muletas. «Se me pone toda nuestra guerra por delante. Yo no sé qué solución puede tener el conflicto de los Balcanes, pero los bombardeos son terribles. En Aranjuez vi cómo un obús destrozaba a un niño de 15 años. Y cuando miro la cara de los evacuados me pongo enferma. A mi pueblo llegaban muchas mujeres que huían de las zonas que había ocupado Franco. La guerra es lo peor y siempre pagan los mismos».

En 1944 la pusieron en libertad sin ninguna explicación. Se casó ese mismo año con Faustino, un guardia de asalto que también había estado preso y que falleció hace dos años. Al principio participaron en reuniones clandestinas, pero estuvieron a punto de detenerlos y abandonaron definitivamente la lucha. Julia tiene dos hijas, cinco nietos y un bisnieto. «Hay quien no quiere recordar, pero a mí no me avergüenza haber estado en la cárcel por mis ideas. La vergüenza, para quienes me denunciaron y me tuvieron presa».

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