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La artista no presentó declaración de bienes ni pagó impuestos entre 1982 y 1985

La fiscalía se querella contra la cantante Lola Flores por delito fiscal junto a su marido ‘El Pescailla’: piden 2 años de carcel y 150 millones

HECHOS

El 25.03.1987 la Fiscalía de Madrid anunció una querella contra la Sra. María Dolores Flores Ruiz ‘Lola Flores’ por delito fiscal.

LA ‘FARAONA’ EN EL BANQUILLO

Faraona_banquillo

UN ‘EJEMPLO’ QUE SIRVA DE LECCIÓN PARA HACIENDA

JosepBorrell1989carlos_solchaga_Industria El Secretario de Estado de Hacienda, D. Josep Borrell y ministro de Economía, D. Carlos Solchaga han liderado una campaña para reforzar una imagen efectiva de Hacienda frente a la imagen de que se podía defraudar y ocultar dinero sin que hubiera consecuencias.

26 Marzo 1987

Lola Flores

ABC (Director: Luis María Anson)

El notable y comentadísimo caso de amnesia periódico que durante los últimos siete años han padecido, cada mes de junio, Antonio González y Dolores Flores, es, sin duda, el caso del día. De modo reiterado. Lola Flores, genial bailaora de indiscutible categoría artística y su marido, ‘El Pescailla’ sufrían un lapso en sus mecanismos volitivos y omitían su deber de presentar la obligada declaración fiscal ante la Delegación de Hacienda. Mientras la abrumadora mayoría de los españoles, grandes y pequeños, modestos y poderosos, envían al Estado su declaración de ingresos, un personaje público, de perfil tan notorio como el de Lola Flores, pasa de cumplir sus obligaciones tributarias.

Esta es una cara de la moneda. Pero no cabe ocultar el reverso: tenemos en España la presión tributaria más fuerte de Europa, en proporción a los niveles de renta individual. Pero tenemos, con Grecia, los peores servicios públicos y las peores prestaciones del conjunto de la CEE: Nuestros impuestos son tan altos como los de Holanda, pero nuestras carreteras, hospitales y Universidades son a veces peores que los de Argelia. Tal es la dura realidad que éste y otros Gobiernos se niegan a reconocer. Mientras no se den razonables niveles de eficacia en la gestión y se cubran los mínimos de transparencia en el gasto público, la fuerza moral para aplicar un régimen impositivo exigente quedará debilitado.

El desorden administrativo, el derroche con que el Gobierno dilapida recursos en gastos suntuarios, la irresponsable desenvoltura con que se tiraba por la borda en el caso RUMASA, casi un billón de pesetas y algunos proyectos disparatados desaniman a muchos contribuyentes sobre el buen fin de su aportaciones.

Pero todo esto no puede dar pretexto al incumplimiento que comentamos. La ley es la ley para todos y la extensión de un ejemplo de esta especie convertiría a nuestro país en un patio de monipodio. Hay situaciones muy distintas en las que algunos artistas de alto ingreso, quizá mal asesorados, firman declaraciones que no se ajustan a la ley. Pero esos errores u omisiones son siempre discutibles cuando existe el propósito de declarar. Los jueces habrán de resolver el caso de hoy, pero no podrán desconocer tampoco lo intrincado e inaccesible de un sistema de declaración que la mayoría no acierta a entender.

En todo caso, desde la administración al arte de Lola Flores, desde el respeto a su trayectoria artística, no se puede aceptar la actitud insolidaria de quien desprecia a sus compatriotas y, volviendo la espalda a la nación, dice para sus adentros: ‘que declaren ellos’.

Según los expertos, Lola Flores, aunque pague sus deudas con Hacienda y las multas correspondientes, podría ir a la cárcel si el juez así lo estima y librarse de ella si el juez entiende que la cuestión queda zanjada con la satisfacción de las cantidades adeudadas.

01 Abril 1989

Las Razones de doña Lola

Rafael Pérez Escolar

Doña Lola Flores, la gitana vital que tan apasionadamente exhibe los tópicos de nuestro folclore, anda también a vueltas con la Hacienda. La popular estrella, de la que más admiro su talento que su arte, puede verse obligada, si prospera la querella promovida por el ministerio público, a recitar, no sé si entre abatida y colérica, el ‘Romancero’: “Pero yo ya no soy yo / ni mi casa es ya mi casa”.

Me resisto, como hombre de Derecho a condescender con cualquier vulneración deliberada de la ley tributaria que a todos nos concierne, pero creo advertir razones muy respetables en la actitud de la querellada y en tantas otras personas que se encuentran en su caso. Pretender que un gitano, sujeto a los códigos ancestrales de su misteriosa raza, a merced de la inercia de siglos, resuelva pacíficamente un jeroglífico indescifrable como es nuestra declaración de la renta constituye un soberano despropósito. A ese peculiar personaje el Estado tiene que decirle justamente lo que debe pagar y cuando, no obligarle a convertirse en un experto en ciencia fiscal y en matemáticas superiores. ‘No hay gitano necio ni gitana lerda’, decía Cervantes, por lo que no se debe a estulticia la incapacidad que denuncio, sino a los hábitos seculares de quien está acostumbrado a sobrevivir en precario y a salto de mata. Doña Lola ha optado por tirar a la papelera un montón de impresos de los que no entendía ni media palabra. La imagino con sus hermosos ojos absortos en el enrevesado documento mientras repite para sí entre la guasa y el asombro: “Incremento anualizado neto oneroso’, ‘rendimientos implícitos sometidos a retención de cuarenta y cinco por ciento’, y tantos otros cabalísticos conceptos a lo largo del enigmático formulario. La ignorancia de la Ley no excusa de su cumplimiento, pero sólo se puede exigir la observancia de una ley inteligible y clara, una ley evidente para un ciudadano común.

La singular acusada y muchísimos otros españoles, tanto si rellenan como si omiten la declaración fiscal, nunca llegarán a comprender, después de trabajar tanto, sudando el salario de sol a sol, dejando la vida en el surco, el escenario o la oficina, que han de pagar impuestos exorbitantes a unos gobernantes que no gobiernan y a unas instituciones que no funcionan, y mantener unos servicios que no sirven y dar de comer a interminables escalafones de haraganes que han encontrado pesebre suculento al socaire de una militancia política de ocasión. Como en el verso de don Antonio Machado, que tan a cuento viene, ‘mira si soy buen gitano / que cuatro reales te doy / de cuatro y medio que gano’. Es la misma astronómica proporción que reclama el Estado inmisericorde. El poemilla, a buen seguro, lo tendrá enmarcado don Alfonso Guerra, tan devoto de don Antonio, y expuesto en algún lugar bien visible de su despacho.

Lo cierto es que el contribuyente español soporta el esfuerzo fiscal mayor de Europa, y sería lógico que, a cambio de tan magno sacrificio, se le dispensara lo que en justa reciprocidad le corresponde. Lo paradójico es que suceda lo contrario: el despilfarro es la norma, y la educación, la sanidad, la justicia, los transportes, todos los servicios esenciales en suma, los los peores de los países comunitarios, sólo son comparables a los que padece el Tercer Mundo.

Dicen las malas lenguas que doña Lola es aficionada a los juegos de azar. No sé si es fundada la imputación, que en ningún caso, aunque sea poco edificante, le achaca nada ilícito. Si son certeras las habladurías y ella es tan pródiga en las lides del juego, sabe cuando menos adónde va su dinero: lo pierde, y punto, que por algo lo ganó con su esfuerzo y puede hacer con él lo que le venga en gana. No sabe, en cambio, adónde va el dinero de sus impuestos, y de ahí sus reticencias.

El último número de LE POINT publica un demoledor reportaje en el que se censura con especial dureza a los Consejos Regionales de Francia por haber creado una burocracia de 2.713 personas en los últimos años. Aquí nadie dice media palabra ante el mismo fenómeno multiplicado por infinito. El ‘Estado de las Autonomías’, una aberración contraria a la historia, a la política y a la economía, lo devora todo hasta la caquexia, sin que el ciudadano registre una sola mejora de las atenciones públicas, y, lo que aún es peor, sin que escaseen los ejemplos de un incremento desmesurado de la burocracia coincidente con el deterioro de sus prestaciones. Los partidos políticos, mientras tanto, han aprobado sigilosamente – apenas sin luz ni taquígrafos – una ley monstruosa para financiar a expensar de nuestros bolsillos, sus sedes, sus fastos y su derroche. Todos se han puesto de acuerdo, sin que nadie tampoco rechiste, para repartirse las vestiduras del ciudadano crucificado por los impuestos.

A este paso, las movilizaciones cotidianas que recogen áreas cada vez más extensas del malestar civil, se verán engrosadas por una huelga de declaraciones caídas desatada por los indignados contribuyentes. Indignados primero porque la avidez de nuestra Hacienda ha llegado a tanto que ya no se recibe apenas el fruto del propio trabajo; indignados, fundamentalmente, por la frivolidad con que se dilapida el dinero de todos: ha bastado con que los estudiantes pusieran al frente de la manifestación al cojo Manteca, con el bastón en ristre para que un pusilánime Gobierno cediera a todas las presiones, sin pararse a meditar razones, medir costes ni pensar que la vergonzosa claudicación implica un esfuerzo todavía mayor de quienes sostenemos el Estado, y sin consultar a quienes, en la teoría y en la práctica, son depositarios de la voluntad popular: los miembros del Parlamento. No es descabellado sospechar que la actitud de doña Lola – injustificable de ser cierta la acusación, pero inteligible de cualquier manera – puede ser el precedente de una rebelión general de la sociedad frente a los políticos voraces y manirrotos. Si las leyes sancionan el delito fiscal, se debe castigar en mayor medida la dilapidación de los caudales públicos. Si al contribuyente se le condena con severidad por los millones no ingresados en el erario, mayor castigo merece el que derrocha los billones del presupuesto.

Pero, por favor, doña Lola, que no se apaguen su gracia y su genio a pesar de lo que se le viene encima. No deje de cantar, incluso – y que Dios no lo quiera – si los sayones se salen con la suya a golpe de disposición legal y tiene usted que dar con sus huesos en la cárcel. Cambié entonces las rumbas por el cante jondo y cántelo en la noche, como pedía Lorca, porque es un cante que no tiene ni mañana ni tarde. ‘No tiene más que la noche, una noche ancha y profundamente estrellada. Y le sobre todo lo demás’. A este paso, doña Lola, allí nos veremos todos, usted cantando y los demás escuchándola.

Rafael Pérez Escolar

09 Mayo 1987

Fraude

Rosa Montero

Ya hemos entrado en la recta final hacia la renta. Amargo momento de reflexión contable, crujidor de bolsillos y dientes, que este año parece aún más amedrentante por la reciente historia ejemplar de Lola Flores.Han andado muy vivos los de Hacienda al escoger un chivo expiatorio tan apropiado y suculento. Me asombra el sopesar la irritación que la Lola causa en el país aún hoy, tantas semanas después de que el asunto comenzase. E incluso la pobre jueza se ha llevado algún capón del respetable por el simple hecho de hacer un comentario sosegado.

O sea, que los contribuyentes están algo rabiosos. Siempre fastidia horrores que el Estado te chupe las hijuelas, máxime cuando luego no se le ve al expolio un resultado claro, con la medicina pública hecha papilla, las pensiones menudas y los colegios más bien hacinados. Ello hace que las gentes paguen sus impuestos y luego, a poco que se lo puedan costear, paguen tambien médicos, seguros de vejez y hasta colegios privados, de modo que el vivir les cuesta un potosí y andan frenéticos. Frenesí que los señores de Hacienda han derivado con astucia sin par hacia la persona de la Flores, hacia su temperamento y su tronío. Mucho de ambas cualidades ha de poseer Lola, además de un despiste colosal, para ser pillada así, no ya trampeando, sino sin haber declarado tan siquiera. Sacan los de Hacienda a la Flores a la arena para que se la coman los leones y les importa un bledo que haya, como es evidente que hay, miles de personas que defraudan muchísimos más millones que ella, pero de un modo sistemático, asesorado, culto y fino. Me gustaría saber cuántos de todos esos prohombres de la patria, presidentes de bancos, industriales famosos, políticos rutilantes e incluso, ¿quien sabe?, altos cargos de Hacienda; cuántos de ellos, digo, están en estos días preparando sus sofisticadas declaraciones, sus trampas exquisitas, sus fraudes de postín y regodeo, mientras que Lola y otros como ella andan perdidos y echando confusas cuentas con los dedos.

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