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La infanta Elena se casa con Jaime de Marichalar en Sevilla, pasando a ser los Duques de Luego

HECHOS

En marzo de 1995 contrajeron matrimonio la infanta Doña Elena de Borbón, con D. Jaime de Marichalar y Sáez de Tejada.

El cardenal arzobispo de Sevilla, Monseñor Carlos Amigo oficializa los votos a la Infanta Elena y D. Jaime de Marichalar:

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19 Marzo 1995

La boda

EL PAÍS (Director: Jesús Ceberio)

EN TIEMPOS de zozobras y malos humores, nada tan explicable como el deseo de la gente de participar, de una u otra forma, en un acontecimiento feliz. La boda de la infanta Elena y Jaime de Marichalar, celebrada ayer en Sevilla, cumplía todos los requisitos para ello. Son las primeras nupcias reales en España en 89 años y una buena ocasión para expresar el respeto y afecto de que gozan el Rey y su familia entre los españoles. Respeto y afecto que se deben sobre todo al escrupuloso cumplimiento de sus deberes con la Constitución y su probado compromiso con la democracia.Durante las ya casi dos décadas de reinado, la sobriedad y la profesionalidad han distinguido a la Casa Real española de otras sumidas constantemente en el escándalo y la excentricidad. Sus miembros son conscientes de que en ello descansa buena parte de su popularidad y de la solidez de la institución.

Mantener la sobriedad en un acto semejante, con el inevitable carácter representativo e institucional de la boda de la hija mayor del Rey, es difícil. Y más en el incomparable marco histórico-artístico y humano de Sevilla. Los sevillanos tienen vocación de fiesta, y por eso su bella ciudad era el escenario, con coro y público incluidos, que el día precisaba. Ahora que ha pasado el feliz acontecimiento, recuperemos cierta sobriedad. Mesura en todo y para todos, enhorabuena a la Casa Real y mucha felicidad para el nuevo matrimonio.

19 Marzo 1995

El padre de la novia

Pedro J. Ramírez

Cuanto mayores eran las tribulaciones de la Serenísima República, mayor empeño ponían los grandes dogos venecianos en desplegar toda su pompa y esplendor para reforzar la moral de los ciudadanos durante las ceremonias anuales en las que surcaban el Gran Canal en su deslumbrante barco «Bucintoro». No comparto pues las críticas al supuesto derroche, frivolidad y ostentación desplegados en torno a la boda de la infanta Elena. Es verdad que Sevilla ha sido este fin de semana la pasarela de muchas de nuestras vanidades y que no deja de ser chocante tan rotundo echar las campanas al vuelo en una sociedad atenazada por gravísimos problemas. Pero hasta en las más encarnizadas guerras hay momentos de tregua y parece lógico que en una monarquía haya margen para festejar colectivamente algo tan ligado al valor simbólico y representativo de la institución como una boda real.

Máxime cuando tanto la más directa protagonista del suceso como el conjunto de los miembros de su familia han mantenido un comportamiento correcto, cumpliendo sus obligaciones públicas y proyectando una imagen con la que a la mayoría de los españoles le ha resultado cómodo identificarse. Es lógico que al cabo de casi 20 años de reinado, en los que la Corona ha cumplido un papel indudablemente positivo, se haya creado un fuerte sentimiento de empatía que hace compartir al ciudadano anónimo los avatares de las personas reales. Nada tan natural como sentirse partícipe de las lágrimas del hijo que hace dos años enterraba a su padre o de la alegría del padre que ayer acompañaba a su hija al altar. En una sociedad dominada por la cultura audiovisual ese acercamiento se incrementa cuando todos los españoles que lo han querido han podido ser espectadores del festejo.

Todo esto puede parecer tal vez la expresión de una moral muy tradicional e incluso de una visión cursi y acaramelada de las relaciones humanas, pero en una época tan dominada por las convulsiones y conflictos no creo que para los españoles sea nada malo que haya vivencias comunes que refuercen esos vínculos que los norteamericanos de los años 30 denominaba «togetherness» y que en castellano habría que traducir como la «sensación de estar juntos» o algo semejante.

Lo importante es que aunque participemos en los brindis, no nos quedemos como las revistas del corazón en la espuma de la vida. Es decir que cuando se hayan apagado los focos de todas las retransmisiones y los barrenderos municipales hayan recogido los últimos granos de arroz esparcidos por las escaleras de la catedral de Sevilla, tengamos conciencia de qué es lo que puede y debe esperar la sociedad española de la Monarquía.

Y al centrar, lógicamente, de nuevo la mirada en el flamante padre de la novia, nos encontramos con un Juan Carlos de Borbón querido por su simpatía, pero sobre todo justificado ya en la historia por su utilidad. El alto grado de aceptación popular de la Corona que inmediatamente resta toda credibilidad a los inventores de patrañas como la llamada «conspiración republicana», no tiene su fundamento en la campechanía del Rey sino en su papel político. A él se le atribuye con razón el mérito de haber propiciado una transición pacífica desde la dictadura a una democracia que, aun llena de defectos, supone el más digno marco de convivencia de que ha dispuesto España en su historia reciente. A él se le adjudica la firme decisión de preservar la legalidad constitucional en la noche del 23-F. A él se apela cuando el curso de los acontecimientos demanda un gesto de ecuanimidad que contribuya a compensar desviaciones y abusos.

De ahí mi grave preocupación cuando en el verano del 91, en plena crisis mundial por la invasión de Kuwait, alcanzó su paroxismo aquella imagen distorsionada de monarca de papel couché que alternaba la destreza deportiva con los juegos de sociedad. Nada podía resultar más cómodo para el proyecto totalizador impulsado desde el Ejecutivo, ni más empobrecedor desde el punto de vista de los equilibrios institucionales en que se basa nuestra Constitución.

Afortunadamente ese riesgo pasó pronto porque si una cualidad no puede negársele al Rey es su instinto de navegante para percibir los vientos, enmendar rumbos y sortear todo tipo de arrecifes. Es, de hecho, en el último bienio cuando desde la Jefatura del Estado y su entorno se proyecta una mayor sensación de asentamiento y profesionalidad, lo que ha contribuido sin duda a que la imagen del Rey haya salido completamente indemne del reguero de maledicencias que acompañaron a algunos de los últimos escándalos político-financieros.

Precisamente porque su prestigio es hoy en día mayor que nunca es por lo que la aparente pasividad del Rey ante la situación-límite que ha ido configurándose en España en las últimas semanas puede resultar desconcertante. Con su prudencia habitual, el anterior jefe de su Casa, Sabino Fernández Campo, matizó unas primeras declaraciones de las que se desprendía una especie de recomendación a que el Rey «mediara» en la crisis política. Está claro que don Juan Carlos correría graves riesgos si incurriera en alguna variedad de ese «borboneo» que hicieron históricamente célebre varios de sus antecesores. Pero el artículo 56 de la Constitución le asigna el papel de «arbitrar y moderar el funcionamiento regular de las instituciones».

Hay que subrayar que a pesar de que parte de la cúpula de Interior esté encarcelada, de que el Ejecutivo haya alentado los ataques a la independencia judicial, de que la recuperación económica esté lastrada por la crisis política y de que exista un patente divorcio entre una opinión pública que clama por elecciones anticipadas y un jefe de Gobierno que se cierra en banda, no puede decirse que las instituciones hayan dejado de «funcionar regularmente». Es decir que la situación no es de ningún modo comparable a la del 23-F. Pero es que el artículo 56 tampoco requiere de ese supuesto límite para darle margen de actuación al Rey.

Todo es cuestión de acertar en los matices. Don Juan Carlos no debe ejercer presión alguna de la que quepa deducir intromisión en la legitimidad democrática, pero tampoco puede permanecer impasible ante el evidente deterioro de la confianza ciudadana, el desaliento empresarial y la crispación política. Sin patrocinar personalmente solución alguna, el Rey podría desde luego iniciar una ronda de conversaciones con todos los líderes parlamentarios para escuchar las propuestas de cada uno y transmitírselas a los demás, acercando -si cabe- posiciones, en la medida en que puede hacerlo un intermediario neutral y desinteresado. Estoy seguro de que tanto Aznar, como Pujol, como Anguita -cuyo último encuentro con el monarca generó una inusual sintonía entre ambos- harían un esfuerzo de flexibilidad ante una iniciativa regia de esa naturaleza y quiero creer que queda alguna fibra sensible en el caparazón de González como para hacerle más transigente ante una gestión así.

No estoy trazando ninguna senda hacia el milagro. Las dos semanas que quedan antes de que termine el plazo para acumular las elecciones generales con las municipales y autonómicas no parecen margen suficiente para desarrollar una operación de ese calado, y enseguida estaremos ya en plena campaña. Pero tanto si el intento se produce ahora como si se encuadra en el previsible escenario posterior al 28-M, su puesta en marcha tendría un enorme valor intrínseco, al margen incluso de su propio desenlace, pues nada adicional se le puede pedir a quien hace cuanto está en su mano para solucionar un problema. Sería, en definitiva, una manera de hacer constar que don Juan Carlos además del feliz padre de la novia, también es, constitucionalmente, el Jefe del Estado.

19 Marzo 1995

¡Viva el padrino!

Antonio Burgos

Sin que se encargaran los servicios de protocolo, la luna de marzo, sevillana y novelera que aguardaba el gran día, se había puesto llena. Llena de orgullo por contemplar desde arriba la nueva madrugá de la boda real, y había dado a las veletas de las espadañas de los conventos esa orden secreta que hace que los naranjos se pongan en flor. Había amanecido con repiques de la torre mayor, que remata una desconocida muchacha de bronce renacentista, que cambia con los vientos como la ciudad misma. Los protagonistas eran los habitantes de esa ciudad que, de vez en cuando, se dan un madrugón de romero por las calles, de nardos en el paso de una Virgen o de alabarderos y coraceros cubriendo carrera en el mejor cahiz de tierra del mundo y descubre que sus sueños son verdad. Que digo, que si estaba bella la novia cuando salía por la Puerta del León del Alcázar era porque se había mirado en el espejo del viejo azogue de Sevilla.

Murallas con un solo, silense ciprés como surtidor de verdor, almenas de la Torre del Homenaje que alza pendones morados. Sobre esa puerta el azulejo que puso José Gestoso. En el barro vidriado, un león lleva una cartela que le dice en latín al Rey cómo tiene que estar: «Ad Utrumque Paratus». Dispuesto a cualquier cosa. Pero este Rey, que sabe el latín de su Roma natal y de estos aires de Roma andaluza, no eligió por casualidad Sevilla para la primera gran ceremonia de Corte de la Monarquía que restauró como Rey de todos los españoles. De «Ad Utrumque Paratus», nada. Siendo en Sevilla, no hay que estar dispuesto a cualquier cosa, sino a dos: a que salga divinamente o a que salga de superior para arriba.

En la cara que es el espejo del alma de sus gestos, el padrino sale de la Puerta del León dando el brazo a su hija. Al Rey se le ha puesto una cara de padrazo que no se puede aguantar. Para saber cómo está España, no hay que ver los telediarios. Basta mirar la cara del Rey. El augusto padrino avanza ahora por la Plaza del Triunfo, el eterno triunfo del pueblo al que nadie le tiene que enseñar su papel, porque es maestro de silencios, virtuoso de palmas. Miro su cara y veo que ciertamente, como dicen los mentideros de esos Madriles que han desembarcado en la Playa Omaha del Ave, el Rey está muy preocupado. Pero muy preocupado como padrazo, porque la niña se está pisando el jodido forro del vestido, el velo se le está yendo para atrás, y mira el reloj y ve que van tarde, menos mal que ya está ahí la Puerta de la Campanilla.

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No importa el retraso. Están ahí los grandes de España de la catedral, que si son caballeros cubiertos ante Su Divina Majestad, no se van a descubrir ante el Rey. Con la rara aritmética sevillana, los seises son diez. Echa las cuentas el padrino, y quizá piensa por qué su madre está tan loca por esta ciudad mágica. Y le da la razón. Y es que en ese instante, en los órganos grandes, empieza a sonar la Marcha Real.. Al padrino se le ha cambiado la cara. El padrazo se ha quedado en la puerta y el que entra ahora es el Rey que nació en el exilio, el que tuvo que tragar quina cuando su padre lo mandó con pantalones cortos, lejos de su Casa, a que fuera educado por el peor enemigo, precisamente para salvar para el futuro de libertades de todos los españoles que representaba esa Casa. Miro la cara del Rey y adivino todo lo que se le está viniendo a la mientes. Quizá no se haya sentido tan Rey nunca como ahora. Quizá se acuerda de quien, en las nieves de El Escorial, con uniforme de almirante, inclinó la cabeza para pedirle la venia para enterrar al que se había casado un día así como hoy con Doña Victoria Eugenia.

Lo demás no es silencio. La Marcha Real sigue sonando en el órgano y las campanas de la torre mayor le ponen voz de bronce al pueblo que «no lo ha dejado» llorar porque este padrino se sabe como nadie su oficio de Rey…

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