24 septiembre 1992
La ONU expulsa a la Yugoslavia de Milosevic como respuesta a la ‘limpieza étnica’ de los serbios en la Guerra Civil contra los secesionistas

Hechos
Fue noticia el 24 de septiembre de 1992.
Lecturas
La Asamblea General de Naciones Unidas acordó el 22 de septiembre de 1992, mediante la Resolución 47/1, excluir de sus sesiones a la nueva República Federal de Yugoslavia, integrada por Serbia y Montenegro, al considerar que no podía heredar automáticamente el puesto que ocupaba la antigua federación yugoslava, desintegrada tras las independencias de Eslovenia, Croacia, Bosnia-Herzegovina y Macedonia. La medida se produjo en plena guerra de Bosnia, cuando el Gobierno serbio del presidente Slobodan Milošević era acusado de sostener militar y económicamente a las fuerzas serbobosnias de Radovan Karadžić, responsables de campañas de limpieza étnica y expulsiones de población civil. La iniciativa había sido impulsada en el Consejo de Seguridad por Estados Unidos, Reino Unido, Francia, Bélgica y Marruecos, que promovieron una resolución para impedir que Belgrado continuara representando a la antigua Yugoslavia. El 19 de septiembre, el Consejo aprobó la Resolución 777 por doce votos favorables, ninguno contrario y tres abstenciones, correspondientes a China, India y Zimbabue. Estados Unidos, Reino Unido, Francia y Rusia respaldaron la medida, aunque Moscú exigió suavizar la propuesta inicial para evitar una expulsión completa del sistema de Naciones Unidas.
Tres días después, la Asamblea General ratificó la recomendación por 127 votos a favor, seis en contra y 26 abstenciones, imponiendo a Serbia y Montenegro la obligación de solicitar su ingreso como un Estado nuevo. Entre los países favorables figuraban las principales potencias occidentales y Rusia, mientras China, India, Brasil, México, Cuba e Irak optaron por abstenerse, reflejando las reservas de distintos Estados sobre el precedente jurídico de la decisión. El primer ministro yugoslavo, Milan Panić, que intentaba presentarse como partidario de una solución negociada a las guerras balcánicas, trató infructuosamente de impedir la exclusión. La resolución no equivalía, sin embargo, a una expulsión formal de Naciones Unidas conforme al artículo 6 de su Carta: suspendía la participación de la nueva Yugoslavia en la Asamblea General y rechazaba su pretensión de continuar automáticamente la personalidad internacional de la antigua federación, pero no establecía su exclusión de todos los organismos de la ONU. La República Federal de Yugoslavia terminaría siendo admitida como nuevo miembro el 1 de noviembre de 2000, después de la caída de Milošević.


24 Septiembre 1992
Herencia yugoslava
LA EXPULSICIÓN de Yugoslavia de las Naciones Unidas, decidida por la Asamblea General por 127 votos a favor, 6 en contra y 26 abstenciones, es una decisión sin precedente en la historia de esta organización. Incluso en el caso de Suráfrica, condenada en 1974 por su política de apartheid, se decidió suspender sus derechos de participar en la Asamblea, pero sin que dejase de pertenecer a la ONU. Es cierto que el problema reviste, en el caso de Yugoslavia, unas características especiales: al estallar la antigua Federación Yugoslava, fundada por Tito en 1945, varias de sus repúblicas, como Croacia, Eslovenia o Bosnia-Herzegovina, se han declarado independientes y han sido reconocidas como tales por la comunidad internacional. En cambio, Serbia y Montenegro han creado una nueva, federación, a la que han dado el nombre de Yugoslavia, con la pretensión de heredar el puesto de la antigua federación en la ONU y en las demás organizaciones internacionales. Tal pretensión es la que la Asamblea de la ONU ha rechazado de modo tajante.En términos concretos, lo que la Asamblea ha votado es que la Yugoslavia que hasta ahora formaba parte de la ONU ha dejado de existir. Si ahora se ha creado un nuevo Estado con el nombre de Yugoslavia, éste tiene que hacer una demanda de ingreso, la cual será tramitada de acuerdo con lo que especifica la Carta de la ONU. Ello implica que la nueva Yugoslavia tendrá que comprometerse a cumplir la Carta. Es significativo que la ONU ha aplicado en el caso yugoslavo un criterio totalmente distinto al que fue empleado ante la desaparición de la Unión Soviética: entonces no hubo ninguna objeción a que Rusia heredase el lugar de la Unión Soviética, incluido el puesto permanente en el Consejo de Seguridad. Ello subraya que el voto de la Asamblea General no ha sido de procedimiento, sino fundamentalmente político. Ha sido la condena más terminante, y de gran peso por su carácter universal, de la agresión que los serbios están realizando en Bosnia.
El fondo del problema estriba en que las decisiones de la Conferencia de Londres, en la que participó la ONU, y que tendían al restablecimiento de la paz, son descaradamente violadas por las tropas serbias de Bosnia. Es cierto que éstas no son las únicas que cometen actos salvajes, pero sí las principales responsables de que continúen los bombardeos y los ataques contra Sarajevo y otras ciudades. Milan Panic, jefe del Gobierno yugoslavo, ha presentado en Nueva York un plan de paz y ha proclamado su voluntad de derrotar a los halcones nacionalistas de Belgrado. Pero los hechos demuestran que por ahora son los halcones los que mandan. Y en estas condiciones la ONU sólo puede reforzar en todos los terrenos las sanciones y medidas tendentes a poner fin a la agresión serbia. El voto de la Asamblea es un paso en ese sentido, aunque insuficiente.
La causa de la paz y de la legalidad internacional exige más que votaciones. La tragedia de Bosnia pone de relieve la urgencia de reforzar considerablemente las medidas de garantía de la paz de las Naciones Unidas. La situación presente -en la antigua Yugoslavia y en otros lugares- exige no sólo incrementar los cascos azules numéricamente, sino dar a sus misiones un carácter más activo, más enérgico y comprometido. Las propuestas del secretario general, Butros Gali, en su «agenda por la paz», en el sentido de que los Estados deben poner unidades militares a disposición del Consejo de Seguridad, que puedan ser movilizados en un plazo rápido, es una concepción nueva de lo que debe ser actualmente el papel de la ONU para proteger la paz. Responde a la etapa tan conflictiva en que ha entrado el mundo -para sorpresa de muchos después del fin de la guerra fría.
El Análisis
La exclusión de Yugoslavia de la Asamblea General representa una derrota diplomática para Slobodan Milošević y confirma el creciente aislamiento internacional de Belgrado. La votación resulta especialmente significativa por el respaldo conjunto de Estados Unidos, Francia, Reino Unido y Rusia, cuatro potencias que no siempre han compartido posiciones ante la crisis balcánica. Washington y sus aliados europeos consideran que el régimen serbio ha contribuido decisivamente a la guerra de Bosnia, mientras Moscú, tradicionalmente próximo a Serbia por vínculos históricos, religiosos y culturales, ha preferido respaldar una medida moderada antes que quedar enfrentado al resto del Consejo de Seguridad. China, India y numerosos países del mundo no alineado han expresado, en cambio, sus reservas ante una decisión que consideran problemática desde el punto de vista de la soberanía y de las normas de admisión y expulsión de Estados. La votación también demuestra que la comunidad internacional está dejando de reconocer a Belgrado como legítimo heredero de toda Yugoslavia, una pretensión difícilmente sostenible después de que cuatro de sus seis repúblicas hayan emprendido caminos independientes. La paradoja es que la medida puede castigar diplomáticamente a un Gobierno que no controla por completo a los dirigentes serbobosnios, sin garantizar por ello que cesen las operaciones militares y las expulsiones de civiles. La exclusión constituye una censura política contundente, pero no sustituye a una estrategia capaz de detener la guerra.
La excepcionalidad de la decisión invita también a examinar los precedentes de Naciones Unidas. Desde su fundación en 1945, ningún Estado había sido expulsado formalmente de la organización mediante el procedimiento previsto en el artículo 6 de la Carta. El antecedente más próximo era Sudáfrica, cuyo régimen de segregación racial había provocado su exclusión de los trabajos de la Asamblea General en 1974. Sin embargo, tampoco Sudáfrica fue expulsada jurídicamente de la ONU: Estados Unidos, Reino Unido y Francia bloquearon mediante sus vetos la recomendación de expulsión planteada en el Consejo de Seguridad, y el país conservó formalmente su condición de miembro. La diferencia revela hasta qué punto las sanciones diplomáticas dependen de los equilibrios internacionales. El Gobierno sudafricano pudo mantener durante años su pertenencia a Naciones Unidas pese a las condenas contra el apartheid, mientras la nueva Yugoslavia pierde ahora su representación parlamentaria internacional en el contexto de las guerras balcánicas. El caso plantea una cuestión de fondo: si Naciones Unidas aspira a defender principios universales, debe evitar que la aplicación de sus medidas más severas dependa exclusivamente de la posición estratégica de cada Estado y de la protección que le proporcionen las grandes potencias.
JF
