30 marzo 2011
La ‘primavera árabe’ llega a Siria e instala en el país una Guerra Civil entre partidarios y detractores de Bashar Háfez al-Ásad
Hechos
Fue noticia en marzo de 2011.
Lecturas
Bashar Hafez al-Asad se convirtió en dictador de Siria al fallecer su padre, el anterior dictador, en el año 2000.
Bashar Hafez al-Asad aguantará en el poder durante trece años más, trece años de guerra civil, hasta su derrocamiento definitivo en diciembre de 2024.
22 Marzo 2011
Vendaval de libertad
Todo sugiere que en Yemen, zarandeado por las revueltas populares que sacuden desde enero los países árabes, se ha traspasado una barrera decisiva después de la matanza por francotiradores, el viernes, de 52 manifestantes que exigían en Saná, la capital, la dimisión del presidente Ali Abdalá Saleh. La destitución del Gobierno, el estado de emergencia y la proclama solemne del Ejército reafirmando ayer su apoyo al dictador árabe -32 años en el poder- acentúan los rasgos de descomposición de un régimen del que en las últimas horas han desertado altos jefes militares, ministros, embajadores relevantes y parlamentarios, pasados todos al bando opositor.
No han sido suficientes, en un país paupérrimo de 23 millones, roto y corrompido desde la cúspide, las promesas recientes de Saleh de renunciar a la reelección, prestarse a un Gobierno de unidad nacional y hacer una nueva Constitución. El viento de libertad llega cada vez más lejos hacia Oriente. Y tanto en el tribal y dividido Yemen, en la crucial vecindad del Golfo, como en la monarquía absolutista petrolera de Bahréin y, en los últimos días, en la petrificada Siria -donde el Ejército ha sido enviado a acallar violentamente las protestas- quienes se echan a la calle arriesgando sus vidas quieren fundamentalmente que los déspotas y ladrones de turno dejen paso a regímenes nuevos compatibles con la dignidad.
En Siria, país regionalmente decisivo, manda con mano de hierro y leyes de emergencia un partido único desde hace 50 años, el Baaz. Damasco es el más estrecho aliado de Irán y apoya sin fisuras a milicias integristas como Hamás, en Gaza, y Hezbolá, en Líbano. También en Siria, un país donde nada se mueve sin el beneplácito del poder, la extensión de las protestas, pese a las cosméticas medidas económicas recientes, indica que el rechazo al régimen del presidente Bachar el Asad (continuador de la dictadura de su padre) proviene no de una oposición política prácticamente virtual, sino, como en el resto del contagiado mundo árabe, de la insoportable amargura de una ciudadanía inmemorialmente oprimida.
Yemen, donde el tinglado feudal de 32 años se viene abajo por momentos, plantea un problema añadido a las potencias occidentales, y a EE UU en particular. Saleh, aliado privilegiado en la zona de la Casa Blanca, ha sido una pieza clave en la lucha contra Al Qaeda, que tiene en ese país de la península Arábiga una de sus ramas más activas. Washington ha armado y entrenado durante años a unidades especiales del Ejército yemení bajo control directo del presidente o sus hijos.
La falta de una clara alternativa política en Saná pone en un brete a Barack Obama, que, como en el caso de Túnez o Egipto, ha sido cogido a contrapié por los acontecimientos y debe recalcular su estrategia regional a corto plazo. Con variables, además, tan desestabilizadoras como una nueva guerra civil o una pugna de facciones militares dentro del régimen yemení.
26 Marzo 2011
Una violencia que ya no intimida
Ninguna certeza en el mundo árabe parece ya cierta, nada está escrito en piedra y tampoco la solidez granítica de los regímenes. Muchos surgen en plena Guerra Fría, y a medida que se ha ido diluyendo su influencia, muchos se han visto seriamente sacudidos o derrocados.
Siria ha sido gobernada desde 1963 por el partido del Renacimiento Socialista Árabe, más conocido como Baaz, y la familia Asad desde 1970, tras un golpe de Estado intrapartido de Hafez Asad, apodado el León de Damasco, perteneciente a la minoría religiosa alauí, menos del 8% de la población, (a no confundir con la dinastía marroquí), una escisión del chiísmo que considera que el verdadero Profeta era Alí, primo de Mahoma.
En Siria la mayor parte de los puestos relevantes están ocupados por esta minoría y muy especialmente por el entorno del presidente Bashar Asad. Durante años hablar de alauíes en Siria ha sido tabú, pues es tanto como reconocer que la mayoría suní, en torno al 70% de la población, está marginada, o resucitar el fantasma de la matanza de suníes en Hama de 1982, en el fragor de la persecución de movimientos islamistas, especialmente los Hermanos Musulmanes.
El crisol sirio incluye una importante minoría cristiana de entorno al 10 %, así como chiíes y drusos. El régimen sirio de partido único, se declara aconfesional, reconociendo al islam como religión mayoritaria, caso excepcional en el mundo arabo-musulmán.
El control sobre el país ha sido férreo, potentísimos servicios de Inteligencia y seguridad, un extensa red de informantes, hacían del régimen omnipresente y opresivo, un colosal Estado policial. Su historia no es gloriosa, ha estado en las listas de Estados patrocinadores del terrorismo, el tráfico de drogas, y algunas de sus personalidades más relevantes han sido investigadas internacionalmente por corrupción o su implicación en la terrible ola de asesinatos políticos en el Líbano iniciada con el brutal atentado que costó la vida al ex primer ministro del Líbano Rafic Hariri el 14 de febrero de 2005. El más destacado, Assef Chawkat, cuñado del presidente y hombre fuerte de los servicios de Seguridad, a quien la comisión internacional encargada de la investigación del asesinato de Hariri quería interrogar por su posible implicación en el mismo.
El general Hafez Majlouf, primo del presidente y alto cargo en el Mujabarat (Inteligencia), que propugna recuperar el control sirio sobre el Líbano. Otro primo, hermano del anterior, Rami Majlouf, hombre de negocios en banca y telecomunicaciones, petróleo y gas, a quien el Departamento del Tesoro de EEUU considera uno de los principales ejes de corrupción en Siria. Otro elemento del clan del presidente es su hermano Maher Asad, jefe de la Guardia Presidencial.
Desde 1976 hasta 2006 -año en que, oficialmente, se retiró el Mujabarat como antes lo hiciera el Ejército-, Siria ocupó el Líbano ejerciendo un poder omnímodo en su pequeño y atormentado vecino, y la presencia de la tropas sirias, pero sobre todo de su implacable Mujabarat aterrorizaba a propios y ajenos. En el Líbano no se movía nadie sin autorización de Siria y de sus virreyes, primero el sanguinario Ghazi Kanaan, muy probablemente el responsable del asesinato de mi padre, entonces embajador de España en el Líbano, ocurrido el 16 de abril de 1989, y después Rustum Ghazale, que no ahorraba amenazas a quien desafiase su autoridad, incluido Rafic Hariri, días antes de su asesinato en su despacho de la ciudad de Anjar, como recogió una parte de la prensa internacional.
En el ámbito regional, tras un enfrentamiento con Irán por el control del Líbano, acabó forjando una alianza en la que el eje central es Hizbulá, elemento central de la presencia e influencia geopolítica iraní en Oriente Próximo. Irán se ha convertido en el verdadero amo y señor de una parte del país, por medio de su dinero y de su implacable subordinado, Hizbulá.
Las graves revueltas que se están saldando con un importante número de muertos demuestran que la eficaz represión no es suficiente para mantener la estabilidad en esta década, que las reformas hubiesen debido ponerse en marcha mucho antes, y que se intuyen toda clase de enfrentamientos en el seno del régimen en torno a las reformas anunciadas, hasta el punto que el semanario Al Watan, perteneciente a un primo del presidente, Rami Majlouf, amenazaba a los manifestantes, haciendo un llamamiento abierto a una contrarrevolución.
La prueba palpable de que en el seno del régimen no todo el mundo respira igual, es que el semanario fue secuestrado por el ministerio de Información, si bien su versión electrónica no fue bloqueada. Parece que algunos sectores muy importantes del régimen querían enviar un mensaje más conciliador tras el anuncio de tímidas reformas.
El mensaje de los manifestantes no puede ser más claro, quieren reformas democratizadoras, desean libertades plenas homologables a cualquier democracia y han demostrado que la violencia no les intimida en lo más mínimo. Se ha quebrado la espiral del miedo en el mundo árabe, la amenaza de tortura o muerte no amedrenta ya a los ansiosos de democracia y libertad.
En el caso de Siria a todo esto hay que superponer el deseo de la mayoría suní de recuperar el peso que les corresponde en su país. Esperemos que pase lo que pase se respete también a las minorías religiosas, especialmente a la cristiana, a la vista de su persecución en otros países de la región.
G. de Arístegui es portavoz de Exteriores del Grupo Popular en el Congreso
02 Abril 2011
Sangrienta farsa siria
El presidente sirio, mofándose de sus propias promesas, ha optado por la más cruda represión contra quienes rechazan su dictadura. Las fuerzas de Bachar el Asad mataron ayer en Damasco al menos a tres personas, como antes lo han hecho en la ciudad costera de Latakia y en la sureña Deraa. Van más de un centenar de muertos en Siria en las últimas dos semanas, y el joven déspota ha recurrido ante su domesticado Parlamento al risible recurso de la conspiración internacional para explicar los acontecimientos sirios.
Asad, 12 años al frente de la férrea tiranía heredada de su padre, carece de credibilidad e intenta ganar tiempo. Sus propagandistas han vendido en los últimos días importantes reformas liberalizadoras, finalmente vacías. En su esperado discurso, el líder sirio no ha anunciado el final del estado de excepción, que permite desde hace medio siglo el silenciamiento de cualquier oposición y todo tipo de vilezas a sus fuerzas de seguridad; ni la legalización de partidos; ni libertad de prensa. Todo lo prometido por el desafiante dictador es un comité que indague las matanzas de manifestantes y otro que estudie la sustitución de la ley de emergencia por otra antiterrorista y de seguridad nacional. O sea, rebautizar el estado de excepción.
En la creciente revuelta siria se mezclan los mismos ingredientes y aspiraciones que en Túnez o Egipto. Siria es un Estado policíaco de partido único, el Baaz, corrompido desde la cúspide y controlado, también económicamente, por la familia presidencial y su círculo íntimo. Damasco se beneficia del capital político que le otorga su condición de aliado regional de Irán y factor determinante en Líbano y Gaza, por su apoyo a Hezbolá y Hamás. Ni siquiera EE UU o Israel, que ven en Asad un enemigo predecible, quieren un vuelco que llevaría más incertidumbre a una encrucijada crítica. Pero el régimen sirio, como otros vecinos, está siendo juzgado por su ejecutoria interior. Y su iniquidad es patente.
El Análisis
En marzo de 2011, Siria se convierte en el más reciente epicentro de una primavera árabe que, como las tormentas de arena, lo cubre todo con furia y caos. Pero en este crisol de historia y opresión, los brotes de libertad enfrentan desafíos únicos. Bashar al Asad, heredero de un régimen construido sobre el miedo, responde a las legítimas demandas de su pueblo con balas y tanques. El dictador no tiene otro lenguaje que el de la represión, aferrándose al poder como quien defiende un castillo de naipes en medio de un vendaval. Sin embargo, los opositores no ofrecen una alternativa mucho más esperanzadora: sectarismos, intereses foráneos y liderazgos tan antidemocráticos como el que buscan derrocar. Siria, una tierra de múltiples identidades, se ve empujada hacia una fragmentación que podría terminar por devorarla.
Frente a esta tragedia, las palabras de los analistas españoles se pierden en análisis que carecen de profundidad moral. Unos describen un régimen «petrificado» mientras banalizan la violencia estatal con términos como «cosméticas medidas económicas». Otros, por su parte, no dudan en pintar al régimen como una aberración histórica, pero su entusiasmo por el «vendaval de libertad» ignora las grietas en los movimientos opositores, incapaces de garantizar una transición justa. Pierden de vista lo esencial: el desastre causado por quienes convirtieron el país en un tablero de ajedrez, ya fuera en Estados Unidos, en Rusia o en Qatar. Siria no necesita héroes ni demonios, sino un compromiso internacional que priorice la paz, la pluralidad y la dignidad. Mientras tanto, el país se desangra, atrapado entre un régimen que aplasta y una oposición que, a menudo, representa más de lo mismo.
J. F. Lamata