5 mayo 1994

Las fotos nunca se publicarán al quemar los responsables de la revista los negativos a cambio de que la princesa británica accediera a ir a la presentación de la edición inglesa

La revista ¡HOLA! de Sánchez-Junco compra las fotos de Lady Di en topless que hizo Diego Arrabal Maldonado para destruirlas

Hechos

5 de mayo de 1994 el diario EL PAÍS informó que ‘¡HOLA!’ había comprado las fotos de Lady Diana de Gales en ‘top less’ que se vendían por 200 millones de pesetas.

Lecturas

Lady Diana, exesposa del príncipe Carlos es la pieza favorita para los fotógrafos paparazzi no sólo de Reino Unido, sino a nivel internacional.

diego_Arrabal_monaguillo D. Diego Arrabal Maldonado ‘El Monaguillo’ fue el autor de las fotografías de Lady Di en topless. Según reveló en una entrevista a EL MUNDO: «Es la foto por la que más se ha pagado en todo el mundo: 1,2 millones de euros, y la única foto que hubo fue la mía. (…) Podía haber ganado más, me frecían 300.000 euros por país y eclusiva, pero ¡HOLA! las quería. No las publicó. QUemó las fotos para lograr que la princesa estuviera en la inauguración de su edición inglesa: HELLO!.

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Una fotografía que ningún lector llegará a contemplar puede convertirse en una de las fotografías más caras de la historia de la prensa del corazón. La princesa Diana Frances Spencer, separada ya de Carlos de Inglaterra, pasa unos días con amigas en el hotel Byblos Andaluz de Mijas cuando varios paparazzi españoles consiguen fotografiarla tomando el sol. Entre ellos se encuentra el entonces joven Diego Arrabal Maldonado, «el Monaguillo», que logra la imagen excepcional: al levantarse Diana momentáneamente sin la parte superior del bikini queda completamente de frente a su cámara. Las agencias Europa Press Reportajes y Ares ponen las fotografías en el mercado internacional: un millón de libras —unos 200 millones de pesetas— por los derechos mundiales y la mitad por la exclusiva británica. Palacio de Buckingham denuncia una nueva intromisión en la intimidad de la princesa y varios tabloides británicos renuncian a adquirirlas.

Entonces interviene Eduardo Sánchez Junco, propietario y director de ¡Hola! y responsable desde 1988 de su desembarco británico mediante Hello!. Su revista adquiere los derechos mundiales mediante un acuerdo editorial con las agencias propietarias que incluía futuros reportajes destinados a compensar el valor de las fotografías. Pero no las compra para publicarlas. En aquellos días el Daily Mail asegura que ¡Hola! pretende adquirir los negativos y destruirlos para evitar su difusión; la propia revista no confirma esa versión y su portavoz, Carmen Pérez Villota, declara que las fotografías comprometedoras serán entregadas a Diana porque lo ocurrido había sido «un accidente». Lo único indiscutible es que ¡Hola! posee desde entonces la exclusiva más espectacular del momento y decide no publicarla.

Años después Arrabal completaría la historia. Aseguró que ¡Hola! pagó algo más de un millón de euros —1,2 millones según otras declaraciones suyas— y que había recibido ofertas que, vendiendo derechos por países, podían haber producido todavía más dinero. Según su relato, Sánchez Junco reunió las diapositivas en un recipiente y les prendió fuego personalmente para garantizar que aquellas imágenes jamás pudieran reaparecer. Arrabal explicó también que la diferencia económica quedó compensada mediante posteriores encargos profesionales. Aquella fotografía que lanzó definitivamente su nombre como paparazzi tuvo así un destino paradójico: cuanto más extraordinaria era, más valioso resultó garantizar que nadie pudiera verla jamás.

El Análisis

LA EXCLUSIVA QUE VALÍA MÁS QUEMADA QUE PUBLICADA

JF Lamata

Conseguir una fotografía indiscreta de Diana de Gales es uno de los mejores negocios posibles para un paparazzi. Apenas unos meses antes, unas imágenes obtenidas en un gimnasio habían terminado en el Sunday Mirror, provocado un formidable escándalo y reabierto en Gran Bretaña el debate sobre los límites de la prensa. Ahora Diego Arrabal Maldonado consigue algo todavía más cotizado. Lo extraordinario es que Eduardo Sánchez Junco paga por aquellas fotografías precisamente para que sus lectores no puedan verlas. Puede interpretarse como un escrúpulo ético: el editor considera que existe una frontera entre informar sobre la vida de Diana e invadir de semejante manera su intimidad. Pero sería ingenuo ignorar que la ética y el negocio podían señalar aquí exactamente en la misma dirección.

Porque Sánchez Junco practicaba un negocio diferente al de un tabloide británico o al que Antonio Asensio Pizarro podía explotar mediante Interviú. Otros editores necesitaban demostrar que eran capaces de publicar aquello que nadie se atrevía a publicar; ¡Hola! necesitaba que reyes, aristócratas, artistas y grandes fortunas considerasen sus páginas el mejor pedestal al que podían subirse voluntariamente. Para mantener ese negocio resultaba fundamental no convertirse en el enemigo de quienes debían abrirle mañana las puertas de sus palacios, bodas y exclusivas familiares. Hello! estaba además intentando consolidarse precisamente en el mercado británico, donde la familia real constituía el Olimpo de cualquier revista de sociedad. Sánchez Junco podía perder una portada extraordinaria y ganar algo bastante más duradero: confianza.

Por eso quizá los 200 millones de pesetas que se atribuían a las fotografías no deban entenderse solamente como el precio de una exclusiva, sino como el precio de una relación. Un editor sensacionalista habría preguntado cuánto podía ganar publicándolas; Sánchez Junco podía preguntarse cuánto podía ganar durante los siguientes veinte años si Diana sabía que él había decidido no hacerlo. Quemar la mejor fotografía era, simultáneamente, un gesto de protección hacia la princesa y una extraordinaria campaña publicitaria para ¡Hola!: demostrar a todos los famosos del mundo que aquella revista podía tenerlos desnudos en sus manos y prefería retratarlos vestidos de gala.

J. F.