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La escritora tuvo que reconocer que aunque firmaba el libro no era el autor, sino que había prestado su firma a su cuñado, responsable del plagio de varios capitulos

INTERVIÚ desvela que el libro de Ana Rosa Quintana (ANTENA 3) ‘Sabor a Hiel’ es un plagio de Danielle Steel y Á. Mastretta

HECHOS

El 9.10.2000 la revista INTERVIÚ publicó en su portada que el libro ‘Sabor a Hiel’ de Dña. Ana Rosa Quintana incluía plagios a Danielle Steel. El 16.10.2000 la misma revista demostró que había plagios también de Ángeles Mastretta.

El 9 de octubre de 2000 la revista Interviú dirigida por D. Jesús Maraña Marcos desveló que el libro ‘Sabor a Hiel’ publicado por la popular presentadora del programa ‘Sabora a Ti’ en Antena 3 TV contenía párrafos plagiados de Mrs. Danielle Steel. Dña. Ana Rosa Quintana Hortal se justifica desde su programa en Antena 3 TV ese mismo día en que el plagio se ha debido a un ‘error informático’ y en que Planeta lo corregiría en la siguiente edición.

En el siguiente número de Interviú,  el 16 de octubre de 2000, delatarán que en el libro ‘Sabor a Hiel’ también se plagian fragmentos de la autora Dña. Ángeles Mastretta.

Ante aquello la editorial Planeta decide retirar el libro y Dña. Ana Rosa Quintana Hortal, que no volverá a hablar del asunto en su programa en Antena 3 TV, hace público en un comunicado reconociendo el error y responsabilizando a su cuñado D. David Rojo López (hermano de su marido de D. Alfonso Rojo López) identificándolo como coautor del libro. La única entrevista que concede la Sra. Quintana para hablar del tema es la propia Interviú en la que reconoce su error por haber confiado en D. David Rojo López.

LA PRIMERA PISTA LA LANZÓ LA REVISTA EL CULTURAL:

AR_Inter2La revista EL CULTURAL fue la primera en deslizar la idea de Dña. Ana Rosa Quintana había usado un negro, meses antes de que saltara el escándalo al ser colocado en la portada de INTERVIÚ.

ANA ROSA QUINTANA REPLICÓ DESDE ANTENA 3 TV: «UN ERROR INFORMÁTICO»

zap_2000_sabor6 Dña. Ana Rosa Quintana en el plató del programa ‘Sabor a Ti’, respondió a las acusaciones de plagio de INTERVIÚ asegurando que se debían a un error informático. Después de que descubriera que no era un error ‘puntual’, no volvió a hablar del asunto en ANTENA 3 TV, pero sí concedió entrevistas en cadena a una serie de medios (INTERVIÚ, EL PAÍS) reconociendo que su colaborador la había engañado.

EL NEGRO

David_rojo2 D. David Rojo, señalado por INTERVIÚ como verdadero autor del libro ‘Sabor a Hiel’, firmado por Dña. Ana Rosa Quintana, no le dijo a su ‘jefa’ y excuñada que había utilizado párrafos de otras autoras para el libro.

10 Octubre 2000

De Ana Rosa Quintana a Julia Maura

Luis María Anson

Ana Rosa no se merece la jugarreta que le ha hecho el ‘negro’ merengoso, la faena que ella se ha hecho a sí misma.

Jullia Maura estrenaba en los años cincuenta, con notable éxito, comedias costumbristas y sentimentales. Se ponía un poco pesada con la moralina final, pero la dictadura no daba para más y la gente salfa satisfecha del teatro, Chocolate a la española, fue su obra más celebrada. También publicó novelas como ¡Quién supiera escribir! Julia Maura, además hacía artículos para ABC, más por el apellido que por la calidad, y como andaba todo el día acosada por los compromisos sociales, encargó a un ‘negro’ de cuyo nombre no quiero acordarme, que le prepararara los artículos. Ella lo firmaba y a otra cosa mariposa. EL ‘negro’ se aliviaba en el trabajo y copiaba como una fiera. Era un hideputa pero, al menos, nunca le hizo a Julia Maura la cabronada de plagiar a Danielle Steel ni a otras Corintellados. No bajaba de Oscar Wilde. Todavía hay clases. Pero como no sabía inglés, calcaba los textos de la versión española y el traductor advirtió la tropelía. Total, que Luis Calvo, que hacía un periodismo a veces de hierro, a veces de seda, empuñó el látigo y público en ABC a dos columnas enfrentadas y comporativas: “Dice Julia Maura”, “Dice Óscar Wilde”, el plagio más celebre de la historia literaria española del siglo XX. La República de las Letras envió a Julia Maura a las zahúrdas de Plutón. No levantó cabeza.

Ana Rosa Quintana escribe muy bien. Fue colaboradora conmigo de ABC y sus artículos semanales eran excelentes. Es una mujer sensible, culta, con sentido del humor, delicada y prudente. Ha conseguido el equilibrio en la pequeña pantalla entre la acidez hirsuta de unos y las componentas melifluas de otras. Su programa es un modelo en su género. Está agobiada de trabajos y compromisos, y dicen, dicen, que encargó a un negro la primera redacción de algunos capítulos de su novela ‘Sabor a Hiel’. EL CULTURAL detectó el asunto y Juan Palomo hizo una alusión a Rojo y negro que lo desenmasacaraba todo. Intelligenti pauca. La negritud de Ana Rosa Quintana, menos exigente que la de Julia Maura, se quedó en lo fácil: el caramelo de Danielle Steel. Y ha pasado lo que ha pasado. Hay que olvidarlo. Ana Rosa no se merece la jugarreta que le ha hecho el ‘negro’ merengoso, la faena que ella se ha hecho a sí misma.

Luis María Anson

10 Octubre 2000

El plagio

Raúl del Pozo

Acusan de plagio a Ana Rosa Quintana y sale pregonada como si hubiera robado un niño, que es el sentido original del vocablo plagio. Yo creo a Ana Rosa, una profesional rigurosa, cuando dice que todo fue error informático. Sus actos me hacen creer en sus palabras. Al parecer, manejó una documentación que le metieron colaboradores antes de la redacción de Sabor a hiel. Le pasaron unos fragmentos de Album de familia de la novelista americana Danielle Steel. Yo, que he sido negro antes de ser viejo, sé lo que jode ser amanuense de otro. Al final, por prisa o por rabia, le cuelas párrafos de la Divina Comedia.

De la novela de Ana Rosa se han vendido ya más de 100.000 ejemplares, lo que significa que Sabor a hiel se ha leído. Va el tercero en la lista de los más vendidos. Eso no se lo van a perdonar nunca. Hay obras que superan los 100.000 que nadie lee porque si alguien lo hiciera avisaría al siguiente de que la novela es una mierda. Pero esta fábula de mujeres maltratadas se ha leído y la prueba es que han encontrado el párrafo de Danielle Steel. Tampoco suelen leerse siempre las obras maestras que se compran. Borges reconoce con humildad que los que más elogian su cuento El hombre de la Casa Rosada creen que el personaje es el presidente de la República Argentina.

La trama del plagio es apasionante, cercano y frecuente. El propio Borges sospecha que si no hubiera comprado la Enciclopedia Británica con el dinero que le dieron en un premio literario y si su abuela, que era inglesa, no le hubiera enseñado de memoria la Biblia, no habría Borges. Y lo reconoce al escribir que el pasaje en el que César le dice a Bruto: «Tú también, hijo mío» lo vuelve a escenificar un gaucho de la provincia de Buenos Aires, que atacado por muchos, ve que entre ellos está su amigo y le dice: «Pero che…» Y lo matan. «Ese es un cuento plagiado, como todos los míos. Uno vive robando de la realidad», cuenta Borges. No citemos el saqueo de Shakespeare en las obras de Plutarco ni el expolio que la novelística española moderna ha hecho con Faulkner; ni justifiquemos cualquier coartada para afanar lo ajeno. No es cierto que la propiedad intelectual sea un robo. Pero en esta sociedad de pocas ideas, y menos lectores, se hace cualquier cosa para aderezar un best-seller. Dice Guy Debord, que si Marx publicase ahora El capital iría una tarde a explicar sus intenciones a un programa literario de la televisión y al día siguiente no se hablaría más del asunto. El trabajo de novelista contratado tiende a seguir la ley de la industria conforme a la cual el éxito depende de la rapidez de ejecución y de la mala calidad del material. El apresuramiento, es lo que que se puede achacar a Ana Rosa. Para plagiar hay que tener instinto no sólo de ladrón, sino de asesino.

13 Octubre 2000

El plagio

Juan José Millás

La duda no es si Ana Rosa plagió (hay páginas de su novela fotocopiadas de la de Steel), sino si escribió el libro. Ella prefiere el plagio a la no autoría; por eso le ha echado la culpa a la informática: como los bancos, que cuando te hacen una pifia juran que se les ha caído el sistema. Cuando a Ana Rosa se le cae el sistema, oye voces dentro de su disco duro y las toma por suyas. Eso es lo que dice, pero hay cosas creíbles e increíbles del mismo modo que hay plagios conscientes y plagios inconscientes. Los inconscientes se dan cuando uno metaboliza con tal ardor el hallazgo de otro que las neuronas lo toman como propio. Casi todo lo que escribimos de adultos es un plagio de las lecturas de la adolescencia pasadas por el filtro de la subjetividad personal, etcétera.En un plagio inconsciente como el que nos ocupa no se habrían utilizado las mismas palabras del texto fusilado porque nadie en su sano juicio es capaz de aprenderse de memoria a Danielle Steeel, que no es Shakespeare. Lo de Ana Rosa es, pues, un plagio consciente, un calco que ningún escritor se habría atrevido a perpetrar con tanta insolencia. Eso sólo lo hace el negro que recibe poco dinero y ninguna gloria por el trabajo que lleva a cabo para otro. El negro desarrolla hacia el firmante un rencor legítimo que le impulsa a llenar el texto de trampas. Después de todo, él no tendrá que dar la cara cuando se descubra el pastel. Por eso decíamos que la duda no es si Ana Rosa ha plagiado, sino si ha escrito.

Yo creo que no. Pero tampoco creo que la estrella que presta su nombre a un desodorante haya fabricado el desodorante. ¿Por qué una locutora famosa no puede alquilar su nombre para vender un folletín? También el Rey y el presidente del Gobierno firman discursos que les escriben otros sin que nadie se escandalice. ¿Por qué pedirle a una presentadora de televisión más que a un Jefe de Estado? Vivimos en el mundo en el que vivimos y nos hemos dado las reglas de juego que nos hemos dado. Lo que sí tendría que hacer esta chica es contratar a negros de derechas, sin rencor de clase, porque el que le ha escrito esa novela es un bolchevique. En cuanto a la gasolina, bajará cuando aumente la competencia.

16 Octubre 2000

El Negro de Ana Rosa está Rojo

Jesús Maraña

La verdad verdadera consiste en que el asesor literario de Ana Rosa se puso un buen día delante del ordenador y pulsó una sola tecla: copy. Los compradores de 'Sabor a Hiel' no tienen por qué sentirse estafados, han conseguido por un precio módico, un refrito de varias obras que, una a una les habrían resultado sensiblemente más caras

Dicen que el negro de Ana Rosa Quintana, verdadero autor del desaguisado, está rojo como un tomate maduro desde que se enteró de que esta revista iba a desvelar el pastel. Durante toda la semana, radios, teles y periódicos se han hecho eco del escándalo y todos han llegado a la misma conclusión que ya apuntábamos en esta página el lunes pasado. Nadie se ha creído la ridícula filfa del error informático, y hasta los menos enterados deducen que la verdad verdadera consiste en que el asesor literario o documentalista de Ana Rosa se puso un buen día delante del ordenador y pulsó una sola tecla: copy. Hoy aportamos pruebas de que este negro (tirando a colorado) hizo méritos para ganarse el sueldo, puesto que no manejó sólo un best-seller de Danielle Steel, sino que también aprovechó aportaciones de la literatura mexicana. De hecho, uno empieza a pensar que los compradores de ‘Sabor a Hiel’ no tienen por qué sentirse estafados después de soltar 2.500 pesetas. Más bien han conseguido por un precio módico, un verdadero compendio o refrito de varias obras singulares que, una a una les habrían resultado sensiblemente más caras.

El debate abierto en los medios a raíz de este escándalo incluye no pocas voces que rebajan las culpas de la exitosa locutora y reivindican la figura del negro como elemento imprescindible, casi de plantilla, en el proceso literario. Lo cual, nos consta, cabrea enormemente a quienes se dedican en cuerpo y alma al noble oficio de escribir y firmar los frutos de su trabajo.

Algún autor ilustre, con fina ironía, recuerda que hasta los grandes políticos y jefes de Estado tienen negros que les escriben los discursos. Y es cierto. Pero cabe imaginarse el jolgorio que se armaría si, por ejemplo, uno de los cerebros de la Moncloa se dedica a preparar las intervenciones públicas de Aznar  hubiera copiado 20 páginas de un discurso de González. O si el mensaje de Nochebuena de don Juan Carlos fuera una copia más o menos arreglada y traducida del ofrecido por el ‘honorable’ Pujol en Cataluña. Sin mencionar otra diferencia sustancial: estos señores no cobran por firmar esos textos, mientras que la presunta autora de ‘Sabor a Hiel’ y su editorial llevan meses recibiendo suculentas ganancias por los más de 100.000 ejemplares vendidos.

El otro argumento escgrimido o insinuado por Ana Rosa y varios mercenarios suyos se refiere al hecho de que ella sea un personaje famoso de la televisión y las revistas del corazón. Esa cualidad sería la causa de una mayor resonancia del escándalo. Es decir, con absoluto desparpajo difunden la especie de que muchos grandes escritores han plagiado o contratan negros, pero los periodistas canallas no los denunciamos porque ellos no dirigen éxitos televisivos.

Vaya por delante la obviedad de que los periodistas, canallas o no, tenemos la obligación de publicar lo que consideramos noticia con datos contrastados. Si Ana Rosa tiene información sobre el plagio perpetrado por algún conocido escritor y lo puede demostrar, su deber es denunciarlo. Lo demás consiste en la insinuación de calumnias que afectan al común de los novelistas profesionales y al prestigio de un oficio duro y poco rentable, salvo excepciones como la de la propia Ana Rosa.

Por lo demás, habrá que estar atentos esta semana al ordenador mágico de la presentadora. Quizás lo párrafos de Ángeles Mastretta misteriosamente aparecidos en ‘Sabor a Hiel’ sean fruto de otro error informático, aunque ella los conociera, al menos, desde el pasado mes de junio. Ya ha tenido tiempo de cambiar de ordenador. El ‘negro’ de Rosa se pondrá más rojo todavía y la imprensta de la edicitorial no dará abasto a cambiar párrafos. Será una edición imprescindible para coleccionistas..

Jesús Maraña

18 Octubre 2000

Rojo Y Negro

Luis María Anson

El negro Rojo había plagiado a distintos autores. Pero es lo que suele ocurrir. Cuando uno no firma lo que escribe y le ofrece el éxito a otros, tiende a trabajar lo menos posible. Y copia.

Al César lo que es del César, a la Steel lo que es de la Steel, a la Mastretta lo que es de la Mastretta y a EL CULTURAL lo que EL CULTURAL se ha ganado a pulso. El 17 de mayo pasado, la revista que dirige Blanca Berasátegui, publicó en ‘La papelera’ de Juan Palomo el siguiente comentario: “Me han dicho que Ana Rosa Quintana lee Rojo y Negro. Como ha demostrado Sabor a Hiel, la influencia de Stendhal, de Rojo y de negro, es más que notoria. Con razón la veía yo con tan buena cara dentro y fuera de su televisión. Determinadas dobles lecturas rejuvenecen…”. Era un aviso para navegantes.

EL CULTURAL anticipaba con ese párrafo, hace cinco meses, que Ana Rosa Quintana le había escrito la novela un negro y que el negro se llamaba Rojo. Gran éxito literario de EL CULTURAL, del sagaz Juan Palomo y también de Care Santos, que hizo una crítica clarividente. Lo que no anticipó la revista es que el negro Rojo había plagiado a distintos autores. Pero es lo que suele ocurrir. Cuando uno no firma lo que escribe y le ofrece el éxito a otros, tiende a trabajar lo menos posible. Y copia. Triste y desmayada historia ésta de ‘Sabor a hiel’ que llega a su fin sin gloria y con mucha pena. ‘Rojo y Negro’. Madame Renal era un poco melancólico y, tal vez por eso, Henri Beyle, ‘Stendhal’, la consideraba delicada y profunda. Pero denuncia a su amado Julián Sorel cuando se va a casar con la aristócrata Matilde, de la que tiene un hijo. El galán, después de alguna peripecia violenta, termina guillotinado y, al rodar la cabeza como un libro desechado, su enamorada la toma entre sus manos y llora sobre ella. Sabor a hiel.

Luis María Anson

19 Octubre 2000

El 'error' de plagiar

Miguel García Posada

El asunto del más que probable plagio de la novela Álbum de familia, de la popular novelista norteamericana Danielle Steel (y de Mujeres de ojos grandes, de la mexicana Ángeles Mastretta, hasta el momento), a cargo de una presentadora de televisión, no merece en absoluto ser trivializado. Desde luego, parece asombroso disculpar a la presunta plagiaria por sus innumerables trabajos y compromisos. Que con membrete de la Real Academia Española se impute a un «negro merengoso» la «jugarreta» que le han hecho a la autora de Sabor a hiel resulta como mínimo asombroso, pues representa el inverosímil intento de neutralización de la responsabilidad que tiene quien incurre en plagio.Lo más grave, con todo, de este asunto es la concepción que lo ocurrido desvela de la literatura. El negro hizo mal su trabajo, pero los responsables son quienes se lo encargaron. Responsables -la autora y algunas instancias más elevadas- para quienes la literatura no representa más que la posibilidad de ganar dinero (Sabor a hiel ha rentado ya sólo a su firmante al menos 30 millones de pesetas) de manera fraudulenta, delictiva, pues el plagio («Copiar en lo sustancial obras ajenas, dándolas como propia», según el Diccionario de la propia RAE) es una figura delictiva que atenta contra el derecho de propiedad intelectual.

A la luz de lo ocurrido cabe conjeturar que el episodio puede ser tan sólo una manifestación, una y no única, de un fenómeno más extendido según el cual la cara conocida, popular, adosada a cualquier librillo, o librejo, es económicamente un éxito de ventas, que es lo que verdaderamente importa. Quienes pecan son tan responsables como quienes consienten. No iban, ya se ve, tan descaminados quienes venían denunciando el comercialismo a ultranza, el mercantilismo grosero, que estaba apoderándose del mundo de la edición. Este asunto no «hay que olvidarlo», ¿por qué?, como se apunta con membrete de la RAE: el delito no puede ser olvidado sino castigado. La inefable noticia según la cual ahora «se está corrigiendo el error» (¿cuál de ellos?) llena de estupefacción a cuantos creen en un concepto más o menos recto de las cosas. Porque no es un error lo que ha sucedido; es un delito. Pero si se tiene moral tan laxa como para disculparlo, es que eso de la moral ha dejado de interesar para ser sólo un cuento retórico de cuatro o cinco chiflados, seguramente «maricones y rojos». ¿Cómo se corrige el error? ¿Inventando unas páginas que sin duda tendrán que ver con las primitivas, puesto que deberán enlazar con las eliminadas, sea cual sea el sistema que se utilice? La editorial, ante el embrollo suscitado, ha decidido retirar la novela de la circulación, pero no ha respondido a la pregunta fundamental: ¿por qué se contrató esta obra? Y aún más: ¿se hizo el contrato a la vista del original o se firmó solamente ante una idea, ante un proyecto?

Todo lo que significa creación o imaginación queda puesto en la picota en esta lamentable historia. Llama la atención que la firmante haya declarado que «para trabajar en mi libro tuve que manejar cerca de cien historias, y también con materiales y cosas que te ayudan a enlazar las historias». Es decir, que un autor de novelas no es alguien que se documenta, llegado el caso, para abordar un fenómeno o narrar un hecho, sino alguien que maneja las historias ajenas a cientos y, además, «materiales» y, además, «cosas». Te pones a escribir y aquí tienes a mano una página de Pearl S. Buck, y allí otra de Vicky Baum, y ahí otra de Danielle Steel (y de Ángeles Mastretta, hasta ahora), y acullá otra de Somerset Maugham, aunque esta última quizá sea subir el listón; y así, combinando «cosas», va saliendo la novelita. Qué lástima de negro indisciplinado. Qué lástima que la negritud sea tan díscola con una firmante «agobiada de trabajos y compromisos». No, la verdad es que no se puede estar en todo. Pero cómo reprimir el talento de «una mujer sensible, culta, con sentido del humor, delicada y prudente», según se la ha calificado con membrete de la RAE. Si es que no hay manera, si es que el talento estalla, explota, «fulge», que diría un cursi. El resultado es Sabor a hiel. Siete ediciones, miles de ejemplares vendidos. Y Juan Marsé, por ejemplo, dándose topetazos para publicar una novela cada cuatro o cinco años. Qué ingenuo.

20 Octubre 2000

Ama Rosa, escritora

Arcadi Espada

Cuando Carolina de Mónaco, es un decir, estampa su firma debajo de un perfume nadie piensa que se ha convertido en perfumista. Por contraste, desde hace semanas tenemos que soportar hasta el hastío, hasta el hastío mismo de escribir -y de leer- este artículo, la evidencia de que Ama Rosa (déjenme llamarla con un palito de más) se ha convertido en escritora. Impertérritas, las secciones de cultura de todos los periódicos y de todos los noticiarios están tratando como delito de lesa literatura los apuros de Ama Rosa. Por primera vez, que yo sepa, desde la aparición de Sabor a hiel y seguramente desde su propia aparición en este mundo, alguien llama escritora a Ama Rosa.Como no podía ser menos, hemos sido los periodistas, grandes denominadores comunes, los autores del prodigio. Aunque de inmediato se han apuntado al análisis novelistas, poetas, dramaturgos. Uno invoca a Borges, el otro a Celaya, el de más allá a Shakespeare. En casa, invocamos a Pla. Malamente, por supuesto: Pla no plagió nunca. Pla copió directamente. A fuego vivo, a destajo. Copió a Robert Robert -como un día de un diario lejano demostró Ferran Toutain-, copió guías de viaje y se copió, sobre todo, a sí mismo. Hizo muy bien en cobrar dos o tres veces sus artículos: pagan poco. Y a Robert, el costumbrista, aún le pagaban menos, por lo cual el gesto planiano tiene un aire estupendo de venganza póstuma.

Lo cierto es que Ama Rosa jamás se había visto en tales compañías. Y su libro, sagazmente retirado del mercado por Editorial Planeta, nunca pudo aspirar a lo que es ya hoy mismo: un codiciado objeto de culto -yo mismo lo quisiera- sobre el que en fecha no muy lejana empezarán a desfilar las termitas en plan de doctorarse.

He de confesar que me equivoqué con Ama Rosa. Creí que no había actuado con inteligencia el día que habló del error informático para justificar el párrafo de Danielle Steel o el de Ángeles Mastretta. Entonces creía que habría sido mucho mejor que contestase: «¡Y a mí qué me cuentan! ¡Le pregunten al negro, ustedes!». Creí que una respuesta de esa naturaleza la habría elevado al cielo de la posmodernidad y del pastiche, la habría hecho la reina del requiebro y del chotís. Pero en vez de ese camino, optó por comportarse como una ganadora del Premio Planeta: «No, no sabía nada. Ha sido una auténtica sorpresa».

Es decir, optó por comportarse como una escritora. Listísima. Ahora las páginas de cultura de los diarios siguen hablando de ella. Y cualquier día va a pasar esto. Una entrevista. Empieza preguntando el periodista. Yo mismo, que adoro las entrevistas.

-Ama Rosa, ¿qué les diría a la señora Steel y a la señora Mastretta?

-Mire usted. ¿Sabe qué les diría…? Les diría simplemente que explicaran de dónde copiaron ellas los párrafos. Toda la literatura, ya lo sabrá usted, es un inmenso hipertexto. Otra cosa: si tuviese que adscribirme lo haría entre los escritores que buscan su inspiración, antes que en la vida, en la literatura.

Basta. Es posible que yo ahora les dé ideas. Pero hasta el momento, nadie, ni uno solo de los lectores de Ama Rosa, la ha denunciado por estafa. ¿Qué estafa? ¿Es que alguna de esas gentes cree que Carolina de Mónaco fabrica sus perfumes? ¿Es que alguno de los clientes de Ama Rosa -unos 100.000, según aseguran- habrá comprado su libro para saber cómo escribe Ama Rosa? ¿Es que alguno lo habrá leído?

Muchos libros, como muchas bragas, se compran por la marca. Por la marca que exhibe el lomo. Ahora se lucen los lomos de bragas, desbordando el pantalón bajo. Me contaron una historia. Madre e hija de 14 años en un salón burgués.

-¿Mamá, dónde están las bragas de Christian Dior?

-Están sin planchar, ¿para qué las quieres?

-Mamá, es que esta tarde voy a la discoteca.

-¡Hija! ¡Ahora mismo te quedas en casa!

-Mamá, si es que es la marca…

En efecto, no hay cuidado. No es sexo. No es escritura. Desde el punto de vista de la escritura Ama Rosa continúa completamente virgen y así morirá, probablemente.

La que da pena es la literatura, coqueteando como una zorra con Ama Rosa.

24 Octubre 2000

LA AUTORIA ADULTERADA

EL MUNDO (Director: Pedro J. Ramírez)

La polémica sobre el plagio en la novela de Ana Rosa Quintana, Sabor a hiel, conduce a una sombría reflexión sobre el estado de salud del mundo editorial. El espacio ocupado por los best-sellers de encargo y los presentadores de televisión convertidos en falsos novelistas, nos ofrece una radiografía enferma del sector.

En este caso en concreto, lo más grave de todo es que se ha adulterado doblemente el concepto de autoría. Ana Rosa Quintana aportaba ayer una nueva versión que la deja en evidencia. Lo que primero fue un error informático ya se ha convertido en un plagio reconocido, perpretado por un colaborador nada escrupuloso que fue quien controló la redacción final del libro. De la misma forma que un artículo periodístico puede ser firmado por dos y tres personas, la autoría múltiple de un libro debe reflejarse en la portada. Ocultar parte de la paternidad de una obra, o camuflarla en ambiguos agradecimientos, es un engaño y un fraude. Y lo que es más grave, la práctica incumple un contrato firmado que asegura que la obra es original e inédita. Y al lector no se le puede engañar. Sobre todo, y en este caso, porque la verdad se ha hecho pública cuando ya era notoria.

Todo ello está teniendo un alto coste para Ana Rosa Quintana. Su prestigio se ha visto gravemente devaluado, aunque algunos de sus inquisidores tengan una trayectoria profesional menos digna que la suya.

El caso de la periodista no es un hecho aislado. Hace unos años el escritor Tom Clancy sorprendió con una novela situada en una España inmersa en una irreal guerra civil entre etnias que después resultó no ser suya, sino de un colaborador que aparecía también en la nota de agradecimientos. Clancy no había escrito ni una línea. Se trataba únicamente de una operación comercial donde se utilizaba su nombre como gancho. Las grandes editoriales tienen la culpa de estos engaños y son responsables de ellos. La edición no puede acabar reducida al diseño de productos de marketing o a una mera cadena de empaquetado de libros.

23 Octubre 2000

El eco de Robespierre

Antoni Puigverd

El vistoso resbalón de esta famosa presentadora con nombre radionovelesco, Ana Rosa, ha levantado una polvareda de obviedades morales. No hacía falta un escándalo para descubrir que a Quintana la literatura le importa un comino. Más que puro teatro, lo suyo es simple codicia. Un vulgar caso de rebañamiento del plato de la popularidad. La fama televisiva es efímera y esa mujer intentó sacar el mayor provecho de su buena racha. Una de las características de la moral social actualmente dominante es precisamente ésa: las acciones de los individuos que pretenden destacar son muy parecidas a las del jugador de póquer. Uno arriesga todo para llevarse el gato al agua. No por casualidad el verbo apostar se ha convertido en uno de los más repetidos. Todos lo usan: el líder político apuesta, generalmente, por la modernidad; el peluquero o el modista apuestan siempre por las nuevas tendencias; el empresario y el banquero apuestan últimamente por las fusiones o por la creación de grandes proyectos. Todos apuestan: atletas, artistas, líderes o portavoces. Y con un fervor que a nuestros crédulos antepasados les parecería digno de mejor causa. El mundo entero parece haberse convertido en un casino. Dicho de otro modo: el casino y la máquina tragaperras se han convertido en fiel metáfora del presente.La polvareda moral que rodea el caso de Ana Rosa no da para mucho. Más interesante es, en cambio, la cacería propiamente dicha. Ha sido perfecta. La han atrapado con las manos en la masa y con la retirada cortada. No puede avanzar por ninguno de los caminos que le ofrece la encrucijada. Ambos la ponen en evidencia. En uno está el negro, un tipo con retranca (pronto presentará un libro sin capucha: excelente estrategia publicitaria). El otro camino le obliga a reconocer el plagio. Quintana ha sido atrapada por una jauría que ella misma ha alimentado en su programa de moda y cotilleo. Conocía perfectamente la profundidad que pueden alcanzar los colmillos amarillos que estos días le destrozan las medias y los tacones de aguja. En el programa televisivo que ella presenta, Sabor a ti, los de Interviú hicieron su agosto desvelando, en los días de Gran Hermano, el pasado de unas chicas sin nombre que pretendían cambiar el acre olor de un prostíbulo por el perfumado ambiente de un plató televisivo. Ana Rosa también ha usado colmillos. Aunque los suyos, por lo que me cuentan, han pasado por glamourosas sesiones de estética y blanqueo. No me alegro de que la cazadora sea ahora mismo una mujer cazada. Pero es difícil evitar, como primera conclusión de este capítulo de la actualidad, la moraleja: quien siembra vientos recoge tempestades.

Hasta hace poco, la función de pararrayos social había sido ejecutada en exclusiva por los políticos. Cuando las clases medias se sentían inseguras, sobre los políticos se deshaogaban. Hoy en día, naturalmente, este gremio continúa cosechando chanzas y rechazos populares (y no han cesado de ofrecer pretextos a la población más irritada y ofendida: de Roldán a Naseiro pasando por el Departamento de Trabajo). Pero últimamente el urinario social se ha ampliado mucho. Cada vez son más los ricos, los famosos y los triunfadores que funcionan como públicos descompresores de la irritación colectiva. En pocos años hemos pasado de una azucarada prensa rosa a una popular charlatanería ácida, incontinente y cruel. Se preguntan muchos por el éxito de estos programas. El hecho es que la irritación social y la sociedad de la información avanzan por caminos paralelos. Incluso en los años de bonanza ha crecido el enfado de los segmentos menos afortunados. Están quejosos e incómodos todos los que sienten en el cogote el frío que arrastran los tremendos cambios sociales y económicos de nuestro tiempo: los agricultores emparedados entre Bruselas y el Magreb, la clase obrera prejubilada de los barrios periféricos, los matrimonios treintañeros con su par de hijos y la dura hipoteca del adosado, los universitarios precarizados, los jóvenes de los barrios sin más cultura que el fútbol y sin más compañía que la ofrecida por las casas cerveceras. A lo largo de estos años de euforia, mientras una cierta España crecía, se modernizaba y se amaneraba con el europeísmo, la gastronomía y la Bolsa, el resto de la sociedad ha ido desarrollando una ideología del resentimiento: con el trazo muy grueso y una estética cutre y vociferante. Esta ideología, jaleada y promovida por el periodismo de jauría, ha crecido con la inestimable ayuda de la insensibilidad tecnocrática de gobiernos e instituciones, los cuales, por lo demás, han abandonado la cultura popular a la suerte del mercado. El éxito de la maledicencia rosa responde a un clima social que los políticos de izquierda todavía no han descubierto, pero que el mercado ha sabido oler con gran celeridad. Puesto que no es posible la felicidad, se ofrece al menos la posibilidad de chinchar a los que parecen poseerla. En la gran plaza pública de la televisión, se celebran diarias sesiones de guillotina virtual. Una vez más, la basura convertida en oro. Perdidas todas las esperanzas de cambio social, jubiladas las utopías, deshinchados los grandes consuelos religiosos, éticos y políticos, hay que tragarse el paisaje que queda: sobre la anónima agrupación de gentes sin perfil, brillan los astros del éxito, la fortuna y la fama. Los anónimos ocupan gregariamente los grandes espacios comerciales, vociferan en los estadios o pasan largas horas contemplando, ora anhelantes, ora asqueados, el brillante destello de los astros, sucedáneos de los dioses antiguos. Triunfan, pero provocan dentera. Cuanto más intenso es su fulgor, más arbitrario e injusto parece. Los pobres de antaño quemaban iglesias, guillotinaban a los reyes, vociferaban en el circo de los leones. Ahora desean fervientemente que rueden en el plató algunas cabezas. Triunfar, ganar la apuesta, es la única verdad de nuestro tiempo. Y sobre el resentimiento que producen los que ganan, sobre la arbitrariedad y la nimiedad de los que triunfan, se reencarnan los ecos de Robespierre. Ésta es la función de la sangre virtual que gotea por las suntuosas sandalias que calza Ana Rosa Quintana: aliviar, en los tiempos del éxito, la cólera que fermenta al otro lado del televisor.

Antoni Puigverd es escritor.

24 Octubre 2000

De plagio, nada

Federico Jiménez Losantos

Hay algo peor que la estafa de ese libro firmado por Ana Rosa Quintana y reescrito por un novelista malo que pronto alcanzará en Tómbola el éxito que merece. Algo más siniestro que esa mezcla de codicia, ambición social y estupidez, típicas de una sociedad de nuevos ricos, que ha producido lo que cervantinamente llamaríamos una historia ejemplar. Y eso, aún más repelente, al menos para mí, que los buitres oficiales de la literatura son los parásitos oficiosos de esos mismos buitres. Los que tras condenar el afán de dinero a toda costa de la falsa escritora y el escritor falsario intentan rebañar unos milloncejos en nombre de la ética herida y del oficio literario maltratado.

Mucho respeto me merecen los traductores. Pero ninguno, esa nota respaldando a la traductora de un bodrio de Danielle Steel que pretende hacer su agosto porque el negro de Ana Rosa copió cuatro frases cursis para vengarse de la falta de generosidad de la autora de pega o de la editorial de humo. Si Danielle Steel no es una factoría de negros será porque toda la idiotez sentimentaloide en inglés cabe en una sola cabecita, pero en esa mamarrachada traducida su originalidad es como su arte: basura popular al por mayor. Pedir millones porque un cara utilizó unas cuantas líneas de esa cosa para una venganza chantajista me parece una broma macabra. Y que los traductores casi en pleno arropen tribalmente la codicia disfrazada de virtud muestra que en esta escandalera de ingenuos y fariseos hay mucha envidia de la pasta y de la fama, mucha nostalgia de la ciénaga en que se cultiva. «Nostalgie da la boue»… funcionarial; ratería… profesional.

Hay que aclarar que lo de Ana Rosa es una estafa por vender como escrito por ella un libro de otro, que de todas formas pagó para lucirlo como suyo, para ganar aún más fama y aún más dinero, pero no es en absoluto un plagio. Plagio es, como dice acertada y exactísimamente el diccionario, «copiar en lo sustancial obras ajenas haciéndolas pasar como propias». Meter en una narración de 200 páginas unas cuantas frases sueltas, 40 líneas, de dos o tres autores famosos, buenos, pésimos, no sirve para construir lo sustancial de una historia sino exclusivamente para desacreditar al falso autor y justificar una querella basada en la picaresca judicial norteamericana sobre la mafia editorial. Nada que ver con la literatura ni la integridad intelectual de no se sabe qué. Ese qué, insulso y deleznable en el original y en la traducción, no se ha copiado. Se ha identificado, como el cromosoma de un organismo patógeno, para crear un cuerpo del delito intelectual, pero no de un delito literario. Ni tenía voluntad Ana Rosa de plagiar a Danielle Steel ni tenía por qué copiar unas líneas el negro. Lo hizo por el dinero que no pudo sacar por el libro y acaso le sacó a Interviú. Pero traducir basura es un oficio, no un sacrificio. Es sólo remover la carroña literaria. Con sus buitres alrededor.

24 Octubre 2000

"Yo he sido la última en enterarme"

Ana Rosa Quintana

Que se sepa hasta ahora, Sabor a hiel contiene flagrantes copias de al menos tres autoras: Danielle Steel (Álbum de familia, publicada en España por Plaza&Janés), Ángeles Mastretta (Mujeres de ojos grandes, en Seix Barraly Colleen McCullough (según reveló ayer el diario Canarias 7 reproduce el poema de presentación de El pájaro canta hasta morir, llevado a la televisión en la serie El pájaro espino. En España la novela de McCullough está publicada también por Plaza). El escándalo forzó a la editorial, que pagó a Quintana ocho millones de pesetas de adelanto, a anunciar la retirada del libro aunque ayer todavía se podía adquirir en las librerías. El domingo, Quintana rompió su largo mutismo y en un comunicado público pidió perdón a sus lectores y se atribuyó la «mayoría de los textos de la novela».Anoche, aceptó responder por escrito a un cuestionario de este periódico, tras haber rechazado conceder una entrevista cara a cara.

Pregunta. Un día dijo en su programa que mientras otros periodistas salían de copas, usted se iba a casa a escribir su novela.

Respuesta. Discúlpame, pero llevo más de 1.500 horas de programa en directo y no recuerdo todos los comentarios que he hecho. Si tú lo dices será verdad, pero seguro que está dicha en un contexto irónico.

P. ¿Sigue considerándose novelista?

R. Nunca me he considerado novelista. Sí he tenido conciencia de un problema tan duro como los malos tratos y he querido reflejarlo en un libro.

P. ¿Escribió usted la novela Sabor a hiel? ¿Toda o sólo una parte? ¿Cuánto en total?

R. Sí, yo escribí la novela. Ya he contado que he trabajado con un colaborador que me ayudó en distintas fases del desarrollo del libro.

P ¿Es cierto que Planeta le contrató la novela sin haber escrito siquiera una línea?

R. No, no es cierto. Yo llevaba tres meses trabajando en la novela cuando Planeta se interesó por ella.

P ¿Cuándo y cómo supo que había párrafos copiados de otros libros?

R A mediados de septiembre, supe a través de una lectora que había párrafos coincidentes con un libro de Danielle Steel. A partir de ese momento, yo he sido la última en enterarme.

P. ¿Por qué no se lo contó enseguida a la opinión pública?

R Era tan increíble que creí la versión de mi colaborador, quien me explicó que al enviar el manuscrito final (que yo le facilité), por error, volcó un archivo en el que él había trabajado en distintos supuestos. Yo confié y pensé que eso podía haber pasado, que era cierto. No me cabía otra posibilidad en la cabeza. Así se lo comuniqué a la editorial, que lo entendió igual que yo. Decidimos subsanarlo en una edición corregida donde se explicaba todo lo ocurrido y que, como sabe, nunca vio la luz.

P. ¿En qué medida le ayudó David Rojo a redactar la novela?

R. No he dado en ningún momento ningún nombre. Tuve un colaborador que me asesoró y ayudó durante casi un año.

P. ¿Le pagó usted por su ayuda?

R. Nunca hablamos de una relación mercantil porque en principio fue una ayuda desinteresada. Más tarde, cuando finalizamos el trabajo, le pagué sin que nunca él me lo hubiese solicitado.

P. ¿Cómo es su relación en este momento?

R. Durante todo este tiempo, he hablado con él para tratar de averiguar lo que había sucedido. En estos momentos, no sé nada de él.

P. ¿Sabía la editorial Planeta que Rojo participó en la redacción de la novela?

R Todo el mundo sabía que alguien colaboró conmigo en la novela puesto que se menciona en la página de agradecimientos.

P. ¿Cree que la editorial le pagó por su trabajo?

R. No. Era una relación entre mi colaborador y yo.

P. ¿Quiere explicar cuánto ha cobrado usted por la novela y cuánto le queda por cobrar?

R. He recibido el adelanto habitual y con un contrato tipo. Aún no he cobrado nada, sólo el adelanto. Desconozco la cantidad puesto que la liquidación de las editoriales se produce cuando ha concluido el año fiscal.

P. Si alguno de sus lectores, «defraudados» le reclamara que le devuelva el dinero, ¿lo haría?

R. Tengo una relación de escritora con la editorial y no me encargo ni de la distribución ni del cobro de los ejemplares. Con los lectores tengo una obligación moral. Por eso, he pedido disculpas públicamente a través de un comunicado y que reitero en esta oportunidad que me das en tu periódico.

P. ¿Afrontará usted las posibles acciones judiciales que se deriven del plagio? ¿Cree que Rojo debe responder también ante la justicia?

R. Suponiendo que llegue ese momento, yo soy la única responsable de esta terrible e indeseada situación. La novela es mía, la firmo yo y yo soy la única responsable.

P. ¿No cree que, al tratar un tema tan delicado como el de las mujeres maltratadas, debería haber sido más cuidadosa con su texto?

R. Estoy convencida de que es un tema delicado. He tratado intensamente este problema dando mi apoyo siempre que se me ha requerido y siento terriblemente que este asunto deje velado mi auténtico objetivo, que era poner otro grano de arena para que las cosas cambien.

P. ¿Cree en la novela como acto de creación personal?

R. Por supuesto. En mi caso, fundamentalmente, como un acto de denuncia social.

P. ¿Qué opina de su credibilidad en este momento? ¿Cómo cree que afectará este asunto a su imagen pública?

R. La credibilidad se gana con mucho esfuerzo y tiempo. En mi caso, 20 años de profesión. Espero que todo el mundo entienda que esto no ha sido un acto de mala fe. Sobre mi imagen pública, hoy no soy capaz de valorar las consecuencias, pero le aseguro que personalmente sí me está afectando mucho.

P. Algunos periodistas no se sienten muy identificados con su manera de representar a la profesión. ¿Piensa dimitir de su cargo directivo en la Asociación de la Prensa de Madrid?

R. Mi cargo es electo. Hasta el momento y en medio de la vorágine, no había pensado en ello, pero usted me ha dado una idea. Pondré mi cargo a disposición de mis compañeros, aunque ellos no me lo han pedido. Si bien, para este cargo he sido elegida como periodista y no como escritora.

P. ¿Piensa dejar su programa de televisión?

R. Nunca he pensado en dejar mi programa. La continuidad o no de mi trabajo en televisión la decide un jurado supremo, que es la audiencia, y mi empresa, que me está apoyando incondicionalmente.

P. ¿Piensa escribir otra novela?

R. Creo que tengo la herida todavía abierta, pero no lo descarto. Un buen argumento sería todo lo que me está pasando en este momento.

P. ¿Quiere añadir algo más? ¿Se ha sentido víctima de una campaña pública?

R. La respuesta no la tengo yo.

El Análisis

LA FUERZA DE LA SUPERVIVENCIA

JF Lamata

Cuando haces un programa de éxito en televisión inevitablemente tendrás enemigos. Desde los competidores hasta aquellos que puedan molestarse por cada una de las piezas, investigaciones o temas de las que hables en tu programa. Y si encima, como era el caso de la Sra. Quintana, tomaba la decisión de ser ella misma la propia productora, aquello se multiplicaba en un territorio tan cargado de minas como es la televisión.

Confiar la elaboración del libro que llevaría su nombre a su cuñado D. David Rojo y que este incluyera unos párrafos de otros autores (al menos dos) sin citarles suponía que Dña. Ana Rosa Quintana acababa de regalar un poderoso misil en su contra a todos sus adversarios y enemigos para que se lo dispararan. Y su negativa inicial a reconocerlo (el ‘error informático’, que dijo) sólo sirvió para incrementarlo. No obstante la Sra. Quintana trató de tajar el tema concediendo rápidamente una entrevista al medio que la atacaba, INTERVIÚ, retirando su libro del mercado y entonando el ‘mea culpa’.

Otros profesionales se hubieran hundido. La Sra. Quintana tiró para adelante y no sólo no se hundió sino que siguió líder por décadas. Eso sí. No le salió gratis. Durante años todos sus enemigos de todos los lados ideológicos, políticos o mediáticos, siempre que quisieran descalificarla recordarían el episodio del ‘libro’ del año 2000.

J. F. Lamata

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