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Los responsables del comando fueron los etarras Olarra Guridi y Ainhora Múgica

Matanza terrorista del ‘comando Madrid’ en el Puente de Vallecas: seis víctimas mortales

HECHOS

Las víctimas mortales fueron D. Manuel Carrasco Almansa, D. Florentino López del Castillo, D. Martín Rosa Valero, D. José Ramón Intriago, D. Félix Ramos Bailón y D. Santiago Esteban Junquer

Más víctimas de ETA:

Las víctimas mortales fueron D. Manuel Carrasco Almansa, D. Florentino López del Castillo, D. Martín Rosa Valero, D. José Ramón Intriago, D. Félix Ramos Bailón y D. Santiago Esteban Ju

12 Diciembre 1995

Su causa es la muerte

EL PAÍS (Director: Jesús Ceberio)

Un «comando» de ETA asesinó ayer en una calle de Madrid a seis empleados civiles de la Armada y dejó gravemente heridas a varias personas más. La víspera, horas después de que un joven asesinase a dos agentes de la policía autonómica vasca, 500 personas se manifestaron en Ordizia (Guipúzcoa) en solidaridad con el homicida. Así, en apenas 24 horas, el mundo del nacionalismo radical vasco ha dejado dos muestras de lo que constituye su mensaje central en la actualidad: que sus miembros se consideran con derecho a quitar la vida a cualquier persona y que las víctimas, civiles o militares, ertzainaso paseantes, niños o adultos, tienen la obligación de dejarse matar. En nombre de la causa.Pero una causa compatible con tales asesinatos y con esa ceguera moral no es una causa limpia, por mucho que quienes participen de ella se consideren a sí mismos patriotas y que otros pretendan extraer de ello consecuencias políticas. El nacionalismo democrático, embarcado desde hace meses en un viaje escasamente meditado de reconstrucción. de la unidad nacionalista a base de concesiones al mundo de ETA y KAS, tendrá que elegir entre la causa del radicalismo violento y la de la democracia.

Hace dos años, tras el asesinato del sargento, de la Ertzaintza Joseba Goikoetxea, miembro del PNV, el nacionalismo democrático declaró la guerra a ETA. El pasado verano, uno de los principales dirigentes del PNV halagaba a los amigos de los asesinos de Goikoetxea diciendo que temía más a España que a ETA. Más recientemente, de manera confusa, esos mismos dirigentes cuestionaban la validez del Estatuto de Gernika como marco de convivencia, dada la «insatisfacción absoluta [con el mismo] de algunos vascos».

Después de una veintena de elecciones democráticas, ETA carece de cualquier legitimidad, y, eso es algo que saben perfectamente los jefes de KAS que ahora dirigen el tinglado. Su única posibilidad de legitimación proviene de la que le pueda transmitir el nacionalismo democrático. Por eso, según han reconocido los propios radicales, su punto más bajo coincidió con el de su máximo aislamiento mediante la estrategia de unidad de los demócratas plasmada en el Pacto de Ajuria Enea. Desde hace algunos meses existe un cambio de actitud. Se dice, por una parte que el obstáculo de la violencia impide hacer electoralmente visible la mayoría nacionalista, y, por otra, que serían los partidos españolistas los que se beneficiarían de un enfrentamiento abierto entre el nacionalisno democrático y el radical.

Tales planteamientos dan por supuesto que demócratas y violentos comparten las mismas aspiraciones y que la diferencias se refieren a los métodos. Aunque así fuera, no es una diferencia pequeña teniendo en cuenta que esos métodos son el asesinato terrorista y la imposición fascista. Una alianza del nacionalismo democrático con HB es imposible mientras ETA siga matando, porque en tal caso perdería el apoyo del electorado moderado. De ahí su intento de convencer a ETA de que abandone la violencia sin enfrentarse a ella. Cuando el portavoz del PNV dice -hace 10 días- que «ETA debe dejar la lucha armada, pero no por la vía de la rendición», está expresando esa aspiración. Pero sin el enfrentamiento abierto del nacionalismo democrático, incluyendo una actitud más enérgica de la Ertzaintza frente a la impunidad de los vándalos, no habrá posibilidad de que los terroristas desistan.

Es bastante improbable que quienes son capaces de ordenar matanzas como la de ayer vayan a dejarse persuadir mediante discursos patrióticos. Hace 11 meses, ETA asesinó en San Sebastián al concejal y diputado vasco del PP Gregorio Ordóñez. El pasado viernes se difundía un escrito interno de KAS en el que se consideraba que ese asesinato había «abierto los ojos» a los políticos de los demás partidos. Las consecuencias, aseguraba el escrito, se vieron en las conversaciones organizadas por Elkarri, donde «el enemigo» tenía muy presente «el fantasma de Ordóñez».

Una de las consecuencias de esa confusión entre los nacionalistas democráticos y los violentos fue el pacto suscrito hace unos meses entre el principal sindicato vasco, ELA-STV, y su homólogo radical, LAB, por el que el primero aceptaba lo fundamental de los planteamientos políticos del otro. LAB se manifiesta todas las semanas frente a los trabajadores de Alditrans que reivindican la liberación de Aldaya. Los dos ertzainas asesinados el domingo eran afiliados a ELA-STV. Las esquelas firmadas por ese sindicato publicadas ayer en la prensa vasca constituyen, así, todo un símbolo de la confusa situación vasca actual. Y la confusión es la atmósfera en la que mejor respiran los violentos.

12 Diciembre 1995

Un crimen tan abyecto como inútil

EL MUNDO (Director: Pedro J. Ramírez)

¿Por qué? ¿Cómo explicar ese acto de crueldad, ese golpe abyecto en la boca del más popular barrio de Madrid, ese atentado planeado a ojo, sin saber siquiera contra quién, a matar por matar, caiga quien caiga? ¿Qué sentido tiene acabar con la vida de seis trabajadores civiles de la Armada: seis personas que nadie, por muy doctrinario que sea, puede considerar integrantes del aparato del Estado?

Hay que descender a los abismos en que se mueven los planes de ETA para tratar de hallar respuesta a esas preguntas. E, incluso haciéndolo, todo sigue envuelto en nebulosas.

Es cierto que sus acciones persiguen un objetivo prioritariamente propagandístico. Quiere que nadie olvide que sigue presente. Quiere que se hable lo más posible de ella. Y, contando con la proximidad de la celebración de la Cumbre de la Unión Europea en Madrid, con la concentración de informadores en la capital de España que eso apareja, la resonancia internacional de su acción está asegurada. Pero qué resonancia. Si cree que ayuda en algo a su causa que se difunda a los cuatro vientos que ha asesinado a seis personas que no tienen la menor relación con su conflicto, se equivoca de medio a medio.

La verdad es que el historial último de ETA va de barbaridad en barbaridad. Con un único factor común: que sus atentados están siendo perfectamente inútiles incluso para su propia causa. Basta con repasar su reguero en la capital del Estado. ¿De qué le sirvió matar a siete personas el pasado año cerca de la glorieta de López de Hoyos? ¿Qué ha cambiado que asesinara a un guardia municipal el 19 de junio? ¿Qué logró matando a nueve alumnos de la Agrupación de Tráfico en la plaza de la República Dominicana? ¿Qué le ha aportado mutilar a la niña Irene Villa? Logra una primera reacción de espanto que, pasados los días, se vuelve sólida repugnancia. Nada que le abra el más mínimo camino en la vía que pretende.

En realidad, sus actos tienen un evidente efecto de boomerang. Porque, en la misma medida en que ETA da pruebas de carecer de cualquier escrúpulo, en esa misma medida atenta contra su propia base social. Sus explosivos no sólo se alojan en coches: también en la conciencia de los miles de vascos que le han venido prestando apoyo, al menos en el plano electoral. Lenta, pero inexorablemente, las coartadas que apelaban al contexto y justificaban el terrorismo con referencias a la maldad histórica del Estado van rindiéndose a la apabullante evidencia del desvarío de los líderes de la causa abertzale radical. Tanto más fuerzan la máquina -sea matando en masa, como ayer en Madrid, sea empujando a sus más jóvenes seguidores a la violencia callejera espontánea-, tanto más se aislan de su propio pueblo. Manifestación clara de ello son los continuos abandonos -por cansancio puro, por aburrimiento, por hastío- de los líderes históricos de HB con más capacidad analítica, y su sistemática sustitución por elementos que dan prueba de estar firmemente decididos a no utilizar la cabeza sino para embestir.

La condena de la barbarie terrorista, lo mismo que la conciencia de la fortaleza del sistema democrático para reponerse a ella -porque ETA, para estas alturas, mata ya mucho más que hiere-, no debe hacernos olvidar los vacíos que presentan las líneas de defensa que están levantadas para prevenirnos de sus fechorías. Es un hecho que el llamado «comando Madrid» lleva ya demasiado tiempo moviéndose a su aire sin que la Policía se muestre capaz de ponerle coto. Todo indica que el relevo de equipos en el Ministerio del Interior no se hizo pasando todos los testigos que hacían falta para correr con éxito esta carrera. Será culpa de la falta de colaboración de los que se fueron o de la suficiencia y prepotencia de los que vinieron, pero el hecho admite escasa discusión: el comando terrorista está instalado en Madrid y hace -y, sobre todo, deshace- a su aire.

El cruel atentado de ayer en Madrid será tomado como argumento de justificación por quienes -a dos días de la comparencia de José Barrionuevo ante el juez del Tribunal Supremo Eduardo Moner- buscan exculpaciones para los crímenes de los GAL. Y es harto probable que algún sector de la opinión pública, más proclive a la ley del Talión que a la Constitución, les dé la razón: si ellos matan así -repetirán-, ¿a qué condenar a quien les pagó con la misma moneda?

Se equivocarán de medio a medio. En los principios y en la práctica.

En los principios, porque la bajeza del enemigo no autorizará nunca la nuestra. Muy al contrario: si nos ponemos a su altura -a su falta de altura-, admitiremos que es ahí abajo, en ese mismo lodazal, donde se libra la pelea. Algo que no podríamos admitir sin, con ello mismo, descalificar nuestra propia causa.

Pero se equivocan también en la práctica. Porque la mayor prueba de la inutilidad de los GAL la tuvimos ayer mismo en Madrid. Esas seis víctimas inocentes -sumadas a tantísimas otras, desde que los GAL desaparecieron hasta ahora- son la prueba evidente de que no sirvió de nada tratar de frenar a ETA con sus mismos métodos. Al contrario: que sirvió para estimularla, acrecentar sus apoyos, frenar su desgaste, darle razones, ayudarla a perpetuarse. ¿Que buscaban lo contrario? De poco vale la excusa. El camino del infierno siempre ha estado empedrado de buenas intenciones.

Las bombas y los tiros de ETA son armas terribles. Pero esas armas nunca podrán nada contra el apego sereno e imperturbable de la ciudadanía a la Ley. Cuando la jefatura etarra compruebe que por mucho que mate no va a conseguir de la democracia nada de lo que pretende, sino todo lo contrario, tendrá que plantearse la necesidad de emprender la única vía que le queda: la del adiós a las armas.

Tarde o temprano, tendrá que meterse en ella.

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