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Muere el cantautor y guitarrista Antonio González Batista, viudo de Lola Flores

HECHOS

El 12 de noviembre de 1999 se hizo público el fallecimiento.

Antonio González Batista, El Pescaílla, fallecido ayer de un ataque al corazón, ha sido siempre conocido popularmente como el marido de Lola Flores. Sin embargo, esa reducida etiqueta no hace justicia, ni mucho menos, a sus méritos como artista. Antes de descubir a la temperamental bailaora jerezana, él ya era un creador e intérprete flamenco muy valorado por sus compañeros de profesión.

No tuvo facultades en la garganta para abordar el cante por derecho y meterse con fundamento en los palos flamencos básicos, pero era consciente de ello y nunca lo intentó. Sin embargo, tocando la guitarra y cantando, su talento como rumbero resultó incuestionable. Se adelantó a su tiempo y creó la rumba catalana, un género musical que se ha hecho enormemente popular. El estilo de Antonio influyó, de forma decisiva, en muchos artistas, desde Peret a Gato Pérez.

El Pescaílla nació en la barcelonesa calle de la Fraternidad y pronto se convirtió en un artista muy reclamado para animar fiestas particulares. «Había que verlo de joven, tan guapo, con esa simpatía y tanto ritmo… La gente se volvía loca con él», recuerda el cantaor gaditano Chano Lobato, que vivió junto a El Pescaílla, hace cincuenta años, el peculiar ambiente flamenco de la Ciudad Condal. «En aquella época, el Paralelo era mucho Paralelo», afirma Chano. «De arte y de todo». El caché de El Pescaílla en las fiestas era tan alto que no necesitaba trabajar a jornal en ningún tablao.

Su exquisito paladar y mucho talento natural le permitieron extraer el máximo partido de su voz y de su particular forma de tocar la guitarra. «Hacía cosas con la rumba que yo no he visto hacer a nadie», asegura Lobato. De la misma opinión es Enrique de Melchor, uno de los tocaores actuales de mayor prestigio: «A Antonio le sonaba muy bien la guitarra», afirma. «Por rumba era un fenómeno, una cosa especial, pero metiéndose en otros toques también tenía mucha personalidad. El problema es que Lola lo eclipsó y él se fue acomodando».

El tocaor sevillano coincide con otros de sus compañeros en destacar la contenida y socarrona gracia que caracterizaba a El Pescaílla: «A mí siempre me llamaba El Practicante, por mi aspecto. Una vez fui con él y con Lola a trabajar a Canarias y, como era muy blanquito y con gafas, me buscaba todas las noches para maquillarme y oscurecerme antes de subir al escenario a su lado».

Desde Barcelona saltó a Madrid para buscarse la vida, durante los primeros años 50, y prontó fue reclamado por Manolo Caracol, uno de los principales patriarcas flamencos del momento, para que formase parte de su compañía. En ella conoció a Lola Flores, que mantenía un apasionado y notorio romance con el genio sevillano. Cuando la bailaora y Caracol rompieron definitivamente su relación sentimental y artística, Lola le propuso a El Pescaílla formar pareja profesional, y ése fue el origen también de su larga unión matrimonial, que se prolongó durante casi cuarenta años, hasta que la muerte les separó.

Antonio estaba casado por el rito gitano con Dolores Amaya, relación de la que nació la bailaora Toñi La Pescaílla, pero rompió sus vínculos para unirse con Lola Flores, creando el argumento de otro de los principales culebrones de la época. Lola, que había mantenido relaciones amorosas archiconocidas, con figuras del mundo del toro, el flamenco y el fútbol, se casó con El Pescaílla en octubre de 1957, en la basílica del Valle de los Caídos. Los tres hijos de ambos, Antonio, Lolita y Rosario, siguieron sus pasos en el mundo del arte.

La desbordante personalidad de Lola Flores fue sumiendo a su marido en la trastienda de los escenarios. Las actuaciones públicas de Antonio se espaciaron cada vez más, hasta que se limitó a tocar la guitarra sólo para sus amigos y familiares. Después de varios años sin actuar, reapareció en el tablao madrileño La Venta del Gato, a principios de los años 80, y poco después se retiró ya definitivamente. Lo que no perdió fue su amor por el cante y, como buen aficionado, siempre dio su sitio a los profesionales del flamenco.

En Caripén, el tablao que abrieron Lola y él en Madrid, ofrecieron su arte desde veteranas figuras consagradas hasta incipientes talentos como Camarón, por quien su mujer y él sentían verdadera devoción. Tremendamente aficionado al fandango, buscó durante mucho tiempo la compañía de intérpretes acreditados del género, como Juan de la Vara o Antonio El Rubio, y también de artistas más largos que se movían bien por ese palo, como el propio Camarón o Rancapino. A esas reuniones se unía con frecuencia Curro Romero, que además de faraón taurino es buen fandanguillero. En mayo de 1995, las muertes de su mujer y, pocos días después, de su hijo Antonio supusieron para él un mazazo terrible, del que nunca se recuperó. A partir de entonces no fue sino una sombra doliente que se extinguió ayer.

Al Pescaílla le sobreviven tres hijas, dos de ellas -Lola y Rosario- de su matrimonio con Lola Flores y una tercera de su relación con Dolores Amaya.

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