28 septiembre 1989
Estados Unidos no permitió a su ex aliado que retornara al país asiático tras ser depuesto en febrero de 1986
Muere el ex dictador filipino Ferdinand Marcos ¿Respira la democracia de Cory Aquino en aquel país?
Hechos
El 28.09.1989 falleció el ex presidente de Filipinas, Ferdinand Marcos
Lecturas
Ferdinand Edralin Marcos ha muerto el 28 de septiembre de 1989, a los 72 años, en Honolulu, poniendo fin en el exilio a una trayectoria que comenzó dentro de la democracia que después él mismo desmantelaría. Filipinas mantenía entonces un sistema competitivo dominado por Partido Liberal y Partido Nacionalista: Marcos, originalmente liberal, rompió con su partido, se pasó a los nacionalistas y derrotó en 1965 al presidente Diosdado Macapagal; en 1969 consiguió además algo que ningún presidente filipino había logrado hasta entonces, ser reelegido para un segundo mandato completo, aunque aquellos comicios quedaron ya ensombrecidos por denuncias de violencia, fraude y compra de votos. El problema era que la Constitución le impedía presentarse nuevamente en 1973. Su solución fue liquidar las reglas: en septiembre de 1972 proclamó la Ley Marcial, alegando la amenaza comunista y la violencia política —incluido un supuesto atentado contra su ministro de Defensa Juan Ponce Enrile, que éste acabaría reconociendo como simulado—, cerró medios, encarceló adversarios y transformó progresivamente la presidencia constitucional en una dictadura personal. La vicepresidencia desapareció bajo el nuevo sistema constitucional y junto al presidente emergió un poder familiar cuyo rostro más visible fue Imelda Romuáldez Marcos, gobernadora de Manila y ministra, primera dama convertida en una especie de número dos político y símbolo internacional del lujo de una familia acusada de haber acumulado una gigantesca fortuna mediante corrupción. El asesinato en 1983 de Benigno “Ninoy” Aquino Jr., principal adversario de Marcos, terminó por convertir la decadencia del régimen en una crisis irreversible. En las elecciones anticipadas de febrero de 1986, Marcos y Arturo Tolentino se enfrentaron a Corazón Aquino y Salvador Laurel; el fraude y la proclamación de victoria de Marcos desencadenaron la movilización popular y, decisivamente, la defección de dos antiguos pilares del régimen, Enrile y Fidel Valdez Ramos. Estados Unidos, después de haber sostenido durante años a un aliado anticomunista fundamental en el Pacífico, terminó diciéndole que se marchara: Washington evacuó a Marcos, Imelda y su entorno en helicópteros y aviones norteamericanos hasta Hawái. Puede interpretarse como el último favor prestado a un viejo aliado o como una sensata manera de impedir que su captura desencadenara una matanza y quizá una guerra civil. Marcos quiso regresar posteriormente e incluso siguió interviniendo desde el exilio en maniobras contra Aquino, pero Washington se lo impidió. Ahora Aquino tampoco permitirá que su cadáver vuelva a Filipinas, alegando precisamente el riesgo de nuevos disturbios
29 Septiembre 1989
Un muerto viviente
Ferdinand Marcos murió ayer, y sin embargo aún vive en el legado político que deja a toda una pléyade de golpistas en potencia. Acaba de morir, pero su agonía viene de lejos; empezó el 21 de agosto de 1983, cuando era asesinado en el aeropuerto de Manila el líder de la oposición, Benigno Aquino, que volvía del exilio.
Marcos fue el culpable de aquel crímen. Pude ser culpable directo de la muerte, las investigaciones no lo aclararon. Seguramente nunca lo sabremos. Pero de lo que no hay duda es de que al menos fue culpable por omisión, por no poner los medios necesarios para salvaguardar la seguridad de su oponente.
El ‘caso Aquino’ cavó la tumba política de Marcos y él lo supo desde el primer momento. Así lo atestigua el desesperado intento en 1984 de reformar la Constitución mediante un plebiscito para reimplantar el cargo de vicepresidente que debería haber sido ocupado por un sucesor de confianza que nunca existió. Había un antecedente, el de 1978, cuando trató de que se legalizara la situación de su obsesiva esposa Imelda como ‘copresidenta’ figura insólita en la política mundial.
Matar o dejar que mataran Aquino fue, demás de un crimen, una equivocación. Era el único recambio posible al dictador. Aquino era un moderado aceptado por la mayoría de los filipinos y por la opinión internacional, como Corazón, pero los dictadores se caracterizan, entre otras cosas, por no fiarse ni de su sombra. Así les va.
Desde el exilio, Marcos siguió desconfiado, quizá más que nunca. Corazón subió al poder el 7 de febrero de 1986. Mes y medio después, el 25 de marzo, se produce la primera intentona. Desde entonces las Filipinas han sido escenario del golpe que no cesa. ¿Cuántas intentonas ha soportado ‘Cory’ en poco menos de cuatro años? ¿Seis, siete, ocho…? Puede que alguna más. Todo un récord. La de finales de agosto de 1987, protagonizada por el coronel Gregorio Gringo Honasan, también llamado el Rambo filipino fue la que levantó más polvareda, la más importante… por ahora.
En todos los amagos, cuando volvía la calma y el recuento de personas implicadas, siempre salían a relucir los mismos nombres: Tolentino, Ponce Enrile y Laurel, ‘troika’ que se alzó con la representación del marquismo.
Arturo Tolentino, quien se proclamara presidente interino a espaldas del propio Marcos en 1976, es un político ambicioso, capaz de medrar a cualquier precio. Juan Ponce Enrile, colaborador de Marcos hasta tal punto que pudo ser su sucesor, ha llegado a ministro de Defensa de Corazón Aquino. Es, pues, un auténtico camaleón. Salvador Laurel, vicepresidente en la democracia, aspira a ser considerado el sucesor designado del dictador, desprecia a Corazón, pero se vale de su vicepresidencia para infiltrarse en los recovecos del poder democrático. Su ambición es llegar a la presidencia.
Marcos ha muerto postrado y en el exilio, pero mucho de él queda vivo.
Fernando Pastrano
El Análisis
El problema para Corazón Aquino es que resulta mucho más sencillo expulsar a Marcos que extirpar veintiún años de marcosismo de un Estado cuyos políticos y militares fueron formados bajo él. La antigua estructura bipartidista Liberal-Nacionalista quedó pulverizada y la nueva democracia funciona sobre coaliciones personales extraordinariamente frágiles: la propia Aquino llegó al poder gracias a hombres que habían sostenido al dictador y ahora está descubriendo que los exmarquistas se dividen entre quienes defienden la democracia y quienes parecen dispuestos a derribarla.
El caso más extraordinario es Enrile: ministro de Defensa de Marcos y protagonista fundamental de la implantación de la Ley Marcial, abandonó al dictador en el último momento para hacer posible la victoria de Aquino, continuó inicialmente como ministro de Defensa de ésta y después fue apartado cuando comenzó a conspirar contra su Gobierno; para 1989 es ya uno de sus principales adversarios junto a Salvador “Doy” Laurel, el actual vicepresidente, pero enemigo de la presidenta. Gregorio “Gringo” Honasan, antiguo protegido de Enrile y participante en la rebelión que ayudó a derribar a Marcos, ha pasado igualmente de héroe de 1986 a cabecilla de insurrecciones contra Aquino. Laurel tampoco tranquiliza: vicepresidente gracias a su alianza electoral con Cory, se ha convertido en uno de sus críticos más feroces y llegó a declarar en 1987 que estaría dispuesto a asumir el poder si triunfaba un golpe. Incluso el extraño episodio de Arturo Tolentino, vicepresidente electoral de Marcos en 1986, proclamándose presidente provisional desde el Manila Hotel meses después de la revolución tuvo conexiones con el expresidente exiliado.
Frente a ellos aparece la otra cara de la herencia marquista: Fidel Ramos, jefe de la Policía filipina durante buena parte de la Ley Marcial y, por tanto, hombre difícil de separar completamente del aparato represivo de aquellos años, pero que rompió con Marcos en 1986 y desde entonces se ha convertido en el principal sostén militar de la legalidad constitucional; sin su fidelidad, probablemente Aquino no habría sobrevivido a los sucesivos golpes. Ésa es la paradoja de Filipinas en 1989: Aquino necesita a un antiguo general de Marcos para proteger su democracia de otros antiguos hombres de Marcos. Ferdinand Marcos muere en Hawái sin haber recuperado el poder ni pisado nuevamente su país, pero sería demasiado optimista afirmar que con él ha muerto su régimen. La democracia filipina todavía está aprendiendo a caminar rodeada de quienes ayer sirvieron a la dictadura; unos, como Ramos, parecen haber decidido proteger las urnas, mientras otros continúan pensando que cuando no les gusta quien gana esas urnas siempre queda la posibilidad de sacar los tanques.
J. F. Lamata Molina