8 agosto 1989
Fue director del periódico hasta 1969
Muere el fundador del periódico francés LE MONDE, Hubert Beuve-Méry, tras dejar su diario en manos de una Sociedad de Redactores
Hechos
El 8.08.1989 falleció Hubert Beuve-Mery.
Lecturas
El francés Hubert Beuve-Mery fundó con el apoyo del general De Gaulle la publicación en 1944 en plena Segunda Guerra Mundial, por lo que el periódico se convirtió en un símbolo de la identidad de Francia a partir de ese momento. Dirigió el periódico en el periodo (1946-1969) y tras él siguieron Jacques Fauvet (1969-1982), André Laurens (1982-1985) y André Fontaine (1985-1990).
09 Agosto 1989
Sirius
LE MONDE, creado y dirigido por Hubert Beuve-Méry, el gran periodista ahora desaparecido, representó la época dorada de la Prensa europea. No estaba sólo: se inscribía dentro de un ciclo exaltado de la cultura francesa abierto en el momento de la liberación, cuando se creyó que podía comenzar un mundo nuevo y que ese mundo se haría a partir del libre examen de la historia, de la realidad cotidiana y de las perspectivas de futuro del humanismo. Desde la filosofía de los antiguos alumnos de la Normal, con Sartre y su amigo-enemigo Raymond Aron a la cabeza, hasta la canción popular, todo en aquel breve París respondía a un espíritu creador e innovador. Aunque subsistían las miserias de la política, de los ajustes de cuentas y de las servidumbres al dinero.Le Monde fue el periódico de esa sensación de despertar, y Beuve-Méry lo creó sobre tres premisas esenciales: no aceptar ninguna influencia gubernamental, no servir a ningún capital y no ceder a los requerimientos de la moda o la espectacularidad. Las tres pretensiones se funden en la palabra austeridad, y Le Monde fue un periódico austero: en su estilo de escritura y presentación de las noticias, en la ausencia de fotografías hasta fecha reciente, en su equipo redaccional. Sus tribunas libres estaban abiertas a todos los que tenían algo estimable que decir, a condición de que supieran decirlo, pero sin que su disidencla fuese nunca un obstáculo. Beuve-Méry tenía una formación católica y liberal, pero esto no sólo no influía en las opiniones de sus colaboradores, sino que puede decirse que ni siquiera en la suya propia: hombre discreto, aplicó el principio según el cual el paisajista no debe formar parte del paisaje, y ni en las raras veces en que firmaba un editorial -con el seudónimo de Sirlus- dejaba prevalecer sus inclinaciones personales. «La verdad aunque duela, y sobre todo si duele» era otra de sus máximas.
No reunió entonces más de 400.000 compradores de su periódico, cuando la Prensa más proclive al amarillismo o a la frivolidad subía hasta el millón de ejemplares. Pero tuvo, en Francia y fuera de ella, una influencia que pocos periódicos han logrado. Era un punto de referencia. Sufrió todos los ataques posibles -desde los del propio general De Gaulle, que había encargado a Beuve-Méry la fundación y que se vio negado en el referéndum de 1962, hasta los del partido comunista, que le denunciaba por «manipulador burgués»- y se mantuvo inconmovible en lo que creía que era la defensa de informar y de la libertad de opinar. Beuve-Méry creyó siempre que la opinión era una información, y como tal la trató.
Luego los tiempos cambiaron. Los de Francia, los de Europa, los del mundo; en el campo de la información y de la opinión entraron otros vendavales históricos, otros medios y otra posesión de esos medios, y la gran generación de la posguerra se fue silenciando. Y muriendo. Hubert Beuve-Méry se ha sobrevivido a sí mismo. A los 87 años, alejado desde 1969 de la dirección del periódico, ha muerto sin haber renegado nunca de su manera de entender las libertades. Esta época le debe mucho de lo bueno que conserva.
También los demócratas españoles. En la época de la gran oscuridad, cuando la simple defensa de lo obvio requería entre nosotros de un cierto valor intelectual, Le Monde fue, además de una fuente de información sobre lo que ocurría y se pretendía ocultar, una bandera de racionalidad y libertad. Prohibiendo su libre circulación durante amplios períodos, el franquismo rindió involuntarlamente el mayor homenaje a que un periódico, unas modestas hojas de papel impreso, puede aspirar: suscitar el odio -y la persecución – de los enemigos de la libertad.
El Análisis
Muere Hubert Beuve-Méry a los 87 años y con él desaparece un hombre cuya biografía prácticamente puede confundirse con la del periódico que fundó. Había aprendido pronto a marcharse antes que obedecer: corresponsal de Le Temps en Praga, dimitió en 1938 porque rechazaba la línea favorable a los acuerdos de Múnich y contempló después personalmente la ocupación alemana de Checoslovaquia; durante la guerra recorrió un itinerario más complejo, desde la Escuela de cuadros de Uriage, creada bajo el régimen de Vichy pero progresivamente enfrentada a éste, hasta la clandestinidad y el maquis del Tarn. En 1944, De Gaulle y el Gobierno provisional buscaban un hombre capaz de levantar sobre las instalaciones del desaparecido Le Temps un gran diario francés de referencia y encontraron a Beuve-Méry. Acertaron quizá demasiado: aceptó el encargo a condición de conservar su independencia y dedicó los siguientes veinticinco años a demostrarla. Construyó un periódico austero, internacionalista y extraordinariamente exigente, se enfrentó en 1951 a una crisis interna que terminó reforzando la participación de los redactores en la propiedad, combatió el poder del dinero sobre la prensa, denunció la guerra de Indochina y la tortura en Argelia y convirtió sus editoriales firmados como Sirius en una suerte de examen de conciencia periódico de la República. Su relación con De Gaulle resume perfectamente aquella independencia: aceptó con muchas reservas su regreso en 1958, pero desconfió crecientemente del poder personal y terminó convertido en uno de sus críticos más persistentes.
También puede reprochársele algo que procede de su mayor virtud: Beuve-Méry podía llegar a escribir como si el periódico no sólo informase de Francia, sino que tuviese la obligación moral de decirle a Francia qué debía pensar de sí misma. Su austeridad rozaba el puritanismo, su autoridad interna podía ser paternalista y su propia trayectoria de guerra recuerda que las biografías de aquella generación fueron bastante menos rectilíneas de lo que posteriormente quiso la memoria nacional: antes de convertirse en resistente, había ocupado un puesto importante en Uriage, institución financiada inicialmente por el Estado francés, aunque ésta evolucionase hacia la disidencia, fuese clausurada por Laval y muchos de sus cuadros acabaran en la Resistencia. Pero el balance resulta difícilmente discutible. Cuando Beuve-Méry recibió Le Monde en 1944 tenía unas rotativas heredadas, un puñado de periodistas y el impulso del Gobierno; cuando se retiró en 1969 dejó un periódico próspero, influyente y suficientemente independiente como para enfrentarse al mismo poder que había propiciado su nacimiento. Y todavía hizo algo más difícil: procuró que sobreviviera a su fundador. Conservó sus acciones y aquel pequeño despacho de la rue des Italiens, aconsejó sin volver a dirigir y desempeñó un papel discreto en la solución de la grave crisis de 1984 que acabaría llevando a André Fontaine a la dirección. De Gaulle ayudó a crear Le Monde, Fauvet, Laurens y Fontaine lo dirigieron después; pero fue Beuve-Méry quien decidió qué significaría ser Le Monde: que un periódico puede tener opiniones, enemigos e incluso equivocaciones, pero no debería tener amo.
JF