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Muere Felipe de Edimburgo, el marido de la reina de Inglaterra, Isabel II

HECHOS

El 9.04.2021 se conoció la muerte del Duque de Edimburgo.

10 Abril 2021

Una vida de lealtad admirable a la Corona

EL MUNDO (Director: Francisco Rosell)

SU MUERTE, a punto de cumplir los 100 años, pareciera la última demostración del libérrimo carácter y el sarcasmo que caracterizaban al duque de Edimburgo, ya que había dejado bien claro que no quería tener «nada que ver» con ninguna fiesta para festejar su centenario como la que había barajado el Gobierno de Boris Johnson. Felipe de Mountbatten ha sido el marido de la reina Isabel II de Inglaterra durante 73 años. Pero, sobre todo, ha sido un pilar fundamental para la Monarquía británica, institución que encara la nueva década con algunos escándalos a cuestas y desafíos nada desdeñables pero que mantiene una popularidad superior al 70% entre los ciudadanos del Reino Unido, según las encuestas. La monarca ha reconocido en innumerables ocasiones el papel tan importante que ha desempeñado el duque de Edimburgo como consorte para poder desarrollar una labor tan compleja como celebrada al frente de las 16 naciones del mundo de las que hoy Isabel II sigue siendo reina, y también como cabeza de la Commonwealth, que aglutina a una cincuentena de países de todos los continentes.

Precisamente, cuando la entonces princesa heredera Isabel y Felipe se casaron, en 1947, Londres era la metrópolis de un gigantesco imperio que ya había empezado a desgajarse y que en los años siguientes vería cómo la mayoría de sus colonias abrazaban la independencia. En la travesía que el Reino Unido ha realizado desde su esplendor imperial hasta el reciente aislacionismo nacionalista que representa el Brexit, la Corona ha desempeñado un rol clave como aglutinante de la nación y símbolo de sus señas de identidad más arraigadas. También la Monarquía británica, pese a su apego a la pompa y la tradición, ha experimentado igualmente una enorme transformación y modernización, en la que Felipe de Edimburgo tuvo mucho protagonismo desde que su mujer fue coronada.

Su boda con la primogénita de Jorge VI le obligó a renunciar a casi todo: a su sangre al abdicar sus derechos a los tronos de Grecia y Dinamarca, a su apellido, a su religión ortodoxa o a la profesión de marino militar que le apasionaba. Y siete décadas al lado de Isabel II, siempre tres pasos protocolarios por detrás, le han convertido en el símbolo de consorte leal que ha sabido anteponer el interés general, la obligación de Estado y las servidumbres de la Corona a cualesquiera otros anhelos. Sus servicios a la Commonwealth -no se retiró hasta cumplir los 96 años- fueron destacados ayer por numerosos líderes internacionales, y son hoy ejemplo de por qué la Monarquía parlamentaria mantiene su vigor en el siglo XXI.

10 Abril 2021

FELIPE DE EDIMBURGO, MUJERIEGO PERO LEAL A LA REINA

Jaime Peñafiel

TAL VEZ SEA FELIPE DE EDIMBURGO, EL esposo de la reina Isabel II, fallecido el viernes a los 99 años, el ejemplo del perfecto consorte de nuestro tiempo, por encima de Henrik, marido que fue de la reina Margarita de Dinamarca y, por supuesto, del desgraciado príncipe Claus, que acabó siendo víctima, por ser el marido de la reina Beatriz de los Países Bajos. Felipe, por el contrario, utilizó desde el primer día que se acostó con la reina su cáustico sentido del humor para protegerse y sobrevivir a la sombra de su esposa sin perder su personalidad y, sobre todo, su dignidad. Sabía que su deber era acostarse con la reina y depositar el semen en su vagina para darle, con amor o sin él, el heredero que perpetuara la monarquía. Y, si además nacía varón, su misión como consorte estaba cumplida.

Tengo a gala ser uno de los pocos periodistas que han entrevistado al consorte desaparecido. Todo un mérito, conociendo como se conocía su aversión al mundo de la prensa y a los periodistas en particular. Se cuenta que cuando llegó a Gibraltar en un viaje en representación de la reina, al descender del avión preguntó: «Me gustaría saber quiénes son los periodistas y quiénes son los monos».

La entrevista fue en el año 1984. Prueba documental existe. Esta fotografía la llevé conmigo cuando acudí a Buckingham, invitado a una cena del príncipe Carlos. Cuando se la mostré, como se ve en la imagen que ilustra esta crónica de urgencia, me dijo mientras la miraba sorprendido: «No me puedo imaginar a mi padre sentado con un periodista».

MUJERIEGO

Reconozco que el príncipe Felipe no hizo nada por caer simpático, sino todo lo contrario. Aun así, creo que fue un consorte «ejemplar» que me fascinaba sobre todo por su cinismo indudablemente pragmático. Y, como decía Carlos Boyero, hedonista y gran mujeriego. Felipe no solo era un hombre ideal, sino que su esposa estuvo locamente enamorada de él. Como Sofía de Juan Carlos cuando se casaron. Era la única persona que lograba que la reina sonriera ante sus comentarios desconcertantes y cáusticos. Cuando observaba el rostro de su esposa excesivamente serio y cansado, le estrechaba su mano al tiempo que le decía: «Sonríe. Tampoco es tan horrible, Isabel».

El éxito del príncipe Felipe con las mujeres siempre fue superior al de Juan Carlos y al de todo el mundo conocido hasta el extremo de que su propio suegro, el rey Jorge VI, llegó a decirle: «Suerte tienes de que la bragueta no puede hablar». La reina Isabel, su esposa, lo entendió muy bien cuando reconoció a quien, de forma velada y sutil, le hizo ver que su marido tenía aventuras extraconyugales, a veces muy prolongadas e, incluso, con alguna que otra presunta descendencia: «Yo a mi esposo no le pido fidelidad, sino lealtad». Toda una elegante lección en la vida de una pareja y que yo le he brindado en más de una ocasión a la Reina Sofía.

Pero Felipe, a veces, no supo estar a la altura de la lealtad de la que la reina presumía por no verse obligada a reconocer en público que había actitudes de su esposo que le impedían no solo ser feliz sino que, incluso, convirtieron algunos años de su vida en annus horribilis. Como 1992. En aquel fatídico año se produjeron los divorcios de sus hijos Ana y Andrés y los escándalos en el matrimonio de Carlos y Diana, así como el incendio del castillo de Windsor. Aquel día, mientras la reina ayudaba a apagar el fuego que devoraba su posesión más querida con cubos de agua, el consorte real se encontraba encamado en Buenos Aires con Susan Ferguson, la madre de su nuera. Su marido, el mayor Ferguson, escribió: «Siempre sospeché que al príncipe Felipe le interesaba mi mujer, de la que fue amante».

La infidelidad del consorte inglés apareció reflejada en un libro titulado Philip & Elizabeth portrait of a marriage, de Gyles Brandreth, en el que aseguraba que el marido de la reina mantuvo una «amistad apasionada» con una aristócrata veinticinco años más joven que él. Se trataba de la duquesa de Abercorn, hija de Lady Kennard.

Los miembros de la familias reales de verdad eran educados para no exteriorizar en público los sentimientos. Ni los dichosos ni los desgraciados. Ver llorar a una reina o a una infanta o saltar de alegría en un estadio eran imágenes que nunca se habían podido ver reflejadas en los medios de comunicación. Las lágrimas se reprimían incluso en los entierros. Por ello, la muerte del Conde de Barcelona irá siempre unida a las lágrimas de Don Juan Carlos y Doña Sofía.

UN BESO EN LOS LABIOS

De igual forma, todos los británicos se emocionaron cuando, en una fría madrugada londinense, al regreso de un largo viaje que la reina había realizado por Australia, el príncipe Felipe, al observar el tremendo cansancio que se reflejaba en el rostro de su esposa, no dudó en acercar su rostro al de ella para darle un beso en la… boca. En pleno aeropuerto y en medio de la noche. Era la primera vez, en tantos años de matrimonio, que el príncipe Felipe besaba en público a su mujer y, además, en la boca, en los labios. ¿Aquel beso fue testimonio de los que aún amaba?

Felipe, aquella madrugada, no pudo por menos de concebir por su esposa un sentimiento de ternura cuando acercó su boca a la de ella, en un gesto que era más que una caricia, tan necesaria para la vida de los sentimientos. Y tuvo su respuesta cuando Isabel, después del beso, colocó su mano sobre el hombro de su marido. ¿Como expresión de amor de una esposa enamorada?

Un periódico londinense recogía así el gesto: «Quizá en medio del frío reinante en Heathrow, el príncipe Felipe estaba descubriendo como cualquier marido que, en cuestiones del corazón, el momento oportuno y el ambiente son vitales. Pienso que fue más que eso.

Esto me recordó lo que sucedió con la muerte de Don Juan, el 14 de marzo de 1993, y que siempre irá unida a las lágrimas de Doña Sofía y al gesto de cariño hacia Don Juan Carlos cuando le vio llorar. En aquel momento y por primera vez, colocó su mano sobre el hombro de su marido. Fue un largo momento dramáticamente cariñoso. A lo peor, solo momentáneamente. Pero ese día tanto Don Juan Carlos como Doña Sofía fueron fieles a las palabras de San Agustín: «Si callas, callarás con amor; si lloras, llorarás con amor; si perdonas, perdonarás con amor».

CONSORTE Y VASALLO

Lo más humillante para el consorte fue cuando su esposa, que tan apasionadamente le amaba, se convirtió en reina. En ese momento no le hizo partícipe de muchos de sus privilegios y tampoco permitió que compartiera con ella la caja roja que contiene los documentos más confidenciales, sometidos por el Gobierno a la aprobación real. Y eso que él, durante la coronación, después de que el arzobispo colocara sobre la cabeza de Isabel la corona de San Eduardo y el silencio de la abadía de Westminster fuera roto con el clásico grito de «¡Dios salve a la reina!» se arrodilló ante ella, con toda la humildad, y le dijo: «Yo, Felipe de Edimburgo, me convierto en vuestro vasallo en cuerpo y alma. Os ofrezco mi terrenal adoración, fe y verdad en vida y muerte, en contra de toda índole de gente, con lealtad y sin dobleces».

Se desconoce en qué momento Felipe de Edimburgo decidió dejar de compartir con su esposa no solo el lecho conyugal, sino también el dormitorio. Tampoco se conoce cuándo Don Juan Carlos y Doña Sofía decidieron no yacer en el mismo lecho. El de la Reina Sofía en la primera planta. ¿El de Don Juan Carlos?, lo ignoro. ¿En qué año, mes y día Felipe y Juan Carlos decidieron tener sus propios aposentos? Que Felipe e Isabel no dormían juntos se supo el día en el que Michael Fagan se introdujo en el dormitorio de la reina mientras dormía. A los británicos, que alguien se introdujera en la madrugada en la habitación de la reina les sorprendió menos que enterarse de que dormía sola.

Esta es la historia de una muerte anunciada, y perdón por la frase hecha, pero hacía menos de dos meses que le habían operado del corazón y ya cuando salió del hospital llevaba la muerte reflejada en el rostro. Una larguísima vida que cerraría el 10 de junio al cumplir 100 años. No ha podido ser.

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