31 marzo 1994

Muere José Escobar Saliente, el dibujante de cómics creador de ‘Zipi y Zape’ y ‘Carpanta’

Hechos

El 31 de marzo de 1994 fallece José Escobar Saliente.

03 Abril 1994

«Zipi y Zape» se quedan huérfanos

Felipe Hernández Cava

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Los restos del dibujante de comics y creador de los conocidos Zipi y Zape, José Escobar, fueron incinerados ayer en el cementerio de Collcerola (Barcelona), en una ceremonia a la que asistieron unas 200 personas.

José Escobar, fallecido el pasado día 31 de marzo, había nacido en Barcelona en 1908. Aficionado desde temprana edad al dibujo, publicó su primer trabajo en un concurso de historietas de la señera revista Virolet, cuando contaba tan sólo quince años. Un año después, la revista Pulgarcito, que editaba El Gato Negro, acogía un cuento de su autoría: La mentira.

AUTODIDACTA.- Su aprendizaje, pues, se efectúa, como es el caso de la mayoría de los profesionales de la historieta, dentro del autodidactismo. Al respecto, Escobar solía contar la anécdota de una incursión juvenil que hizo en una academia de dibujo para mejorar su estilo. La señora que dirigía aquel centro empezó por no entender su interés por hacer «monigotes». No obstante, le entregó una muestra de un roble inmenso y le dijo que copiara el árbol con todas y cada una de sus hojas. Aquella fue la primera y la última vez que le vieron en una academia.

Con un tesón que ha mantenido hasta el final de sus días, Escobar se entregó a las ocho o diez horas diarias ante el tablero y fue aprendiendo sobre la marcha, gracias a unas colaboraciones cada vez más asiduas en publicaciones como La Gralla, L»Esquella de la Torratxa, Papitu, Pocholo, TBO, Buen Humor…

«Lo que a mí me gusta es crear tipos muy humanos; el ideal sería tener un personaje para cada una de las reacciones humanas»: tal era el afán que le guiaba para abordar sus creaciones.

Después de la Guerra Civil, Escobar ingresa en la Editorial Bruguera, sucesora de El Gato Negro, que será la abanderada de una de las mejores escuelas humorísticas con que ha contado la historieta española.

En unas condiciones profesionales semifeudales, donde los creadores perdían la paternidad sobre sus personajes, toda una generación de grandes autores pone un contrapunto al mediocre panorama de nuestros tebeos.

Los Ibáñez, Cifré, Jorge, Conti, Peñarroya, Figueras, Vázquez, Escobar y demás compañeros supieron reflejar, pese a que sus obras iban dirigidas a un público infantil y estaban sometidas a una feroz censura, el entorno de una España sumida en el hambre y la intransigencia mejor que la mayoría de los dibujantes realistas, cuyos trabajos poseían unos tintes escapistas y casi siempre patrioteros.

Para Bruguera crearía Escobar personajes de gran trascendencia popular (como Carpanta, Zipi y Zape o Petra, criada para todo) y otros de menor importancia (cual es el caso de Doña Tula, Don Telescopio, Don Optimo y Don Pésimo, Toby o El dependiente Vicente).

«La historieta», decía Escobar, «ha de ser un reflejo caricaturizado de la realidad. Por esa razón, procuro que mis personajes respondan a dicha trayectoria. Podrán gustar más o menos, pero cada uno de ellos tiene una personalidad humana que siempre manifiestan, bien definida y diferenciada».

La hambruna de Carpanta y su amigo Protasio, las desventuras de los realquilados de Doña Tomasa, la rebeldía de la criada Petra o las travesuras malévolas de Zipi y Zape reflejan, cada una a su manera, el entorno de un país ajeno a la propaganda eufórica del franquismo.

Es por ello injusto que ciertos críticos advenedizos planteasen a partir de finales de los setenta hacer borrón y cuenta nueva de esta excelente generación de autores, arrinconándolos en la parcela del «tebeo» por contraposición al universo del «cómic», sobre el papel más creativo y adulto.

A pesar de que la demanda continua de producción se tradujo en un progresivo amaneramiento de muchos de estos dibujantes, es posible encontrar muchas páginas excelentes a lo largo de su trayectoria. El propio Escobar, consciente de los problemas de su encorsetamiento, decía en una ocasión: «Hemos de llegar al día que las revistas de historietas no vayan dedicadas, como ahora, sólo a la infancia y a la adolescencia. Entonces, si lo alcanzamos, será cuando los que nos hemos especializado en esta rama, podremos manifestarnos con toda amplitud».

«TASTA OLLETES».- Hombre dado a probar sus facultades en muchos y diversos medios, Escobar, que se definía como un «tasta olletes», hizo también radio, televisión, teatro (su verdadero «hobby») y dibujos animados, medio en el que puede ser considerado un auténtico pionero. En 1934 realizó un interesante corto en blanco y negro (La rateta que escombrava l»escaleta) y en 1950 obtuvo una Mención Especial en el Festival de Cine Infantil de Venecia por su Erase una vez La Cenicienta, después de haber pasado por los estudios Hispano Grafic Film y Dibujos Animados Chamartín.

Mientras algunos no cesan de recordar a los grandes clásicos del tebeo estadounidense, con los que no pretendo en absoluto establecer comparaciones, nuestros modestos clásicos apuran sus últimos días sobre el tablero, en muchos casos en condiciones de auténtica precariedad económica, maltratados por una industria que jamás les reconoció sus derechos y por una crítica incapaz de valorar sus aciertos.

04 Abril 1994

Carpanta

Francisco Umbral

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Ha fallecido José Escobar, el dibujante creador de Carpanta, entre otros muchos muñecos de tebeo. Carpanta era el hambre de postguerra, el sueño platónico de un muslo de pollo, y esta generación actual del pollo frito no podría comprender a Carpanta.

Carpanta era un monigote subversivo, pero su público infantil le hacía inocuo. Nuestra hambre se reía mucho con el hambre de Carpanta, aquel vagabundo simpático y obsesivo, huésped feliz de todos los puentes abandonados en una España abandonada. Ahora vuelve Carpanta, quizá con otro nombre, porque, según sondeo internacional que daba ayer este periódico, «el mundo desarrollado cree que hoy hay más peligro que cuando existía la URSS». Hasta los japoneses opinan que la situación del mundo irá a peor. El mundo teme el riesgo de guera y sólo España teme más el riesgo de hambre: es el Carpanta nacional, soluble en la sangre de todos los españoles, que vuelve a soñar con el muslo de pollo teórico de Carpanta, ahora que los niños todavía engordan, como niños consumistas que son, con el pollo a las finas hierbas de no sé qué coronel yanqui que da nombre a una multinacional del pollo. Dice el gran José María Valverde, en su último libro, El arte del artículo, que vamos a tener un fin de siglo muy raro: sin comunismo y con los Estados Unidos arruinados.

Explicaba César Vallejo en sus versos que un albañil se cae del andamio, se mata «y ya no almuerza». Carpanta ha desaparecido del costumbrismo nacional. A Carpanta se lo llevaron por delante los marcianitos de los videojuegos, que son unos fascistas. Carpanta estaba entre la picaresca y el 98. El fascismo capitalista de Occidente aduna miles y miles de mendigos, de hambrientos, de marginales, que ni siquiera tienen la identidad viajera e imaginativa de Carpanta, sino que son objetos humanos, humanoides, un hambre sin rostro, una miseria sin manos para pedir, una pobreza que ha perdido incluso el concepto del dinero. El mundo desarrollado echa de menos la URSS porque la URSS suponía la tesis o la antítesis, lo otro, el equilibrio, la corrección tácita de las demasías capitalistas. Sin el referente comunista, el neocapitalismo se ha lanzado a la espiral vertiginosa del beneficio, y los suzuki se van de España porque lo que aquí hacen cuatro obreros, en Canadá lo hacen dos. El hombre ya no tiene alma, sino plusvalía, y el que no deja plusvalía a la multinacional no tiene identidad, no existe, ya ni siquiera le esperará el destino andarín de Carpanta, que mandaba en su hambre, sino una miseria democrática, unos grandes stocks de hambre que se apilan en los puertos del Tercer Mundo y en los barrios malditos de Madrid y Nueva York. Carpanta encontró su biógrafo genial, su dibujante, José Escobar, pero los pobres de hoy son pobres sin biografía, sólo un apetito negro y estadístico. Hay muchos economistas y tocan ya a un economista por mendigo, pero se quedarán sin almorzar, como el albañil de Vallejo.

Cuando todavía estamos con el champán en alto por la caída del comunismo, entra el mayordomo a decirnos que el capitalismo también está en crisis y que su mayor industria, la de armamento, hay que reactivarla. De esta paz sin gracia ni imaginación sólo puede salvarnos una guerra como es debido. El capitalismo lo que ha hecho, ya sin competencia, es concentrar la pasta canalla y repartir la enfermedad, el abandono y el paro estadísticamente, eso sí. De la pobreza hidalga de Carpanta hemos pasado a la pauperización sin nombre, sólo con cifra. Un pobre es ya un decimal de la pobreza planetaria. Carpanta fue el último pobre con rostro y menú: muslo de pollo.