21 mayo 2012

Era columnista de EL MUNDO con el seudónimo 'Erasmo'.

Muere José Luis Gutiérrez Suárez, el periodista que intentó sin éxito salvar DIARIO16 en su último periodo de relevancia

Hechos

Fue noticia el 21 de mayo de 2012.

21 Mayo 2012

José Luis Gutiérrez, un periodista de los de entonces

Miguel Ángel Aguilar

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José Luis Gutiérrez, El Guti (Busdongo, León, 1943), fallecido ayer, formaba parte del paisaje del periodismo de aquellos años que después hemos etiquetado como la Transición. Inventor de su propio personaje, se valió de una fotografía a todo color para hacer cundir la idea de que había tenido un pasado juvenil de obrero siderúrgico. Le ayudaba una fortaleza física capaz de triturar la mano flácida y sudada de aquellos dos periodistas de tez pálida y lechosa, voz atiplada y ademanes percutientes de predicador mormón, a los que luego frecuentaría en el club de la AEPI (Asociación de Escritores y Periodistas Independientes), conocida enseguida por el sobrenombre de sindicato del crimen.

En aquel Madrid de aquellos tiempos, El Guti cambiaba la seda por el percal y alternaba la tertulia para despistar colegas con la entrega temeraria al oficio en busca de la noticia que llegara más allá. Eran los principios y ya se sabe que el el principio era el verbo. La palabra era un arma cargada de posibilidades y con capacidad de arrastre y seducción. Pronto al esperpento, dotado para la imitación estridente, versado en las artes dialécticas de la intimidación, respetuoso con el trabajo bien hecho, admirador de los grandes de la literatura y del periodismo a los que había leído con provecho.

El Guti era un solitario que estuvo muchas veces muy bien acompañado para desconcierto de los petimetres adoradores de Raphael y sus tamborileros. Cuidaba sus textos periodísticos, con deliberada voluntad de estilo y pretensión de cultismo literario. Los grandes reportajes, las entrevistas de postín de la época de Cambio 16, semanario al que se incorporó en 1975 en las postrimerías de Franco, y de Diario 16, al que llegó en 1980 como subdirector, pero también los recuadros de pequeño formato que firmaba como Erasmo.

Tenía su propio ámbito de solitario pero aparecía siempre a tiempo por el Gijón y sus aledaños para encontrarse con los del oficio, con Raúl del Pozo, Carmen Rico Godoy, Cuco Cerecedo, Alfredo Mañas, Jean Louis Arnaud, Andrés Carabantes, José Antonio Novais, Walter Haubrich, Ricardo Utrilla, Xavier Domingo, Óscar Caballero, Onésimo Anciones, Perico Beltrán o Manuel Velasco. Procuraba elegir con cuidado sus enemigos y luego cultivaba con esmero esas enemistades hasta extremos de incandescencias paranoicas. Se sentía perseguido y en cualquier encuentro fortuito daba enseguida cuenta muy detallada de esas persecuciones.

Exhibía ademanes de rudeza y mañas rebuscadas de intelectual, verbosidad amenazante y complicidad afectuosa al colega en dificultades, apariencia tosca y finura de analista financiero. El Guti había creado publicaciones de éxito, por ejemplo, La Guía del Ocio, se decía que con un socio tan especial y deseado como Florentino Pérez. Después puso en marcha la revista Leer, dedicada a la literatura y a los autores. Ahora había dado también en editor, con una nueva colección que llamaba Artículo XIX.

Tenía especial aversión a los mequetrefes, que al percibir su mirada se aterrorizaban. Pero era más el ruido que las nueces y no se le conocen broncas con final en comisaría. Mas allá de las apariencias que podían amedrentar, en las tertulias de café se comportaba de forma comedida. Sus amenazas, que presentaba siempre como reacciones defensivas, se quedaban allí donde habían sido pronunciadas sin ninguna trascendencia. Siempre terminaba en el comedimiento. Compañero generoso para celebrar la chispa y el ingenio de los amigos. Elemental pero trabajando con la tercera derivada. El Guti formaba parte del paisaje.

22 Mayo 2012

Adiós a un gran espadachín

Pedro J. Ramírez

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Cuando en la primavera de 1980 Juan Tomás de Salas me ofreció ser director de Diario 16 yo le puse como única condición que me dejara llevar al periódico a dos de las figuras de la redacción de Cambio 16: quería que Xavier Domingo fuera nuestra gran firma multiusos y que José Luis Gutiérrez ejerciera como director adjunto. Los dos tenían esa rara capacidad de vivir el periodismo con la intensidad y la vibración de un reportero para transformarse en brillantes, concienzudos y versátiles narradores cuando se ponían ante la máquina de escribir. Hace ya más de 15 años que nos dejó Xavier y ayer encontraron muerto a José Luis, pero uno y otro quedarán siempre en mi memoria como dos grandes amateurs del periodismo, en el sentido de que amaban lo que hacían, y como dos grandes epicúreos que disfrutaban como nadie practicando lo que consideraban no un trabajo, no una profesión, sino una forma de vida.

Tengo aún clavada en la retina la mirada escrutadora de José Luis Gutiérrez, dominando el escenario, el día de mi toma de posesión. El Guti era ya entonces todo un personaje, una fuerza de la naturaleza, un cronista apasionado y comprometido con las vivencias de la Transición política. Su físico aparatoso y agreste, su leyenda autodidacta forjada en las minas del Bierzo, su carácter en permanente ebullición, su imaginación siempre fértil y aguda, todo hacía de él un icono de aquella redacción de jóvenes airados que confeccionábamos un periódico en la sexta planta de un edificio industrial con ayuda de una multicopista grande que José Luis bautizó como «rotativa de la señorita Pepis».

El Guti era nuestro primer espadachín: generoso, valiente y tan pendenciero como lo requiriera la ocasión. Recuerdo la conmoción con la que todos nos arremolinamos a su alrededor cuando llegó desde el Congreso a última hora de la tarde del 23-F y cómo su relato sirvió de columna vertebral a aquella edición extra que al filo de la medianoche los propios redactores distribuyeron entre los guardias civiles apostados en la carrera de San Jerónimo. Cuando me expulsaron del juicio a los golpistas, fue él quien cogió el relevo y publicó unas crónicas luminosas e hirvientes cuyo único parangón eran las que Martín Prieto escribía para la competencia.

Siendo por razones sociológicas y vitales un hombre de izquierdas, habiendo tenido una relación muy estrecha con Felipe González, rayana en la amistad, nadie se escandalizó tanto como el Guti con los abusos de la etapa felipista y especialmente con los crímenes de los GAL. Su sentido quijotesco de la vida le impedía transigir con la razón de Estado o cualquier otra coartada similar. Como Ambrose Bierce, el Gringo Viejo de Carlos Fuentes, veía que ese falso patriotismo era el último refugio de los canallas que se lucraban con el salario de sangre de los fondos reservados. Por eso quemó sus naves con La ambición del César, el libro que escribió a cuatro manos con Amando de Miguel, retratando al González de las tres mayorías absolutas bajo el estigma despótico de los emperadores romanos.

A partir de ahí el Guti se sintió atrapado en una espiral de confrontación con un poder que percibía rencoroso e implacable, inscribiendo en ese contexto tanto el amargo final de Diario 16, del que llegó a ser director en una de las etapas posteriores a mi destitución, como una serie de desagradables peripecias personales que le fueron desgastando física y emocionalmente. Y por si fueran pocos los molinos de viento domésticos, de repente se vio inmerso en una desigual pelea judicial con el reino de Marruecos a cuenta de un reportaje que conectaba a la familia de Hasán II con el tráfico de drogas. Perdió en todas las instancias españolas pero ganó en Estrasburgo después de haber movilizado a su favor a todas las plataformas internacionales defensoras de la libertad de prensa.

No cogió la primera rueda de la fundación de EL MUNDO pero se reenganchó pronto con sus Erasmos y columnas que siempre guiaron a los lectores a través de los «espejos cóncavos y convexos» de nuestro contemporáneo «callejón del gato». Como Falstaff, el Guti no sólo tenía ingenio sino que transformaba en ingeniosos a todos aquellos a los que se refería. En palabras de su, más que amigo, compadre Luis Eduardo Aute, para él la vida consistía en «verla pasar como una estrella fugaz» pero habiendo cogido antes al diablo por el rabo.

Se nos va un personaje de las películas de periodistas pero también de las de capa y espada. La revista Leer fue su último florete. La semana pasada o tal vez la anterior me llamó para preguntarme si le convenía operarse de la rodilla. Aún no sabemos de dónde provino la estocada aviesa que atravesó su gigantesco corazón.

21 Mayo 2012

Adiós a El Guti

Ricardo de Querol

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Nadie en la redacción de Diario 16 se refería a él de otra forma que como El Guti. Un día de los primeros años noventa José Luis Gutiérrez (Busdongo, León, 1943) llamaba a su despacho de director a un joven redactor para aclarar un texto y darle, de paso, algunas pistas que solían ser valiosas. El joven redactor entraba al despacho mientras su jefe hablaba por teléfono y escuchaba cosas como esta dichas a una alta autoridad financiera: «¿Que vaya a un desayuno contigo y con otros periodistas? ¡Entérate de que los banqueros están haciendo cola para comer conmigo!».

El Guti, fallecido este lunes, era orgulloso y apasionado en todo lo que hacía. Imponía con sus casi dos metros, su voz poderosa, su nervio, sus grandes manos curtidas. Tenía el temperamento de una generación de periodistas (entonces se decía que de raza) que se sintieron protagonistas de la Transición, que ayudaron a traer la democracia y a afianzar la libertad de información, que se metieron en líos por ser vigilantes del poder. En 1972, Gutiérrez compartía el atrevido proyecto de Gentleman con Juan Luis Cebrián. En 1975 estaba en la creación del Grupo 16, el proyecto de un tipo impulsivo como él, llamado Juan Tomás de Salas. Antes de que muriera Franco estaba en la calle Cambio 16 y antes de las primeras elecciones democráticas nace Diario 16, seis meses después que EL PAÍS de Cebrián. En esos años, los medios más jóvenes iban por delante de la democratización política, tiraban de ella, mientras otros iban a remolque.

Gutiérrez presumía de su origen humilde en un pueblo de la comarca de La Tercia, de haber sido obrero metalúrgico antes que periodista, de sus inicios profesionales en México para Revista SP, de haber estado el 23-F en el Congreso. Pasó de Cambio a Diario 16 en 1980 como director adjunto de  Pedro J. Ramírez, con quien tuvo broncas y reencuentros toda su vida. Por entonces Gutiérrez destacaba sobre todo como columnista, pero en sus columnas, a menudo, pisaba noticias a los redactores. Hasta que, en 1992, cuando Justino Sinova dimite como director de Diario 16 (enfrentado con Salas por la cobertura del caso Ibercorp), a El Guti le toca ponerse al frente de la nave. Fue director de Diario 16 hasta 1996. Eran momentos de ruina económica pero de agitación informativa. Salas se echó a un lado, dejó la gestión a los bancos acreedores y El Guti se mantuvo como referencia de los históricos. Vive momentos memorables: bajo su dirección se destapa el caso Roldán (por Irujo y Mendoza, entre otros) que termina con la huida del director de la Guardia Civil al Lejano Oriente, y se hacen aportaciones esenciales al esclarecimiento de los crímenes de los GAL. Al otro lado de la balanza, afrontó un ajuste duro en el periódico que precipitó su caída en difusión y en influencia, además de la fuga de algunas grandes firmas, de Raúl del Pozo o Martín Prieto a Gallego y Rey.

No disimulaba su enemistad con Felipe González, en esos años líder de reiteradas mayorías absolutas, y con el régimen que llamaba felipismo, cuya mano (y la de Rubalcaba) creía ver en todo tipo de maniobras contra él. En su choque con los socialistas se alió con periodistas como Luis María Anson, Pedro J. Ramírez, Antonio Herrero o Jiménez Losantos, con Camilo José Cela de icono, con quienes formó la Asociación de Escritores y Periodistas Independientes (AEPI), el que sería llamado (por sus enemigos) sindicato del crimen, una alianza mediática de hierro contra un poder socialista ya en declive. Ese posicionamiento no impidió a Gutiérrez mantener una larga relación con Carmen Alborch, ministra de Cultura con González.

La publicación en Diario 16 de una información que relacionaba a una empresa de Hassan II con el narcotráfico le costó a Gutiérrez una condena en la justicia española que no logró levantar ni en el Supremo, ni en el Constitucional. El periodista leonés batalló con el orgullo herido contra esta condena, por la cual se presentó ante la opinión pública como una víctima de un atropello a la libertad de dar información veraz, hasta que Estrasburgo le dio la razón. Cuando dirigía Diario 16 consideraba a El Mundo su principal enemigo, y sus arengas eran altisonantes, pero encontró refugio en el diario de Ramírez cuando salió, muy desgastado, de su rotativo, vendido por Salas por una peseta a un empresario llamado Domínguez. El Mundo acogió desde entonces sus brevísimos artículos, que firmaba con el seudónimo Erasmo. Esos comentarios los compatibilizaba con la edición de la revista Leer, en cuya web puede encontrarse uno de sus últimos artículos sobre las amenazas a la libertad de expresión, en el que recuerda, no sin amargura, su trayectoria profesional. En este texto fechado este mes de mayo, El Guti se declara víctima de «operativos de espionaje característicos de los Estados policíacos, simulaciones de sainete a cargo de malos actores, la violencia, el sadismo recalcitrante y despiadado de los mezquinos y los cobardes, terrorismo light, retribuciones generosas a las conciencias corrompidas».

En aquel despacho, en los primeros años noventa, El Guti supo que el joven redactor no podría cubrir una información a la mañana siguiente porque por las mañanas estaba haciendo la mili. Levantó el teléfono y dijo a su secretaria: «Ponme con el ministro de Defensa». El joven redactor y recluta tardío asistió perplejo al diálogo entre su director y su ministro. El Guti parecía estar abroncando al titular de Defensa al contarle el caso: «¡Tenemos cosas más importantes que hacer que estúpidas guardias! ¡Tienes que darle permiso indefinido!». El ministro debió salir del paso como pudo. El joven redactor no se libró de lo que le quedaba de mili, porque la supuesta orden no llegó a los cabos primeros que debían ejecutarla, si es que alguna vez salió. Pero el entonces principiante todavía agradece el intento de su director de resolver las cosas a su manera. Como era él.

27 Mayo 2012

José Luis Gutiérrez

Luis María Anson

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Querido José Luis…

Fuiste siempre un águila real del periodismo, nunca un buitre carroñero. Supiste meterte en los albañales de la información política sin romperte ni mancharte. Eras sincero. Carecías de resabios. Adoptabas a veces un tono amenazador pero se trataba solo del barniz de tu personalidad. Nunca fuiste capaz de derrotar a la bondad de fondo que te caracterizaba.

Siempre que te veía me recordabas al capitán Haddock, el personaje del Tintín de Hergé. Te parecías físicamente. También psicológicamente. Fuiste la nobleza y la sinceridad en el periodismo. Te recreabas, por cierto, en una escritura soberbia. No se te reconoció lo bastante la alta calidad literaria de tu pluma. Eras capaz de escribir frases como versos, por ejemplo, que Fraga «mece sus andares de mejillonera, de vieja gabarra, Galicia al ritmo de sus caderas». Cuando atravesaste el campo de minas de DIARIO16, te incorporé a la colaboración en el ABC verdadero. Sorprendiste a todos y no solo por tu sagacidad en el análisis político ni por tu agenda tan densa para levantar primicias, sino por la belleza formal de tus artículos. Ganaste con justicia el Premio Luca de Tena.

Te vi por última vez en el palco del Real Madrid, la tarde de la apoteosis contra el Mallorca. Me hablaste de una entrevista que me acababan de hacer para Leer. Te referiste a la política incierta de Mariano Rajoy. Dedicaste un quiebro, no un requiebro, a Soraya. Quedamos para un almuerzo que ya no se celebrará. Cruzamos todavía elogios en artículos de este periódico. Y te arrancaste del árbol del periodismo de repente como si un huracán hubiera desgajado la vieja rama poderosa.

Días de papel -escribí hace ocho años sobre tu libro de memorias- «es un fuego continuo que revela y enciende las vivencias personales de uno de los grandes periodistas actuales, fuego que dispara a lo alto la cultura profunda, el juicio sagaz, la belleza literaria, la generosidad del espíritu, el humor sordo, la dureza de vivir, las arenas políticas sopladas por el viento, todo el bronco sabor de la existencia».

Un día te presentaste sin avisar en mi despacho de ABC. «Sólo tú puedes ayudarme. No nos llega el dinero para pagar la nómina de este mes en DIARIO16. Siempre estuviste al lado de los periodistas. Haz algo porque no nos quieren dar una peseta de crédito». Que el director de un periódico de Madrid visite al director de otro periódico para pedirle algo tan insólito refleja tu valor personal en la defensa de los tuyos. Llamé a José María Amusátegui. Nos recibió al día siguiente. Fuimos juntos tú y yo al Banco y te concedió el crédito.

Si te emocionaste entonces, querido José Luis, te emocionarías hoy aún más al comprobar cómo te han despedido tus compañeros en todos los periódicos, en todas las cadenas de radio, en todos los canales de televisión. Los versos de Miguel Hernández se han repetido para ti, compañero del alma, compañero, y yo me despido para siempre pero hasta pronto, mi admirado amigo, con la tristeza enredada en estas páginas que supiste regar de independencia con tus artículos y tus comentarios.