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Fundó el Estudio Arcofón y fue firme opositor a la huelga de 1993

Muere Salvador Arias, promotor del doblaje en España, actor, empresario y profesor del sector

HECHOS

El 6.12.2010 la prensa informó del fallecimiento de D. Salvador Arias.

06 Diciembre 2010

Maestro del doblaje español

Javier Memba

Sobradamente recordado por los dobladores más veteranos, Salvador Arias puso la voz al Charles Foster Kane de Ciudadano Kane (Orson Welles, 1941), entre otros muchos héroes míticos que en la pantalla lo fueron. Fallecido recientemente con 92 años mientras viajaba a Badajoz para rendir un tributo a Miguel Hernández, su longevidad no mermó nunca su afán docente. No en vano, era uno de los grandes maestros dobladores de nuestro país.

Hasta casi sus últimas horas, este veterano hombre del cine y del verso, sostenía su vieja teoría acerca del destino de los personajes. Ésta no era otra que esa sublimación del lenguaje, «la principal herramienta de comunicación del ser humano», acostumbraba a decir con el mismo afán que su admirado Luis Cernuda polarizaba el mundo entre la realidad y el deseo.

No es en modo alguno gratuito asociar a Salvador Arias con Cernuda. Parece ser que fue el autor de Los placeres prohibidos (1931) quien impartió a Arias clases de perceptiva literaria con el mismo entusiasmo que él habría de enseñar doblaje a tantas grandes voces de nuestras dos pantallas. Bien es cierto que Arias conoció también a Miguel Hernández en su paso por la Alianza de Escritores Antifascitas en plena Guerra Civil. Pero los biógrafos del doblador insisten en recordar que fue el gran Cernuda su maestro principal y la mayor influencia de su juventud.

Fuera quien fuese esa influencia primera, lo cierto es que fueron muchos los actores a los que Salvador Arias puso voz. No obstante, la profesión le recuerda principalmente como maestro de dobladores, siempre afecto a los papeles encarnados por Welles, el maestro de Wisconsin, a quien también tuvo oportunidad de doblar en su creación del malevo comisario de Sed de mal (1958). En efecto, es la de Arias la voz que añora la pianola en este inolvidable filme.

Aunque muy probablemente sus personajes de Welles fueron los más conocidos, de los cientos a los que Arias dobló, otros estaban llamados a ser sus favoritos. «Yo pertenecía a la Alianza de Intelectuales Antifascistas, de la que era secretario Rafael Alberti, y directora María Teresa León. Llegó el estreno de Numancia de Cervantes en la versión de Alberti y me propusieron hacer un papel. Como no me fue mal, continué con esa afición. Un día estábamos ensayando y apareció Hugo Donarelli que me dijo que le gustaba como actuaba y que si quería probar a ver si podía ser actor de doblaje», solía recordar Arias respecto a sus comienzos en la profesión.

Simultaneando su actividad en las tablas con los primeros doblajes, el joven Salvador coincidió con históricos del cine español como Paco Sánchez, la voz de Vittorio de Sica. Fue entonces, en los años 40, cuando Arias y Sánchez contribuyeron de forma determinante a la historia del doblaje en nuestro país. Sánchez lo hizo al fundar los Estudios Exa, del madrileño Parque del Conde Orgaz; Arias, al poner en marcha Arcofón. Establecimiento entrañable donde los haya, fue este último un negocio de la calle de Vallehermoso -también en la capital- frecuentado por montadores de la talla del gran José Antonio Rojo y distribuidoras, igualmente añoradas, como Mercurio Films. ¡Cuanto buen cine pasó por ahí!

Lástima que el destino último de Arcofón fuera el de ese trastero que hoy ocupa tan glorioso local. Pero Arias, ya en la docencia, ya al pie del cañón del take -take llaman los dobladores a los planos que han de doblar- siguió en el cine hasta el final. La suya fue la más prestigiosa escuela de doblaje del país. Preguntando por el secreto de tanta excelencia, siempre respondía lo mismo. «Para doblar bien hay que interpretar». Y esa fue la magia de su estilo: Salvador Arias, antes que nada, fue un gran actor.

Salvador Arias

07 Diciembre 2010

Salvador Arias, voz del cine y guerrillero escénico

Tereixa Constenla

Maestro del doblaje, recorrió los frentes de la Guerra Civil actuando junto a Alberti, Cernuda o María Teresa León

Se fue Salvador Arias (Madrid, 1918). Y con él se va un poquito de Orson Welles, John Gielgud, Spencer Tracy y Claude Rains (el mítico comisario de Casablanca: “Presiento que es el comienzo de una hermosa amistad”), a quienes cedió su voz grave en alguna ocasión. Salvador Arias participó en el doblaje de más de 3.000 películas y ayudó a formar a centenares de alumnos en su escuela de interpretación y doblaje. Tenía 92 años y seguía haciéndolo a diario. Hay una bella frase sobre su vida hecha por su amigo Marcos Ana, el poeta que porta la triste corona de haber sido el preso que más tiempo pasó encarcelado durante la dictadura: “Se fue con los deberes hechos”.

Marcos Ana habló de él, que falleció el jueves 25 en Madrid, en el funeral. Les había presentado en Madrid otro poeta, Rafael Alberti, y se hicieron amigos. Más que eso. “Diría que era como mi hermano”, comentaba, aún conmocionado, el autor de Decidme cómo es un árbol. “El bosque de mi generación se va despoblando”, agregó con melancolía. Con Arias se va uno de los últimos testigos de una generación histórica: la del grupo de intelectuales antifascistas que lucharon al lado de la República durante la Guerra Civil, muchos vinculados a la Residencia de Estudiantes.

Junto a Rafael Alberti, María Teresa León, Luis Cernuda y Santiago Ontañón recorrió los frentes de Teruel, Madrid y Levante haciendo espectáculos ambulantes rodeados de sonidos bélicos. Se llamaban las Guerrillas del Teatro. “Teníamos que buscar hondonadas donde las balas pudieran pasar por alto. Montábamos el tablado que llevábamos en el camión, donde también iba nuestro piano, y en media hora estábamos listos para la representación ante las tropas”, recordaba Salvador Arias en una entrevista en La clave en 2005.

A pesar de su juventud, Arias no se bajó de los escenarios hasta el final de la guerra: las guerrillas hicieron 350 funciones de Calderón, Lope o Lorca. Y también colaboró con algunos romances en El Mono Azul, la publicación de la Alianza de Intelectuales Antifascistas en la que escribieron Octavio Paz, Ernest Hemingway, María Zambrano o Ramón J. Sender.

En aquella época aún fantaseaba con ser escritor -Cernuda le dio algunas clases- pero el tiempo -y la historia- le alejaron de ello. Ahora ya solo se definía como “versificador” y de ello dejó una prueba: su libro La biblia en verso, escrita con un toque de humor.

Tras la guerra, llegó el doblaje, lo que le convirtió en uno de los pioneros en España. Paradójicamente, su futuro profesional nació del afán de Franco de cortocircuitar cualquier contaminación extranjera, lo que obligaba a doblar todas las películas y facilitaba la censura.

El encuentro de Arias con aquel nuevo mundo fue fruto del mismo azar que le había llevado a interpretar en las Guerrillas del Teatro. Un día, mientras ensayaba, impresionó al empresario de doblaje Hugo Donarelli, que le ofreció trabajo. Con el tiempo, Salvador Arias acabaría montando su propia empresa, los estudios Arcofon, donde conocería a Orson Welles durante el doblaje de Ciudadano Kane.

El encontronazo con el mítico cineasta tiene su anécdota, que relataría el propio Arias en una entrevista a Cómo hacer cine: “Estábamos doblando la película, cuando en mitad de una toma se abrió la puerta de la sala. Yo me enfadé muchísimo con la persona que veía en sombra, le dije que qué falta de profesionalidad, que guardara silencio, y cuando me fijé dije: ¡Mister Welles! Él me pidió disculpas y se quedó el resto de la mañana observando en silencio. Luego en el comedor me hizo una seña invitándome a comer con él. Era un hombre muy educado, me dijo con admiración: ‘Lo que han hecho ustedes aquí en media hora es lo que hago yo en toda la mañana’. Y yo le dije: ‘Claro, pero es que ustedes tienen dólares y nosotros pesetas”.

Más tarde dio clases en la Escuela Oficial de Cinematografía y montó su propia escuela, que rinde homenaje a Rafael Alberti con el nombre, por la que pasaron actores como Ramón Langa o Virginia Mataix, que así lo recordaba en su blog:“Lo primero que me dijo fue que había que aprenderse el papel, nada de leer el texto en el atril”. Mataix añadía: “Aprendí algo que jamás hubiera creído, a poner la voz a Embrujada y al gordo de Bonanza. Apenas cobraba por enseñar. Su deseo era que lo hiciéramos por disfrutar, no por dinero”. Hacía años que no doblaba. Lo comparaba con el tabaco. “Si lo dejas y un día fumas un cigarrito, recaes”.

01 Diciembre 2010

Salvador Arias

David Amón

Frío, helado, sin palabras me he quedado. Así, de repente, de repente y como quien no quiere la cosa se ha ido la voz, la voz del doblaje, la voz del teatro, la voz de la poesía y del poema, la voz de España, de aquella España en blanco y negro, un trocito de historia. Un pozo sin fondo de arte, conocimiento, sabiduría, sensibilidad, verso y más verso, voz profunda, sonora, inagotable, voz del renacimiento. La voz de Orson Welles, Maurice Chevalier, Fernandell y tantas y tantas cientos de voces y del cine. Un maestro enseñando el arte del doblaje, la fluidez de la palabra, el movimiento en escena, el ritmo del verso. Creador literario, versificador incomparable y poeta rotundo. Gran maestro, mejor amigo, Salvador Arias, el padre de Laura, la niña de sus ojos, ‘si volviera a tener una hija quisiera que fuera como tú’.

Descanse en paz Salvador, amigo, maestro.

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