18 septiembre 1979
Blas Piñar defiende o 'monarquía franquista' o 'república presidencialista', mientras que Gallardón defiende 'monarquía parlamentaria'
Polémica entre Blas Piñar López (Fuerza Nueva) y José María Ruiz Gallardón (Alianza Popular) por el modelo de Estado
Hechos
El 18 de septiembre de 1979 comenzó una polémica en medios entre los Sres. Blas Piñar López y José María Ruiz Gallardón a propósito del modelo de Estado en España.
Lecturas
El 16 de septiembre de 1979 el diputado D. Blas Piñar López, presidente del partido político Fuerza Nueva, pronunció un mitin en Medina del Campo en el que aseguró que había apoyado la monarquía de Don Juan Carlos de Borbón como sucesión de Franco porque pensaba que esta iba a llevar a cabo una monarquía franquista y autoritaria. Pero que una vez este había puesto en marcha una monarquía parlamentaria que había llevado al país a su juicio a una situación desastrosa, él consideraba que entonces era preferible para España una república autoritaria bajo el modelo presidencialista.
El 18 de septiembre de 1979 en el periódico EL IMPARCIAL D. José María Ruiz Gallardón, dirigente del partido político Alianza Popular publico una tribuna replicando al Sr. Piñar. El Sr. Ruiz Gallardón coincidía con el Sr. Piñar en que la situación de España era desastrosa pero no culpaba al Rey, sino al presidente del Gobierno D. Adolfo Suarez, y reivindicaba el valor de la monarquía parlamentaria.
Esto inició una larga polémica de amplios artículos entre los dos políticos.
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Artículos:
- «El Grave error del Sr. Piñar» (D. José María Ruiz Gallardón, E. I., 18-09-1979).
- «Contestación a don Blas Piñar (I)». (D. José María Ruiz Gallardón, E. I., 20-09-1979).
- «Respuesta a don Blas Piñar (II)». (D. José María Ruiz Gallardón), E. I., 21-09-1979).
- «Palabras, Ideas, Realidades (I)». (D. Blas Piñar López, E. I., 26-09-1979).
- «Palabras, Ideas, Realidades (II)». (D. Blas Piñar López, E. I., 27-09-1979).
- «La reforma política» (D. Blas Piñar López, E. I., 30-09-1979).
- «¿Instauración o simple restauración?» (D. Blas Piñar López, E. I., 2-10-1979).
- «Sucesión Formal y Sucesión Profunda». (D. Blas Piñar López, E. I., 3-10-1979).
20 Septiembre 1979
Contestación a don Blas Piñar
Mi querido amigo: En EL IMPARCIAL de hoy – ayer para los lectores – he leído su carta al director, que me apresuro a contestar. Lo hago en estado de profundo abatimiento y no por lo que usted dice en ella. Hace apenas unos minutos me acaban de informar del nuevo y alevoso atentado que ha costado la vida – ¡otra vez, Señor! – a dos jefes del Ejército español. Sé que usted compartirá mi dolor y el de todos los buenos españoles.
Y si he querido comenzar esta carta como lo he hecho es porque creo que importa mucho a los lectores de EL IMPARCIAL saber que yo no me tengo por enemigo suyo. Mal podría serlo de quien, como usted, ha defendido y defiende valores con los que me siento identificado absolutamente. Hace, además, muchos años que nos conocemos y guardo hacia usted el respeto que me merece todo aquel que mantiene con honestidad sus propias ideas.
Por eso mi primera preocupación quiero que sea – y estoy seguro de que usted compartirá mi deseo – elevar la altura del debate. Me parece esencial en estos momentos de tanto y tan fomentado confusionismo no contribuir a la ceremonia de su propalación. Usted pone, por encima de todo, el servicio a España. Yo también. Usted no concibe la desmembración de su unidad; yo tampoco. Para usted hay valores morales, individuales y colectivos, que priman sobre cualquier consideración: el honor de ser español, la probidad intelectual, la defensa de la familia, el respeto al derecho, etcétera: para mí también son valores esenciales y fundamentales. Quede, pues, bien claro que en esta polémica que se inicia no perseguimos ni usted ni yo, al menos así lo entiendo, sino debatir concretamente la procedencia o improcedencia, la verdad o el error, de una afirmación suya que yo he recogido de la Prensa: “Si en España no fuese posible la Monarquía que quiso Franco usted prefiere una República presidencialista, con unidad de poder y al servicio de la unidad, la grandeza y la libertad de España”.
Y ese es el tema. Para mí ese planteamiento es falso y funesto. Veamos por qué:
1 – Falso, pues la alternativa no está correctamente planteada. Entre la Monarquía “que quiso Franco” y la República presidencialista hay otras muchas formulas – unas aceptables y otras no – que no son ni aquella Monarquía, ni esta anunciada República. Que la Monarquía debe estar – y está – al servicio de la unidad, la grandeza y la libertad de España es algo que me parece indiscutible. Esa es su razón de ser. Que los políticos que hoy ostentan el poder no parecen precisamente servir a esos ideales, también me parece evidente. Pero una cosa es la institución y otra el Gobierno. Confundir a éste con aquella es, sencillamente, una falacia.
2 – Funesta, además, la alternativa. Porque, en efecto, sí, como usted apunta, la forma del Estado fuera una República, y, además presidencialista, admitiría usted que por la vía de los votos – en otro caso sería una dictadura – es más que posible que su titular fuera un lacayo del marxismo más o menos enmascarado. ¿Votaría usted, señor Piñar, a una tal forma de Estado? ¿Quiere usted que se repita lo ocurrido después del 16 de febrero de 1936 y tengamos un Gobierno frentepopulista? ¿Asegura usted que esta última hipótesis es impensable?
Y, por favor, no me conteste todavía. Tengo más argumentos que esgrimir. Pero el espacio que diariamente ocupo en EL IMPARCIAL no da para más.
¡Ah! Y Tenga la bondad de enviarme el texto íntegro de su parlamento en Medina del Campo. No me gusta polemizar sobre textos que no conozco en su totalidad.
Más, aún con todo, y habiendo admitido usted la paternidad de la frase origen de la polémica, seguiré mañana y en días sucesivos tratando de desgranar la cuestión.
Un último reparo a su carta de ayer: la demanda no la he presentado yo, sino usted con sus palabras en Medina. Pero ese es un detalle formal que dejo de lado. Con todo repseto se despide de usted hasta mañana su afectísimo.
José María Ruiz Gallardón
21 Septiembre 1979
Respuesta a don Blas Piñar (II)
A la espera del texto íntegro de las palabras pronunciadas en Medina del Campo, y, como decimos los juristas, reservándome el derecho de réplica y las pertinentes conclusiones, continúo hoy desarrollando mi argumentación en defensa – hoy y aquí – de la institución monárquica y en contra de la forma republicana para España.
Respeto en todo lo que vale – que es mucho – la obra del generalísimo Franco. Señalo como uno de sus más acertados logros – que forma parte insustituible de su obra – la configuración del régimen político que habría de sucederle, bajo el signo de la Monarquía. Y advierto que, en ningún caso, esta Monarquía podía ser mimético reflejo del anterior régimen personal. La figura de Franco es irrepetible; su régimen, también. Intentar pura y simplemente su continuación exigía estos tres requisitos:
1 – Existencia de una figura aureolada como la suya.
2 – Unos poderes amplísimos abarcando incluso todas las facultades del legislativo y el ejecutivo.
Y 3 – Admisión – impensable – de un tal sistema político en el mundo occidental y europeo, que es el democrático. Amén de que siempre quedaría sin resolver el futuro de la sucesión del régimen.
Ninguno de los tres requisitos podían históricamente cumplirse. Que eso sea bueno o sea malo es otra cuestión. Pero el hecho es que otro Franco no era ni es concebible.
Y entonces ¿qué? Alguien se planteó este problema en la postrimerías del franquismo. Y muchos respondieron: después de Franco, las instituciones. Entre éstas, la Monarquía encarnada en Don Juan Carlos de Borbón. Una Monarquía, pues, querida por Franco – léase su último mensaje a los españoles – y que no podía ser mimética reproducción de la dictadura – legítima – de Franco-
Con la muerte de este no se rompía la continuidad de histórica de España. Y era necesario, al tiempo, que, devuelta la plenitud de la soberanía a los españoles fueran estos quienes configuraran su naciente y nuevo sistema político.
Pues bien, desgraciadamente, los que comulgamos en los mismos principios no supimos lograr o no quisimos conseguir que prevalecieran las líneas maestre de:
- Una Monarquía no partitocrática, pero si fundamentada en la democracia.
- Una Monarquía respetuosa con las peculiaridades regionales, pero sí defensora de la unidad inconmovible de la única patria común.
- Y una Monarquía con un Gobierno fuerte, pero no entregada al consenso, es decir, a la cesión continuada.
Y – hay que decirlo – quienes dinamitaron esa posibilidad – Monarquía democrática, regionalista y unitaria y con un ejecutivo fuerte – fueron en su mayor parte, no los enemigos tradicionales de estas ideas, sino muchos, muchos franquistas con – aparentemente – intachable hoja de servicios al régimen anterior. Y lo que es más lamentable, gran parte del pueblo español, el mismo que antes aclamó Franco, votó por quienes – ahora se ve claro – no pensaron nunca si no en el propio proyecto [Adolfo Suárez]. Se autodenominaron ‘centro’.
Del otro lado, los que queríamos la unidad, la autoridad, el orden, una justicia respetable y respetada, una organización social sin lucha de clases y fundamentada en el honor, el trabajo y el ahorro nos enzarzamos en disquisiciones, empujoncitos y seudoliderazgos. ¿Es responsable la institución monárquica de aquellos vergonzantes cambios de chaqueta? ¿Lo es acaso de nuestras propias divisiones? Para mí está claro que no.
Y está claro también que sólo reconduciendo al pueblo español al camino de la estabilidad, recosiendo esta España que se nos parte y asentado la economía en el esfuerzo y el trabajo, y no en la lucha clasista y la falta de productividad, podremos levantar al país. ¿Qué hay que reformar la Constitución en esos puntos? ¡Pues a ello!
Todos esos ideales no solo caben, sino que están propiciados en y desde la Corona. Pero no es tarea de ésta, sino nuestra, ponerlos en acto, como decían los filósofos españoles del siglo XVI.
¿Cabe, pues, mayor dislate que pretender, ahora y aquí, derrumbar la forma de Estado que quiso Franco, en cuyo favor toamos muchísimos para lanzarnos a la locura de una aventura republicanoide?
¿O acaso lo que busca usted, señor Piñar, es una dictadura sin Franco? Dictadura ¿con qué legitimidad? ¿Con qué títulos? ¿Impuesta como?
Y no olvide que el Rey es EL PRIMER SOLDADO ESPAÑOL.
Esperando su respuesta, le saluda.
José María Ruiz Gallardón
26 Septiembre 1979
Palabras, Ideas, Realidades
Como prometí contesto a José María Ruiz Gallardón. Con el máximo respeto para la persona y procurando que el debate ideológico tenga la altura que el tema y la trágica situación de España nos exigen.
En primer lugar destaco dos coincidencias. Sin coincidir en algo, el debate no serviría para clarificar absolutamente nada y nos llevaría a enredarnos en una discusión estéril. Las coincidencias radican, como Ruiz Gallardón enumera su carácter exhaustivo, en el servicio a España, en el rechazo a la desmembración de su unidad y en la defensa de los valores morales individuales y colectivos como el honor, el derecho, la familia y la propiedad intelectual. Pero hay otro punto de coincidencia: el diagnóstico de la situación, la agonía de España, convertida en material de despojo ante la pasividad o la complicidad del poder, desde la puesta en marcha de lo que se llamó en su día “el cambio político”. Este diagnóstico, que hoy es compartido por la casi totalidad de nuestro pueblo – víctima sacrificada de la experiencia – ya no es de pronóstico reservado, sino que públicamente, y a través de quienes en cualquiera de las instituciones lo han preconizado, apoyado o tolerado, se clasifica de gravísimo.
Pues bien, si hay coincidencia en dos puntos básicos, no la hay – y esta es la última razón de mis palabras en Medina del Campo – ni en las causas que han conducido al desprecio absoluto de este haz de valores sustanciales en que coincidimos ni en las soluciones urgentes que la nación necesaria para no extinguirse como sujeto histórico.
A los fines del debate, de mi discurso de la plaza de toros de Medina del Campo no interesan más que aquellas palabras que la prensa ha recogido. Rara vez puedo permitirme el lujo de escribir a priori porque, aunque la Providencia ayuda a multiplicar el tiempo, no acostumbra a elevarlo a aquella potencia que precisaría para esta labor. Por eso no puedo enviarle aún el texto escrito. Pero con el esquema previo en la mano, puedo afirmarle que dije sustancialmente esto: “Si ya no fuera posible una Monarquía verdadera, es decir, la monarquía católica, social, tradicional, y representativa, sería preferible una república presidencialista, con unidad de poder, al servicio de la unidad, la grandeza y la libertad de la patria a una Monarquía degenerada y degradada que no tuviera de Monarquía más que el nombre y la Corona”.
El planteamiento no es de oposición genérica entre Monarquía y República, sino entre un tipo de Monarquía y un tipo de República, y se hace como un planteamiento sub conditione, de tal modo que su traslado al tiempo presente constituye una cuestión de hecho que cada español puede juzgar si se ha producido, si no se ha producido o si está a punto de producirse.
Yo no he interpuesto, por consiguiente, una demanda: y aunque se trata de un asunto trivial me interesa que quede clara una cosa: que aquello que yo he dicho en Medina del Campo es lo que ha motivado la demanda que gira con el título de ‘El grave error del señor Piñar”.
¡Por supuesto que aquí n ose ventila nada que afecte al amor propio! Bien sabe Dios que en esta lucha por España, que comencé allá por el año 1966 me hubiera gustado equivocarme muchas veces. Pero no ha sido así- A quienes me han acompañado en la empresa les he dio en repetidas ocasiones “Desgraciadamente teníamos razón”. E insisto en que desgraciadamente porque aquí lo que a todos nos importa o debe importarnos de verdad es España y no la ridícula y frívola vanagloria de haber acertado.
Escrito esto y para mantener el debate a la altura proyectada conviene precisar las ideas. La Babel de nuestro tiempo no está en la confusión de lenguas, sino en la confusión de los conceptos: y esta confusión es mucho mas dañina que aquella. Aquella se resuelve con los políglotas y los diccionarios, pero la confusión ideológica requiere un esfuerzo de la voluntad, primero, y de la inteligencia después, a fin de que sea posible entendernos.
La confusión ideológica a que nos referimos y que hoy constituye un lugar común, surge del empleo de una misma palabra para expresar conceptos distintos y aun antagónicos. En este sentido hay palabras que no son univocas, sino equívocas, porque son portadoras no de un solo mensaje, sino de mensajes contradictorios. Tal ocurre con vocablos tan usuales como Iglesia, Paz, Libertad, Democracia y, por supuesto, Monarquía.
Pero sobre esta equivocidad con la que entro en materia escribiré el próximo día.
Blas Piñar
El Análisis
No se trataba de que Blas Piñar defendiera la república y que José María Ruiz Gallardón defendiera la monarquía, se trataba de que Piñar defendía un regímen autoritario y Gallardón defendía uno liberal. Si el Rey Juan Carlos I hubiera levantado el brazo y mantenido un régimen de partido único, entonces Piñar habría aplaudido esa monarquía, como el Rey optó por una monarquía parlamentaria, pasó a defender una república presidencialista autoritaria como la República de Saló de Berlusconi.
J. F. Lamata