18 enero 1981

Una apuesta del nuevo director de RCE, Juan Fernández Lozano

Radio Cadena Española apuesta por la malagueña María Teresa Campos para renovar sus informativos

Hechos

D. Juan Fernández Lozano es nombrado director de RADIO CADENA ESPAÑOLA el 18 de enero de 1981.

09 Mayo 2004

Mis dos vidas

María Teresa Campos

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Ya he dicho anteriormente que en lo que creo es en el azar. Y el azar, en este caso, tenía un nombre: Juan Fernández Lozano. Había sido mi jefe de siempre en Málaga y le nombraron director de Radiocadena Española. Inmediatamente me hace una proposición que daría un giro espectacular a mi vida, una de esas vueltas que terminan siendo, como se verá, definitivas, y que habría de marcar, en contra de todo lo esperado, mi futuro. Juan me ofrece irme a Madrid para formar parte de su equipo, y nada más y nada menos que como directora de Informativos de la cadena. En mi situación, ningún profesional habría podido rechazar esa oportunidad. Y la aproveché.

Cuando sucedió eso era una mujer que libraba una batalla interior por cambiar su vida sentimental en un momento -el año 1981- en que el divorcio, en nuestro país, era muy reciente. Estaba contemplado por ley, pero la realidad social no había experimentado la suficiente evolución para que la calle observara con normalidad un nuevo derecho tantos años negado.

Aquí he de ser muy sincera. No me gusta el término, pero la verdad es que la «oferta de trabajo» fue, a la vez, la coartada que me permitió cambiar mi vida personal y recuperar mi libertad. (…)

Unos meses antes de aquel momento tan crucial ya había tratado de plantearle a mi marido la necesidad de una separación. Él me presionó moralmente para no hacerlo. De nada me sirvió el principal y evidente argumento de que nuestro matrimonio estaba acabado. Al mismo tiempo le tenía un gran cariño a José María como persona y padre de mis hijas. Para mí era casi como un hermano.

Pero no le amaba como marido. Había estado conmigo desde los 17 años y no quería hacerle daño; jamás pretendí causarle dolor, pero tenía que irme, decirle adiós y emprender un nuevo rumbo. Lo hice al presentarse esta «coartada de trabajo». Sólo así podía alejarme de Málaga e intentar romper lo que en realidad, y de una forma irrecuperable, estaba ya roto. No fue fácil escapar. Ni sencillo que algunos de los que me rodeaban, de los que más me querían, fueran capaces de entender mi decisión.

Mi madre, que siempre nos ha protegido mucho, quizá en exceso, a mis hermanas y a mí, me cogió a solas y me expresó sus temores el día que le dije que me iba a Madrid. Hizo todo lo posible por disuadirme:

-¿Qué vas a hacer? Vas a romper tu matrimonio. Piénsalo bien, te puedes quedar sola. Puedes ser muy desdichada…

No la dejé acabar. Estaba muy segura del paso que iba a dar y le contesté:

-Durante casi 40 años he hecho siempre lo que decías que había que hacer. Ahora quiero equivocarme haciendo lo que yo creo que tengo que hacer. Y lo que me apetece.

-Hija mía, lo que temo es que puedas ser una desgraciada.

-Por si no lo sabes, llevo muchos años, muchísimos, siendo precisamente eso, una desgraciada.

Me respondió que, efectivamente, ella no sabía nada; ignoraba los lados sombríos de mi vida, los años de sufrimiento, la señal de tristeza que queda fijada en la mirada de quienes, como a mí me había ocurrido, hemos soportado en silencio el peso oscuro de la infelicidad.

Mi madre nunca volvió a decirme nada y siempre me comprendió. Y yo, a punto de salir de la casa que había compartido tantos años con mi marido, iba a hacer lo mismo que la Nora de Casa de muñecas, de Ibsen: cerrar la puerta e irme.

Dejaba a las niñas en Málaga; ya eran mayores, tenían el colegio enfrente de casa y además iría a verlas, como así ocurrió, cada fin de semana. Pero en el momento en que me iba, ellas estaban dormidas. Entré en su habitación muy despacio, sin hacer ruido para no despertarlas, me acerqué a sus camas para darles un beso y en ese instante siento a Terelu, que me dice:

-Mamá, ¿me das cien pesetas?

Eso me hundió. No paré de llorar hasta que llegué a Madrid. En ese momento fui consciente de que no iba a estar allí al día siguiente para que me dijeran eso: «Mamá, dame cien pesetas».