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El artista pancatalanista fue abucheado por parte del público madrileño y repudiado por el diario valenciano LAS PROVINCIAS

Raimon la lía en el homenaje a Miguel Ángel Blanco de TVE en Las Ventas por aludir a la polémica catalán/valenciano

HECHOS

El 10.09.1997 RTVE transmitió un homenaje en Las Ventas de Madrid presentado por D. Matías Prats en memoria de D. Miguel Ángel Blanco. En el homenaje actuaron, entre otros, ‘Rafael’ , ‘Nacho Cano’ o ‘Raimon’.

Los abucheos a D. Ramón Pelejero Sanchis ‘Raimon’ por cantar en catalán en un acto contra las víctimas del terrorismo y llamar catalán al idioma valenciano es criticado por el periódico Las Provincias que acusa a ‘Raimon’ de dar un ‘mitin filológico’. En una entrevista en El Periódico publicada el día 17 Raimon acusa a Las Provincias de ser ‘un periódico peligroso’ como las serpientes. También el diario El País publica el día 17 un artículo crítico contra Las Provincias.

La decisión del cantante ‘Raimon’ de cantar en catalán en su intervención en el homenaje a D. Miguel Ángel Blanco diciendo que el catalán era ‘la lengua de valencia’ fue respondida con abucheos y escuchada con indignación por cierto número de valencianos.

zap_1997_matias D. Matías Prats – presentador de la gala de TVE juno a Dña. Ana Obregón y Dña. Concha Velasco –  también sería criticado (en especial por el buzón del diario LAS PROVINCIAS) por decir al presentar al valenciano Sr. Raimón que ‘venía de Catalunya’ y que gracias a él ‘muchos habíamos aprendido catalán’.

zap_1997_raimon D. Raimón antes de cantar en homenaje a D. Miguel Ángel Blanco remarcó que el idioma de Valencia era ‘el catalán’, desatando los silbidos de reproche de gran parte del público de Las Ventas que se mantuvieron durante casi toda su actuación.

zap_sacristán D. José Sacristán, que intervino en el acto de solidaridad con D. Miguel Ángel Blanco después de ‘Raimón’ no pudo evitar hacer un reproche al público y en tono muy severo exclamó: «¡Este es un acto en defensa de la libertad y la tolerancia! ¡No entiendo qué sentido de la libertad tienen los que silban a alguien por cantar en su idioma!»

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RAIMON Y LA PRENSA CATALANA CULPAN AL DIARIO DE MARÍA CONSUELO REYNA

El artista ‘Raimon’ responsabilizó al periódico valenciano LAS PROVINCIAS, dirigido por Dña. María Consuelo Reyna de ser culpable de la crispación contra él. Aseguró que LAS PROVINCIAS ‘era un diario peligroso’ y lo comparó con las serpientes por, según él, esparcir veneno. Sus declaraciones fueron reproducidas por la prensa catalana. Tanto LA VANGUARDIA como EL PERIÓDICO de Catalunya publicaron informaciones que culpaban de la crispación tanto al periódico de la Sra. Reyna como a su marido, el Sr. Sánchez Carrascosa, como máximo responsable de CANAL 9 (CANAL NOU), de fomentar el anticatalanismo.

EL PAÍS, TAMBIÉN CONTRA LAS PROVINCIAS

También el diario del Grupo PRISA, EL PAÍS publicó un pequeño reportaje contra el diario LAS PROVINCIAS que, en sintonía con las acusaciones desde Catalunya, vinculó a este periódico con los abucheos ‘y la intolerancia’. Se da la circunstancia de que PRISA era el máximo responsable de la plataforma digital CANAL SATÉLITE DIGITAL, mientras que LAS PROVINCIAS era accionista de la plataforma VÍA DIGITAL, principal competidora de la anterior.

LA COPE APOYA A RAIMON

También en la Cadena COPE, en contra de lo que pudiera esperarse, en la tertulia de D. Antonio Herrero, se apoyó a ‘Raimon’ y se presentó la actitud abucheadora de los madrileños como una actitud de «elementos intolerables aislados» que había que lamentar. En la sección ‘la Cabina’ de LAS PROVINCIAS se recogieron muchas cartas de valencianos que criticaron aquella actitud del Sr. Herrero y el resto de tertulianos de la emisora episcopal.

12 Septiembre 1997

El mitin filológico de Pelejero

María Consuelo Reyna

Pelejero necesitaba volver a hacer méritos ante el catalanismo rampante. Y los hizo dando la nota contra el Estatuto Valenciano la víspera de la Diada catalana.

Ayer había indignación y fuerte, contra Ramón Pelejero (Raimon). No porque cantara en catalán que, al fin y al cabo, es lo suyo. Como si quiere cantar en chino.

La indignación era porque el cantante – que desafinó por partida doble – aprovechó la audiencia de ocho millones de espectadores para llamarnos país valenciano y decir que el valenciano era catalán. Para provocar y ofender al pueblo valenciano, para negar a la Comunidad Valenciana la libertad que dice defender para el País Vasco. Para montarse un mitin filológico.

La verdad es que resultó grotesca su actitud. Totalmente trasnochada. Crispada y crispadora. Y su ‘gora Euskadi’, dicho en una canción de 1967, definida en sus libros como ‘de combate’ se le clavó a muchos como una puñalada en el corazón. Que el ‘gora Euskadi’ de 1967 era más independentista de lo que ahora es.

Los comentaristas de Madrid, listos ellos, no se enteraron. O no quisieron enterarse y convirtieron a Pelejero en una víctima de la intransigencia. Lo que faltaba por oír.

El público asistente, sí se enteró. Sí se dio cuenta que la actitud de Pelejero era provocativa, que sus palabras sobre valenciano y catalán llevaban gato encerrado. Vaya, que no era normal que un cantante se soltara en un discurso filológico en un acto contra ETA.

Fue chocante que Raimon, de repente y a última hora, se sumara al homenaje a Miguel Ángel Blanco. Abora todo se explica. Pelejero necesitaba volver a hacer méritos ante el catalanismo rampante. Y los hizo dando la nota contra el Estatuto Valenciano la víspera de la Diada catalana.

María Consuelo Reyna

12 Septiembre 1997

La fiesta de la polémica

EL MUNDO (Director: Pedro J. Ramírez)

Los poco halagüeños augurios que hacíamos en nuestro editorial de ayer se cumplieron con creces. La fiesta de homenaje a Miguel Angel Blanco tenía errores de concepción muy graves, que ya señalamos: la monopolización del acto por parte de RTVE, en detrimento de la audiencia de las demás cadenas; la invitación preferente a estrellas y artistas identificados con la derecha política; la foto de José María Aznar en La Moncloa con un grupo de ellos… El PP -de modo premeditado o empujado parcialmente por las circunstancias- acabó adueñándose del acto, con la colaboración de RTVE. Tras de lo cual, no le queda más remedio que asumir las consecuencias.

Porque luego ocurrió lo que ocurrió. Es sin duda cierto que Raimon y José Sacristán fueron abroncados por una minoría del público que abarrotaba Las Ventas. Pero el hecho es que el coro de silbidos se hizo notar llamativamente. Y que los integrantes de ese coro también estaban allí en respuesta a la convocatoria del PP y RTVE. Algunos dirigentes del PP se niegan a dar importancia a lo sucedido, e incluso se declaran satisfechísimos del acto, y hasta felicitan a RTVE por su éxito, pero los más perspicaces no dejarán de darse cuenta de que, con pifias como ésa, la imagen centrista y tolerante que tanto busca la dirección aznarista se emborrona lamentablemente.

Es la segunda edición de aquel «¡Pujol, enano, habla en castellano!» de triste memoria. Aunque en este caso la bronca tenga un añadido doblemente turbio, porque la primera tanda de silbidos surgió antes de que Raimon se pusiera a cantar en catalán, cuando aludió críticamente a la dictadura franquista. Y Sacristán fue silbado porque leyó un poema de Bertholt Brecht -un bellísimo poema, dicho sea de paso- en el que se habla de «los comunistas». El PP tiene un sector de simpatizantes que, o lo educa pronto en el significado de la palabra libertad, o va a penar por él más de lo que está escrito.

En todo caso, y al margen de lo que esa parte del público hiciera o dejara de hacer en un acto que se presumía unitario, lo que está también en cuestión es el tipo de propuesta cultural que el PP enarbola. Porque la apoteosis de Raphael que se vivió en el acto del miércoles fue muy significativa. No se trata de negar su indudable talento artístico, ni el tirón que tiene incluso entre una parte de la juventud. Pero que la práctica totalidad del público se entusiasmara con su actuación revela la existencia de una evidente distorsión. De haberse logrado una audiencia más representativa, hubiera habido también un significativo sector de ella que se habría sentido de excursión por el túnel del tiempo.

Aunque tampoco hay por qué centrarse en Raphael. Es el conjunto medio del elenco el que producía una sensación de déjà-vu, e incluso -por utilizar el mismo piropo que López-Amor dedicó exageradamente a Radio Nacional- de «olor a naftalina».

Cabría poner más objeciones, y no menores. Por ejemplo: ¿sólo había que homenajear a Miguel Angel Blanco? Y también: ¿era precisamente una fiesta lo más adecuado para el homenaje? ¿No hubiera sido preferible un concierto de música menos frívola, que diera al acto un algo de solemnidad? Entre los fastos de la abadía de Westminster en honor de Diana de Gales y esta Macarena colectiva, ¿no hubiera podido encontrarse algún punto intermedio?

12 Septiembre 1997

La apropiación de los sentimientos

EL PAÍS (Director: Jesús Ceberio)

EL HOMENAJE al concejal asesinado por ETA Miguel Ángel Blanco, el pasado miércoles, en la plaza madrileña de Las Ventas tuvo momentos de gran emoción, como el de la intervención del grupo musical al que pertenecía, con el sonido grabado de su propia batería. Antes del acto de la noche, todas las fuerzas políticas democráticas habían manifestado su firme adhesión. Sin embargo, el desarrollo del recital puso de relieve el sectarismo de sus organizadores, al utilizar, en beneficio propio, los sentimientos de muchos de los asistentes y de los millones de televidentes que siguieron las actuaciones. Este uso sectario, incluyendo la vergüenza de los abucheos a Raimon y José Sacristán (los participantes más inclinados a la izquierda), era bastante previsible desde que se conoció que se había encargado la organización del acto a Fernando López-Amor, un ex diputado del PP reconvertido en director de la televisión pública y conocido por su tradicional generosidad hacia el adversario político. Pero lo que nadie esperaba fue el espectáculo ofrecido por Aznar en La Moncloa, partiéndose de risa al ritmo de la Macarena en la recepción a los artistas que colaboraron. Lo más preocupante de este conjunto de despropósitos es el efecto desmotivador que puede tener en Euskadi, donde cada día se libra la batalla contra la intolerancia de quienes asesinaron a Miguel Ángel Blanco. Algo mucho más serio.El PP ha confundido la ocasión de dar continuidad a la solidaridad compartida manifestada hace dos meses con un motivo más para hacerse propaganda: el propagandismo se ha convertido en la más nítida acción política de este Ejecutivo. Algunos parecen haber confundido un acto público en memoria de una persona cruelmente asesinada con una fiesta de paso del ecuador o una despedida de soltero. Hace dos meses, el hijo de un albañil gallego emigrado a Euskadi era asesinado por los mismos que han matado a otras 800 personas. El hecho de que, además, fuera concejal de un determinado partido no fue tenido en cuenta por los millones de personas que se movilizaron contra ese crimen. Parece increíble que nadie hubiera previsto que muchos ciudadanos, incluyendo las víctimas del terrorismo, iban a sentirse ofendidos por esa manipulación y por los agravios comparativos despertados por el espectacular despliegue de Las Ventas.

Hace dos años, tras el asesinato de Gregorio Ordóñez, otro concejal del PP, también hubo un festival cuya iniciativa correspondió al cantante Javier Gurruchaga. Y también se creó una fundación con el nombre de la víctima: una fundación plural, creada a iniciativa de la viuda del concejal donostiarra y en la que, junto a dirigentes del PP, figuraron desde el conmienzo personas que nada tienen que ver con ese partido. Si ya existía esa fundación, ¿por qué crear ahora otra con el nombre del concejal de Ermua? ¿O por qué no se hizo con los centenares de víctimas de los torturadores, muchas de ellas anónimas? ¿Se creará una fundación más con el nombre del policía asesinado el pasado viernes?

La solidaridad con las víctimas del terrorismo debe mostrarse con la elegancia que requiere el caso, sin que ningún demócrata pueda sentirse abochornado o incómodo. Y el miércoles se hizo alarde de esa inelegancia.

19 Septiembre 1997

Del espíritu de Ermua al de Las Ventas

Jordi Sole Tura

Desde el asesinato de Miguel Ángel Blanco por ETA hasta el festival de la plaza de Las Ventas de Madrid, en homenaje al concejal de Ermua asesinado, han pasado dos meses. Con la conmoción causada por aquella bárbara ejecución surgió lo que se llamó el espíritu de Ermua, que consistió en la combinación de un vasto movimiento de repulsa popular contra ETA y la promesa de todas las fuerzas políticas democráticas de colaborar en la acción antiterrorista y en el aislamiento político de HB, sin que ninguna intentase utilizar en provecho propio aquel inmenso movimiento de protesta. A la vista de lo ocurrido en Las Ventas, y sus prolegómenos en La Moncloa, uno se pregunta qué queda de aquéllo, dos meses después.¿Qué queda, por ejemplo, de la promesa de no utilización partidista y unilateral de aquella tragedia? El festival de Las Ventas no fue un homenaje masivo y popular en el que se fundieron en una sola piña sensibilidades y visiones diferentes, como el de las grandes manifestaciones de julio, sino un acto de propaganda del PP, que utilizó el nombre y la figura del infortunado Miguel Angel Blanco en solitario, cuando hoy ya deberíamos incluirlo como una víctima más en la larga y penosísima lista de víctimas de ETA. No creo que se haga ningún favor a la memoria de Miguel Angel Blanco, ni al dolor de sus familiares y amigos, con este empeño en singularizarlo, con este afán de apoderarse en exclusiva de su imagen y su tragedia, con esta distinción entre él y la tragedia colectiva de las más de ochocientas víctimas de la locura asesina de ETA.

Pero no sólo se trata de eso. Si hablo de propaganda y no de acto de homenaje en sentido estricto es por el carácter mismo del festival. Por más que lo intento, no consigo entender qué tenía de homenaje aquella terrible foto de La Moncloa con el presidente del Gobierno y su esposa riéndose y marcando el paso de Macarena junto con vanos de los artistas que iban a intervenir en el acto. Aquella foto no sólo no tiene nada que ver con el espítitu de Ermua, con la emoción y el llanto de tantos millones de ciudadanos y ciudadanas que salieron a la calle, sino que es una ofensa a todos y, muy especialmente, a los familiares de todas las víctimas del terrorismo. Lo decía muy bien una escueta y contundente carta al director publicada en estas mismas páginas el sábado 13 de septiembre por un lector que no conseguía imaginarse -decía- «a Felipe González y a Carmen Romero bailando Macarena en memoria de Francisco Tomás y Valiente», constatación que se podría extender a todos los anteriores presidentes del Gobierno de la democracia y a todas y cada una de las víctimas de ETA. La foto de La Moncloa no es una expresión de pesar por la tragedia de Miguel Ángel Blanco, sino un gesto de satisfacción por estar rodeados de un grupo de artistas conocidos que se disponen a actuar en un festival montado por el PP.

Tampoco tiene nada que ver con el espíritu de Ermua el desarrollo del festival. No hablo ya de su contenido artístico, que a mí me pareció más bien cutre, más bien propio del pasado que del presente y del futuro, pero que debió gustar a los que aplaudían. Hablo de los silbidos a Raimon y a José Sacristán, que no tenían nada que ver con el arte y sí con la memoria política. Como catalán, me sentí profundamente ofendido por los silbidos a Raimon, pero más que ofendido me sentí indignado y angustiado cuando por primera vez en la democracia oí silbar a José Sacristán por hablar de la izquierda y a Raimon por interpretar la misma canción que había movilizado a tanta gente en las difíciles condiciones de la dictadura franquista. En los años finales del franquismo, miles de ciudadanos madrileños ovacionaron a Raimon por una canción que rompía las amarras de la clandestinidad y anunciaba la democracia y, ahora, otros miles de ciudadanos madrileños, en plena democracia, rechazaban estrepitosamente la misma canción en un acto que, si ya tenía poco de homenaje a la memoria de una víctima del terrorismo, dejaba de tener el más mínimo sentido como tal para convertirse en una pura expresión de intolerancia, de rechazo al pluralismo y de partidismo estrecho y miope.

Cuando tantos millones de ciudadanos salieron a la calle hace dos meses para expresar su dolor y su protesta por el asesinato de Miguel Ángel Blanco, lo hacían sin condiciones, sin partidismos, sin exclusiones. Dos meses después, el PP ha convertirdo aquel espíritu en un festival de fiesta mayor, partidista, excluyente y frívolo que, sin duda, ha. provocado vergüenza propia y ajena en muchos centenares de miles de los manifestantes de entonces. Era de temer que algo de esto ocurriría, pero no me imaginaba que tan pronto y con un techo tan bajo.

Todo esto es un verdadero drama porque tanta incompetencia y tanto partidismo en un tema tan delicado como éste sólo pueden favorecer a un terrorismo que debe sentirse encantado con tanta macarena y tanto silbido intolerante. Desde luego, los demás participantes en el espíritu de Ermua estamos en una situación muy desagradable porque sentimos que nos han apagado aquella potente llama con silbidos y abucheos reaccionarios y con ínfulas exclusivistas. A los que estamos en la oposición no nos sorprende demasiado, pero no sé cómo los partidos nacionalistas que aseguran con su colaboración la mayoría parlamentaria del PP pueden seguir apoyándole sin exigir explicaciones muy serias y sin pedir cambios de rumbo. Me refiero sobre todo a CiU, que está apoyando a un partido cuyos dirigentes dicen respetar la opinión de los que han silbado a un cantante demócrata como Raimon por el hecho de homenajear a Miguel Ángel Blanco en una lengua que el franquismo había prohibido y perseguido. Algunas autoridades de la Generalitat de Catalunya, empezando por su propio presidente, han protestado, pero, ante la gravedad del asunto -que José María Aznar califica de pura anécdota-, somos muchos los que nos preguntamos si basta con una protesta formal y protocolaria. Yo por lo menos no aguantaría ni un minuto a un socio que además de ofenderme me ridiculice a mí y a lo que yo pueda representar.

Jordi Solé Tura

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