21 mayo 1991

Rajiv Gandhi, ex primer ministro de la India, y candidato favorito para ganar las elecciones, es asesinado en un atentado

Hechos

El 21.05.1991 Rajiv Ghandi, líder del Partido del Congreso, fue asesinado por una bomba oculta en un ramo de flores.

Lecturas

UNA TERRORISTA SUICIDA

Thenmozhi Rajaratnam, conocida como Dhanu, fue la mujer que se abrazó en un acto político a Rajiv Ghandi portando una bomba, que acabó con ella, con el político, y con otras seis personas. Su cómplice, Sibarasu, escapó y se suicidó en su casa de un disparo. Ambos eran activistas tamiles.

22 Mayo 1995

Muerte en la familia

Miguel Ángel Bastenier

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Rajiv, hijo de Indira, nieto de Nehru, tercero de una dinastía que se ha debatido entre la tentación imperial y la repugnancia de ceder a la misma, ya no recuperará jamás el poder.Con el último de los Gandhl muere una cierta idea de la India, una vocación, una familia. Mueren los Gandhi, y con ello puede entrar en un gravísimo proceso de desintegración el partido del Congreso, que si ha sido mucho, y muchas veces malo, para su país, lo suponía también todo en una patria a la que le faltan raíces y a la que le sobran división, y sectarismo.

Rajiv Gandhi seguramente no era un estadista excepcional y su carrera política -todavía apenas debutante- presentará, a la postre, quizá más sombras que luces, pero, con todo, garantizaba para dentro y para fuera la estabilidad de una formación política, que es lo único que a casi medio siglo de la independencia articula a la India como Estado.

Dos fuerzas políticas

Con Rajiv no muere la nación, e incluso puede argumentarse que el país precisaba librarse -aunque ciertamente no de esta manera- de una arcaica visión de sí mismo, percibida a través de la figura redentora del paterfamilias, del semidiós reencarnado -carga que llevaba tan mal el fallecido- del emperador eternamente añorado, pero sí, en cambio, puede comenzar a morir el partido del Congreso, que es todavía hoy, con sus lacras y miserias, la única versión laica y posible de una India de todos. Sólo ha habido en la India contemporánea dos fuerzas políticas que pudieran optar al apelativo de nacionales: el Congreso y el hinduismo extremo, expresado en la actualidad en el partido Bahratiya, pero refugiado a la vez en mil asociaciones fundamentalistas, nazis de esvástica, jomeinis con babuchas y desdén de fakir, que se disputan la frustración de una cultura ancestral supuestamente arrinconada primero y mal servida después por la gobernación del Congreso. La muerte de Rajiv Gandhi traza un espeso interrogante sobre lo que pueda dar de sí en el futuro la pugna entre esas dos grandes tradiciones nacionales.

Jawaharlal Nehru, seguidor occidentalizante del gran agitador de la India moderna, Mohandas Gandhi, el Mahatma, fundó con la independencia, en 1947, la India que aún hoy conocemos. Fue el renuente iniciador de una dinastía que gobernaba y daba orden a un Estado, todo lo laico que probablemente cabe esperar del melting potindostánico. Educado en Inglaterra, hablaba mejor el inglés que el urdu o el hindi, y soñó un día que un socialismo no doctrinario era el mejor medio para sacar al subcontinente de la miseria y del atraso. -Fue algo así como si la India independiente extrajera del inmediato pasado colonial lo mejor que Gran Bretaña podía fabricar en padres de la patria; su hija, Indira Gandhl ( por su matrimonio con el parsi Feroze Gandhi) fue el intento de calculada marcha atrás, de recuperación teatral de unos valores que a la vez bloquearan el camino al integrismo hindú; de sus años de Gobierno es el culto a la Madre India, Madre Indira, confundidas como una reencarnación de la diosa Kali; nigromancia y modernismo, un todo indisoluble y probablemente intencionado en la corte de la nueva emperatriz; Rajiv Gandhi, por su parte, educado aunque sin espectaculares éxitos académicos, puesto que no terminó ninguna carrera, en el Trinity college de Cambridge, y piloto de líneas aéreas por formación profesional, habría querido ser la síntesis de esas dos visiones: la India de siempre, pero que se moderniza según sus propias leyes, para competir con los grandes del planeta.

Nacido el 20 de agosto de 1944 en Bombay, casado en 1968 con la italiana Sonia Maino -eventualmente convertida al hinduismo- a la que conoció en la universidad británica, quiso hacer de su vida una sosegada versión de esa tecnocracia que creía tan necesaria para su país. Nada en él predisponía. al liderazgo. De pequeño cuentan que era tierno, reservado, sencillo, adorador de su abuelo, pero como abuelo Jawaharlal, no como gobernante Nehru. Toda su juventud conservó un osito de peluche que le había regalado en su infancia el patriarca imponente y cariñoso, cuando con él pasaba largas temporadas entre los lagos y la luz de Cachemira. El rigor dinástico le exigiría, sin embargo, el sacrificio más grande de su vida: el de dejar de ser Rajiv para convertirse en un nuevo Gandhl sucesor de los Nehru.

La muerte en accidente d aviación de su hermano menor Sanjay, predestinado por Indira para heredar el trono, sacó a Rajiv de su funcional anonimato. Y el asesinato de su madre, el 31 de octubre de 1984, vino a darle el tirón definitivo que le transformaría, tras una apresurada elección intramuros del partido, en el nuevo primer ministro de la mayor democracia de la tierra Su figura joven pero no agresiva tersa faz de un mensaje escrito con modernos ordenadores, pero fabricados en la India, apogeo de un autoctonismo ligado, sin embargo, a lo foráneo, le dio el mayor triunfo electoral de la historia del país. Todo era posible en ese diciembre de 1984, cuando obtenía más de dos tercios de los escaños en la cámara baja. Todo era posible, menos en la India.

En los cinco años que mediaron hasta las elecciones de noviembre de 1989, su imagen envejeció, su reputación se tiñó de sombras corrompidas, su sueño se hizo onírico, y las viejas mañas del partido en el poder se dice que pudieron con su amateur entrega. Cuando se vio derrotado en la última contienda electoral, Gandhi se hallaba en medio de un complejo proceso de reconstrucción política. Se había visto obligado a convertirse en un profesional como cualquier otro, aura perdida. A la inocencia había sucedido la treta, a la visión inspirada, la añagaza para mantenerse en el poder. Versiones, sin duda, al menos parcialmente interesadas. Pero, a su derrota, una vez más se probó el implacable axioma de la política nacional de la India.

El Congreso quizá no sepa gobernar, pero nadie es capaz de gobernar sin el Congreso.

El fracaso de su sucesor, Vishwariap Pratap Singh, él mismo un tránsfuga bientencionado del Congreso, y del último jefe de Gobierno, Chandra Shekar, que sólo se sostenía en el Parlamento por el apoyo que le prestaba el propio Gandhi, le habían dado una nueva oportunidad de enmendar errores. El líder del Congreso se presentaba ante estas elecciones como favorito para recuperar el cetro. Esa segunda ocasión le habría, quizá, permitido ser por primera vez él mismo. Ni sucesor obligado, ni monarca a la fuerza. Un nuevo Rajiv Gandhi, ya político, pero quizá no para siempre divorciado de algunas creadoras ilusiones.

Las votaciones en curso, si no se suspenden, pueden ser las del sufragio póstumo que conviertan a Gandhl en algo que en la India ha dado siempre mucho juego: el martirologio. El propio Mahatma murió asesinado por un ultraortodoxo del hinduismo, Naturam Godse, y su espectro, tanto por su obra como por su muerte, concisa escenografía del dolor, acecha todavía los recuerda de una India que no ha logrado aún su definitiva incorporación al presente. Sin embargo, si la muerte de Mohandas Gandhi tuvo algo de sacrificio fundacional, la desaparición de Rajiv parece un tocar a muerto diferente. ¿Quién encarnará ahora la imagen tranquilizadora del Partido del Congreso?

La elección de 1989

En las elecciones de 1989 el electorado pudo elegir entre una versión dinástica y la independencia de los mitos fundacionales, para caer en el mito de que se podía ser independiente de la propia historia. Rajiv Gandhi sucumbió entonces, pero hoy de nuevo parecía próximo a reincorporarse en el poder. La algarada lejos del regazo familiar y dinástico, cualquiera que sea ahora el resultado electoral, ha -sido bastante menos que afortunada. La tragedia que nos viene es la de que el vacío que puede crear un partido del Congreso en confusión, sea llenado por esa otra corriente nacional, minoritaria, pero que bulle en todas las pulsiones de la gran tierra hindú, a riesgo de destruir el ya precario equilibrio que es la India.

Sea lo que fuere lo que haya de depararnos el futuro, el subcontinente que amanece hoy, 22 de mayo, se encuentra, como no había ocurrido nunca desde la independencia, sin un Nerhu o un Gandhi en el poder o pronto a tomar el relevo, como lo hizo Indira tras la muerte de Lal Bahadur Shastri al fin de los 60.

El Congreso, coalición escasamente santa de mezquinos intereses pero también de vastas aspiraciones, debería demostrar ahora que es capaz de seguir encarnando a una India en la que quepan, incluso en el disturbio civil, lo mejor de musulmanes, sijs, comunistas, cristianos, intocables, parsis, y todo lo que constituye el otro en un país al que la ultraderecha religiosa quisiera convertir en uno.

El mérito de Rajiv Gandhi, quizá el único pero no por ello sin grandeza, era el de que seguía simbolizando una versión, aunque deteriorada, de la casa de todos indostánica. Por ello, la historia comienza hoy de nuevo en la India. Nadie sabe aún, sin embargo, para qué.

22 Mayo 1991

La segunda muerte

EL PAÍS (Director: Joaquín Estefanía)

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EL ASESINATO de Rajiv Gandhi ha causado estupor en el mundo entero. En sus años al frente del Gobierno indio, entre 1984 y 1989, había ganado una estimable popularidad en numerosos países. El momento elegido por los terroristas, cuando faltaban cinco días para cumplir una nueva etapa en las elecciones legislativas, plantea profundas incógnitas. La opción política que encarnaba Rajiv Ghandi, pese a las críticas que recibió al frente del Gobierno, esencialmente en el ámbito económico, era la de la moderación y el centro entre el partido Bharatiya Janata -el fanatismo nacionalista y religioso- y el Frente Nacional, coalición de la izquierda. Tras su muerte, el elector tendrá que optar por ofertas más radicalizadas. El Partido del Congreso, al que pertenecía el líder asesinado, no se muestra excesivamente unido ni, probablemente, con un nuevo dirigente capaz de conseguir la cohesión necesaria a corto plazo.Hace siete años, su madre, Indira Gandhi, entonces jefe del Gobierno de la India -una de las primeras mujeres en el mundo que ocupó tan alto cargo-, caía asesinada por unos terroristas sijs que se habían infiltrado entre su guardia personal. Ahora, su hijo Rajiv, que, según todos los pronósticos, debía encabezar el Gabinete tras el proceso electoral en curso, ha sido asesinado en el Estado sureño de Tamil Nadu en plena campaña por el voto.

En el terreno práctico de la política, la muerte de Rajiv plantea problemas de mayor gravedad aún que en 1984, cuando su madre era la víctima del terror. Entonces el Partido del Congreso se hallaba firmemente asentado en el poder y, en el peor de los casos, estaba Rajiv Gandhi para recoger el legado político dejado por su predecesora y asegurar la continuidad en la gobernación del país. Hoy, en cambio, la India está sumida en una terrible convulsión, en la que los choques entre comunidades religiosas e interétnicas alcanzan una violencia sanguinaria sin precedentes. En la primera jornada electoral se produjeron varias decenas de muertos, y hasta la fecha superan los 200. Si el Partido del Congreso demostraba en todos los sondeos una superioridad apreciable sobre sus contrincantes era precisamente porque sólo dicha formación, que ha gobernado casi sin interrupción desde 1947, podía ofrecer una garantía de estabilidad y de una vida política mínimamente ordenada y pacífica.

Pero la trayectoria democrática, influida sin duda por la tradición europea que han representado Nehru, Indira y Rajiv Gandhi, había levantado el rechazo, cada vez más violento y exacerbado, de diversos fanatismos racistas, nacionalistas y religiosos. Independientemente de quiénes resulten ser los asesinos, la muerte del líder político se produce en un clima pasional encendido de manera irresponsable por fuerzas con evidentes connotaciones autoritarias, que no esconden su voluntad de acabar con la democracia.

El futuro de la India está hoy en suspenso a causa del criminal atentado que ha costado la vida a Rajiv Gandhi, la segunda muerte de una familia que ha tratado de cumplir con el destino de consolidar la emancipación y modernización de la India.

22 Mayo 1991

La maldición de los Gandhi

EL MUNDO (Director: Pedro J. Ramírez)

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LA violencia, que parece indisociable del mosaico cultural y antropológico de la India, ha echado por tierra el sueño de inmortalidad que el legendario Nehru reclamaba para su estirpe en una célebre carta que escribió a su hija Indira, embarazada entonces de Rajiv: «… un gusto por la inmortalidad que sirve igual para una nación que para una familia». Siete años después de la muerte de su madre en atentado, Rajiv ha caído asesinado. El odio (de los sijs o de los tamiles, presuntos autores del magnicidio según las dos hipótesis que se barajaban ayer) ha puesto punto final a la dinastía de políticos más carismáticos que ha tenido la India y ha obstruido una posible salida del túnel: la candidatura de Rajiv Gandhi al frente del Partido del Congreso representaba la remota esperanza de aportar cierta estabilidad a un país roto, lastrado por la penuria económica, prisionero de la complejidad étnica, fragmentado por las guerras religiosas. Rajiv no era, en realidad, político profesional. Piloto de líneas aéreas, las muertes de su hermano Sanjay, primero, y de su madre Indira, después, le convirtieron en apenas cuatro años en el heredero de la saga y en diciembre de 1984 capitalizaba el fervor popular que despertaba el apellido con una victoria electoral sin precedentes. En un universo político tan dividido y convulso como el indio, el factor liderazgo es determinante y este fenómeno explica el espectacular ascenso de Rajiv. Los problemas comenzaron al día siguiente de ser nombrado primer ministro. Rajiv no sólo no fue capan de limpiar de corrupción la escena política, sino que se vió salpicado él mismo por el escándalo (el affaire Bofors, por el que su círculo de allegados fueron acusados de cobrar elevadas comisiones por un contrato con una firma de armamentos). Tampoco aportó recetas que sacaran de la postración a la economía india, hipotecada aún por el anacrónico sistema autárquico implantado por Nehru y soportando una deuda externa de 70.000 millones de dólares. Tuvo que dimitir en 1989 tras un fuerte fracaso electoral y le sucedió un gobierno de coalición formado por el partido Bharatiya (nacionalismo hindú) y un Frente Nacional que incluye a partidos radicales y extremistas como el Janata Dal. El cóctel no ha podido ser más explosivo y no ha hecho sino ahondar la inestabilidad social, el cainismo entre etnias y religiones, al tiempo que aumentaba un colapso económico que parece irresoluble. El regreso de Rajiv y del Partido del Congreso eran contemplados ahora, dentro y fuera de la India, con cierta simpatía, ya que representa mayores garantías de estabilidad que sus competidores. Pero a diferencia de Indira, el nieto de Nehru no ha tenido ocasión de volver a empezar. El futuro de la mayor democracia del mundo resulta, con su cadáver aún caliente, más sombrío que nunca.

22 Mayo 1991

La India: El fin de una era

Felipe Sahagún

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A pesar de unos 200 muertos en las tres semanas de campaña electoral, la India vibraba de nuevo. Las manos, las ruedas y los lotos, símbolos de las tres fuerzas políticas principales en liza en las décimas elecciones generales desde la independencia, -se hacían flores y banderas desde las inmensas llanuras del Ganges hasta el desierto de Rajasthan. Faltaba un mes todavía para las grandes lluvias y Rajiv Gandhi había acudido a votar anteayer, primer día de una votación que debía prolongarse hasta el próximo domingo y que ha sido aplazada. Aunque las últimas encuestas presagian tormenta para su Partido del Congreso, el hijo de Indira, siempre taciturno y callado, se mostraba sereno y confiado. Según el calendario mitinero, ayer por la tarde tenía que hablar ante millares de seguidores en una pequeña ciudad situada a 25 kilómetros de Madrás, en el sur de la India. A las 8 de la tarde, hora de Madrid, las agencias y emisoras de radio confirmaban su muerte y la de otras catorce personas por una explosión minutos antes de comenzar uno de sus últimos discursos de campaña. Nada se sabía aún de sus asesinos, pero desde sus primeros escarceos políticos, forzados por la muerte de su hermano menor Sanjai en accidente aéreo en 1980, Rajiv se había creado demasiados enemigos. Entre ellos destacan dos grupos: los tamiles y los sijs. Los primeros, por la intervención militar que Gandhi ordenó en Sri Lanka contra la guerrilla de la misma etnia de los años 80; los segundos, por las represalias que adoptó contra ellos tras el asesinato de su madre en octubre del 84.

Deja viuda italiana y dos hijos. Con él termina la dinastía más prestigiosa y una de las más poderosas de Asia: la dinastía Nehru. Queda huérfano el Partido del Congreso, que ha gobernado la India durante 40 de sus 45 años de independencia, y se abre un período de gran incertidumbre para la democracia más poblada, 850 millones, del planeta. Repartidos por 26 estados, con quince idiomas principales,1.650 dialectos y cinco religiones, la siempre frágil estructura de la India parece más ingobernable que nunca. Ninguna de las tres fuerzas políticas dominantes -Frente Nacional, Partido del Congreso y Bharatiya Janata- tenía grandes posibilidades de obtener la mayoría absoluta en el parlamento de 510 escaños. La muerte de Gandhi podría tener un efecto electoral positivo para su partido y romper todos los pronósticos, pero nada es seguro. Rota por la religión, las castas y las tendencias separatistas de algunas regiones, la India se encuentra hoy sin líderes capaces de aglutinar las múltiples fuerzas enfrentadas y sacar al país del marasmo económico al que el sistema centralizado y rígidamente controlado impuesto por Nehru, el abuelo de Rajiv, ha conducido.

Sobre los símbolos electorales, necesarios para que puedan votar los analfabetos, más del 65% de la población, vuelven a escucharse ruidos de sables, igual que en los años 70, cuando Indira, la madre de Rajiv, impuso el estado de excepción. El peligro es que ahora no hay una «dama de hierro» capaz de controlar a los militares si éstos llegan a hacerse cargo del Gobierno, cosa bastante improbable hoy pero posible si las situación se sigue deteriorando durante algún tiempo. Frente al nacionalismo hindú de Advani, el líder de Baharatiya Janata, y la defensa de los pobres y de las castas bajas de Singh, el líder del Frente Nacional, aliado con los comunistas, Rajiv se había limitado a ofrecer estabilidad, experiencia y seguridad. A sus 46 años, el piloto obligado por la indomable Indira a recoger la antorcha de la dinastía, nunca había logrado inspirar ni convencer. Dudó siempre, se dejó arrastrar por consejeros sin demasiados escrúpulos y, en un desafío frontal a quienes le acusaban de alejarse del pueblo, de no acercarse a la gente, ayer llegó a Madrás sin escolta personal, decidido a zambullirse de nuevo en el olor y el calor del sur de la India. No tuvieron grandes dificultades sus asesinos. A diferencia de su abuelo Nehru, de su madre Indira o de su hermano Zanjai, Rajiv nunca tuvo un verdadero programa de gobierno. Cuando sucedió a su madre, en octubre del 84, prometió acelerar las reformas que Indira había introducido. La más espectacular de todas era una reducción drástica de los impuestos. Flexibilizó el sistema de licencias comerciales o «raj», el nido de las mayores corrupciones y de los principales escándalos financieros del país, un sistema de premios y castigos con el que se ha engrasado tradicionalmente la maquinaria política en la India. Con ello agilizó la actividad económica y mejoró la producción, pero dejó intacto lo esencial del sistema: su oscurantismo, sus millares de laberintos y corruptelas, sus múltiples fugas, el absolutismo burocrático. En 1987 Gandhi y algunos de sus principales consejeros salieron muy tocados de las acusaciones de corrupción en la compra de armamento a la empresa sueca Bofors por valor de 1.400 millones de dólares. Las investigaciones judiciales e informaciones posteriores sobre la red de comisiones y malversación de fondos relacionada con este escándalo ha perseguido al hijo de Indira hasta su tumba y ha debilitado seriamente su prestigio. Nehru inició la economía dual de la India seleccionando unas pocas industrias para el gran salto adelante. En el segundo plan de desarrollo (19561961) creó las bases del «capitalismo central», nacionalizó 17 de las principales industrias, limitó al máximo las importaciones de bienes de consumo, multiplicó los controles sobre toda la actividad económica y, desde una simbiosis del socialismo fabiano y el humanismo de Mahatma Gandhi, prohibió el cierre de empresas por decreto y multiplicó los gastos en programas sociales.

IndiraGandhi recibe esta herencia y acelera la industrialización forzada en un país necesitado sobre todo -ayer y hoy- de alimentos para una población mayoritariamente rural, el 70% del país. Tuvo bastante éxito y evitó el mismo endeudamiento incontrolado de América Latina porque, en vez de obtener los fondos de la Banca Internacional, financió la industrialización de su país con el ahorro interno, posible solamente en una economía tan cerrada como la de la India. El país que deja Rajiv se encuentra en banca rota, con una deuda exterior de unos 80.000 millones de dólares, la revolución verde de los años 60 casi agotada y una población que superará la barrera de los 1.000 millones, una sexta parte del planeta, antes del año 2000. Rica en recursos económicos y humanos, el desafío principal sin embargo, no es superar la crisis económica sino revitalizar las estructuras políticas, regenerar la vida nacional y encauzar las tremendas fuerzas ocultas para combatir la pobreza, la desintegración y las divisiones étnicas y religiosas. La muerte de Rajiv, en esta batalla, apenas cambia nada, pues nunca la abanderó ni la propició. La era de la autosuficiencia y del centralismo terminó con el fin de la guerra fría y la respuesta inicial de la India a la perestroika -«India es diferente, India no es comparable»va dejando paso lentamente al reconocimiento de que ha llegado la hora de reintegrarse a la economía mundial. A diferencia del Este o de AméricaLatina, donde abundan los dirigentes convencidos del fracaso definitivo de la economía de mando que no consiguen trasladar su convencimiento a los pueblos que gobiernan, en la India el mayor reto es convencer a los dirigentes para que, posteriormente, éstos impulsen programas económicos de libre mercado. Son muchos los funcionarios, técnicos y empresarios con una conciencia clara de que en dicha empresa se juegan el futuro del país, pero faltan los dirigentes ilustrados.

Ministros, dirigentes de partidos y santones hindúes de la India viven todavía convencidos de que el llamado «índice de crecimiento hindú», que nace de la buena fortuna del dios Ganesh, puede compensar los errores y cualquier imperfección humana. Las doctrinas hindúes del «darma» o deber y el «karma» o destino, estrechamente ligadas al concepto de reencarnación, hacen más llevadero el calvario pero no resolverán los problemas. Estas actitudes fatalistas de la región hindú, tienen, sin embargo, un efecto positivo: minimizan los fracasos, relativizan las tragedias, frenan los fervores revolucionarios y alivian las presiones sociales más violentas. El sistema de castas que todo lo llena y todo lo debilita en la India es una mezcla de estructura clasista británica y apartheid surafricano que defiende al país de nacionalismos extremistas como los que amenazan hoy con romper Yugoslavia o la URSS. El orgullo nacido de la independencia y de la autonomía lograda desde el 47 frente a las grandes potencias, tras muchos siglos de dependencia o control por extranjeros, aporta también una coherencia al país de la que carece la mayor parte de las naciones nacidas a la independencia en los últimos 40 años. Esta virtud original y el hinduismo fatalista dan a la India, a pesar de todas las nuevas amenazas, una estabilidad de la que carecen casi todos sus vecinos. Con la desaparición de Rajiv Gandhi vuelve a confirmarse ese fatalismo y desaparece otro eslabón de la cadena que todavía separa la democracia más poblada del mundo de finales del siglo XX y a la democracia moderna en que desearía convertirse en el siglo XXI.

El Análisis

Rajiv Gandhi: la dinastía vuelve a pagar con sangre

JF Lamata

El asesinato de Rajiv Gandhi el 21 de mayo de 1991, con sólo 46 años, parece cerrar de la manera más brutal una carrera política que había comenzado también con un asesinato: llegó a la jefatura del Gobierno en 1984 tras la muerte de su madre, Indira Gandhi, y siete años después una militante tamil suicida, Thenmozhi Rajaratnam, conocida como «Dhanu», se acercó a él durante un mitin electoral en Sriperumbudur, Tamil Nadu, aparentemente para saludarle, y detonó los explosivos que llevaba adheridos al cuerpo. La autoría correspondía a los Tigres de Liberación del Eelam Tamil (LTTE) y el móvil principal estaba en Sri Lanka. Rajiv había firmado en 1987 el acuerdo indo-ceilanés que llevó a desplegar la Fuerza India de Mantenimiento de la Paz (IPKF); lo que debía ser una misión estabilizadora terminó enfrentando militarmente a las tropas indias con los propios Tigres Tamiles, que pasaron a considerar a Gandhi responsable de una guerra que les había causado numerosas bajas. Su asesinato fue, por tanto, una represalia por una de las decisiones más discutidas de su etapa de Gobierno. Pero la muerte corre el riesgo de embellecer retrospectivamente un balance político bastante más contradictorio.

Rajiv había comenzado en 1984 como el modernizador joven, tecnocrático y limpio que debía rejuvenecer el mastodóntico Partido del Congreso, impulsando informática, telecomunicaciones y cierta apertura económica; terminó desgastado por conflictos regionales, acusaciones de corrupción y, sobre todo, el escándalo Bofors, relativo al presunto pago de comisiones en la compra de artillería sueca. En 1989 el Congreso perdió su mayoría y Rajiv tuvo que abandonar el Gobierno. Su derrota de 1989 confirmó que el sistema político indio estaba dejando definitivamente atrás aquella apariencia de «partido dominante» que durante casi toda la historia desde la independencia había permitido al partido de los Gandhi a identificarse prácticamente con el propio Estado.

La paradoja final es que Rajiv estaba intentando regresar al poder cuando lo mataron y su muerte mejoró considerablemente las posibilidades electorales del partido que ya no podría gobernar. La primera fase de las elecciones se había celebrado el 20 de mayo; tras el atentado se aplazaron las restantes hasta junio, y los estudios electorales detectaron un incremento apreciable del voto al Congreso en las circunscripciones que votaron después del asesinato. El partido terminó como primera fuerza con 226 diputados, aunque sin mayoría absoluta, frente a 119 del BJP y 55 del Janata Dal; P. V. Narasimha Rao acabó convirtiéndose en primer ministro al frente de un Gobierno minoritario. Es imposible saber si Rajiv habría regresado personalmente al Gobierno de haber sobrevivido, pero sí parece razonable afirmar que el atentado proporcionó al Congreso una ola de simpatía que pudo aportarle varias decenas de escaños. Y ahí queda una de las grandes tragedias de la India contemporánea: el país que se enorgullece de ser la mayor democracia del mundo ha visto asesinar en apenas siete años a dos miembros de la misma familia que habían ocupado el cargo de primer ministro, Indira por sus guardaespaldas sijs y Rajiv por una militante tamil. Rajiv Gandhi muere siendo todavía probablemente el político individualmente más conocido y popular del país, pero también un dirigente que ya había conocido el fracaso, los escándalos y la oposición. Su muerte lo transforma inevitablemente en mártir y deja sin resolver qué habría sido su segunda oportunidad. Para el Congreso, además, plantea una pregunta incómoda: Nehru, Indira y Rajiv habían conseguido que una democracia de centenares de millones de habitantes dependiera extraordinariamente de una sola familia; ahora esa familia no tiene ningún adulto dispuesto a ocupar inmediatamente el puesto. La India tendrá que comprobar si el Congreso sabe sobrevivir sin un Gandhi y, quizá más importante, si su democracia ha madurado lo suficiente como para que ya no necesite uno.

JF