28 abril 2013
‘Salvados’ de Jordi Évole realiza un reportaje sobre el accidente del Metro de Valencia de 2006 presentando a Juan Cotino como el gran ‘villano’ del caso
Hechos
Emitido el 28 de abril de 2013.
01 Mayo 2013
Resignación
Se especula sobre si en la comparecencia del presidente Rajoy, más que pedir paciencia a los españoles ante la crisis económica, lo que quería pedir era resignación. A veces se produce un corrimiento de tierras entre esas palabras. Ambas nacen de un mismo esfuerzo de aplazamiento, pero la paciencia incluye el anhelo y la resignación concluye en entrega. Aunque bastantes problemas tiene el presidente como para que andemos sacándole punta a sus palabras y bastantes problemas tienen los ciudadanos como para andarse con diccionarios. Conviene, sin embargo, observar la distinción, a cuenta del último programa de Jordi Évole, centrado sobre el accidente del metro de Valencia que le costó la vida a 43 personas en julio del año 2006.
Aunque algunos reportajes de calidad y un futuro documental llamado Cero responsables mantienen viva la curiosidad, a los familiares de las víctimas se les exigió resignación. El olvido se posó con urgencia sobre una tragedia que sucedió cinco días antes de la visita del papa Benedicto. Visita que ha dado para un pliego a cuenta de la presunta estafa Gürtel en su sonorización y organización. Igual que existen espacios de tránsito conocidos como no lugares, podríamos definir la instrucción de ese caso como un no juicio. Los no juicios implican resignación. Aquí aderezada con una comparecencia parlamentaria ensayada y guionizada por una agencia de comunicación para concluir en la ausencia de responsabilidades, más allá de cargarle al conductor toda la culpa, el pago de indemnizaciones y las bocas cerradas.
A Évole le salió pura televisión. Esa cosa rara e inhabitual. Con calidad en los silencios y la luz, las preguntas y las dudas. Y de nuevo la incomparecencia se convirtió en verdadera protagonista. En este caso con el escaqueo del actual presidente de las Cortes valencianas, Juan Cotino, primero con una evasión telefónica tan improbable como delirante, y después con una fuga muda impropia de un cargo público. Los seguidores del programa, tanto en la Red como en antena, aún se pellizcan, pese a que el asombro es nuestro pan de cada día. Salvados va a terminar por tener el nombre de programa más adecuado, obligados como estamos a encontrar respuestas en el más allá, porque en el más acá solo nos quieren esclavos de la resignación.
01 Mayo 2013
Juan Cotino
Ya todos lo saben. El pasado domingo pudimos ver un programa dedicado al accidente del Metro ocurrido en Valencia en 2006. Los responsables de la emisión fueron Jordi Évole y su equipo (ayudados localmente por Barret Films y los jóvenes empleados de la productora). Hicieron historia. Hicieron historia en el doble sentido de la expresión: por una parte, el programa tuvo máxima audiencia; por otra, Évole investigó, entrevistó, haciendo crónica. El resultado fue un producto periodístico de excelente factura y gran efecto.
Desde la emisión, muchos nos hemos preguntado qué no habíamos hecho hasta ahora por las víctimas y sus familiares. Tal vez, la cuestión ha servido para sacarnos de la modorra. El próximo 3 de mayo, en la plaza de la Virgen de Valencia, hay convocado un acto de concentración por las víctimas. Como todos los días 3 de cada mes. A las 19.00. Allí estaremos, irritados. Irritados con los responsables políticos de aquel accidente e irritados con nuestra actitud.
A Jordi Évole se le ha cotejado con Michael Moore. La comparación suele ser malévola, no porque el periodista catalán carezca de habilidades, sino porque obraría como el cineasta norteamericano. Con tretas, con exageraciones, realizaría reportajes sesgados en los que los villanos caen en la trampa. Tal vez, muchos de ustedes recuerden el encuentro de Moore y Charlton Heston a propósito de las armas de fuego: para ridiculizar la postura de la Asociación Nacional del Rifle, el entrevistador sacaba lo peor de un Heston senil e instintivamente agresivo.
Pues no. Yo no creo que Évole y Moore sean comparables. El periodista español, valiéndose de su olfato e ironía, entrevista afablemente. Tiene recursos: es listo, es bajito, parece poca cosa, un humilde profesional. Sus preguntas no son tramposas, sino directas, corteses y envolventes: hace caer en contradicción a quien no dice o incluso miente. El montaje de sus programas suele tener algún exceso enfático, sí. Pero su habilidad para relatar lo que quiere contar es muy grande. Sus historias son sencillas, pues tratan de la condición humana, del embuste, de la arrogancia, del coraje, del valor. Contar una historia es muy difícil: has de poner a cada uno en su sitio, en su papel, sin convertirlo en marioneta.
Jordi Évole intentó entrevistar a Juan Cotino para el programa del Metro. El político opuso resistencia ante las preguntas insistentes del periodista. Permaneció mudo, aparentemente impasible. Su sonrisa, primero beatífica, al final se le agrió y de su silencio elocuente aprendimos mucho. “Los políticos de campanillas se saben permanentemente observados, el tintineo es constante”, digo en La farsa valenciana (2013). “Pero a la vez burlan ese escrutinio con empaque. ¿Qué es lo que hacen? Una parte de sus andanzas se urden fuera de los focos, fuera de las tablas; pero al tiempo, cuando se dejan iluminar o cuando se presentan, a algunos los vemos como una compañía de farsantes”.
En el programa de Évole, Cotino parecía el mudito de los payasos, aunque sin gracia, sin arrestos, como un presuntuoso con poder. Pero también como un figurante que ignoraba su papel, un actor sin guión haciendo muecas. En fin, no sé si era un farsante de escasas luces o un político de pocas campanillas.
05 Mayo 2013
Síntoma Cotino
Debería haber abierto en la sede de los partidos políticos, y en las mentes de quienes tienen poder en esas organizaciones, un seminario que se dedique a estudiar la actuación de Juan Cotino ante las cámaras de Salvados, el programa de Jordi Évole en La Sexta.
Porque en esa comparecencia perfectamente involuntaria e indeseada de este político que preside las Cortes valencianas se puso de manifiesto mucho más que un rostro, una sonrisa y una actitud, la del hombre público que prefiere el silencio a la explicación.
Ahí se puso de manifiesto, en el gesto, en la palabra, en la indiferencia, el último eslabón, el más avieso, de un síntoma, que para simplificar podríamos llamar el “síntoma Cotino”. Esta actitud domina desde hace tiempo entre aquellos que se dedican al poder, a ejercerlo y a conservarlo, como si los demás no existieran y como si fuera preciso ahuyentarlos como sujetos a los que es mejor invitarlos a una copa de vino antes que acceder a que cumplan con su misión.
El desprecio al periodista, que Cotino practicó minuciosamente ante la presencia de Évole, fue equivalente al desprecio al ciudadano, y de hecho lo prolongó a la ciudadanía propiamente dicha con una desfachatez que traspasaba la pantalla. El presidente de las Cortes, que antes fue consejero del expresidente Camps y aun antes fue jefe de la policía española, le negó respuesta también a los que, en el escenario de una feria pública, le exigían, como el propio Évole, que respondiera a ciertas inquietudes realmente serias, pues derivan de un accidente ferroviario que causó 43 muertos en Valencia.
Al parecer, el señor Cotino fue fundamental en el entramado que logró que ese accidente no tuviera en aquel tiempo (2006, antes de una sonada visita del Papa) la repercusión pública, judicial y mediática, que la magnitud del desastre hubiera impuesto. De eso iba el programa: ¿cómo se logró atenuar aquel ruido y la expresión pública de aquel dolor? ¿Cómo logró el Partido Popular en Valencia desviar la atención del suceso, qué hizo para que la comisión de investigación parlamentaria fuera manipulada hasta los límites de su nulidad? Y las preguntas que Évole fue haciendo, hasta llegar a Cotino, tenían esa preocupación: ¿qué pasó? ¿Se puede explicar? Y, claro, Évole buscó al presidente de las Cortes. ¿Qué hizo usted? ¿Tiene necesidad de que se sepa la verdad?
Lo encontró en una fiesta del vino, después de haberlo buscado en su propio teléfono celular (que contestó un hermano, vaya por Dios). La escena en la fiesta del vino es el epítome del síntoma Cotino: no solo se negó el político a aceptar, escudado en una sonrisa que a veces se cayó de su rostro para dar paso a una indignación que helaba la sangre, que el periodista tuviera derecho a saber; a una joven que lo incitó a responder (al periodista y a todos los presentes) le inquirió sobre su procedencia, como si ahí radicara el origen de su participación en el disgusto. Y luego guardó silencio, embutido en un mutismo que parecía el disfraz de una huida contumaz amparada en la conciencia (y en la mala conciencia) de quien se considera impune, ajeno a toda necesidad de respuesta.
La sonrisa de Cotino se nos quedó helada en la mente.