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Se celebra por primera vez la Pascua Militar con un civil como ministro de Defensa, Agustín Rodríguez Sahagún, en medio de tensiones por los rumores de intento de Golpe de Estado

HECHOS

El 6 de enero de 1980 se celebra la Pascua Militar.

06 Enero 1980

En la Pascua Militar

EL PAÍS (Editorialista: Javier Pradera Cortázar)

LA PASCUA Militares una fiesta de singular trascendencia y significación en la familia de las armas, y es también motivo de reflexión sobre los problemas que el Ejército y la defensa nacional plantean en nuestro país cara a las necesidades de la nueva sociedad industrial y del marco geoestratégico en que nos movemos. Este año la fiesta de la Pascua Militar tiene una novedad reseñable, y es que por primera vez en casi medio siglo un civil -el ministro Rodríguez Sahagún- ocupa la cartera de Defensa y es el responsable de estos temas ante el Gobierno, por más que persista la figura de un vicepresidente militar. La oportunidad del día merece ser aprovechada para poner de relieve la habilidad de Agustín Rodríguez Sahagún para el desempeño de una tarea especialmente difícil en los momentos que atravesamos y también el normal comportamiento de los mandos militares, que han aceptado, sin reserva alguna que se conozca, el mando de un ministro civil, correspondiente, en definitiva, a la máxima, sagrada en las democracias, de que los ejércitos están subordinados al poder político.El Ministerio de Defensa se ha embarcado en una reforma de las Fuerzas Armadas tendente a una mayor profesiconalización y tecnificación de las mismas, un rejuvenecimiento de los cuadros y una adecuación de sus medios a las necesidades de la defensa nacional y a los compromisos que nuestro país mantiene con el Occidente. Los proyectos del Gobierno a este respecto serán en su día debatidos en las Cortes y ya habrá ocasión de volver sobre ellos en extenso. En cambio, merece la pena hoy iniciar una reflexión sobre algunos aspectos del papel jugado por el Ejército en la reciente historia española.

Primero, no huelga en absoluto el recordatorio de que globalmente los militares españoles han puesto de relieve su espíritu de disciplina y obediencia y, en muchos casos, su origen popular y su entroncamiento con la sociedad en que viven, aceptando y respetando las reformas políticas de la transición, que en muchas ocasiones chocaban frontalmente con las ideas inculcadas durante decenios a los oficiales en las academias militares. Este comportamiento respetuoso, si no caluroso, del estamento militar, garantizado por la actitud del Rey, jefe supremo de las Fuerzas Armadas, ha facilitado sin duda los años difíciles del tránsito político y ha evitado la acumulación de tensiones en el paso de la dictadura a la democracia. Y es más ejemplar todavía si se pone de relieve que los militares y los miembros de las fuerzas del orden han pagado un alto precio en vidas humanas frente al terrorismo y la subversión antidemocrática, sea de ETA, sea de los grapos.

Por lo demás, el reconocimiento dé estos dos hechos y el homenaje de gratitud que debe conllevar no debe evitar también la conciencia de que en determinados sectores militares el advenimiento de la democracia produjo reacciones de signo contrario, que no siempre han sido atajadas por el poder político con la eficacia y la energía que debería exigirse al Gobierno. Y, lo que, es peor, sobre los que no se ha ofrecido aún suficiente información. Destacan en este panorama de nerviosismo e incertidumbre, de amenazas de aventuras golpistas o protestas indiscriminadas en algunos cuartos de banderas, oscuri.dad que todavía se cierne sobre la Operación Galaxia o la lenidad con que se actuó el año pasado en el caso de las declaraciones de tres tenientes generales que criticaron abierta y duramente la transición política. Desconocer el hecho de que todavía extensas zonas de la población española mantienen una relación más de temor que de respeto, más de dubitación que de confianza, frente a algunos mandos militares, precisamente como consecuencia de esta falta de claridad informativa y del protagonismo injustificado que adquieren los sectores -sin duda minoritarios- del Ejército que no quieren la democracia, no serviría de nada. Lo importante es progresar en el acercamiento de la sociedad y el Ejército que de ella emana, destruir tabúes en ambos sentidos, sustituir la adulación por la crítica respetuosa y sincera y garantizar al país un programa militar coherente con los tiempos que vivimos y con las necesidades de nuestra defensa.

Pensamos que Rodríguez Sahagún puede ser el hombre indicado para hacer todas esas cosas, pero por eso mismo no hemos querido dejar de poner de relieve lo que consideramos errores de bulto en el tratamiento del tema por el ejecutivo. Errores que esperamos no produzcan en el futuro mayores debilidades que pongan en peligro la estabilidad constitucional.

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