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Herri Batasuna considera que su muerte es un asesinato de las cloacas del Estado

Se suicida en la cárcel el etarra Mikel Lopetegui, condenado por el asesinato de tres Guardias Civiles

HECHOS

La muerte de Mikel Lopetegui en la cárcel de Herrera de la Mancha se hizo pública el 2 de marzo de 1988.

03 Marzo 1988

Suicidio de un terrorista

EL PAÍS (Director: Juan Luis Cebrián)

TRAS LA autopsia y el informe del forense, no parece haber razón para desconfiar de la versión oficial sobre las causas del fallecimiento del recluso Miquel Lopetegui, miembro de ETA condenado a 30 años de cárcel, en la prisión de Herrera de la Mancha. Las acusaciones de portavoces de HB, que calificaron el hecho de «un asesinato», del que hicieron responsables al «Gobierno y los partidos vascos que apoyan la reinserción y el arrepentimiento», son, sin duda, fruto del acaloramiento pasional, pero también de una tendencia indecente a la manipulación política del dolor ajeno.Lopetegui ingresó en prisión en 1981. Por entonces el número de presos de ETA era inferior a 200. Hoy son cerca de 500, de los que una cuarta parte están acusados de participación directa en delitos de sangre. Ello significa que la mayoría de los militantes de ETA se encuentran actualmente encarcelados. Por su situación personal, los etarras se dividen en tres grupos principales: los que están en libertad, en Francia o en España; los que están en la cárcel, y los deportados a terceros países. Esa situación personal determina grandemente las actitudes diferentes que han solido señalarse, con términos quizá no muy acertados: duros y blandos, negociadores e intrasigentes, etcétera. Toda posibilidad de negociación con el Gobierno respecto a una salida pacífica en Euskadi tiene que partir de esta realidad, que incluye la presión de los presos para obtener indultos, las dudas de que éstos puedan alcanzar a los autores de deleznables crímenes mafiosos, que ellos pretenden disfrazar con un signo aventurero, y las posibilidades de regreso a Euskadi, y de reinserción en la vida civil vasca, lo que comporta, además, la necesidad de una financiación a corto plazo que los terroristas buscan mediante la extorsión y el secuestro del industrial Revilla. Los familiares de los reclusos, y muchos de los reclusos mismos, vienen demandando desde hace tiempo el fin de esta catástrofe colectiva en la que se está convirtiendo el devenir vasco por culpa de las acciones terroristas. Pero para los propagandistas de ETA, la existencia de presos constituye todavía una baza política, pues sería la prueba irrefutable del carácter represivo del Estado español. En la lógica de los terroristas está el crear incesantemente obstáculos a la paz para proponerse a continuación como la llave capaz de resolverlos si se aceptan sus condiciones. Por desgracia para sus propios objetivos, lo que en realidad sucede es que si hay presos es porque ETA mata, y no al revés. Y la condición ineluctable para tratar de buscar soluciones al hecho que supone la existencia de 500 activistas presos es que ETA deje de matar, de secuestrar, de robar, de destruir.

Paradójicamente, sometidos a una presión agobiante por parte de los terroristas que están en libertad y el entorno social que corea sus hazañas, los presos de ETA se han convertido en rehenes de su propia banda. Esa presión no para en barras, pues tiende a evitar que los militantes detenidos, que ingresaron en la organización libremente, sean libres para desligarse de ella acogiéndose a las ofertas de reinserción. El asesinato de Yoyes estaba destinado a ilustrar con hechos la opinión que al respecto mantiene la dirección de ETA. Son sistemas ya empleados con idéntica crueldad por todas las organizaciones criminales comunes del mundo. El empeño en decir, que eso se hace en defensa del pueblo vasco movería a risa si el precio de la historia no se pagara en sangre humana. La realidad es que estamos ante la defensa desesperada de un sistema de vida basado en la corrupción y el odio, que no respeta ni siquiera la suerte de los cómplices que cayeron y que ha emprendido una desenfrenada carrera hacia adelante, donde todo traidor es merecedor sólo de un tiro en la cabeza.

El suicidio de Lopetegui se ha producido en un momento de aguda efervescencia en el colectivo de presos de ETA. Las expectativas abiertas por las conversaciones de Argelia eran vividas con particular intensidad en las prisiones, donde se consideraba llegado el momento de desbloquear la situación creada por el asesinato de Yoyes. El secuestro de Revilla, al forzar la ruptura de los contactos, ha quebrado abruptamente las esperanzas de muchas de esas personas y de sus familias. Es difícil penetrar en la subjetividad de alguien que decide quitarse la vida, pero no parece aventurado deducir que las tensiones provocadas por esa ruptura han influido de manera fundamental en la dramática decisión adoptada por Lopetegui. Y si la acusación de HB de asesinato se puede considerar una expresión retórica, no es nada retórico decir que quienes han levantado esa mano asesina contra ese terrorista son precisamente quienes le empujaron primero al crimen y le han cerrado después toda ventana de esperanza.

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