19 enero 1988
Segundo intento de Golpe de Estado en Argentina del coronel Aldo Rico contra el Gobierno democrático de Raúl Alfonsín
Hechos
El 19 de enero de 1988 el coronel Aldo Rico se amotinó.
20 Enero 1988
Soldados perdidos en el Sur
LA NUEVA rebelión de Aldo Rico, saldada con rapidez, energía y poca sangre, recuerda la inestabilidad institucional de una república como la Argentina, en gran medida condicionada por su pasado militar. Casi es una sutileza escribir que las fuerzas armadas argentinas se envilecieron durante la dictadura militar de 1976-1983. Todo aquello es historia reciente y más o menos juzgada; pero lo que permanece es la quiebra moral, la abyección, de la sociedad militar argentina.De tanto desastre doblado en vileza salieron con la cadena de mando quebrada, perdido su prestigio social y hasta el histórico, y feliz y públicamente tenidos por ladrones y asesinos. La vieja guardia de las juntas militares -Videla, Viola, Galtieri y sus camaradas- terminó en penales castrenses por sus crímenes. Nadie o casi nadie levanta la bandera de su innombrable memoria. La excepción es un reducido grupo de jefes y oficiales fundamentalistas, encabezados por el coronel Seineldin, alejado en la agregaduría militar de Panamá, que reivindica la dictadura, a la que acaso sólo reprocha que fuera demasiado tolerante y amable en su metodología del terror. Otra corriente militar es la iluminada por un fanático como Aldo Rico, que pretende reivindicar el honor del Ejército, pasando por encima de todos los horrores probados y documentados, pero con la diferencia de que nada quiere saber de las viejas juntas militares y de que predica la nueva de que los oficiales medios fueron utilizados y engañados por sus mandos tanto durante la represión como durante la guerra en las Malvinas. Finalmente, la mayoría de los jefes superiores, como el actual titular del Estado Mayor del arma, José Dante Caridi, busca recomponer la cadena de mando, restablecer la disciplina perdida, rescatar al Ejército del asambleísmo y esperar tiempos mejores.
En esta ocasión, la enésima asonada se ha resuelto con energía. Caridi se ha impuesto a la línea Rico, y parece que la cúpula militar del Ejército de Tierra ha tirado al fin de las riendas. Bien es cierto que este empecinado ex teniente coronel sólo encontró apoyos entre las tropas que sublevó directamente y entre jefes y oficiales de guarniciones del Sur, allí destinados para alejarles de la capital federal, y que se tienen a sí mismos, en recuerdo de Franco, como el ejército de África. Hay que destacar la pasividad del III Cuerpo de Ejército, acantonado en Córdoba, el mayor nido de golpistas de los infantes argentinos.
Cabe preguntarse por una hipotética debilidad en estos cuatro años de democracia tan difícilmente recuperada de parte del Gobierno radical de Raúl Alfonsín. Pero ¿puede tenerse por débil al hombre que ordenó procesar a tres ex presidentes militares de su país? Acaso quepa reprochar a su Administración no haber recordado a tiempo el descubrimiento de Clemenceau de que la justicia militar tiene tanto que ver con la justicia como la música militar con la música. Debe sumarse en el haber de Alfonsín el resistirse a anegar todas estas tensiones militares en un baño de sangre que aún podrían implicar una guerra civil en Argentina.
El caso es que unos soldados perdidos en el Sur continúan poniendo en precario a la civilidad recuperada en la gran república austral. Y seguirán intentándolo. La debilidad del Gobierno radical, la pérdida de su mayoría absoluta y de sus proyectos de futuro -reforma constitucional, traslado de la capital a la Patagonia-, la enervante crisis económica, la proximidad de las elecciones generales de 1989 propiciarán, si Dios y San Martín no lo remedian, otros plantes y nuevas asonadas.
El Análisis
Los dos nuevos levantamientos carapintadas de 1988 demuestran que la Semana Santa anterior no había resuelto el problema militar argentino. En enero, Aldo Rico escapó del arresto al que estaba sometido por la rebelión de 1987, desconoció la autoridad del Estado Mayor y se hizo fuerte en el Regimiento de Infantería 4 de Monte Caseros, reclamando una «solución política» a las secuelas de la lucha contra la subversión; esta vez, sin embargo, encontró mucho menos respaldo dentro del Ejército y las fuerzas leales del general José Dante Caridi consiguieron cercarlo hasta provocar su rendición, tras la cual Rico fue dado de baja y encarcelado.
Mucho más inquietante resultó la rebelión de diciembre encabezada por el coronel Mohamed Alí Seineldín, veterano de Malvinas y referente de los sectores nacionalistas del Ejército: varios centenares de hombres terminaron atrincherados en Villa Martelli, reclamando, entre otras cosas, la salida de Caridi, una amnistía que fuera más allá de la Ley de Obediencia Debida y mejoras para las Fuerzas Armadas. Lo verdaderamente alarmante para Raúl Alfonsín fue comprobar que mandos del Ejército se resistían a cumplir su orden de aplastar inmediatamente la rebelión; después de cuatro días, tres muertos y decenas de heridos, la crisis terminó mediante un acuerdo estrictamente militar entre Caridi y Seineldín, aunque el presidente insistiera en que no había concedido condiciones.
La gravísima crisis económica debilitaba cada vez más al Gobierno, pero el origen de estas rebeliones era fundamentalmente castrense: una parte de los oficiales seguía considerando una humillación que la democracia hubiese sentado en el banquillo a quienes habían dirigido la llamada «guerra contra la subversión», con Videla y Massera condenados a perpetuidad, y pretendía cerrar definitivamente las investigaciones y rehabilitar moralmente al Ejército. Alfonsín ya había cedido terreno con Punto Final y Obediencia Debida, pero ni siquiera eso había pacificado los cuarteles. La conclusión es incómoda para cualquier democracia: el Ejército debe estar subordinado al poder civil, no ser su socio político; pero un Estado difícilmente puede consolidarse mientras una parte significativa de quienes poseen las armas se niegue a reconocer esa subordinación. Alfonsín había conseguido algo históricamente formidable al juzgar a los jefes de una dictadura militar; el precio de ese coraje era gobernar sabiendo que todavía existían oficiales que consideraban delincuentes no a los responsables de la represión ilegal, sino a quienes se habían atrevido a juzgarlos. Y cada nuevo carapintada recordaba cruelmente que la democracia argentina había recuperado las urnas, pero todavía estaba luchando por recuperar plenamente los cuarteles.
JF