15 septiembre 1955
El ex mandatario será acogido por la España del General Franco
Un alzamiento militar – ‘la revolución libertadora’ – derriba al General Perón de la presidencia de Argentina
Hechos
El 20.09.1955 la prensa española informó de que el General Juan Domingo Perón había dimitido de la presidencia de Argentina tal como exigían los militares levantados en armas contra el Gobierno.
Lecturas
Sectores del ejército argentino dieron un golpe de Estado contra Juan Domingo Perón. Cuatro días más tarde liquidaron la resistencia de las tropas leales al gobierno. Perón tuvo entonces que dirigirse al exilio en un barco paraguayo y se refugió en España protegido por la dictadura del general Franco. En Argentina, el general Eduardo Lonardi, cabecilla del golpe, lo sustituyó en el cargo de la presidencia argentina y prometió acabar con el régimen autoritario e introducir la democracia.
El líder popular argentino, general Juan Domingo Perón – que ganó las elecciones de 1951 – que tras haber sido derrocado permanece en una nave paraguaya, presentó hoy su renuncia formal a la presidencia. Perón ha caído víctima de una conspiración encabezada por los militares, en la que también han participado la iglesia local, el empresariado y la antigua oligarquía ganadera.
El golpe militar contra el régimen de Perón ha contado con el beneplácito de Reino Unido y Estados Unidos: el gobierno de Perón, cada vez más aislado, sólo contaba al final con el apoyo de la Conferencia General del Trabajo (CGT) y una parte minoritaria del ejército.
Hace diez días, tras breves enfrentamiento en Córdoba, La Plata y Buenos Aires, los golpistas – encabezados por el almirante Isaac Rojas y el general Eduardo Lonardi – consiguieron adueñarse del poder. Mientras la CGT intentaba proveer de armas a las masas (entre 6 y 7 millones de asalariados), el sector del ejército fiel al gobierno se rendía ‘para evitar derramamientos de sangre’.
Las clases medias, temerosas del ascenso social de los trabajadores y a la vez empobrecidos por la crisis, engrosaron en los últimos años el conglomerado opositor; incluso el minoritario Partido Comunista se ha adherido al golpe militar. Para muchos observadores políticos, la decadencia del régimen nacionalista, que llegó al poder en 1945, había comenzado ya en julio de 1952, con la muerte de Eva Perón, a quien las masas llamaban ‘la abanderada de los descamisados’, las clases humildes de Argentina.
En 1953, y a fin de dar una salida a la economía, Perón elaboró un 2º Plan Quinquenal que recurría a capitales extranjeros. Esta medida, al parecer, contribuyó a socavar los cimientos populares y nacionalistas del régimen.
El primer presidente post-Perón fue reemplazado primero por Lonardi y luego por Aramburu. No volverá a haber elecciones hasta 1958.
20 Septiembre 1955
¿Qué va a pasar en Argentina?
Sería erróneo reducir la figura de Perón a las peripecias políticas que medían entre las fechas del 17 de octubre de 1945 y el 19 de septiembre de 1955. Sería igualmente estrecho limitar las causas de su caída a una serie de problemas inmediatos: la economía del país, el problema de las exportaciones, la situación de las grandes haciendas, y desde luego, más erróneo, pensar que tras él vendrá el buen tiempo viajero de una Argentina convencional representada por el extanciero fabulosamente rico con su villa en la Costa Azul y el caucho Martín Fierro, que balancea su lazo sobre la Pampa infinita. En realidad, el problema que ha vivido la Argentina – y cabe suponer que vivirá – no reside ni en el gesto de un hombre, ni en el programa de un partido. Resulta curioso el paralelismo entre Perón y Rosas, que cayó casi hace exactamente un siglo, tras el alzamieno militar del general Urquía, que desde Entre Ríos – una de las bases de la rebelión contra Perón – avanzó hacia la capital. Pocos años después, uno de los más encarnizados adversarios de Rosas escribía: “Rosas supo sustentar los más grandes ideales nacionales. Aseguró entre las tinieblas una lejana y brillante argentinidad”. Con Rosas, en efecto, concluía la ‘edad del cuero’ y se iniciaba la revolución agrícola, económica y comercial.
Un siglo más tarde, la Argentina se encuentra en otro ciclo: el de la revolución industrial. Desde 1916, el poder económico y social había ido deslizándose hacia una burguesía que hacía brotar la primera industria, a la vez que se duplicaba el número de obreros empleados en las fábricas. Sin esta revolución social no puede explicarse el fenómeno Perón, al que resulta demasiado gratuito darle un carácter estrictamente personal. Con la revolución de 1916 ingresa en el escenario político argentino un hombre tan combativo contra Rosas y Perón: el radical Irigoyen. Pero también en su caso el hombre es la cristalización de un intento de adaptación a las nuevas condiciones sociales de la época. No hace falta recordar que, de modo análogo, los radicales fueron expulsados en septiembre de 1930 por una rebelión y que contra la voluntad inicial de sus promotores, las consecuencias fueron el regreso del viejo conservadorismo anterior a Irigoyen, cuyo favoritismo y corrupción sobrepasaron todo lo que se había visto bajo los radicales, mientras los intereses económicos del país eran subordinados al extranjero. Fue ese sistema político el que feneció el 4 de junio de 1943. He aquí una historia de hace doce años. Conviene recordarla, porque la gran incógnita argentina sigue estando en el proceso social, que es independiente de los hechos visibles, y en como será afrontado el problema. Las revelaciones marean su paso con hierro…
El camino de estos doce años ha pasado por las fábrica y las centrales hidroeléctricas, que nacieron con el proyecto de industrializar completamente un país que antes era esencialmente agrícola. Convertir en activo su riqueza potencial fue la verdadera revolución y al lado de esto significa bastante menos de lo que parece le episodio actual, cuyo trasfondo no es todavía bien conocido. Queremos decir que no puede olvidar que aún sin Perón hay el peronismo o, si esta palabra queda desgastada por las circunstancias, el hecho nuevo en todo el Continente que representa una organización sindicalista que ha aprendido a hacerse oír. La generación argentina actual había presenciado ya tres cambios violentos de régimen y este es el cuarto. El mandato del Presidente Perón expiraba en 1958. Las condiciones políticas estaban, por tanto, próximas a recobrar su fisonomía clásica en la vida argentina: conservadores y radicales. El socialismo, intelectual y circunscrito a las aglomeraciones urbanas, era un fenómeno romántico. Pero entretanto se habrían incrustado poderosamente en todos los órdenes de la vida las sólidas formaciones de los nuevos Sindicatos.
Porque al margen de la resolución del problema político queda el hecho social que supone la coexistencia de tres clases económicas que pueden identificarse con las tres etapas de la evolución argentina: el conservadurismo de los grandes hacendados, supervivencia del siglo pasado, que no ha advertido el final de su tiempo; el radicalismo de la clase media, que tuvo el Poder entre 1916 y 1932 y el peón que, vestido con el mono de los frigoríficos, de los ferrocarriles y de las fábricas, y organizado en fuertes Sindicatos, se sentía el intérprete de la inquietud social de la nueva época. Estas son fuerzas muy distintas, y por confuso que aparezca el cuadro de la extraordinaria aventura que ha provocado la caída de Perón, se percibe que quedaron fuera de ella. Casi podría decirse que Perón no ha sido el final, sino el comienzo – largo de doce años – de cristalización de esta nueva conciencia políticosocial nacida con la industrialización, y cuya importancia no puede ignorarse. El tiempo dirá si el camino que siguen esos millones de hombres – con gran sensibilidad para el reajuste social de nuestra época – ha de ser bajo el signo nacional o bajo el signo antinacional. Lo más grave es que queda un vacío que se apresuraría a llenar el bolchevismo.
20 Septiembre 1955
Hacia un desenlace pacífico
El sábado último, día 17 de septiembre, el presidente Perón designó al ministro de la Guerra, general Lucero, como jefe de las fuerzas de represión. Su cometido consistía en tratar de liquidar el movimiento de las tropas alzadas contra el régimen peronista, que dominaban ya Córdoba y Bahía Blanca, las dos poblaciones más importantes de la República después de Buenos Aires. El cometido oficial de Lucero hacía a éste, virtualmente, dueño de la situación. Desde aquel momento podía ya preverse que Perón estaba acabado.
Tanto más cuando la situación en la gran aglomeración de Buenos Aires demostraba que el Presidente ‘no se veía en la posibilidad de hacer uso de su mayor y más peligrosa fuerza: las masas de la C. G. T. En efecto, una nota de la organización sindical anunciaba que esta no pensaba dar ninguna orden en favor de la huelga general. Ello mostraba a las claras que la situación en el Gobierno y en la guarnición bonarense había escapado ya al control personal del Presidente. Recuerdese que en los sucesos de junio fue el Ejército de tierra, el que salvó, por lo menos en apariencia la posición presidencial del que hasta ayer ha sido huésped de la Casa Rosada. Parece que los militares que forman la junta cuya figura más aparente es Lucero, temieron que rematar al régimen en aquel momento podría tener, entre otras consecuencias, la de arrojar a las masas sindicales a la calle, como otras veces había sucedido. Y no estará demás recordar que últimamente fue Lucero quien, desde el Ministerio del Ejército, se opuso decisivamente al intento de los dirigentes ultraperonistas de la Confederación Popular del Trabajo, que pretendían armar al pueblo, esto es, constituir unas milicias populares, medida cuyo solo nombre basta para orientar respecto al peligro que representaba.
Los rebeldes esta vez han desarrollado su plan en forma completamente distinta al intento de junio. A la sazón, trataron de dar el golpe de una vez, a la cabeza: apoderarse del Gobierno tomaron Buenos Aires. Ahora, en cambio, han seguido el camino alterno: la provincia, para, desde ella, cercar y tomar Buenos Aires. De esta manera, y visto que han logrado éxito, la caída de Perón habrá tenido cierta semejanza con la de su famoso antecesor Juan Manuel de Rosas, con el que a él mismo gustaba ser comparado en cierto modo. En esta ocasión la estrategia provincial contra la capital estaba doblemente justificada: no solamente por las razones clásicas – siempre un Gobierno trata de tener en la capital las tropas más leales, y, de hecho, había habido recientes remociones de mandos y destinos – sino por estar ahora en la gran masa urbana y portuaria platense el foco y el núcleo no ya mayores, sino absolutamente decisivos de las fuerzas encuadradas por la organización sindical dirigidas por Perón. Por si fuera poco, en Córdoba está, a lo que parece, el sector más importante de la oposición política y religiosa a Perón.
En el momento de escribir estás líneas, la situación, aunque confusa, tiene a aclarase en el sentido de señalar un claro triunfo del levantamiento. La noticia de la renuncia de Perón a su alta magistratura ha tenido como inmediata consecuencia, naturalmente, que la sublevación se extendiera como un reguero de pólvora allí donde no había llegado todavía. Ya las posiciones respectivas pueden resumirse, a juzgar por lo que desde allí llega, diciendo que sólo la guarnición de Buenos Aires está por un lado, negociando con el resto de las fuerzas armadas acantonadas en el resto del país, por el otro. En definitiva, el Ejército, la Marina y la Aviación aparecen como únicos dueños de la situación. Estas últimas dieron el golpe fracasado de junio; al unírseles una parte mayoritaria del Ejército, la posición de Perón ha resultado insostenible.
La herencia de los diez años de peronismo no va a ser cómoda para los sucesores del jefe del justicialismo. La Argentina, sin embargo tiene la ventaja de sus ingentes riquezas en un país inmenso y poco poblado (2.800.000 kilómetos cuadrados y 19 millones de habitantes; compárese con España: medio millón de kilómetros cuadrados y 20 millones de habitantes).
Deseamos vivamente que el país hermano encuentre pronto el camino de la paz y el orden, indispensables premisas para su prosperidad.
El Análisis
La llamada Revolución Libertadora ha puesto fin al gobierno de Juan Domingo Perón, pero no necesariamente ha devuelto a Argentina al cauce democrático. Perón, ese coronel convertido en líder de masas, fue expulsado del poder por otros militares que, con uniforme recién planchado, aseguran que vienen a “reconducir” la situación. Lo cierto es que lo han hecho por la vía habitual del cuartel, no de las urnas. La bandera de la libertad ondea sobre una plaza tomada por tanques, mientras Perón toma un avión rumbo a la España de Franco, donde lo reciben con honores de amigo fiel —y con un buen sillón en Puerta de Hierro.
Aunque elegido democráticamente, Perón gobernaba como un caudillo autoritario con tics fascistas y un afán desmedido por controlar todo? Sin duda. Pero que sus enemigos se presenten ahora como salvadores de la democracia roza la comedia. El general Lonardi llegó diciendo “ni vencedores ni vencidos” y duró apenas semanas antes de ser reemplazado por Aramburu, el más gorila de los gorilas, que ya ha anunciado elecciones… pero para 1958, y sin Perón. El remedio huele tanto a pólvora como la enfermedad.
Así va la política argentina: una partida de ajedrez jugada por generales donde los peones siempre son los mismos. Cambian los nombres, cambian los discursos, pero las botas pisan fuerte. Mientras tanto, la democracia —esa palabra tan repetida y tan poco practicada— sigue esperando que alguien la llame a gobernar.
J. F. Lamata