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El diario EL PAÍS vapulea el discurso del presidente de Alianza Popular, que no respaldado por los diputados del Partido Demócrata Popular y el Partido Liberal, sus antiguos socios de Coalición Popular

Hernández Mancha presenta una moción de censura contra el Gobierno Felipe González, sin posibilidades de ganarla

HECHOS

  • En marzo de 1987 el principal partido de la oposición, Alianza Popular, presentó una moción de censura contra el Gobierno de D. Felipe González, presentando a D. Antonio Hernández Mancha como su candidato a reemplazarle. Era la primera moción de censura que se planteaba desde la de 1980.

Una de las primeras cosas que hizo el Sr. Hernández Mancha como líder de la oposición fue presentar una moción de censura contra don Felipe González. Aquella moción no tenía ninguna posibilidad de salir (el PSOE tenía mayoría absoluta y para que una moción prospere precisa de mayoría absoluta), mientras que el Sr. Hernández Mancha sólo contaba con el apoyo de 68 diputados de los 106 que había obtenido Coalición Popular. ¿Por qué la presentó entonces? Porque la orfandad de Fraga en AP hacía que los sondeos dieran al CDS de Adolfo Suárez como el nuevo heredero del voto a la derecha, así que para evitar aquel escoro realizaba esa moción de censura para atraer las cámaras a AP, para que se viera que seguía vivo y renovado. Si ese era el objetivo lo logró, porque en las elecciones municipales de 1987, AP se consolidó como la segunda fuerza política. Pero el precio fue alto. El Sr. Mancha quedó ‘tocado’ tras aquello.

RESULTADOS DE LA MOCIÓN DE CENSURA (Para prosperar necesita 175 votos):

Votos afirmativos a la moción: 68 (AP)

Votos negativos a la moción: 195 (PSOE, PNV, Izquierda Unida, EE y Agrupación Indep. de Canarias)

Abstenciones: 71 (CDS, CiU, PDP, PL y todos los ex AP).

LA IZQUIERDA Y EL PNV APOYARON A FELIPE GONZÁLEZ

felipe_guerra_congreso A pesar de que con mayoría absoluta del PSOE tenía votos suficientes para ganar cualquier votación el Gobierno de D. Felipe González y D. Alfonso Guerra fue respaldado además por los diputados de las otras formaciones izquierdistas Izquierda Unida y Euskadiko Ezkerra y también por los nacionalistas vascos y canarios.

NINGÚN OTRO GRUPO RESPALDÓ LA MOCIÓN DE HERNÁNDEZ MANCHA

mancha_mocion D. Antonio Hernández Mancha contó sólo con el apoyo de los 68 diputados de Alianza Popular. La moción ni siquiera fue respaldada por los ex diputados de Alianza Popular del grupo del Sr. Verstrynge, ni tampoco los los antiguos aliados de AP en la desaparecida Coalición Popular, los diputados del PDP del Sr. Alzaga y del PL del Sr. Segurado.

MANCHA, SUÁREZ, SANTA TERESA Y LÓPEZ DE VEGA

sahagun_suarez El Sr. Hernández Mancha se mostró muy crítico con la negativa del CDS del Duque de Suárez y D. Agustín Rodríguez Sahagún de respaldar su moción de censura, diciendo que su actitud del CDS le recordaban “a los versos de Santa Teresa” de “qué tengo yo que mi enemistas procuras”, el Duque de Suárez le respondió diciendo que ‘había venido con ganas de pelea’ y recordándole que esos versos no eran de ‘Santa Teresa’, sino de Lope de Vega.

Sr. Hernández Mancha (AP) explica a J. F. Lamata porque presentó aquella moción de censura:

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D. Juan Ramón Calero (AP) defiende ante J. F. Lamata aquella moción de censura:

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D. Jorge Vestrynge (Grupo Mixto) explica a J. F. Lamata porque se abstuvo en aquella moción:

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D. José Antonio Segurado (PL) explica a J. F. Lamata porque se absuvo de aquella moción:

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Naturalmente, el periódico que iba a aplastar al debutante era EL PAÍS. El encargado fue don Eduardo Haro Tecglen

 

27 - Marzo - 1987

EL DEBUTANTE

Eduardo Haro Tecglen

Éste era su primer discurso en el Congreso, y estaba dando la sensación de que sería el último. No es un líder. No es más que un mal lector de carpetas

Al degollar su discurso, Antonio Hernández Mancha tuvo un brillante rasgo de inteligencia. Quizá tuviese más; quizá su grupo, o los populólogos -según palabra que su portavoz, Calero, acuñó- encuentren otros. No estando en ninguno de esos supuestos, el espectador no encontró nada más en el debutante.Pero ese rasgo de saltarse páginas, de comerse párrafos, de irse velozmente hacia el final de lo que se suponía un programa maduro, concreto y preparado de gobernar este país, da al optimismo y la bondad la sensación de una cierta capacidad para medir su propio naufragio oral y arrojar lastre. El nuevo, el debutante, se aburría él mismo leyendo lo que sus colegas habían metido en su enorme carpeta verde: leía sin convicción, y la que tuvo al principio se le iba quemando con el paso de los minutos; leía como esos pequeños actores de comedias que no saben bien lo que van diciendo, lo que el remoto autor ha escrito.

Un lector. El mesías se estaba quedando en eso: en un lector, y no precisamente bueno. La imagen del outsider velocísimo y astuto, del picamaderas de agitada cresta que horadó el roble viejo de AP, se había quedado atrás; alguien -¿él mismo?- se la cambió ayer para que pudiera tener la envergadura de un candidato a la presidencia del Gobierno. Apenas le quedaban algunos vocablos del neopopulismo de otros tiempos: “currantes”, “el gallo de Morón”… pero no daba el peso. Había demasiadas disonancias. Cuesta trabajo escuchar leer en primera persona y apoyar su énfasis en expresiones como “mi Gobierno”, “mi programa” a alguien que se ha privado tan rápidamente de su propia personalidad, o de la que ha ofrecido hasta ahora en su carrera.

No parecía que los posesivos surgieran realmente de un creador, sino de una colección de carpetas lenta y cuidadosamente rellenadas durante los pasados años por los escribas de AP, con su tradicional dureza de oído para los tópicos que ellos mismos han creado, y que tanto trabajo le había costado a Fraga hacer creíbles para, al menos, unos millones de personas. Fraga trabajaba bien el tópico: hacía de él una materia dura, inalterable, le daba una solidez que parecía perpetua. Hasta para el tópico hace falta tener talento.

Los ingleses llaman al primer discurso de un parlamentario maiden speech;una doncellez que se pierde. No es el caso de Hernández Mancha, que es senador; pero éste era su primer discurso en el Congreso, y estaba dando la sensación de que sería el último después de este debate, o hasta otra legislatura. No se puede hacer ese pronóstico después de haber perdido de esta manera su doncellez; sin placer y sin alborozo. Sin esperanzas de engendrar: no en esta moción de censura, desde luego, sino en el futuro.

Aun sentado en su escaño mientras escuchaba a Calero, con la barbilla en la mano, pudiera representar la imagen del pensador de Rodin -aunque con otra configuración craneana-; aun en los prolegómenos espontáneos antes de dar paso al texto de la carpeta verde que contenía su propia perdición, se podía imaginar la posibilidad de un líder. La fue perdiendo poco a poco; fueron los escaños quedándose vacíos mientras leía y leía, fueron aumentando los murmullos de los que hablaban de sus cosas -reñidos un par de veces por el presidente del Congreso-, fue empequeñeciéndose su figura mientras perdía peso específico: el peso del líder.

Queda el beneficio de la duda. Queda por saber si le van a dar tiempo los suyos a hacerse un poco más, a ser un poco más libre dentro del armazón del partido, que trata de hacerse más duro cuanto más se desmorona; y queda por saber sí, conseguida esa libertad, le va a servir de algo. Queda por ver si el debate se revuelve sin atrocidad, se revela como un parlamentario, aguza una inteligencia verbal que pueda emparejarse con su audacia. Pero, de momento, no es un líder. No es más que un mal lector de carpetas que acelera su voz en los pasajes que parece no comprender; que mete las manos en los bolsillos y se mueve de abajo arriba como si tuviese un suave muelle dentro, como los malos actores; que mantiene su voz aguda en un solo tono, que es una de las maneras más adecuadas para provocar el sopor.

El debutante tenía su oportunidad. Se le fue de las manos.

 

Eduardo Haro Tecglen

27 - Marzo - 1987

El candidato se examina

EL PAÍS (Director: Juan Luis Cebrián)

Tras la elección de Antonio Hernández Mancha como nuevo presidente de Alianza Popular tuvimos oportunidad de decir que nos parecía un líder volátil. Hoy hemos de reconocer abiertamente que nos habíamos equivocado. Hemández Mancha es volátil, pero no es un líder.Los medios de comunicación de una democracia no tienen otro remedio que registrar la actualidad política tal y como se produce, y les corresponde además la responsabilidad social de orientar a la opinión sobre el significado eventual de esos hechos. Eso es lo único que justifica el derroche de tinta, papel y palabras que los periódicos nos vemos obligados a hacer para referimos a un acto tan insustancial y tedioso como éste con el que AP regaló ayer a los españoles. Lo que Hernández Mancha y Alianza Popular hicieron fue la escenificación de una usurpación, aunque tan pequeña que no pasa de ser un hurto. Le quitaron el tiempo al Parlamento, al Gobierno, a los periodistas, a los ciudadanos y al orbe en general para demostrar dos cosas que ya sabíamos: la primera, que los socialistas tienen mayoría absoluta en Cortes y no pueden ser desalojados del poder hasta que no pierdan unas elecciones; la segunda, que Hernández Mancha no es el que las va a ganar en esa ocasión.

El candidato a primer ministro exhibió un risueño pundonor, y algún descaro, para leer con soltura los folios que le habían preparado sobre cuestiones que iban desde la política forestal a las relaciones internacionales. Pero su mensaje resultó tan desmadejado, aburrido e inconexo que más parecía el discurso de un examinando voluntarioso, obsesionado por demostrar que se había estudiado la lección, que el de quien aspira a gobernar un país.La presentación del voto de censura por parte de AP, con el único y exclusivo afán de encaramar a la tribuna del Congreso a quien no es diputado -en su condición de onírico aspirante a la Moncloa- constituía ya de por si una falta de respeto a la institución parlamentaria y a los fundamentos que justifican la existencia del voto de censura constructivo en nuestra Constitución. Pero el desarrollo de la sesión de ayer colma todo lo imaginable. Lo que los ciudadanos esperan es la formación de una clase política, a la derecha y a la izquierda del PSOE, capaz de articular nuevas propuestas de gobierno alternativas a las que representa el PSOE. Lo que ayer vieron fue el ejercicio del derecho al pataleo por parte de un partido en ruinas, lanzados sus dirigentes por la corriente del populismo hasta extremos que serían ridículos si no estuvieran transidos de candor.

No merece la pena insistir en los argumentos -ayer explicitados por portavoces del Gobierno y de la oposición no alineada con ese voluntarioso equipo de abogados del Estado que pretenden encaramarse con la representación de la mayoría social- respecto a la improcedencia de provocar un debate de política general apenas semanas después de que se desarrollara el del estado de la nación. Ni vamos a abundar tampoco en lo lamentable que resulta utilizar procedimentos tan arbitrarios para aparecer en la televisión o generar la revitalización de la vida parlamentaria. Lo único que quedará como digno de aprecio de lo sucedido ayer en Cortes es una intervención fría, sólida y bien construida del vicepresidente del Gobierno, que supo huir de los chascarrillos a los que otrora fuera tan aficionado. Alfonso Guerra se mostró ayer con una madurez política y una capacidad parlamentaria en cierta medida sorprendente si se analizan otras comparecencias públicas suyas. Pero, con ser espléndida su intervención, la imagen abrumada de Fraga escuchando a sus jóvenes cachorros o la desolación de Herrero de Miñón en su escaño constituían la mejor respuesta a la disertación del nuevo presidente aliancista.

28 - Marzo - 1987

Cuando llegue septiembre

EL PAÍS (Director: Juan Luis Cebrián)

Nuevamente ayer, el aspirante a la presidencia del Gobierno, o al menos a líder de la oposición, Antonio Hernández Mancha, no superó su examen de ingreso y tendrá que volver a presentarse en un, probablemente lejano, septiembre. Ya el jueves, primer día del debate sobre la moción de censura presentada por el Grupo Popular, se vio que había demasiada diferencia de peso entre el aspirante y el poseedor del título, que ganó sin ni siquiera bajarse del autobús. Quedaba la esperanza de que en la segunda jornada parlamentaria, con Felipe González ya en el cuadrilátero, Hernández Mancha exhibiera en el cuerpo a cuerpo ciertas cualidades que le permitieran al menos seguir participando en la disputa del otro galardón en liza: el de la primogenitura de la oposición. Vana esperanza; incluso su principal rival en eso, Adolfo Suárez, cedió una vez más a su tendencia a refugiarse en el burladero. Pues resultó tan floja la faena del becerrista que le bastó a Suárez un quite episódico, marcando la distancia entre Lope de Vega y santa Teresa, para salir airoso de la prueba.Hernández Mancha se lo puso demasiado fácil a sus dos principales contrincantes. Su confusión entre el volumen de las carpetas puestas a su disposición y la solvencia de una eventual alternativa programática le llevó a un viaje sin regreso por terrenos que no domina. Con Fraga, la derecha no podía ensancharse hacia el centro, pero con Mancha corre el peligro de que el suelo se le escurra bajo los pies. No parece que consignas como la de “doblar la eficacia reduciendo los recursos” vayan a servir para convencer a sectores de las clases medias urbanas que reprochan al partido gobernante ineficacia en la gestión. Ni que el confuso batiburrillo ideológico en que se mezcla escuela de Chicago -¿sabrá Hernández Mancha que, además de Chicago, esa es la escuela de Pinochet?-, Fernández de la Mora y populismo meridional vaya a devolver la confianza a las desconcertadas filas de los antiguos seguidores y seguidoras de Manuel Fraga. Perorando a voleo, Hernández Mancha cedió la iniciativa a González, que pudo permitirse el lujo de sentar a su censurante en el pupitre de los sometidos a examen.

El presidente del Gobierno tuvo un comienzo pastoso, con reiteraciones innecesarias, pero luego se centró en su papel, poniendo de relieve las contradicciones de su oponente, y hasta estuvo a punto -sólo a punto- de evitar caer en el ensañamiento. Probablemente lo deseaba sinceramente, porque contar con un opositor así es una bicoca, pero la tentación era demasiado fuerte ante el empecinamiento de Mancha en confundir sus pellizcos de monja con mortales puyas. Se verificó así, pues, el pronóstico de Carrillo de que González iba a “merendarse a Mancha como a un merengue”, pero tan rápido desenlace evitó al presidente tener que pronunciarse, él también, sobre algunos de los problemas de la sociedad española implícitamente presentes en el debate.

Porque, aunque el aspirante no acertase a discernir con claridad, en la fronda de su carpeta, los enunciados básicos del proyecto liberal conservador que pretendía encarnar, en algunas de sus apreciaciones había materia para un debate algo más serio. Así, por ejemplo, respecto a si el proyecto actual del Gobierno apuesta por un reforzamiento del Estado -tanto en relación a la sociedad civil como a la nueva distribución territorial del poder que se deriva del diseño autonómico-, o bien por un adelgazamiento paulatino de sus pesadas y costosas estructuras. Y en uno u otro caso, cómo piensa articular ese proyecto con el de modernización de la sociedad española y la aspiración a acreditar el llamado estado del bienestar. La impericia del censor permitió al censurado esquivar ese debate y recobrar una iniciativa que la acumulación de conflictos sociales le había hecho perder en los últimos tiempos.

28 - Marzo - 1987

Balance gris

ABC (Director: Luis María Anson)

Ha sido una ocasión perdida por el conjunto de las fuerzas no socialistas y, al propio tiempo, casi un fárrago parlamentario, en la medida que careció, hasta ahora, del atractivo y la brillantes que se esperaba. En la moción de censura debió estar presente el necesario espíritu de colaboración y de convergencia en las respuestas al partido gobernante. El encastillamiento en posiciones cuya legitimidad nadie podrá discutir, tiene, como el debate hasta ahora demostró, un coste de oportunidad política muy alto. También convendría señalar que el conjunto de los grupos parlamentarios debiera esforzarse más en atraer la atención suficiente del hombre de la calle; aunque no fuera por otra cosa que por el hecho mismo de que la calle se alza peligrosamente como escenario espurio para la réplica puntual a la insensibilidad política de la mayoría.

27 - Marzo - 1987

Ni pena ni gloria

Federico Jiménez Losantos

La primera intervención de Mancha en el Parlamento transcurrió sin demasiada pena para el Gobierno y con escasísima gloria para la oposición. Los propósitos publicitarios y electorales de AP se han visto cumplidos sólo a medias, aunque resulta difícil saber en qué medida el discurso de Mancha contribuirá a paliar el problema esencial de su liderazgo, que es la falta de conocimiento en amplias zonas de la población.

EL discurso del presidente aliancista fue apresurado y amazacotado. Evidentemente, no lo había preparado con el tiempo necesario y no había dispuesto de ese grupo de trabajo, de esos asesores por parcelas que todo líder serio precisa antes de una comparecencia política de envergadura. Todavía estaba con los nervios de los primeros minutos cuando leyó, sin prestarles mayor atención, ciertos párrafos que sobre los modelos internacionales de la derecha le había preparado alguien – cabe suponer que Guillermo Perinat – y en esa absurda lista de países admirables se permitió nombrar nada menos que a Corea del Sur, país que ha mejorado mucho económicamente, es cierto, pero que continúa siendo una dictadura evidentísima.

Semejante metedura de pata es producto de un cerebro ignorante y del apresuramiento de un político inmaduro o, al menos, sin tiempo para hablar con el reposo debido. Se dirá que por una tontería no es justo descalificar todo un discurso, pero es que no se trata de una tontería, sino de una prueba de lo que sigue sin funcionar en la derecha española: la renovación ideológica y la previsión política. Mientras haya un bobo influyente capaz de considerar deseable algún extremo de Corea del Sur, la derecha española seguirá como hasta ahora: ansiosa, voluntariosa, esforzada, valerosa incluso, pero absolutamente incompetente, presa inevitable de la demagogia de la izquierda porque a esa izquierda solo es capaz de oponerle lugares comunes ajenos y demagogia particular.

Y es que la improvisación en política es una forma de demagogia. Y hay momento en que no alcanzar la gloria es quedar de pena.

Federico Jiménez Losantos

El Análisis

UNA HÁBIL ESTRATEGIA CONDENADA POR LA HISTORIA

JF Lamata

El presidente de Alianza Popular (AP), D. Antonio Hernández Mancha no era diputado, era senador, por lo que no podía asistir a los plenos más que desde la tribuna de invitados, por tanto, difícilmente podía ejercer de jefe de la oposición frente a D. Felipe González. Presentándose como candidato a presidente del Gobierno en una moción de censura, el Sr. Mancha si podía hablar desde la tribuna, aunque no tuviera posibilidad real de ganar una votación al tener el PSOE mayoría absoluta.

El mayor enemigo del Sr. Hernández Mancha en 1987 no era el PSOE, era el CDS del Duque de Suárez. En las elecciones generales de 1986 la formación del Duque experimentó una importante subida de votos y, aunque seguía estando a una gran distancia del gran peso electoral que tenía Alianza Popular, a efectos de imagen, el CDS era visto como algo renovador, mientras que la AP Fraguista como algo caduco. Ante la dimisión del Sr. Fraga, existía el riesgo de que la masa de votos de la derecha abandonara a AP y se pasara al CDS como ocurriera en las generales de 1977 y 1979. La moción de censura permitía atraer los focos sobre AP como principal rival del PSOE.

En las municipales de unos meses después el Sr. Hernández Mancha vería cumplido su objetivo de preservar a AP como principal fuerza alternativa al PSOE, pero el precio fue alto: su imagen como líder de la derecha quedó destrozada tras el debate parlamentario y la historia le dejaría condenado por aquella arriesgada jugada política.

J. F. Lamata

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