Los etarras lo consideran que el dictador se ha visto forzado por la presión internacional

Proceso de Burgos: Franco indulta a los condenados a pena de muerte por el asesinato de Melitón Manzanas

HECHOS

  • En diciembre de 1970 el Jefe del Estado, General Francisco Franco anunció en su discurso de fin de año que conmutaba las penas de muerte dictadas contra los Sres. Mario Onaindia, Teo Uriarte, Izko de la Iglesia y los demás condenados por el asesinato de D. Melitón Manzanas

En diciembre de 1970 los tribunales condenaron a los asesinos de D. Melitón Manzanas. Seis de ellos fueron condenados a muerte:

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  • Francisco Javier Izko de la Iglesia – Pena de Muerte (autor material)
  • Mario Onaindia Nachiondo – Pena de Muerte
  • Eduardo ‘Teo’ Uriarte Romero – Pena de Muerte
  • José María Dorronsoro Ceberio – Pena de Muerte
  • Jokin Gorostidi Artola – Pena de muerte
  • Francisco Javier Larena Martínez – Pena de Muerte

Con la libertad de Prensa, los periódicos por fín pueden anunciarlo en portada. Y son varios de ellos, los que piden indulto para los criminales: don Aquilino Morcillo “espiritú Santo” del YA, don Torcuato Luca de Tena y Brunet de ABC e incluso el ARRIBA, entonces aún dirigido por el Sr. Campmany. Todos ellos recurren a los alagos:

No aspiramos a exponer todas las razones que pueden aconsejar benignidad. Pretendemos limitarnos a aquella razón que actúa siempre como causa principal del indulto, la que ha movido a solicitar gracia a la Santa Sede y al Episcopado Español: la clemencia que adquiere fuerza singular en estos días navideños. (YA, 29-12-1970)

No se trata de olvidar unos hechos dejándolos sin sanción. Sino de conmutar penas capitales por otras suficientes y en su más alto grado. El régimen es fuerte y sólo los fuertes saben perdonar. La concesión del indulto nunca podría interpretase como signo de debilidad. Si otra cosa pensaran los de fuera ¿qué más da? (ABC, 29-12-1970)

El hombre que puede ejercer su derecho de gracia, está adornado de virtudes extraordinarias y nos tiene suficientemente demostrado a todos los españoles cuanta es la sabiduría que le asiste, la fortaleza de su ánimo y la serenidad de su juicio. Sería ingenuo pensar que la generosidad puede entenderse como debilidad. (ARRIBA, 30-12-1970)

Pudo ser influído por aquellos diarios o por ganas de sentirse benébolo, pero el general Franco decidió conmutar todas las penas de muerte de aquel proceso. Los diarios agradecieron al día siguiente aquella decisión, “Franco ha justificado las aspiraciones puestas en él”, dice el YA

FRANCO INDULTA LAS PENAS DE MUERTE DEL ‘PROCESO DE BURGOS’

MARIO ONAINDIA, PRINCIPAL DIRIGENTE DE ETA CONDENADO A PENA DE MUERTE EN EL ‘PROCESO DE BURGOS’

29 - Diciembre - 1970

Un paso más de la Justicia

NUEVO DIARIO (Director: Salvador López de la Torre)

La justicia ha seguido su curso dentro de nuestro Estado de Derecho. Jurisdicciones especiales ha habido en todos los países occidentales y algunos periodistas franceses podrían acordarse de los sistemas archiexcepcionales que liquidaron a la OAS en su país, mientras ciertos ingleses podrían refrescar su puritana memoria de enviados especiales en Burgos contándonos de qué manera se atropella el derecho de gentes en Irlanda del Norte. Nunca tuvieron los detenidos de la OAS en Francia las garantías ni la serenidad de juicio que han recibido los terroristas de la ETA en Burgos, ni la condición permanente de suspensión de derechos individuales que se padece en el Ulter desde su ocupación colonial por Inglaterra han tenido por fortuna para nosotros en España réplicas parecidas. En ningún caso puede negar nadie que mire las cosas con ojos limpios que la minuciosidad del sumario, la reflexión de los miembros del tribunal y la serie de escalones de revisión todavía pendientes a través del capital general de Burgos y de la suprema facultad de gracia reservada al Jefe del Estado, constituyen un encadenamiento apresurado de acciones de dudosa justicia. Si para unos la decisión final debe ser la clemencia y para otros el castigo de la responsabilidad comprobada de algunos de los procesados será cuestión opinable, pero lo que nadie puede decir es que la seriedad del proceso, ni la legitimidad de los jueces sea objeto de discusión.

Y con esto llegamos al fondo del problema. El tribunal de Burgos es un tribunal legal porque así lo dispone nuestro ordenamiento. Ha sido un tribunal minucioso, ha dictado su veredicto con entera libertad, en la soledad de una clausura de casi veinte días, y aún después de eso le quedan a los acusados en su defensa las alegaciones de los abogados defensores, la decisión del capitán general, que expresa su conformidad o disentimiento a la vista del Código de Justicia Militar, y la facultad de gracia del Jefe del Estado después de una reunión del Consejo de Ministros, que dicta su ‘enterado’ y si su voluntad y cuidado se lo reclamasen, de cuantos órganos le auxilian como consultores dentro de la estructura del régimen legal que los españoles se han dado a sí mismos  por referéndum. Sólo cuando todos estos trámites hayan sido cumplidos, dentro de sus flexibles calendarios que los regulan, para ofrecer las mayores garantías al procesado, podremos hablar de la naturaleza de la sentencia. Hasta entonces, el proceso de Burgos no habrá terminado

29 - Diciembre - 1970

Clemencia y Fortaleza

YA (Director: Aquilino Morcillo)

Después de dieciocho días de deliberación, ha habido sentencia en el Consejo de Guerra de Burgos. Pendiente aún, para que sea firme, de la aprobación por el capitán general, previo informe de su auditor, la nota oficial facilitada sobre la misma informa de que, en tal caso y en vista de las penas capitales impuestas, su ejecución requerirá el ‘enterado’ del Gobierno, quedando siempre a salvo el derecho de gracia que corresponde al Jefe del Estado.

Por un lado, hay ciertamente la conveniencia de una sanción ejemplar que ponga término a la escalada de la subversión hacia formas de violencia que repugnan a toda conciencia civilizada y de las que la sentencia presenta un muestrario auténticamente escalofriante. Ante esa relación hay que explicarse la reacción (no cruel, sino de estricta defensa social) de los que asumen la actitud expuesta, conacientes de que la debilidad en los gobernantes nos pondría en peligro de retroceder hacia situaciones que debemos considerar definitivamente superadas. Por otro lado.

Queremos advertir previamente que no aspiramos a exponer todas las razones que pueden aconsejar benignidad ni siquiera a agotar el examen de las que presentamos. No creemos que nos corresponda desarrollar las consecuencias políticas que podrían derivarse del hecho de una opinión internacional que en estos momentos está pendiente de nuestro país; el hecho es, sin duda irritante, pero en un hecho que no podemos desconocer. Pretendemos limitarnos a aquella razón que actúa siempre como causa principal del indulto, la que ha movido a solicitar gracia a la Santa Sede y al Episcopado español en pleno: la clemencia, que adquiere fuerza singular en estos días navideños, donde todo habla del amor y de piedad,y con los que diríamos que providencialmente a esos efectos ha coincidido la sentencia.

Pero en favor de la clemencia actúa también la prueba de adhesión al régimen que han sido las manifestaciones celebradas en toda España. El indulto de penas de muerte es el privilegio de los poderes fuertes. No perdona el que quiere, sino el que puede. No perdona el débil, sino el que está seguro de sí mismo, y nuestro Régimen, respaldado por la adhesión del país, que especialmente se concentra en el Jefe de Estado y en las instituciones armadas, es un Régimen fuerte. Puede, por eso, perdonar.

Plantear el problema, como si se tratase de elegir ahora entre clemencia y fortaleza, vinculando ésta a la ejecución de las penas capitales, es planearlo mal; más exacto sería decir: clemencia, ahora, ante la sentencia; pero fortaleza., ahora y después, hasta desarticular totalmente la red subversiva y alejar definitivamente el fantasma del terrorismo. Lo pide la subsistencia del a propia patria y de todos sus ciudadanos, pero sobre todo, las fuerzas encargadas de asegurar el orden público, que se encuentran amenazadas no ya en las personas de sus abnegados componentes, sino en sus familiares, y a las que se puede pedir toda clase de sacrificios, pero no defraudarlos en aquello a que tienen derecho: una política de firmeza. La que puede emprender un Régimen que cuenta con el respaldo de la nación, cuya voluntad se ha mostrado inequívocamente en los últimos días y que aproveche hasta el máximo las facultades excepcionales que a ese ejercicio se han aprobado. Si eso no lo hiciese, de nada valdría el mayor rigor en la ejecución de la sentencia.

Que para obtener clemencia se recurran a procedimientos ilegales nos parece tan grave que nos creemos obligados a hacer una llamada a la reflexión. Acudir a terrenos ilegales, como se ha acudido, al de las amenazas contra las personas y las familias, tanto de quienes estaban relacionados con el proceso como incluso de quienes nada tenían que ver con él, obligaría a pensar que lo que es en realidad si quiere es provocar una reacción que condujera a la creación de unos mártires, conforme a la táctica seguida en tantos casos que no necesitamos ni citarlos siquiera. Quienes de veras se interesen por la vida de los condenados deben pensarlo seriamente antes de intentar obtener las únicas vías admisibles para demostrarlo. Pero observamos también la conveniencia de una decisión urgente que disipe cuanto antes la tensión y, sobre todo, el peligro de hacerle el juego al enemigo con las reacciones extremas que busca. Así como la presión exterior no ha podido obligar a la justicia a claudicar por debilidad en el desempeño de su alta misión, tampoco ahora ninguna presión emocional debe influir en el sentido contrario. Afortunadamente para el país, la decisión está en manos de quien ha acreditado sobradamente a lo largo de su vida, prudencia, severidad, profundo sentido político y un espíritu sinceramente humano, cristiano y español.

29 - Diciembre - 1970

La Justicia y la clemencia

ABC (Director: Torcuato Luca de Tena Brunet)

El Consejo de Guerra ha dictado dieciséis sentencias. De estas sentencias las penas capitales se han aplicado conforme a la legislación común, es decir, al Código Penal. El Código Penal es severo. Las penas son gravísimas, como gravísimos fueron los delitos cometidos y numerosos los delincuentes.

El Ejército ha recibido de la ley el encargo penosísimo de juzgar estos delitos de sangre por medio de sus tribunales militares. El Tribunal militar de Burgos – compuesto por dignísimos oficiales y hombres de honor – ha aplicado estrictamente la Ley. “Dura lex sed lex”.

El gangsterismo desatado por los anarco-terroristas del Norte en las entrañables provincias vascongadas y Navarra ha sembrado el terror y ha quebrantado un orden jurídico que la Ley debía restablecer y que los hombres encargados de servirla debían aplicar. Así lo han hecho. Las sentencias hacen justicia. Los jueces militares – de cuya irreprochable conducta sólo los malvados, los frívolos o los ignorantes se atreverían a dudar – han cumplido la ley.

Según el artículo primero del decreto del 22 de abril de 1938, la concesión de otda clase de indultos corresponde al Jefe del Estado, previa deliberación del Consejo de Ministros. La vieja ley de 18 de junio de 1870, reguladora del ejercicio de gracia, alude a las tres motivaciones que han de pesar en el ánimo del gobernante para conceder el indulto. A saber: los consejos de la Justicia, de la equidad o de la utilidad pública.

El Consejo de Ministros se reúne hoy a las once de la mañana, en el Palacio de El Pardo bajo la presidencia del Jefe del Estado. Es lícito deducir que el tema único del orden del día será esta deliberación a que alude el decreto de 1938. Ya no se trata de hacer justicia: eso correspondía a los Tribunales. Los Tribunales ya han sentenciado. Han sentenciado, en justicia, de acuerdo con la Ley. Ahora se trata de estudiar si es posible, si es ajustado a la utilidad pública, la aplicación de la clemencia.

La experiencia política y militar del hombre que rige los destinos de España; la frialdad y ecuanimidad de su criterio; siempre encaminado a la consecución del bien común: la agudeza y perspicacia de su juicio para medir en cada caso lo que debe o no debe hacerse, hacen innecesarias cualquiera disquisiciones nuestras en asuntos que son privativos de su alta magistratura y competencia.

Con eso y con todo, ya que la Ley exige en casos como el que comentamos que su decisión sea precedida de una deliberación del Consejo de Ministros, consideraríamso gratísimo coincidir con el Gobierno en el criterio de que Justicia y clemencia, ien que términos dispares, no son términos antagóncios.

No se trata de olvidar unos hechos dejándolos sin sanción. Sino de conmutar determinadas penas capitales por otras suficientes y en su más alto grado. De ser esto así, no sufriría la ejemplaridad, porque si es ejemplar toda pena, ejemplar seguiría siendo la aplicación de las inmediatamente inferiores que se impusieran. Y con fuerza bastante para disuadir – sin exacerbar – a aquellos descarriados que han hecho del crimen y de la subversión normas de sus vidas. Quisiéramos no errar si consideramos que tampoco padecería el orden. El repudio a la anarquía, al terrorismo y a la delincuencia la ha proclamado – la está proclamando – clamorosamente el país en ardorosa manifestaciones públicas del as que son ejemplos elocuentísimos, y útiles, las celebradas en Burgos, Bilbao, Barcelona y Madrid. El régimen es fuerte y sólo los fuertes saben perdonar. La concesión de uno varios o muchos indultos, caso de concederse, nunca podría interpretarse como signo de debilidad. Bien sabemos esto los que vivimos en España acogidos a los bienes que se derivan de una orden pública general, y protegidos por sus leyes. Si otra cosa pensaran los de fuera. ¿Qué más da?

La Historia, la gran Historia con mayúscula, a la que pasará un día en honor de rectitud Francisco Franco, interpretaría la clemencia como fortaleza, lo cual no significaría de otra parte ni rectificación de unas sentencias justísimas (aplicadas por hombres de honor y de acuerdo con la Ley) ni condescendencia con unos delitos que toda España aborrece, aunque compadezca a sus autores, cegados por el odio y el fanatismo.

30 - Diciembre - 1979

Sin audacia y sin temor

ARRIBA (Director: Jaime Campmany)

Conocidas las dieciséis sentencias dictadas por el Consejo de Guerra de Burgos, conocidas las nueve penas capitales, se ha producido una extensa teoría de opiniones que van desde el nivel primario de la calle a las más altas tribunas periodísticas. No tratamos de sumar a ese coro de voces heterogéneas ningún punto de vista polémico destinado a confrontarse con otras opiniones.

Todos los españoles hemos seguido con vivo y lógico interés, cuando se ha relacionado con el Consejo de Burgos, tanto en lo referente a la marcha del proceso como a las campañas que desde el exterior se han orquestado con indudable tendenciosidad y oportunismo político. Es natural, pues, que la resolución del Tribunal hubiera suscitado general expectación y es natural que ahora conocidas las penas impuestas, se especule con la posibilidad de su ejecución rigurosa o clemente.

Con la mayor serenidad de ánimo posible quisiéramos puntualizar algunos extremos tan lejos de cualquier fácil sentimentalismo como de cualquier apasionado juicio.

El Tribunal Militar que ha actuado en el Consejo Sumarísimo de Guerra ha cumplido con su deber, ejemplarmente, y merece la gratitud de todos por su serenidad y por el honor con que ha desempañado su penosa misión.

Las penas que enumera la sentencia tienen ahora que cubrir para su cumplimiento unas etapas legales y previstas: aprobación por el Capitán General y el enterado del Gobierno. Como ha habido petición de penas de muerte, cabe que el Jefe del Estado, en uso de su prerrogativas, pueda ejercer el derecho de gracia, conmutando algunas o todas las penas. Mientras estos trámites se cumplen, es natural, por supuesto, que se especule con la decisión última.

El hombre que puede ejercer su derecho de gracia, está adornado de unas virtudes extraordinarias y nos tiene suficientemente demostrados a todos los españoles, a lo largo de su vida, cuanta es la sabiduría política que le asiste, cuanta es la fortaleza de su ánimo y la serenidad de su juicio. La acción de la justicia ha concluido. En la consideración final del Jefe del Estado pesan ahora todos los argumentos humanos, políticos y concretos que rodean el caso. Es natural que sea sensible a esas masivas y espontáneas manifestaciones de entusiasmo y adhesión con que el pueblo entero de España le ha renovado su fidelidad y su cariño. Su poder está popularmente respaldado por todo el país. No necesita, como nunca necesitó, subrayarlo. Dice Cicerón que la fortaleza, virtud o temple del ánimo, vence el temor y modera la audacia. Y Santo Tomás comenta que la audacia no es más que una forma del temor, al revés. Ninguna audacia hay que esperar ni pedir. Ningún temor hay que sospechar ni sufrir. Sería malévolo, estúpido e incongruente creer que la injusticia en los juicios del exterior puede forzar el rigor al máximo. Sería ingenuo, torpe y catastrófico suponer que la generosidad clemente del corazón puede entenderse como una debilidad política.

Si las instancias del país se inclinan a una petición indulgente, si como está probado, la unidad de la Patria y su deseo de paz y progreso es algo que no puede poner en peligro la acción terrorista de un grupo minoritario de desesperados políticos y si el consejo, leal y sereno, de algunos altos organismos reunidos estos días, es favorable a la templanza, todo habría que entenderlo, seguramente, como una prueba de la salud política de nuestras instituciones fundamentales y de la fe en los destinos de la Patria.

Sin audacia en el pronóstico y sin temor de debilidad alguna, esperamos la resolución final. Estamos los españoles acostumbrados a que en los trances históricos decisivos, cuando los argumentos o las posturas se debaten en la incertidumbre, una voz suprema y responsable haya acertado a decir la palabra definitiva y exacta. Es fácil, cuando no se tiene el peso de la responsabilidad, emitir una opinión o su contraria. Tenemos los españoles fama de algo apasionados y de un mucho de radicales. Pero podemos estar tranquilos. Hay quien vela, sin nervios; quien, mesuradamente, reflexiona; quien, desde su conciencia sólo se plantea el interés sagrado de España y de los españoles. Franco ha acertado siempre. La decisión está, pues, es unas manos firmes, seguras, serenas. Nosotros podríamos inclinarnos fácilmente, irresponsablemente, a la clemencia o al rigor. Franco se inclinará, estamos seguros, hacia esas difíciles cuatro cirtudes que son la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza. Porque en su ánimo no se interfieren – nunca se ha interferido – ni la audacia ni el temor.

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