22 junio 1991

El grupo presidido por Jesús Polanco reta a los propietarios de ABC, Prensa Española, a invitarlos a ellos a su junta de accionistas para conocer las cuentas de su editora

El diario ABC airea las pérdidas de su competidor, el diario EL PAÍS reconocidas en la Junta de Accionistas del Grupo PRISA

Hechos

El 21.06.1991 el diario ABC publicó una página sobre la Junta de Accionistas del Grupo PRISA, en el que se hablaba de sus resultados en EL PAÍS, la Cadena SER y Canal PLUS.

Lecturas

El diario ABC dirigido por D. Luis María Anson Oliart airea una información sobre las pérdidas del Grupo PRISA en su junta de accionistas de junio. A pesar de que El País sigue en ganancias, ABC pone el foco en la pérdida de ejemplares y en el fracaso de la revista El Globo de 1988. Lo mismo hace en una columna de ABC D. Pablo Sebastián Bueno. El diario El País dirigido por D. Joaquín Estefanía Moreira responde a ABC con un editorial reprochando a ABC que no siguieran ‘el abc del periodismo’ y retándoles a que hagan abiertas las juntas de accionistas de Prensa Española (su empresa editora) como hacen ellos con las de PRISA.

También las juntas de accionistas de sus respectivas empresas editoras fueron fuente de enfrentamientos entre ABC y EL PAÍS. En junio de 1991 se celebró la Junta de Accionistas de ese año del Grupo PRISA. En las juntas se hacen los balances de resultado anuales con sus ganancias y pérdidas ante los accionistas. A ella penetraron representantes del diario ABC mandados expresamente por D. Luis María Anson, que en una nota publicada el día siguiente se dedicaron a hacer públicos todos los datos negativos del Grupo PRISA: Principalmente aseguraron la reducción de tirada de EL PAÍS y grandes pérdidas en CANAL PLUS que en sus inicios había perdido 3.695 millones de pesetas.

24 horas después y en una actitud habitual, EL PAÍS insertaba íntegro el recuadro del ABC, directamente recortado y pegado a su página con el titular ‘El ABC del periodismo’ en el que EL PAÍS aseguraba que el periódico había manipulado los datos de PRISA en esa Junta de Accionistas. Ya que en el balance de resultados se incluían beneficios de 8.000 millones de pesetas, dato que ABC había ocultado. E incluían a ese dato las palabras de D. Jesús Polanco, presidente de PRISA ‘Comprendo el desconcierto de quienes consideran los medios de comunicación meros instrumentos al servicio de causas particulares y de quienes por estrategia comercial han llegado a creerse sus propias mendacidades sobre la supuesta parcialidad de este grupo”. La frase del Sr. Polanco, presidente de EL PAÍS, sólo podía referirse al ABC del Sr. Anson, como acreditaba que fuera publicada justo encima de un recuadro de ese medio.

Pero la frase más dura de EL PAÍS era la siguiente: “Un espléndido ejemplo de las manipulaciones de periodismo puesto al servicio de causas e intereses particulares a que nos tiene acostumbrado ese diario, cuyo propietario aparente es la familia Luca de Tena”.

Por primera vez en una polémica PRISA aludía no al Sr. Anson, sino a la familia Luca de Tena y lo hacía de la manera más despectiva posible, ya que decía que D. Guillermo Luca de Tena como ‘propietario aparente’ una forma muy ingeniosa de dar a entender que el Sr. Luca de Tena sólo era un propietario-florero, ya que todo el poder lo había asumido D. Luis María Anson.

El 24 de junio de 1991 era D. Pablo Sebastián, el que ya desde su nueva posición de columnista de ABC cargaba contra la Junta de Accionistas del Grupo PRISA en una información en la que aseguraba que PRISA estaba en pérdidas por el cierre de EL GLOBO y por la bajada de tirada, según él, tanto de CANAL PLUS, como de EL PAÍS, como de CINCO DÍAS. Fue ese artículo, sumado a otros tres, el que llevó a los directivos del Grupo PRISA, Sres. Polanco y Cebrián, a demandar al Sr. Sebastián.

El punto más oscuro de esta polémica de cara ABC, es que dado que PRISA había permitido que los periodistas entraran en la junta de accionistas, parecía lógico que ABC permitiera que los periodistas de EL PAÍS accedieran a la suya para tomar nota de las pérdidas o ganancias de Prensa Española. No fue así y los Sres. Anson y Luca de Tena prohibieron expresamente la entrada de ningún periodista de la competencia a su Junta de Accionistas de 1992 en las que tenían que darse cuentas del desastre que supuso el periódico CLARO. Durante los sucesivos años EL PAÍS mandaría periodistas a los hoteles donde se realizaran las Juntas de Accionistas de Prensa Española, pero siempre se quedarían fuera a las puertas por la prohibición de sus directivos.

EL PAÍS ACUSA A ABC DE MANIPULAR

ABC_PRISA08  El diario EL PAÍS reprodujo íntegra al día siguiente la información de ABC y puso junto a ella un desmentido de PRISA con el titular de ‘El ABC del periodismo’:

EL ABC DEL PERIODISMO

EL PAÍS, 22-6-1991

«Comprendo el desconcierto de quienes consideran a los medios de comunicación meros instrumentos al servicio de causas particulares y el de quienes, por estrategia comercial, han llegado a creerse sus propias mendacidades sobre la supuesta parcialidad de este grupo», comentaba Jesús Polanco, presidente de PRISA, en la Junta General de la sociedad, celebrada el jueves pasado (véase EL PAÍS de ayer). Apenas horas más tarde, ABC ofrecía la información que aquí reproducimos de dicha asamblea. Un espléndido ejemplo de las manipulaciones, errores y mendacidades, de periodismo puesto al servicio de causas e intereses particulares, a que nos tiene acostumbrados ese diario, cuyo propietario aparente es la familia Luca de Tena.

El diario EL PAÍS tuvo una difusión certificada por la oficina de Justificación de la Difusión (OJD) de 375.875 ejemplares en 1990, 1.653 menos que el año anterior, a pesar de la fuerte competencia producida por la aparición de nuevos periódicos (dato ocultado por ABC); sus beneficios brutos fueron 5.102 millones de pesetas, siendo el beneficio neto de 3.563 millones (no 2.000 millones como destaca ABC en su sumario).

Los beneficios agregados del grupo PRISA ascendieron a 8.000 millones de pesetas. Se ignora si la empresa de ABC, Prensa Española, invitará también a asistir a su Junta General a los medios de comunicación, como hizo en su caso el Consejo de Administración de PRISA.

EL PAÍS

24 Julio 1991

La Junta General

Pablo Sebastián

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Él estaba allí en segunda fila. Esta vez el gran conspirador del periódico y del partido tenía que dar la cara en público, cosa que le produce un cierto rubo porque lo suyo es la penunbra o la clandestinidad. Por ejemplo, vacaciones secretas en compañía del presidente del Gobierno y otros genios de la conocida banda del mamporro en el coto de Doñana, residencia oficial del primer ministro de la nación. Pues sí, esta vez no tuvo más remedio que ir porque por eso cobra del Consejo de Administración, y además tuvo que ponerse chaqueta y corbata, vamos aseadito, con la melenita a lo Gimferré, pero algo más enregada y pegajosa Sí, el pinchapremios, el alférez de aviación, el muñidor de ministros y otras intrigas, Javier Pradera, soplaba y resoplaba en el cogote de Juan Luis Cebrián, cuando en un intento desesperado el consejero delegado iba desgranando los grandes resultados de la empresa, con pérdidas en todos los sectores y tendencia a la pendiente, que podía haber sido mayor si no interviene el bueno de Polanco y cierra EL GLOBO o simplemente no ofrece y costea el lanzamiento del Atlas dominical con el que se oculta la pérdida de más de 50.000 ejemplares diarios por parte de EL PAÍS y por culpa de su gubernamental entusiasmo y apoyo. Tiene razón don Jesús cuando dice a los jefes de la Redacción: si yo no pongo el atlas y la campaña de televisión, ¿dónde estaríamos? Donde estarán, respondo yo, a no ser que regalen como otro que me sé, Palmerín de Bracamonte, un tomo del Espasa cada domingo. Caída en picado y rebelión ocultada del comité profesional que se atrevió a criticar la falta de medios y el cierre de la verbena que ya celebró Panchito en aque lprado hortera lleno de antenas parabólicas como si fuera Robledo de Chavela o Falcon Crest y en el que Augusto ‘on the rocks’ intentaba ahogar a Cebrián en la piscina.

Como dos almas gemelas, la crisis del partido llega a su periódico. A la caída de la venta, se anuncia una baja de la publicidad que puede ser mayor si la vigilancia exige un reparto más justo y proporcional de la publicidad estatal de la que casi tiene el monopolio EL PAÍS. De CANAL PLUS, mejor no hablar, y menos en ausencia de Mandy, la traviesa que vendía chocolatinas y tabaco en top-less durante la junta general. Aquí se han palmado más de mil millones a pesar de fútbol y del porno duro, con o sin vibrador. La SER, sin embargo, y a pesar de la caída de la audiencia, sigue dando dinerito gracias a los espléndidos ’40 principales’ y no por otra cosa. Es decir, el Atlas, Mandy y e Rock sostiene el imperio. ¡Que le vamos a hacer! El mercado exige esto, se acabaron los tiempos de libertad de expresión y del periodismo independiente.

La segunda confesión de Cebrián (la primera fue su escrito de los mugidos de la vaca y la tercera es su impresionante declaración de Hacienda, en calidad de banquero y actividades diversas) no pudo tampoco eludir las pérdidas de CINCO DÍAS, el boletín de don Mariano. Pradera se aflojaba el nudo de la corbata como si fuera el de la horca pensando en el tema del discurso dominical, ¿de quién copio? Los palos a la derecha y al guerrismo, le salen solos, pero los del apoyo a los liberales, País Vasco o temas jurídicos los chupa Almunia (convertido en confidente de la Redacción), Patxo Unzueta o Clemente Auger, a quien consuela de la pérdida del Poder Judicial con sendos garrotazos a Múgica y De la Cuadra esta vez por causa de la Ley Corcuera, donde no le falta razón.

Lo que no deja de tener gracia en esta historia es el hecho de que sea Pradera, culpable de la imagen gubernamental del diario, que se inició con su lista de intelectuales españoles de la OTAN (los únicos del mundo), quien ahora malmete y dice que hay que responder a las críticas exteriores, bajar a la arena, dar caña. Eso que la den otros como el mugido de la primera confesión de Cebrián, y él a Doñana a comer pato a la naranja con el presidente y a poner de tontos para arriba a los ministros en aquel inolvidable concurso de pedantes que, repito hasta la saciedad, ganó Juan Benet.

Aurora Pavón

08 Diciembre 1991

La comunicación, una empresa de ideas

Jesús Polanco Gutiérrez

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Hay un mismo impulso en todas las manifestaciones de la industria cultural que va más allá de los meros aspectos mercantiles: todo producto cultural es la plasmación concreta de una idea, de un sentimiento o de una pasión, y responde a una voluntad de comunicación con los ciudadanos desde una perspectiva personal o colectiva o al deseo de comunicarles a ellos entre sí. Se trata de formular propuestas intelectuales, artísticas o vitales que alimenten su sed de conocimiento y su curiosidad.Las nuevas tecnologías alimentan esta curiosidad universal del hombre de hoy y multiplican las posibilidades de respuesta a través de un sinfin de medios, en un proceso de expansión que no cesa.

La energía que mueve los medios de comunicación desde la imprenta hasta las pantallas catódicas, desde las rotativas hasta la radio, desde el cine hasta los satélites, no es otra que la pasión por el conocimiento y el arte: la técnica simplemente ha multiplicado los medios de difundir esa pasión. Cualquiera que profesionalmente se dedique a ello, empresario, periodista, escritor o realizador, se verá impelido por los hechos al tratar de cubrir todo el espectro de posibilidades.

Ésta es la perspectiva que compartimos quienes tratamos de hacer de PRISA un grupo multimedia, que persigue como única fuente de legitimación la credibilidad de los ciudadanos. Pero las mejores ideas son imposibles de desarrollar sin independencia. Y es ésta, la independencia profesional, la condición primera de la calidad exigible a todo producto cultural, e informativo; la razón última de la existencia de una pluralidad de periódicos y emisoras de radio y televisión que garanticen el reparto o la distribución del poder, como base de la democracia. Por lo demás, sólo con independencia se logrará esa confianza de los ciudadanos de la que depende la rentabilidad de cualquier aventura de este género.

Urge poner de relieve, en este mundo. de desconciertos y confusión que hoy vivimos, el papel desempeñado por la iniciativa individual en el desarrollo de las sociedades modernas y en la creación y perfeccionamiento de las democracias.

El desarrollo controvertido y fértil de estas sociedades se basa de manera fundamental en la existencia de una clase empresarial sólida, profesionalmente capacitada, y armada moralmente respecto a los objetivos que ha de perseguir: la creación de riqueza, condición indispensable y primera para su distribución. Un empresario es todo lo contrario de un especulador o de un amo: es un impulsor dinámico, un creador, un motivador de gentes y un líder de equipos.

Hace algunos meses, en su discurso de ingreso en la Academia de la Historia, José Ángel Sánchez Asiaín nos daba todavía una definición novedosa y audaz: «Un empresario es un creador de perspectivas». Alguien que mira hacia el futuro y, ante la imposibilidad de predecirlo, lo conforma. Si ello se puede afirmar de todo empresario, con mayor motivo habrá que aplicarlo a quien se aventura en una empresa cultural o de comunicación.

No es posible, por ello, desligar la figura del empresario del significado intelectual de sus empresas: existe una secuencia lógica o, mejor si cabe, una consecuencia entre la idea empresarial, la organización y el funcionamiento de la empresa y los productos que se generan, ya sean libros, periódicos, emisiones de radio o televisión, discos o películas. El empresario no tiene por qué suscribir -ni decidir- una a una las ideas que contienen los libros que edita, ni las opiniones expresadas en las columnas de sus periódicos. Pero es su responsabilidad establecer un marco de juego, unas reglas que garanticen el estilo profesional, el marchamo de calidad y las condiciones de credibilidad de los medios que de él dependen. La historia nos demuestra además que todos los grandes periódicos que han sobrevivido los crean periodistas con mentalidad empresarial. Editores y periodistas no podemos permanecer ajenos a la cultura de compromiso -con derechos y obligaciones recíprocas- que es la base de la democracia.

La historia está llena de empresas de comunicación sin definición editorial o con una política de relaciones industriales basada en un régimen de adhesión; también asistimos hoy a la especulación financiera en torno a la propiedad de los medios. Considero inconcebible una empresa que, además de un proyecto colectivo, no sea capaz de albergar un proyecto personal para sus partícipes. Un periódico, como toda empresa, debe plantearse el beneficio como fin y como medio de subsistencia. Pero el empresario de periódicos sabe que está embarcado en una aventura que procede de un aliento espiritual y que supone un proyecto social. Cualquier empresario que ignore estos perfiles estará condenado, antes o después, al fracaso. Porque en periodismo, como en democracia, el fin no justifica los medios.

Rentabilidad e independencia

Las empresas de comunicación tienen la obligación y el destino de buscar el lucro, para dar, por un lado, un rendimiento económico a los inversores, y por otro, para obtener los recursos precisos para mejorar el producto, fortalecer la organización o ampliar las actividades. No sacrificando el producto, sino garantizando su calidad.

La obtención de beneficios no tiene alternativa racional alguna, al igual que la enfermedad no es una alternativa a la salud, sino su destrucción: la compañía que entra en pérdidas inicia un camino inexorable hacia la suspensión de pagos, la quiebra o hacia la subordinación a otros intereses.

Porque la rentabilidad o viabilidad de una empresa de comunicación es, además, una condición sine qua non para mantener la independencia de su actividad periodística y para no quedar hipotecada a intereses ajenos a los de sus lectores, oyentes o espectadores, que son los únicos a los que se debe. Resulta imposible exagerar la insaciable voracidad de los poderes de este mundo a la hora de intentar conseguir una imagen favorable de la prensa o mantener ocultas informaciones perjudiciales para sus intereses.

Para periódicos como The New York Times, The Washington Post, The Independent, The Wall Street Journal, Le Monde, La Repubblica o EL PAÍS, la línea editorial no es alterable en función de conseguir los máximos beneficios. Ésta es la razón de que a veces resulte difícil admitir la existencia de relaciones de parentesco entre la prensa de

alidad y los medios de comunicación que sacrifican sus contenidos a la elevación de las ventas o a la obtención de publicidad, sin temor a dar un viraje de 180 grados en sus opiniones, publicar noticias falsas, omitir informaciones ciertas pero perjudiciales para sus grandes anunciantes o violar el derecho a la intimidad de las personas.

Esa inversión de la jerarquía entre medios y fines se produce en la prensa sensacionalista y amarilla, sólo preocupada por aumentar su circulación y su facturación publicitaria a cualquier precio, a fin de optimizar sus cuentas de resultados. En el otro extremo encontramos la patología simétricamente opuesta de la simulación de formas jurídico-empresariales para encubrir proyectos periodísticos financiados a fondo perdido que se proponen objetivos al margen del mercado.

Por eso, la transparencia es básica a la hora de juzgar el comportamiento de las empresas de comunicación. En realidad, es básica a la hora de juzgar cualquier empresa de no importa qué sector. El consumidor tiene derecho a saber quién está detrás de la toma de decisiones que afectan sobremanera al ejercicio de sus derechos como ciudadano. No faltan, sin embargo, en nuestro país, ejemplos de prensa partidista que oculta su condición de tal y se presenta bajo la máscara de una supuesta independencia, pronto desmentida por su absoluta dependencia económica. La prensa de partido, la legitimidad de cuya existencia nadie debe poner en duda, sólo cumple verdaderamente su función cuando se presenta como tal y no trata de camuflarse buscan do rentabilidades ideológicas. Por otro lado, hay grupos económicos y de presión que financian a fondo perdido publicaciones que constituyen en sí mismas negocios ruinosos y que persiguen el exclusivo propósito de amedrentar, chantajear o intoxicar en provecho de oscuros propósitos.

La plasmación de un modelo

La resistencia de un medio a que se conozcan sus formas de financiación, a hacer públicos sus resultados y a permitir que su difusión y audiencia sean medidas por institutos profesionalizados e imparciales son otros síntomas de la ausencia de la transparencia que debe regir las relaciones entre los medios de comunicación y la sociedad.

Las consideraciones sobre la naturaleza trascendente -no en un sentido metafísico, sino social- de la empresa de comunicación, el papel de la libertad de prensa como derecho fundamental de los ciudadanos y la generalización de un modelo de empresa periodística y unos valores profesionales sin los cuales no se puede hablar de empresa independiente no los hemos inventado aquí y ahora, ni son patrimonio exclusivo de nadie. Lo que hace falta es la decisión de jugar limpiamente en ese terreno.

Cuando en 1972 me incorporé al equipo fundacional de EL PAÍS, que presidía José Ortega Spottomo, para lanzar un periódico que nacería el 4 de mayo de 1976, la situación de penuria intelectual, técnica y profesional en la que se encontraba la prensa española era sobrecogedora. Libre de toda vinculación de partido o de grupo de poder, echó a andar, impulsado por un colectivo en el que se significaban editores, intelectuales y profesionales liberales, un proyecto profesional que apostó decididamente por las libertades y por las formas de vida civilizadas y modernas, de las que hoy afortunadamente disfrutamos.

El éxito fulgurante de EL PAÍS no puede ser entendido si no es desde la voracidad de la sociedad española por una prensa que respirara independencia, libertad política y modernidad cultural; una prensa hecha por profesionales en la que las decisiones las toman los profesionales.

Honradamente, no tuvimos que inventamos nada, sino desarrollar un proyecto riguroso conforme a los patrones de la prensa independiente que operaba en las sociedades occidentales, y con la referencia interna del papel desempeñado por algunos periódicos en la España anterior a la guerra civil. No nos inventamos nada, pero en muchos sentidos el proyecto de EL PAÍS, tal como quedaría posteriormente plasmado en su Estatuto de la Redacción, fue revolucionario para los usos de la prensa española.

– En lo editorial, EL PAÍS nace con vocación de independencia, conciencia crítica y fiel a un esquema de valores basado en el respeto a la libertad del individuo y en la defensa de los derechos humanos.

– Una organización económicamente fuerte, industrialmente moderna (fue la primera en introducir los videoterminales en las redacciones españolas), con una gestión profesional y transparente (EL PAÍS se hace auditar externa y voluntariamente desde 1978). Dignificación profesional, en salarios y derechos, de los trabajadores. Implanta por primera vez el descanso semanal de dos días para los periodistas.

-Apuesta por un modelo periodístico de calidad, con una diferencia clara entre información y opinión, y entre el contenido periodístico y la publicidad. Su maqueta, que respeta escrupulosamente estos principios, ha tenido una gran influencia dentro y fuera de España.

– Deposita en él director la responsabilidad de la línea editorial dentro de los principios fundacionales, y a tal fin le reconoce el derecho de veto sobre todos los originales, incluidos los de la publicidad, así como la organización del trabajo en la Redacción.

– Sus redactores se obligan a presentar una información veraz y completa, se comprometen a la no manipulación de las noticias y a rechazar cualquier presión de personas o grupos. La Redacción está obligada a seguir un Libro de estilo, con un conjunto de normas para los periodistas que garantizan al lector su derecho a una información transparente y veraz.

– Con el mismo fin se reconoce a los redactores un conjunto de derechos, entre los que destacan: el secreto profesional, cuyo ejercicio ampara, ante la justicia o cualquier autoridad, la sociedad editora; la cláusula de conciencia, que desarrolla un mandato constitucional de difícil interpretación; la Redacción se pronuncia consultivamente sobre los nombramientos del director y de los cuadros de redacción, desde el nivel de redactor jefe, y finalmente se creó un comité de redacción como órgano de representación profesional.

La empresa «multimedia»

La aplicación de estos principios ha dado sus frutos. EL PAÍS es líder en audiencia, firme en sus resultados económicos, influyente dentro y fuera de España, y la credibilidad es su activo principal. No me cabe duda alguna de que un periódico de estas características es un intelectual colectivo que ejerce su liderazgo sirviendo una información rica y veraz, pero también suscitando debates, pronunciándose y comprometiéndose en los asuntos que importan a los ciudadanos.

Afianzado el proyecto de EL PAÍS -se han cumplido ya más de 15 años desde su salida-, PRISA tiene ante sí el reto de convertirse en un grupo multimedia, siguiendo el ritmo que marcan los tiempos y la lógica interna de su proyecto profesional, que en 1985 recibe un nuevo impulso con la incorporación de la SER, cadena que durante estos años diversifica su oferta y afianza su liderazgo en la radiodifusión española sobre las mismas bases de profesionalidad y credibilidad.

Más reciente aún es la apuesta de PRISA por desarrollar en España la fórmula de televisión más moderna y de mayor crecimiento en la pasada década: me refiero a la televisión de pago. El crecimiento registrado por Canal +, cuando aún no han transcurrido 15 meses desde su inauguración, nos permite constatar que, también en materia de televisión, los españoles tienen pautas de consumo propias de las sociedades más desarrolladas.

Desde la década de los setenta hemos asistido a una revolución técnica que ha transformado radicalmente las perspectivas de la industria de la comunicación en todas sus manifestaciones, y que lleva de forma inevitable hacia la concentración y al desarrollo integral de la industria cultural e informativa. Esa concentración afecta al sector del libro, a la prensa y a los medios audiovisuales. No estoy negando los riesgos y amenazas que una concentración de poder informativo genera para las sociedades democráticas. Pero la manera de sortear esos riesgos reside en la profesionalización y autonomía de las redacciones, no en el abandono de los medios a un aislamiento imposible y, por tanto, indeseable, que los debilitaría en extremo frente a la competencia.

Las razones de la concentración son diversas: costes elevados de las inversiones; la complejidad de las acciones que hay que emprender para crear proyectos nuevos; la demanda constante de recursos financieros y técnicos que impone la batalla por la competitividad. Todo ello conduce a que el concepto de economía de escala o sinergia se imponga en las políticas de actuación de los grupos empresariales en toda actividad económica y, por supuesto, en el sector de la comunicación.

Este fenómeno de la globalización de la empresa informativa y cultural tiene su particular expresión en Europa, dentro del proceso de unificación que impulsa el Acta única. Es indudable que la perspectiva de un mercado europeo ha desatado la fiebre de fusiones, adquisiciones y asociaciones en todo el sector. Son muchos los grupos europeos que tratan de tomar posiciones fuera de sus países de origen, y a los movimientos intracomunitarios se suman ahora las inversiones en los países del Este.

Todas estas tendencias se dejan sentir sobre España especialmente desde la segunda mitad de la década de los ochenta. El interés mostrado por los grupos multinacionales sobre nuestro mercado les ha llevado a mover peones en todos los escenarios: sector editorial, diarios, revistas, distribución y televisión, con la sola excepción, por el momento, de la radio. Mientras tanto, nuestro mercado está atomizado, y la configuración de grupos españoles es tan incipiente que muy pocos van a poder protagonizar el proceso de concentración a escala europea.

La visión pacata en materia de comunicación de los Gobiernos españoles, desde el franquismo hasta nuestros días, ha impedido un desarrollo del sector acompasado con el cambio tecnológico y social de nuestro entorno. Produce sonrojo pensar que llevamos apenas dos años de televisión privada, que se ve obligada a buscar un lugar al sol a destiempo y en medio de una competencia desleal de los medios públicos, cuando deberíamos estar participando en la configuración del nuevo escenario audiovisual de Europa. Más de una vez he pensado que la ceguera de nuestra clase dirigente en esta materia le hubiera llevado, siglos atrás, a prohibir la difusión de la imprenta. Desde luego, con una política similar, España nunca hubiera sido la potencia que es en la industria editorial en los países de habla castellana, pese a que la crisis económica de Iberoamérica le afectó gravemente durante las dos últimas décadas.

Crecimiento controlado

Por esta razón, el protagonismo le ha correspondido a los multimedia internacionales. A quienes defienden la atomización como alternativa supuestamente más independiente se les ofrece el estado de necesidad: o nos integramos o nos integran.

La participación del 5% en Ponex, holding propietario del Groupe Expansion francés, miembro a su vez de Euroexpansión, la principal red europea de información económica; la compra del 18,5% del diario británico The Independent, del que PRISA es su principal accionista junto a La Repubblica de Italia, y la más reciente adquisición por la SER del 48% de la cadena francesa de radio M-40 y otras formas de colaboración con prestigiosos medios de Europa marcan las pautas de la proyección internacional del grupo PRISA.

Ha llegado la hora de plantearse el mercado europeo como un mercado interior, y sólo unos pocos grupos serán capaces de afrontar este desafío. Por nuestra parte, nos proponemos hacerlo en la medida en que nuestros recursos y nuestra solidez en el mercado español nos lo permitan. Uno de los rasgos que nos definen como empresa es nuestro modelo de crecimiento controlado, invirtiendo en comunicación, y sólo en comunicación, aquellos recursos que generan nuestros medios, sin endeudarlos, para no comprometer su independencia. Aquí detrás no hay conglomerados industriales ni grupos de presión que justifiquen inversiones a fondo perdido. Nuestra cita es sólo con la audiencia.