10 agosto 1999

Quinto cambio de Gobierno en Rusia en año y medio: Yelstin asegura que será el definitivo y que Putin será su sucesor

Boris Yelstin destituye a Sergei Stepashin como primer ministro y lo reemplaza por Vladimir Putin, jefe de servicios secretos

Hechos

El 9.08.1999 Boris Yelstin anunció el nombramiento de Vladimir Putin como nuevo primer ministro de Rusia.

10 Agosto 1999

Ruleta rusa

EL PAÍS (Director: Jesús Ceberio)

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El defenestrado primer ministro ruso, Serguéi Stepashin, declaraba hace unos días a Izvestia que «convertirse en la mayor república bananera del mundo no es una perspectiva halagüeña». Los hechos apoyan su temor. Hace tiempo que Rusia dejó de ser un Estado fiable, en el sentido que las relaciones internacionales otorgan a las predicciones de los asuntos públicos en un país determinado; que en este caso fue además gran potencia y estuvo claramente vertebrado. Por eso, la destitución de Stepashin es sólo una sorpresa relativa, aunque sí lo sea que la sucesión haya recaído en Vladímir Putin. La caída de Stephasin ya se rumoreaba desde hace semanas. Es, ni más ni menos, que la cuarta vez en año y medio que el todopoderoso y perpetuo enfermo presidente ruso cambia de primer ministro. La condición de jefe de Gobierno en Moscú es hoy el cargo interino por antonomasia. Aun así, la cosa no tendría mayor relevancia si fuera el argumento de una opereta o sucediera en un lugar que no se encuentra en los mapas. Pero ocurre que Rusia, miembro destacado del Consejo de Seguridad, es todavía un formidable arsenal nuclear, y que su acusada caída libre (estremecen los datos sobre la penuria de sus ciudadanos y el rotundo descenso en su esperanza de vida) afecta no sólo al propio gigante euroasiático, sino a la estabilidad de medio mundo. El país evita la bancarrota gracias a la obstinación del FMI por seguir arrojando dólares a un pozo sin fondo; pese a lo cual, como se acaba de conocer detalladamente, se ha utilizado el dinero de la comunidad internacional, manejado a través de paraísos fiscales, para el mayor enriquecimiento de algunos oligarcas de los que mueven los hilos del poder. El nuevo golpe de efecto de Yeltsin se produce, además, en un escenario crispado por la creciente agitación de Daguestán, en el inestable Cáucaso Norte, donde la guerrilla íslámica independentista amenaza con desencadenar una nueva Chechenia. Stepashin fue designado en mayo pasado en medio de una gran confusión. Algo parecido sucedió ayer con el nombramiento de Putin, otro leal, 46 años, aunque esta vez el errático jefe del Estado le ha investido como su candidato a las elecciones presidenciales del año próximo, el verdadero punto de inflexión en Rusia, dados los poderes que concentra el cargo. El ex espía del KGB, si es confirmado por la Duma -dominada por los comunistas y a la que Yeltsin ya humilló hace tres meses-, deberá gestionar antes los comicios generales de diciembre, cuya sombra planea sobre el tobogán de intrigas moscovita. La nueva voltereta no es ajena a las grandes maniobras preelectorales. El finado Stepashin no ha sabido impedir la eclosión de una alianza entre el alcalde de Moscú, Yuri Luhzkov, y un influyente grupo de gobernadores regionales para intentar hacerse con el control del Parlamento. Y de la presidencia. Se les podría unir como estandarte el ex primer ministro Yevgueni Primakov, otro ex espía y el hombre más popular de Rusia tres meses después de haber sido despedido por Yeltsin. La flamante coalición amenaza los planes de futuro del Kremlin y del poderoso clan de intereses en torno al presidente, al que se conoce como la Familia y cuya eminencia gris pasa por ser el magnate Borís Berezovski. Todo sugiere, pues, que la malherida Rusia traspasará el siglo en el ojo del huracán.

10 Agosto 1999

Otro espía gobierna Rusia

Rodrigo Fernández

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El KGB, lejos de haber muerto, sigue desempeñando un papel fundamental en Rusia. Para demostrarlo, basta nombrar a los últimos tres primeros ministros, todos los cuales han dirigido alguno de los organismos herederos de ese terrorífico monstruo represivo. Yevgueni Primakov fue jefe del Servicio de Espionaje Exterior; Serguéi Stepashin encabezó el Servicio Federal de Seguridad (SFS), que heredó las funciones de policía política del KGB, y Vladímir Putin, el flamante jefe de Gobierno, comenzó a trabajar como agente secreto en la época soviética y llegó a ser director del SFS. «Yo confío en él», dijo, entre otras cosas, el presidente Borís Yeltsin al presentar por televisión a quien había elegido como su sucesor. Pues bien, Yeltsin tiene todos los motivos del mundo para confiar en Putin, que es un incondicional suyo. Con Putin a la cabeza del país, Yeltsin puede estar seguro de que ni él ni su familia serán perseguidos una vez que el próximo año abandone el Kremlin. Con ningún otro candidato, Yeltsin tiene esa seguridad, lo que explica que vea como un rival indeseable al alcalde de Moscú, Yuri Luzhkov, que ha sido su fiel aliado en los momentos más críticos.Putin es un oficial de los servicios secretos rusos que, después de trabajar en Alemania, regresó a San Petersburgo, su ciudad natal, para comenzar una brillante carrera política. En 1990, Anatoli Sobchak, una de las figuras más prominentes de la perestroika de Mijaíl Gorbachov, ya convertido en alcalde de San Petersburgo, le nombra asesor. En sus años estudiantiles, Putin había sido discípulo de Sobchak en la Facultad de Derecho de la Universidad de Leningrado (ahora San Petersburgo). En esos años de trabajo en la alcaldía, Putin conoce a Anatoli Chubáis, futura figura clave de las reformas económicas rusas.

La gestión de Putin en San Petersburgo fue positiva: supervisó la creación de la Bolsa local y, utilizando los contactos hechos en su época de espía, contribuyó a que una serie de importantes firmas alemanas hicieran inversiones en la antigua capital imperial.

A partir de 1993, Putin comenzó a reemplazar, cada vez con mayor frecuencia, a Sobchak cuando éste viajaba al extranjero, y al año siguiente fue nombrado primer vicealcalde. Fue en esa época cuando Yeltsin, según propia confesión, se fijó en él. En vísperas de los comicios parlamentarios de 1995, Putin, considerado la eminencia gris de San Petersburgo, dirigió a orillas del Nevá la campaña electoral de Nuestra Casa es Rusia, el movimiento formado por el Kremlin y encabezado por el entonces primer ministro Víktor Chernomirdin. También dirigió la campaña a la reelección de Sobchak, pero, después de la derrota de este último, dimitió y se mudó a Moscú, donde empezó a trabajar en la Administración presidencial.

A los pocos meses, Putin ya era vicejefe de la Administración y jefe de la Dirección de Control del presidente ruso, y en mayo de 1998 fue nombrado primer vicejefe de la Administración de Yeltsin. Dos meses después, pasa a ocupar el puesto de director del Servicio Federal de Seguridad (SFS), regresando así al organismo -el KGB- donde había comenzado su carrera profesional. A fines de marzo pasado, se convierte en secretario del Consejo de Seguridad, conservando su cargo de jefe del SFS.

Putin ha prometido continuar la política de Stepashin, de quien es amigo. Ambos provienen de San Petersburgo y ambos comenzaron su carrera política en esa ciudad junto a los reformistas. «Nuestros padres sobrevivieron al bloqueo de Leningrado . Eso hace que tengamos raíces comunes», dijo Putin sobre su antecesor, al que dice tener en gran estima como persona y como profesional.

Como todo espía de carrera, Putin no gustaba de dar entrevistas ni de mostrarse demasiado en público, por lo que es poco lo que se sabe sobre él. Casado, con dos hijos, es un deportista consumado: aficionado a diversas modalidades de lucha, cada mañana dedica un mínimo de 45 minutos a correr y hacer gimnasia. Nadie duda de que es un servidor leal: cuando Sobchak se vio acusado de abusos financieros y de poder, Putin lo apoyó, defendió y en gran medida hizo posible su retorno desde Francia, donde el exalcalde había huido por temor a ser detenido.