24 julio 1999

Invadió el Sahara con civiles en 1975 con su 'marcha verde' contra España

Muere el rey de Marruecos, Hassan II, que será reemplazado por su hijo, Mohamed VI

Hechos

El 23.07.1999 falleció el Rey de Marruecos, Hassan II, que fue reemplazado por su hijo, Mohamed VI.

24 Julio 1999

Monarca contradictorio y superviviente

Víctor de la Serna Arenillas

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En apenas unos meses, los dos baluartes de Occidente en los límites oriental y occidental del Islam árabe han dejado de existir. Tras Husein, el menudo monarca hachemí, ha desaparecido Hasán, el menudo monarca alauí. No se deben, sin embargo, llevar demasiado lejos los paralelismos. Hasán, fulminado a los 70 años por una neumonía aguda, no fue sólo un rey guerrero (aunque siempre estuvo más que próximo a los militares), sino ante todo un rey líder espiritual: gozaba de una extraordinaria posición de poder, a la vez político y religioso, como descendiente de Mahoma y, por ello, como uno de los más altos dirigentes de todo el Islam.

Figura contradictoria, procedente de una tradición de monarquía no sólo absoluta sino -a menudo- despótica y cruel, Hasán II fue soltando lastre a pasos medidos. Así, había llegado a crear las bases de una incipiente economía de mercado y de una democracia multipartista -incluido el Partido Comunista-, y había nombrado primer ministro al jefe de la oposición, gesto inaudito en el mundo árabe.

Vecino incómodo de España, Hasán «tuvo el mérito de procurar mantener siempre una relación de amistad con nosotros, cuando ha sido bien evidente que en tantas cosas los intereses de los dos países eran totalmente contrapuestos», decía ayer Alfonso de la Serna, ex embajador en Rabat y miembro de la Real Academia marroquí.

Mulay Hasán, hijo del sultán Mohamed V, estudió el Corán en el Palacio Real de Rabat y el bachillerato en el Colegio Real, creado por su padre para los jóvenes de la familia real. Estudió Derecho en Rabat, y, en 1951, se diplomó en Derecho Público por la Universidad de Burdeos, de la que dependía el centro de la capital marroquí durante el protectorado francés.

Justamente los franceses impusieron en 1953 el exilio en Córcega a la familia alauí. De allí la enviaron al remoto Madagascar, para alejar al sultán de todo peligroso contacto con los independentistas. Allí empezó su vida pública, como ayudante de su padre en las negociaciones con los franceses para lograr el regreso a Marruecos, que se consiguió en noviembre de 1955 mediante los acuerdos de Celle Saint-Cloud.

El 2 de marzo de 1956, el príncipe asistía junto al rey Mohamed V a la proclamación de la independencia de Marruecos. Coronel desde los siete años, piloto de combate en la Armada francesa, Mulay Hasán ya era dos meses después de la independencia jefe de Estado Mayor de las Fuerzas Armadas, unas fuerzas que creó con hombres procedentes de los ejércitos francés y español y, en menor medida, del Frente de Liberación Nacional.

Desde los militares hasta los responsables de Interior, todos los altos cargos eran adictos a Mulay Hasán. Este controlaba así todos los resortes del poder cuando su padre falleció el 26 de febrero de 1961. El príncipe fue proclamado rey de Marruecos con el nombre de Hasán II. Activo en el Movimiento No Alineado, se situó en el ala moderada de aquel conglomerado de países tercermundistas que pretendían navegar entre Estados Unidos y Rusia. Pero siempre tuvo personalidad propia, defendiendo la independencia de Argelia.

No fue tan sencillo su recorrido interno, con una Constitución fallida en 1962, seguida de graves incidentes y de cinco años de estado de excepción hasta 1970. La dificultad para sacar a su país de la postración económica fue abrumadora. Empezaba la etapa más turbia de su reinado, la de las asonadas, los atentados, las desapariciones y las condenas de cientos de opositores a la siniestra oscuridad de prisiones sin nombre.

El 7 de julio de 1971 se producía la revuelta de los militares encabezada por el general Medbuh, su jefe de la Casa Militar Real. Fue durante una fiesta y murió un centenar de personas. Un año más tarde, el Boeing 727 en que regresaba de París fue atacado por una escuadrilla de aviones que iban a escoltarle. Tampoco pudieron acabar con su vida, y la fama de su baraka o fortuna empezó a correr por todo el mundo árabe.

La marcha verde que el propio Hasán encabezó enoctubre de 1975 -con Francisco Franco en su lecho de muerte- hacia el Sáhara Occidental, tradicionalmente reclamado por Marruecos como territorio propio, supuso un espaldarazo decisivo para una monarquía que titubeaba. Aquella procesión de 350.000 personas, a las que los militares españoles acabaron dejando pasar para evitar una matanza, fue un acontecimiento casi bíblico, una intuición arrojada y genial de Hasán.

Tras retirarse España, empezó la larga guerra entre Marruecos y la República Arabe Saharaui Democrática, un conflicto que un referéndum varias veces aplazado debía zanjar. Pero de hecho, el Sáhara y sus fosfatos fueron para Marruecos. Ahora bien, el coste ha sido mayor que el beneficio económico. La guerra ha debilitado a Marruecos, lo ha empobrecido durante años.

Desde 1991, la liberalización se ha acelerado en Marruecos. Hasán, que no se ha enfrentado a la violencia integrista porque posee una autoridad islámica como ningún otro jefe de Estado, había logrado capear los temporales. Pero su país seguía condenado a la emigración, legal o ilegal, y a mirar con envidia la próxima y lejanísima Europa.

Hasán II tenía dos esposas: Fátima Amaroq, que no le dio descendencia, y la beréber Latifa Hamu, de la que son sus cinco hijos -Lala Mariam, Sidi Mohamed (príncipe heredero, que debe reinar bajo el nombre de Mohamed VI), Lala Asma, Lala Hasna y Mulay Rachid-.

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24 Julio 1999

Hassan II

EL PAÍS (Director: Jesús Ceberio)

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LA NOTICIA de la muerte de Hassan II ha sido casi simultánea a la de su hospitalización urgente ayer en Rabat por una neumonía aguda. Hasta en la forma en que ha sido presentado el fallecimiento del comendador de los creyentes está reflejado el cambio experimentado por Marruecos durante un largo reinado de 38 años, que ha visto la figura de Hassan ir pasando gradualmente de una reputación de déspota a otra de estadista flexible, más que la mayoría de los de su entorno. El rey de Marruecos ha emprendido el último viaje dejando instalado un Parlamento en cuya Cámara baja, elegida democráticamente, los diputados de izquierdas son mayoría. En el Gobierno de la nación alauí están ahora ministros nombrados en 1998, después de años de arresto domiciliario o de exilio por su oposición al monarca fallecido.Hassan II, cuyos graves problemas de salud recibían oficialmente en los últimos tiempos el eufemístico tratamiento de «asma agravada», debía de conocer que su desaparición estaba próxima. Lo sugiere así el creciente papel desempeñado en viajes y actos oficiales por su hijo, el príncipe Sidi Mohamed, heredero del trono, y sobre todo la serie de medidas políticas democratizadoras adoptadas en los últimos tiempos: el paso a la «democracia hassanita», la liberación de numerosos prisioneros políticos o las insólitas compensaciones económicas para las familias de algunos detenidos y muertos por el régimen. El rey desaparecido, como lo muestran inequívocamente algunas de sus últimas entrevistas periodísticas, estaba empeñado en un auténtico proceso de recreación de su imagen para la posteridad; es decir, de aseguramiento del trono alauí.

Su astucia política, la veneración de muchos de sus conciudadanos por la dinastía que representaba y una dosis de baraka poco común -como lo muestra su supervivencia a varios atentados en los años setenta- permitieron a Hassan II convertirse, a la muerte, en febrero de este año, de Hussein de Jordania, en el jefe de Estado en ejercicio más antiguo en el mundo árabe. El fallecido rey de Marruecos lo consiguió a base de saber combinar ante los suyos una imagen de jefe espiritual con otra de estadista siempre al timón del país. Mezcló con habilidad en el tiempo y a lo largo de los años su suprema autoridad y mano de hierro con la concesión paulatina de libertades a un pueblo paciente y en última instancia respetuoso con reyes herederos de sultanes del siglo XVII. Y tuvo claro desde el comienzo de su reinado que el Marruecos bajo su dominio estaría en la órbita occidental y de la economía capitalista en vez de bajo la influencia soviética. Fue un adelantado en las relaciones entre los países árabes e Israel.

El país de hoy, cuyas riendas está destinado a manejar el príncipe heredero, es un Marruecos mucho más complejo y desdramatizado, sin un armazón político suficientemente consolidado y en una situación económica que todavía fuerza la desesperada emigración de muchos de sus habitantes. El porvenir del reino depende en buena medida de cómo sea capaz de armonizar el nuevo rey una sociedad subdesarrollada económicamente, abrumadoramente desigual y joven, con su imperiosa necesidad de desarrollo político.

El príncipe Sidi Mohamed, soltero y de 35 años, es visto por muchos marroquíes como excesivamente apegado a la buena vida y a las extravagancias económicas de que hizo gala su padre, y poco a los asuntos de Estado. Eso y su inexperiencia le hacen inicialmente vulnerable. Pero es menester recordar que casi nadie apostaba por Hassan II cuando sucedió a su padre, Mohamed V, en 1961.

Probablemente el fardo más pesado de la herencia política marroquí es el integrismo islámico, atizado por el desempleo y las facultades universitarias, y prohibido políticamente por el rey muerto. Un lujo que Hassan ha podido permitirse gracias a su autoridad indiscutida. Lidiar con un fenómeno que causa estragos en países vecinos será una de las pruebas de fuego del nuevo reinado. Otra puede ser la situacion final del Sáhara occidental, la antigua colonia española cuya soberanía Rabat ha reivindicado obsesivamente siguiendo los dictados del monarca muerto y que continúa dependiendo del referéndum que la ONU ha de organizar en el territorio, teóricamente en algún momento del año próximo. Desde la perspectiva española, con Hassan II ha desaparecido un amigo tradicional que no dudó muchas veces en comportarse justamente como lo contrario, pese a las buenas relaciones entre las dos monarquías a ambos lados del Estrecho. Mirando al futuro, cabe esperar que de los intereses compartidos y la inaplazable evolución política alauí y sus ambiciones por acercarse a modelos europeos se derive para Marruecos y España un entendimiento último sobre los contenciosos pendientes.

26 Julio 1999

Más que una sucesión

EL PAÍS (Director: Jesús Ceberio)

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LA LLEGADA al trono de Marruecos de MohamedVI no es una mera sucesión. El hijo de Hassan II se tendrá que afianzar, y sólo podrá hacerlo de una forma estable abriendo las ventanas a la democracia y a la modernización socioeconómica de su país. El cambio en el liderazgo debe traducirse en un cambio en el sistema. Mezclar las funciones de reinar y gobernar, como hizo su padre, no es propio de la monarquía moderna y parlamentaria que Marruecos necesita. La sucesión tendrá éxito si se convierte en una auténtica transición hacia la democracia y la modernidad.Hassan II mandaba, y se sabía que mandaba. La incertidumbre nace de que ahora no se sabe quién mandará, y no sería deseable que ocupara ese hueco el Ejército. El rey enterrado ayer en Rabat fomentó un pluralismo político limitado y sentó las bases para una transición que, mientras vivió, controló celosamente. Tras las últimas elecciones favoreció la alternancia y puso a un socialista, Abderramán Yussufi, al frente del Gobierno, aunque conservando los ministerios clave bajo su control. Su sucesor, que carece de la autoridad y prestigio de su padre, debe entender que la estabilidad de Marruecos y el futuro de la monarquía obligan a más pluralismo y mayores libertades. Sin esperar demasiado.

La concentración de dirigentes de todo el mundo ayer en Rabat en los funerales constituye, pese a los numerosos puntos negros del reinado, un reconocimiento a la labor internacional del rey fallecido, y también un acto de apoyo a Mohamed VI. No a la continuidad, sino al cambio dentro de la estabilidad. Difícilmente podrá haber democracia en una economía que deja tanto que desear. Pese al crecimiento económico, la mayor parte de los marroquíes vive hoy en la pobreza; la tasa de paro de un 20% ni siquiera es significativa del empleo real; el analfabetismo es elevado, y la escolarización, muy escasa. Marruecos ocupa el puesto126 en el índice de desarrollo humano. Son los ingredientes para alimentar el descontento popular y ese fundamentalismo islámico contra el cual Hassan II se presentaba como baluarte. Mohamed VI debe compaginar una transición socioeconómica con otra de orden política. Necesitará toda la ayuda posible, desde luego por parte de España y de la UE. Está en juego la estabilidad de Marruecos, del conjunto del Magreb y del mundo árabe. Contrariamente a Hassan II, Mohamed VI irá ganando peso fuera a medida que tenga éxito dentro.

En todo el mundo árabe se está produciendo un relevo generacional, que se acentúa con la muerte de Hassan II. El viejo país que es Marruecos es también muy joven en la composición de su población. Es una baza que puede jugar a fondo el rey Mohamed VI, pues a sus 35 años representa -como Abdulá en Jordania- la esperanza en una nueva generación que llega al poder.